jueves, 14 de diciembre de 2017
Coco
miércoles, 26 de julio de 2017
El milagro de Dunkerque
miércoles, 7 de diciembre de 2016
Sobre los hacedores de libros
lunes, 28 de noviembre de 2016
Frente a lo desconocido
miércoles, 16 de marzo de 2016
Un mundo de horror
martes, 9 de febrero de 2016
El individuo frente a las masas
sábado, 31 de enero de 2015
¿Mundos irreconciliables?
miércoles, 24 de diciembre de 2014
Todos podemos ser santos
martes, 2 de diciembre de 2014
Still life
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Interstellar
viernes, 7 de noviembre de 2014
Loreak
lunes, 20 de octubre de 2014
Cuando nos domina la furia
Naufragar en el descontrol, dejarse arrastrar por la indignación, la rabia, sin reparar un segundo en las consecuencias. Cargar con todo contra aquellos que nos han ofendido o nos han hecho daño. Abandonarse sin más en los seductores y deliciosos brazos de la furia… Son los vasos comunicantes que pueden apreciarse en las seis historias que cuenta Relatos Salvajes, la magnífica y explosiva película escrita y dirigida por Damián Szifrón.
Pese al dramatismo o tragedia de la mayoría de situaciones, es imposible no reírse (con una cierta risa nerviosa, claro) en algunos momentos de cuanto sucede en la pantalla. Aún luego de secuencias de incuestionable tensión. He allí la habilidad de Szifrón para marcar los ritmos de sus relatos. Se trata del más negro de los humores aderezado con suspenso, inteligencia e ironía.
Quizá en dos de las primeras historias, “Pasternak” y “El más fuerte”, al espectador le cueste un poco tomar partido, pero de allí en adelante no es difícil imaginárselo del lado del protagonista de turno, no importa los pocos ortodoxos métodos que utiliza para tomar su particular revancha. Mientras veía la película, no pude evitar ser seducido por la magnética y poderosa narrativa de Szifrón (reforzada con maestría gracias a la música de Gustavo Santaolalla), sucumbiendo a la indignación, la rabia y la violencia que mueve a sus personajes, sobre todo en los relatos de “El más fuerte”, “Bombita” y “Hasta que la muerte nos separe”. ¡Y que quede claro que nunca he sido partidario de aquellos que se toman la justicia en propias manos! Todo lo contrario: desapruebo a quien lo hace y no me cansaré de criticar cualquier manifestación de este incivilizado comportamiento por más pequeña que sea. Pero en este caso se trataban de historias de ficción y, con un propósito exclusivamente terapéutico, me abandoné a las emociones.
Nadie es perfecto.
jueves, 30 de junio de 2011
La violencia como síntoma

América Latina es un continente violento. Y detrás del complejo entramado de la violencia de las últimas décadas, por lo general, se encuentra la mano del narcotráfico.
Un pequeñísimo pellizco de esta situación lo vemos reflejado en la película Hermano, ópera prima del director venezolano Marcel Rasquín. En ella el líder de una mafia de narcos paga al entrenador, proporciona uniformes y equipamiento y da trabajo y protección a varios de los jugadores de un equipo de fútbol de barrio. Pero este es sólo el telón de fondo de la cinta, puesto que su trama gira en torno a la relación de Julio y Daniel, dos hermanos muy unidos a quienes les encanta jugar al fútbol. Julio y Daniel son tan distintos como la noche y el día y, a la vez, tan parecidos como dos gotas de agua. Uno estudia bachillerato, es ingenuo y concibe el fútbol como una manera de vivir. El otro trabaja para el líder de los narcos, vigila que los camellos de la zona estén al día con el pago de sus deudas y gracias a eso lleva plata a casa. Uno es un soñador, el otro tiene los pies bien plantados sobre la tierra. Cuando juegan al fútbol, uno se comporta como un líder nato sobre la cancha y el otro como un delantero talentoso, único, una verdadera promesa... Ambos adoran a su madre (una mujer humilde que hace dulces y tartas para ganarse la vida) y, cada cual a su manera, sabe que de la violencia es imposible escapar. También, cada cual a su manera, se aman y protegen.
Un buen día la fortuna toca a su puerta en la figura de un cazatalentos que les ofrece la oportunidad de realizar una prueba en un club profesional de fútbol y quizá la posibilidad de firmar contrato con él.
A Rasquín le disgusta que tilden a su ópera prima de social, "Porque hablo de personajes, es cine humano y no social", dice. Pero es difícil, por decir lo menos, que alguien que no haya vivido en Latinoamérica y por tanto sea ajeno a la cotidianidad de la gente que habita sus barrios populares, lo perciba de manera diferente. ¿Cómo puede relatarse una historia en el seno de una familia humilde, que habita estos barrios, sin mostrar la realidad que la circunda? ¿Cómo no hablar de violencia y narcotráfico si a diario cada uno de sus miembros se levanta y acuesta atravesando sus entrañas? No hacerlo, desde luego, sería falsear y traicionar la historia que se intenta contar.
Hermano es un melodrama que desde la primera escena golpea la sensibilidad del espectador. Hay escenas duras, por supuesto, pero también escenas de gran belleza, que conmueven y te hacen sentir un nudo abrasivo en la garganta. En fin, es parte de ese buen cine que de tanto en tanto consigue salir a flote en la región, pese a las limitaciones técnicas y presupuestarias.
sábado, 18 de junio de 2011
Gente que se deprime

Este es un retrato de Walter Black (Mel Gidson): un hombre de mediana edad, casado y con dos hijos, presidente de una compañía de juguetes —familiar, heredada, venida a menos—, inmerso en una profunda depresión.
Este es un retrato de la familia de Walter Black: una esposa, Mederith (Jodie Foster), ingeniero para más señas, que todas las noches se conecta a internet para conferenciar con sus clientes japoneses sobre los planos de la más reciente montaña rusa que ha diseñado; un hijo mayor, Porter (Anton Yelchin), que a pesar de ser brillante, es un alumno regular que utiliza su talento para redactar trabajos a los demás estudiantes del instituto, eso sí, previo pago de una tarifa nada solidaria, además, odia a Walter y tiene miedo de acabar pareciéndose a él, su obsesión es tal que, en su habitación, tiene una pizarra abarrotada con post-it en los que ha ido apuntando las características, gestos y hábitos que ha identificado que él y su padre comparten; y un hijo menor, Henry (Riley Thomas Stewart), que desearía ser invisible para pasar desapercibido entre sus compañeros de colegio.
La depresión de Walter Black lo aísla de todo, especialmente de su familia. Él sólo desea dormir y lo hace en cualquier lugar: en la casa, en el trabajo o en el coche. Un buen día Mederith, tras dos años de apoyarlo y consentir su comportamiento, decide echarlo de casa. Ese día (o la noche de ese día), en un motel de mala muerte en las afueras, gracias a un accidente, y sobre todo a un castor de peluche que ha encontrado tirado en el conteiner de la basura, Walter decide hacer borrón y cuenta nueva. Ya basta de médicos, de tratamientos, de libros de autoayuda. Ese día toma la resolución de pasarle el control de su mediocre y precaria vida al castor de peluche. Sí, así como han leído. A partir de ese día, el castor de peluche será el que se comunique por él...
En El Castor (2011), Jodie Foster se apoya en el excelente guión de Kyle Killen para sacarle a Gidson la mejor actuación que quizá haya ofrecido en su carrera, después, claro está, de aquella mítica interpretación que hizo a mediados de los noventa de William Wallace, en Braveheart, cinta que también dirigió. La historia de Walter y su familia nos entretiene, nos hace reír a momentos y, en otros, sorprendernos, horrorizarnos y conmovernos a un mismo tiempo. Lo que sucede con las vidas de Walter y Porter —que, tras conocer a Norah (Jennifer Lawrence), de alguna forma, como su padre, decide también redimirse— nos mantiene pegados a la butaca, pendientes de lo que vendrá a continuación. Desde luego, como buenos espectadores, suponemos que las decisiones que toman en determinadas ocasiones no son las adecuadas y que entonces se hundirán aún más en sus respectivos pantanos existenciales.
Según Foster, todas sus películas son independientes y personales, “con trazos comunes que hablan de la soledad y del miedo a estar solos por mucho que te guste disfrutar de esa soledad. Que hablan de la familia y de nuestro miedo a parecernos a nuestros padres. Que hablan de una crisis espiritual como la que todos vivimos cada cinco años, que hablan de depresión aunque sea un tema que la mayor parte de la gente prefiere evitar”. Pero esta última cinta de la actriz y realizadora, también nos habla de la redención, de ese paso esquivo y difícil que a veces necesitamos dar para salvarnos a nosotros mismos. Y de que el camino a esa redención es menos arduo y tortuoso cuando caemos en cuenta de que no estamos solos, de que hay alguien a nuestro lado dispuesto a acompañarnos en el trayecto. Una peli estupenda para aquellos que gusten de los buenos dramas. Como dicen los americanos: two thumbs up! Muy recomendable.
martes, 19 de agosto de 2008
La fuerza devastadora de la verdad

Es lo que le ocurre al veterano de guerra Hank Deerfield, interpretado por Tommy Lee Jones, en la película In the Valley of Elah, de Paul Haggis, titulada en nuestro idioma como La conspiración, un título, dicho sea de paso, desafortunado, porque nada tiene que ver con la esencia de la cinta y, aún mucho peor, porque condiciona al espectador desde antes de entrar a la sala.
Hank Deerfield es un oficial retirado del ejercito estadounidense que, tras la desaparición de su hijo menor —Mike Deerfield, alistado en el ejército estadounidense—, luego de que regresara de una misión en Irak, decide investigar qué ha sucedido con él. Hay un precedente: Hank perdió a su otro hijo, miembro de la fuerza aérea, en un accidente de helicóptero. Después de corroborar que las autoridades de la base militar donde estaba destacado Mike, no tienen la menor disposición de ayudarlo, Hank decide acudir a las autoridades civiles. Sin embargo, allí tampoco obtiene colaboración puesto que la detective que lo atiende, Emily Sanders (Charlize Theron), una mujer frustrada porque le asignan casos menores, sin trascendencia, razón por la cual sus compañeros de oficina (todos hombres) viven burlándose de ella, le dice que su caso corresponde a instancias militares. Es así como Hank, por cuenta propia, emprende una pesquisa para dar con el paradero de su hijo. Es importante agregar que, durante la mayor parte de su carrera militar, Hank se desempeñó como investigador, por tanto no se le hace difícil colectar información que poco a poco lo va llevando a descubrir una verdad que no esperaba encontrar; también que, Emily Sanders, al final, acaba ayudándolo en su pesquisa.
In the Valley of Elah hace referencia al lugar donde se produjo una conocidísima confrontación bíblica. A decir de Paul Haggis: "El rey Saul mandó a David al valle de Elah para luchar contra Goliat con sólo cinco piedras y una resortera. Me pregunté ¿quién haría eso? ¿quién mandaría a un joven a luchar contra un gigante? Esta película trata de nuestra responsabilidad al mandar a jóvenes, hombres y mujeres, a la guerra…”.
Haggis tiene por costumbre, en sus guiones, hurgar en ciertos temas escabrosos de la sociedad norteamericana contemporánea, por ejemplo, bastaría con recordar Crash (que también dirigió), A million dollar baby y Flags of our fathers por sólo nombrar a tres de los más recientes. En este último trabajo que reseño, no hace más que ratificar esa agudeza de su ojo en una nueva mirada crítica que deja caer sobre la sociedad estadounidense. El personaje de Hank reúne toda esa complejidad, toda esa contradicción, toda esa frustración que deben sentir y padecer ciertos ciudadanos pensantes y sensibles de ese enorme país del norte (aunque, también, como la mayoría, llenos de prejuicios) que en nombre de la libertad y la democracia, atropella y aplasta a otros países más pequeños, construyendo en ellos infiernos donde lo único que tiene cabida es la exacerbación, y a veces de la manera más frívola, de los peores instintos que puede albergar la naturaleza humana.
viernes, 8 de agosto de 2008
Batman ecléctico

Sin embargo, dejando de lado a estas dos manifestaciones del intelecto, religión e ideologías, por el alto componente emotivo, irracional, que invariablemente las envuelve, que llevan ligado a su origen, ¿sería correcto anteponer la fe a la verdad en el resto de las actividades humanas? Éste, y otra cantidad inusual de dilemas éticos para una película basada en un cómic, son abordados desde una perspectiva perturbadora en Batman: The Dark Knight, del realizador británico Christopher Nolan.
Si bien Nolan nos tiene acostumbrados a sumergirnos en esta clase de cuestionamientos morales en sus cintas (recuerden: Following, Memento, Insomnia, The Prestige), la combinación que ha logrado con Batman... es de verdad inquietante: ¿hablar de moral y ética, sumidos en una atmósfera sórdida, violenta y brutalmente dividida o liderada por freaks, en una adaptación al cine de un cómic? Se trata de una actitud valiente, y en extremo original, ¿quién se atrevería a ponerlo en duda? Porque en ella no sólo cuenta el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal, entre el orden y el caos, entre lo blanco y lo negro, sino que Nolan introduce entre ambos extremos una paleta de grises que en ocasiones acerca de manera peligrosa ambas puntas de una misma realidad, hasta casi juntarlas, hacer que luzcan como cosas similares. Y a estas alturas, cómo no decirlo, la magistral actuación de Heath Ledger, interpretando a El Guasón, Némesis de Batman, ha sido la piedra fundacional para los arriesgados propósitos de Nolan.
Quizá otra de las cosas positivas que el joven director ha empezado a conseguir con Batman: The Dark Knight, es que mucha gente que tenía innumerables e infundados prejuicios hacia el cómic, y, desde luego, hacia sus adaptaciones cinematográficas, comience ahora a mirar con otros ojos este género de la creación a veces tan marginado, tan vilipendiado por aquellos que se precian de una supuesta supremacía o pureza intelectual.
¡Bravo por este Batman ecléctico que nos ha regalado Nolan y su extraordinario equipo!











