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jueves, 14 de diciembre de 2017

Coco


Con su última película, Coco, la gente de Pixar lo ha vuelto a hacer. Ingeniosa, mágica entretenida, hermosa. Aunque he de confesar que tras disfrutar de la extraordinaria Inside Out me acerqué a la sala de cine con ciertas reservas. Pensaba que luego de este largometraje pasaría muchísimo tiempo sin ver algo que al menos se le acercara, que se le equiparara, algo al menos similar cocinado en estos estudios cuyas producciones suelo seguir desde que en 1995 debutaron con Toy Story. Pero sucede que apenas dos años después de Inside Out vienen y estrenan Coco y yo he alucinado en colores.

De veras. Me han dejado sin aliento.

Antes de continuar debo hacer otra confesión: soy un gran admirador y enamorado de la cultura mexicana; crecí viendo las películas de la época de oro de su cine, en la que estrellas como Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix, Tin Tan y Cantinflas brillaban con una luz cegadora; las rancheras y el bolero mexicano forman parte de la banda sonora de mi vida y el gusto por cantantes como Pedro Infante y Javier Solís lo heredé de mis padres. En cuanto a mi amor por la literatura mexicana, ya he hablado de ello en otras ocasiones.

Incluso, para mí, lo más interesante en la carrera cinematográfica de Luis Buñuel lo encuentro justamente en su etapa mexicana.

Y no solo digo esto para que se entienda mi entusiasmo por Coco, sino para que también se entienda el riesgo que corrió Pixar desde el inicio al abordar el proyecto de esta película. Al tratarse de una historia profundamente mexicana, que bebe de su folklor y de sus tradiciones más arraigadas, parte del equipo que trabajó en Coco, según he leído, se gastó más de seis años investigando, indagando en las costumbres de este país con el fin de intentar ser lo más fiel posible al relato de Miguel Rivera y de su numerosa familia que abarca cinco generaciones.

A través de dos vertientes que en principio lucen contrapuestas —la familia y la fascinación de un niño por la música—, Lee Unkrich (director) y Adrián Molina (codirector y guionista) nos invitan a deslizarnos por un relato que exuda pasado, colorido, emoción y encanto. ¿Y qué otra ambientación habrían podido haber elegido Unkrich y Molina para relatar la historia de Miguel y de su familia sino la de las fiestas más populares y conocidas a escala mundial del país latinoamericano: el Día de los Muertos? Y es que para los mexicanos la muerte no suele tener el mismo significado que tiene para el resto de mortales del planeta. Cómo si no se explica que tengan una fiesta en la que a los muertos se les recuerda y honra de una manera alegre y llena de colorido y que encima se extienda a lo largo de tres días. Durante esta festividad la gente se lanza a las calles que se llenan de luces, música y algarabía, de preciosos altares adornados con flores especiales de Cempasúchil y es normal comer calaveras de dulce y el famoso “pan de muerto”, un delicioso pan elaborado con anís y naranja.

Gran parte de este espíritu alegre y festivo puede apreciarse en la película, pero el espectador también se topará con esa clase de momentos conmovedores a los que las producciones de Pixar nos tienen acostumbrados.

La música, los colores y las luces no siempre están reñidos con aquellos sentimientos más cercanos a la aflicción y la pesadumbre. La vida la componen tanto alegrías como tristezas. Y de ambas cosas saben mucho los mexicanos.

miércoles, 26 de julio de 2017

El milagro de Dunkerque


En circunstancias extremas, como lo es sin duda una guerra, los seres humanos solemos sacar a relucir tanto lo peor como lo mejor que hay en nosotros.

Poseemos la capacidad de crear complejos y eficientes sistemas de exterminio masivo tanto como la sensibilidad de conmovernos ante un cuadro de Chagall, Picasso o Degas.

Decía Viktor Frankl que las personas pueden conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en los momentos más terribles, de tensión psíquica y física. Y para explicarlo traía a cuento una anécdota de cuando fue prisionero de varios campos de concentración entre los años 1942 y 1945: “Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino”.

Creo que en esto último, en un espíritu singular de solidaridad, enfoca su lente Dunkerque, la más reciente película del cineasta británico Christopher Nolan.

A través de varias historias, tanto de soldados como de civiles, Nolan nos cuenta su versión particular del caos y la anarquía que vivieron miles de personas durante la llamada Operación Dinamo, la operación de evacuación de las tropas aliadas de territorio francés, donde habían sido arrinconadas por el avance del ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial en mayo de 1940. Contra todo pronóstico, dicha operación permitió rescatar a más de trecientos mil soldados entre británicos, franceses y belgas. La situación era tan crítica y compleja que, posteriormente, tras la exitosa evacuación, Churchill dijo que había sido un verdadero milagro, por tal motivo a la operación también se la conoce como “El milagro de Dunkerque".

Los relatos que acomete Nolan en su film son siempre historias de gente anónima, del montón, sin ningún don ni talento especial.

Están por ejemplo las historias de Tommy y Gibson (interpretados por los actores Fionn Whitehead y Aneurin Barnard, respectivamente), dos soldados rasos que intentan salir a como dé lugar de aquel infierno; o las del señor Downson (Mark Rylance) y Peter (Tom Glynn-Carney), un marinero civil y su hijo adolescente que acuden al llamado de rescate que han hecho las autoridades británicas a propietarios de cualquier tipo de embarcación que pueda cruzar el Canal de la Mancha; o las de Farrier (Tom Hardy) y Collins (Jack Lowden), dos pilotos de la Real Fuerza Aérea Británica que intentan derribar el mayor número posible de cazas alemanes que sobrevuelan y atacan a cualquier cosa que se mueva en el mar o las playas de Dunkerque.

De principio a fin, la narración de estas historias posee un ritmo vertiginoso y frenético. Nolan no da respiro al espectador. Nos mantiene aferrados a nuestras butacas con una sensación de tensión y desasosiego únicas. Y para conseguirlo, ha dado preferencia a la imagen sobre la palabra, de tal modo que los diálogos son escasos, los justos requeridos. La música, compuesta por Hans Zimmer, es otro factor que contribuye en gran medida a reforzar ese ritmo implacable que hay en Dunkerque.

Una sorprendente película que se convertirá en referente del cine bélico.

Quizá no haga falta comentarlo —y lo más probable es que más de uno esté en desacuerdo con lo que diré a continuación, porque Nolan, a lo largo de su trayectoria cinematográfica, no ha dejado indiferente a nadie que haya entrado en contacto con su obra: hay quienes adoran sus películas y quienes las odian. Yo me cuento entre los primeros. Desde luego me gustan algunas más que otras. Memento, Batman Begins, The Prestige, El caballero oscuro, Origen, Interstellar y, por supuesto, Dunkerque, se cuentan entre mis favoritas—, porque la más reciente película de Nolan habla por sí misma: desde ya la considero el mejor trabajo que ha realizado hasta la fecha este magnífico e inteligente cineasta. Aunque tengo casi la completa seguridad de que, más adelante, cuando se hable de toda su carrera, no será la mejor puesto que como todo creador desea, su mejor trabajo es el que está por venir.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Sobre los hacedores de libros


Hubo una época en que algunos editores de libros se involucraban tanto en su trabajo que en ocasiones parecían extralimitarse en sus atribuciones. ¿O acaso extralimitarse en sus atribuciones les estaba también permitido en función de que el producto que llegara a manos de los lectores fuera el mejor posible?

Y en lo que se refiere a este producto, a las obras ya publicadas, ¿eran mejores o definitivamente diferentes a las que sus autores habían concebido en un principio? Y en cuanto a los autores, ¿qué opinaban de aquel producto final?

Aquí cabría mencionar, como ejemplo, la polémica surgida a finales de la década de los noventa alrededor de la obra de Raymond Carver y su editor Gordon Lish.

Parte de estos razonamientos y cuestionamientos que he mencionado se los hace el personaje de Max Perkins en “El editor de libros” (Genius, título original), la película dirigida por Michael Grandage basada en la biografía de la leyenda de la edición estadounidense Maxwell Perkins, Max Perkins: Editor of Genius, escrita por A. Scott Berg.

De esta biografía el filme pone la lupa sobre la relación personal y profesional que mantuvo Perkins con el escritor Thomas Wolfe. Una relación intensa y fructífera, íntima, pero a la vez emocional, tensa, de amor y odio... Sobre todo a causa de la inmadurez y la egolatría de Wolfe.

Y es que no podrían haber dos personajes más disímiles entre sí: mientras Perkins era un hombre de familia, afable, sosegado, estoico, amante de los placeres sencillos, Wolfe era un huracán que gustaba de visitar tugurios, mujeriego y dado a la bebida, un hombre pasional y frenético que buscaba vivir cada minuto de su vida al máximo a costa de lo que fuera y, por supuesto, con una prosa tan desbocada y lírica como su propio ego.

En muchos casos aquellos editores tenían también que interpretar el papel de psicólogos con algunos de sus escritores, escucharlos y orientarlos no solo con lo que escribían sino incluso en las decisiones importantes que tomarían en sus vidas.

En el filme Grandage nos muestra un par de escenas de Perkins manteniendo conversaciones de este tipo con dos monstruos de la literatura como lo son Scott Fitzgerald y Hemingway.

“El editor de libros” es una película compleja dentro de su sencillez que nos permite comprender el trabajo, la vida y obra de aquellos extraordinarios hacedores de libros que ya hoy en día prácticamente no existen o son una rara avis.

Quizá sea una historia que pueda agradar al público en general pero que sin duda disfrutarán los amantes de los libros.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Frente a lo desconocido


Las personas solemos sentir miedo ante la incertidumbre y lo desconocido. Es una reacción natural, muy común y generalizada. A mayor incertidumbre y desconocimiento, mayor aún será nuestro miedo y desde luego nuestro rechazo hacia un objeto, una entidad o una situación en particular que origine en nosotros dichas sensaciones.

Sin embargo, aunque suene paradójico, son también la incertidumbre y lo desconocido, o más bien los retos que ambas nos plantean, lo que a su vez nos ha hecho avanzar, evolucionar como individuos y sociedad.

A este temor básico, primario, echan mano los creadores de “La llegada” para presentarnos una historia magníficamente estructurada y cargada de emoción, misterio y suspense.

Además de hermosa, creo que esto es preciso recalcarlo.

Cierta mañana, doce enormes naves alienígenas atraviesan la atmósfera terrestre y se apostan en doce diferentes lugares del globo —Australia, China, EE UU, Rusia, Venezuela, entre ellos—. Algunos de los gobiernos de estos países enseguida conforman equipos de científicos con el fin de comunicarse con los visitantes y conocer así sus intenciones. Al principio sin mucho éxito. Ni siquiera pese a que científicos de varios países se ponen en contacto y comienzan a colaborar entre sí y a intercambiarse información de sus respectivos avances.

Mientras tanto, el caos y el vandalismo se apoderan de las calles de numerosas ciudades. Se producen saqueos y suicidios múltiples. Empiezan a aparecer voces críticas con la forma en que los gobiernos gestionan la crisis y hay quienes creen que el mejor procedimiento para proteger nuestra especie y sistema de vida es destruir las doce naves.  

A esta altura cobra fuerza el personaje de Louise Banks, interpretado por la actriz Amy Adams, una especialista en lingüística. Es ella la que consigue rápidos y significativos avances en la tarea de comunicarse con los alienígenas.

Sin embargo, establecer este contacto con una inteligencia superior, más adelantada, con una extraña forma de lenguaje, tendrá impactantes efectos sobre Louise Banks.

“La llegada”, dirigida por Denis Villeneuve, es una película de ciencia ficción que, como toda buena obra de ciencia ficción, nos habla sobre la naturaleza humana, sobre nuestra modo de relacionarnos con los demás, y con lo desconocido, y por supuesto del poder del lenguaje para transformar nuestra manera de pensar y de entender el mundo, la vida.

La película exige al espectador estar atento a los detalles puesto que es justamente en los detalles en los que va apuntalándose los avances de la trama.

Sin duda, de las mejores historias que he disfrutado este año en la gran pantalla.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Un mundo de horror


El 6 de mayo de 2013 una noticia sacudía a la sociedad estadounidense: tres jóvenes mujeres habían sido rescatadas tras un cautiverio de entre 9 y 11 años, gracias a que una de ellas escapó y avisó a la policía.

Durante ese cautiverio fueron sistemáticamente violadas por su captor; durante ese lapso tuvieron múltiples embarazos y abortos espontáneos. Sin embargo, una de ellas había conseguido dar a luz y mantener viva a la criatura: una niña de seis años de edad.

Pese a sus precarias condiciones, la madre de la niña trató que la pequeña tuviera la mejor vida posible y creó un mundo imaginario en su habitación. "Hacíamos que caminábamos a la escuela, traté de hacerlo lo más real posible para ella; finalmente llegábamos a la escuela, la dejaba y le decía 'Ok. Te quiero, que tengas un buen día' y entonces me convertía en profesora", confesó tiempo después a la BBC.

Es inevitable releer las noticias del Secuestro de Cleveland sin trazar inmediatamente un paralelismo con la película de Lenny Abrahamson, “La habitación”. O al revés, mientras estamos sentados en la oscuridad de la sala de cine viendo “La habitación”, es imposible no remitirnos a cada instante al Secuestro de Cleveland.

En su film, Abrahamson cuenta la historia de Jack (interpretado por Jacob Tremblay) y su madre (caracterizada por Brie Larson), víctimas de un secuestro. Sus vidas transcurren en una habitación sin ventanas, de apenas cuatro metros cuadrado, en cuyo techo se abre una claraboya que les permite al menos ver un trozo de cielo. Cada tanto, Jack y su madre son visitados por el “Viejo Nick”, el responsable de que ambos permanezcan allí encerrados. Ella entró en aquella habitación siendo una adolescente y ahora es una mujer cercana a los treinta, con un hijo al que desea proteger por encima de todo de los horrores del mundo.  

La película inicia con la celebración del quinto cumpleaños de Jack. Su madre sabe que ha llegado el momento de revelarle la verdad al pequeño, el momento de quebrar, romper con el mundo imaginario que ha creado a su alrededor para que sus vidas transcurriesen lo más normal posible, el momento de intentar hacer algo con el fin de escapar de aquel cautiverio y ofrecerle al niño una vida verdadera. Pero fuera a ambos les espera un mundo de horror quizá igual o peor al sufrido por años en aquella habitación; ambos tendrán que enfrentarse a situaciones duras y difíciles como no lo habían hecho antes.

Uno de los aciertos de “La habitación” es que está narrada desde el punto de vista de Jack, esto, por decirlo de algún modo, suaviza, le proporciona cierto aire de frescura y ternura a la crudeza y dureza del relato que vemos avanzar en la pantalla. Otro de los aciertos son sin duda las actuaciones de Brie Larson y Jacob Tremblay. Me ha sorprendido la interpretación de ambos actores, sobre todo la madurez y naturalidad con las que Tremblay caracteriza al pequeño Jack.

También me gustaría destacar el uso que hace Abrahamson de la cámara en la primera parte de la película, esa que va desde su comienzo hasta que ambos personajes son liberados de su cautiverio. Esos planos cerrados, de cámara en mano, contribuyen en gran medida con el dramatismo y suspenso de la trama; le insuflan verosimilitud.

Vivimos en un mundo de horror. A cada instante nos tropezamos con noticias que nos impactan, desconciertan y conmueven. Que creadores como Abrahamson se atrevan a llevar a la gran pantalla esas mismas noticias, pero pasadas por el tamiz de la ficción, con toques personales que nos permitan sobrellevar la crudeza y dureza de las historias que relatan, se agradece enormemente.

La ficción una vez más le pone orden y belleza al caos del mundo.

martes, 9 de febrero de 2016

El individuo frente a las masas


Las masas siempre me han generado reservas. Soy de los que piensa que se dejan arrastrar con demasiada facilidad por la emoción y el calor del momento. Una vez que han fijado su mirada sobre un objetivo particular, en una situación determinada, es imposible hacerlas desviar su vista de él. Imposibles hacerlas entrar en razón y hacerlas entender que algo está mal o bien, que algo les conviene o no. Quizá por este mismo motivo, políticos y agencias de publicidad avezadas, suelen sacar provecho de ellas.

Sin embargo, reconozco que a lo largo de la historia, en no pocas ocasiones, las masas han funcionado como catalizadoras del cambio, para provocarlo y ponerlo en marcha. Aun cuando, al final, ese cambio acabe siendo implementado por individuos.

De manera que podría decirse que las masas estarían capacitadas, facultadas para derribar muros, conceptos y regímenes, pero nunca para reemplazarlos por otra cosa, por algo nuevo. Algo verdaderamente nuevo y progresista, quiero decir. Esta tarea recae sobre los individuos. Individuos con nombre y apellido, y por supuesto, valores y principios firmes, que se oponen y enfrentan a las masas con el fin de conseguir un bien común. Aunque ellas ni lo acepten ni lo entiendan así en el calor del momento. Con el cabreo general es imposible negociar.

Y es sabido que destruir ha sido siempre más fácil que construir. Se tardan años, décadas, siglos para levantar una ciudad, pero sólo horas para reducirla a escombros y desolación.

En su más reciente película, “El puente de los espías”, protagonizada por Tom Hanks, Steven Spielberg vuelve sobre este fascinante tema que enfrenta a un individuo contra las masas. Nueva York, finales de los años cincuenta, el miedo por un ataque nuclear se extiende y generaliza entre la población. Las dos potencias que se han repartido el mundo (Estados Unidos y la URSS) mantienen una guerra fría que amenaza con calentarse en cualquier instante. Tras un operativo de inteligencia, el FBI ha arrestado a Rudolf Abel (Mark Rylance), un ciudadano soviético a quien acusa de espía. De inmediato la opinión pública se vuelca y aglutina alrededor de una misma causa: solicita para él la pena capital. En una jugada con el fin de lavarle la cara al sistema, y demostrar que en la tierra de las oportunidades la justicia funciona incluso para los enemigos, el gobierno contrata los servicios de un prestigioso bufete de abogados para que se encargue de la defensa de Abel. Los socios del bufete eligen entonces a uno de sus mejores hombres para que lleve el caso: James B. Donovan (Tom Hanks). En un principio Donovan se niega a coger el caso puesto que está consciente de que se trata de una causa perdida y además sabe que al final del proceso será el hombre más odiado del país. No obstante, luego de las insistencias de su jefe y del representante del gobierno, acepta. El problema es que Donovan no sabe hacer su trabajo a medias y está dispuesto a llegar más allá de lo que su jefe y el representante del gobierno esperaban. Cuando esto sucede, Donovan se queda solo, aislado, e incluso pone en riesgo su vida y la de su familia. En la calle la gente lo reconoce, señala y repudia; sus vecinos le piden a gritos que se vaya del vecindario. Pero, como dice el adagio popular, “la noche es más oscura justo antes de amanecer”, la historia da un giro y Donovan tiene la oportunidad de demostrarle a sus conciudadanos que desde un principio la razón ha estado de su lado.

Tom Hanks está soberbio en su interpretación del abogado que se enfrenta a todo un país por defender no sólo a Rudolf Abel, el espía enemigo, sino a la propia democracia estadounidense. Y Mark Rylance contribuye con su parte metiéndose en la piel del parsimonioso e impertérrito prisionero soviético.

No me ha sorprendido descubrir, en los créditos finales, que los hermanos Coen, junto con Matt Charman, eran los responsables del guión. Un guión redondo, cuidadoso en los detalles, cargado de suspense, que mantiene al espectador pegado a su asiento de comienzo a fin.

Pese a estar basada en hechos reales, “El puente de los espías” no es más que una reinterpretación de la magnífica “Un enemigo del pueblo”, pieza de Ibsen por la que Spielberg quizá sienta especial debilidad, puesto que en otras de sus cintas ha abordado el mismo tema: el individuo que se enfrenta a las masas para salvarlas o en busca de construir una sociedad mejor.

sábado, 31 de enero de 2015

¿Mundos irreconciliables?


Desde el mismísimo nacimiento del cine, a finales del siglo XIX, se gestó esa ancestral rivalidad que aún perdura entre los creadores que trabajan en él y sus pares del teatro. Ni siquiera la aparente tregua que introdujo la colaboración entre ambos mundos durante los inicios del cine sonoro ha hecho mella en ella; todo lo contrario, la exacerbó. Para muchos ya es un tópico la discusión en la que se diserta sobre en cuál de ambas actividades humanas se hace verdadero arte o en cuál de ellas se construye el verdadero actor.

Sobre dicha rivalidad Alejandro González Iñárritu basa el argumento de su más reciente película, Birdman. Una irreverente, crítica, divertida, frenética y brillante mirada al mundo del espectáculo que habita tanto en el cine como en el teatro.

Tras convertirse en una celebridad, gracias a su interpretación de un superhéroe en la gran pantalla, Riggan Thomas intenta reorientar su carrera con el fin de obtener el respeto y reconocimiento de aquellos que sólo ven en él a un fanfarrón, un tipo que tuvo la suerte que los reflectores de Hollywood se detuvieran el tiempo suficiente en él para transformarlo en alguien rico y famoso. Con esta obsesión taladrándole la cabeza, se está dejando la piel (y lo que queda de sus ahorros) en el montaje de una obra de teatro en Broadway. Se trata de una adaptación que él mismo ha escrito, dirige y desde luego protagoniza— de la no menos célebre What We Talk About When We Talk About Love de Raymond Carver.

Pero los preestrenos de la obra pronostican el desastre.

Porque Riggan no solo está manteniendo una lucha cuerpo a cuerpo contra sí mismo o contra el hombre pájaro que de tanto en tanto le resopla en el cuello recordándole quiénes son en realidad (actor y personaje de blockbusters; actor y personaje de taquillazos palomiteros y nada más), sino incluso contra su propia hija, una ex adicta en rehabilitación que le reprocha lo mal padre que ha sido; o contra el elenco que lo acompaña en el montaje, especialmente contra Mike, un hombre de teatro, tan buen actor sobre escena como patán fuera de ella; o contra la crítica que amenaza destrozar su espectáculo, borrarlo de la faz de Broadway, porque no merece estar allí, ocupando un teatro que debería estar al servicio de verdaderos artistas y no de advenedizos y fanfarrones como él.

La explosión visual que nos brinda González Inárritu en Birdman es de una calidad, ambición, expresividad y atrevimiento nunca antes vistos. Puro placer. Esas suaves pero a la vez violentas transiciones entre una y otra escena; los planos secuencias y travelling: esos desplazamientos imposibles de cámara; las alucinantes secuencias en las que Riggan sucumbe seducido por la verborrea del hombre pájaro… Y todo con el soundtrack de fondo que nos obsequia Antonio Sánchez y que remarca el ritmo frenético de la película, sobre todo las improvisaciones del batería, que aparece de cuando en cuando en algún rincón para demostrar su importancia en el entrelazado de la historia, un personaje más, secundario, pero personaje al fin y al cabo. Es verdad que en ciertos momentos Birdman me ha recordado a esa otra magnífica, irreverente y ácida peli titulada All that Jazz, de Bob Fosse, en la que Roy Scheider interpreta a un coreógrafo y director de teatro que prepara su próximo musical en Broadway al mismo tiempo monta una película de Hollywood sobre un cómico de monólogos y flirtea con la muerte. Pero de igual manera Birdman no se me ha parecido a nada que haya visto con anterioridad.

Un significativo chute de adrenalina para aquellos que amamos el cine.

Por otro lado, la interpretación de los actores en sus respectivos roles ha estado a la altura de las ambiciones de González Iñárritu. Los siempre exquisitos y camaleónicos Edward Norton y Naomi Watts; la espectacular resurrección de Michael Keaton, aprovechándose del enorme filón que le proporcionaba el personaje de Riggan Thomas y hasta la hermosísima Emma Stone.

Mucho se ha hablado de que luego de su rompimiento con Guillermo Arriaga, la carrera fílmica de González Iñárritu había tenido un bajón de antología. Había corrido riesgos aunque sin resultados. Pero después de Birdman esto debería y tiene que cambiar. Sin duda. Estamos ante el mejor trabajo del director mexicano, el más arriesgado y atractivo. Un alarde de creatividad que raya en lo genial. De lo mejor que he visto en años.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Todos podemos ser santos


Cuando era niño, una de las aseveraciones que más me sorprendió e impresionó de las clases de religión fue aquella en la que la maestra, con una solemnidad que me dejó sin aliento, dijo que si nos lo proponíamos todos podríamos llegar a ser santos. ¿Cómo?, pensé.  ¿Llegar yo a convertirme en aquellas imágenes de yeso que nuestras madres y abuelas veneraban en las iglesias?

Imposible. No me cabía en la cabeza.

Tiempo después, ya siendo adolescente, mientras hacía un apostolado en la parroquia donde vivía, me topé de nuevo con el mismo discurso. Esta vez, pese a que entendí a la perfección la metáfora, preferí continuar dejándola fuera de mi cabeza. Me sentía demasiado imperfecto, demasiado egoísta y demasiado humano para siquiera pensar en algo como ser santo. Sin embargo, es justo aquí donde reside la singular maravilla de la contradicción religiosa (católica, en este caso): se llega a ser santo sólo si antes se ha sido humano.

St. Vincent, de Theodore Melfi, es una divertida y conmovedora comedía que explica lo que yo he tratado de resumir en los párrafos anteriores.

Vincent (Bill Murray) es un viejo cascarrabias que odia relacionarse con la gente. No le gusta y es evidente que tampoco a la gente le gusta él. Mal vecino, fumador y bebedor empedernido, adicto a las apuestas de caballo y asiduo a locales de strippers. De hecho, es cliente habitual de una de estas chicas, Daka (Naomi Watts), que por unos pocos dólares le proporciona de tanto en tanto favores sexuales. Pero un día nuevos vecinos se mudan a la casa de al lado y, ante una emergencia de Maggie (Melissa McCarthy), su nueva vecina, Vincent ve la ocasión de darle un respiro a sus maltrechas finanzas haciendo de canguro de su hijo. Es acá dónde los caminos de Vincent y Oliver (Jaeden Lieberher), un chaval de doce años, introvertido y en el ojo del huracán de varios cambios (nuevo barrio, nuevo colegio, divorcio de sus padres), se cruzan para trastocar la vida de ambos. Vincent se traza la meta de hacer de Oliver un hombre (un hombre a la manera que él está acostumbrado, claro) y Oliver comienza a ver en Vincent a alguien más que un circunstancial tutor.

Con un guión sencillo pero contundente, Melfi nos da un paseo de 102 minutos por la vida de estos personajes que nos hace reír, sorprendernos, indignarnos, reflexionar y conmovernos. De hecho la sencillez es la gran virtud de St. Vincent, tal y como solía pregonarlo Chejov.

Y aunque no pueda entrar en nuestras cabezas, siempre existe la posibilidad de llegar a ser santo a pesar de que nunca nos lo hayamos propuesto, de que jamás haya formado parte de nuestros planes de vida. Porque en el fondo los verdaderos santos no se hacen a sí mismos, sino que son descubiertos y nombrados por otros. Son esos otros los que le confieren el título. A veces, los verdaderos santos, ni siquiera saben que están obrando el bien.

Así de simple.

martes, 2 de diciembre de 2014

Still life


John May es un tipo solitario, silencioso y bastante flemático. También ordenado y meticuloso hasta lo obsesivo. Su vida transcurre de forma tranquila y rutinaria. Es funcionario en uno de los tantos Ayuntamientos de la ciudad de Londres. Su trabajo consiste en encontrar a los allegados de los que han fallecido en soledad y sin familia ni amigos conocidos en el municipio. Trabajo que, dicho sea de paso, realiza concienzudamente y con tal dedicación y esmero, incluso yendo a veces más allá de sus responsabilidades, que nadie podría poner en duda su profesionalismo y que desde luego le gusta y ama lo que hace. Pero un día, por motivos de recortes en la administración, el Ayuntamiento decide prescindir de sus servicios aunque, tras su ruego, el jefe le permita acabar con el último caso que ha llegado a sus manos; le da tres días para resolverlo o cerrarlo.

Los primeros minutos de Still life (en España la han titulado Nunca es demasiado tarde, una vez más, un título desacertado), de Uberto Pasolini, son una clase magistral de lo que significa la presentación de personajes en guion cinematográfico. Me hizo recordar a otras cintas recientes que han hecho de este apartado una declaración de principios, como Little Miss Sunshine, Up o Up in the air. Títulos en los que, con mínimos recursos y apenas diálogos (a veces ni eso), se transmite al espectador el mundo interior de los personajes y toda la información, todo ese background requerido con el fin que uno se sumerja en la historia y tengamos una completa comprensión de cuanto sucede en la gran pantalla.

Hacía mucho tiempo que una cinta no me ponía un embarazoso y corrosivo nudo en la garganta y me hacía saltar las lágrimas. La interpretación que Eddie Marsan hace para meterse en la piel de John May es maravillosa, única. Acabamos enamorados de ese personaje de vida gris, que sin embargo pone una pasión inusual en su trabajo con el fin de ofrecerle a los muertos un dignísimo funeral aunque sea rodeado de puros desconocidos: él, el religioso de turno y los empleados del cementerio.

May le concede a los muertos un cariño y respeto con los que tal vez no contaron en vida. O al menos en los últimos años que anduvieron por este mundo.

Pese a su significado lapidario, quizá la siguiente sentencia que Rubén Blades incluyó en uno de los temas de Tiempos, resuma la esencia de la película de Pasolini: “Si en tu vida no hubo ritmo, en tu muerte no habrá clave”. Así sin más. Aunque nos joda en lo profundo.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Interstellar


A finales de los años ochenta y principios de los noventa del siglo pasado, por azares del destino, llegaron a mis manos una serie de libros que hablaban del universo y las distintas teorías y leyes que el hombre se había visto en la necesidad de formular para entenderlo y explicarlo. Entre otros autores que ya no recuerdo, había libros firmados por Bertrand Rusell y Stephen Hawking. Pese a que hubo conceptos que nunca llegué a asir por completo, que se escaparon irremediablemente y para siempre a mi comprensión, leí con interés y deleite aquellos libros. El Big Bang, la Teoría General de la Relatividad, la Teoría Cuántica, las singularidades espaciotemporales, los agujeros negros, los agujeros de gusano eran algunos de los conceptos que sus autores allí desarrollaban y trataban de explicar, de la manera más coloquial posible, con el fin que legos en la materia como yo pudiéramos entenderlos.

Ahora, la hermosa y emocionante Interstellar, de Christopher Nolan, me ha hecho retornar de un tirón a aquella época y a aquellos libros.

El argumento de la película es como sigue: en un futuro al parecer no muy lejano, la humanidad se ha visto considerablemente mermada y algunos cultivos atacados por plagas que amenazan con extenderse a otros. Gran parte de la población se dedica a la agricultura. A pesar de ello, hay escases de alimentos y de tanto en tanto las pocas poblaciones o asentamientos de gentes se ven azotadas por gigantes y agresivas tormentas de arena. Quizá por estos motivos la opinión pública es muy sensible con el asunto de los gastos destinados a la investigación que nada tiene que ver con la solución de los males cotidianos como, por ejemplo, la exploración espacial. Sin embargo la NASA, o lo que queda de ella, trabaja en un proyecto súper secreto. Así es como nos enteramos que la única salvación de la raza humana se halla fuera de nuestro planeta. A partir de acá la película se adentra en una serie de tecnicismo que, para alguien nada ducho en la materia, puede generarle cierta confusión. Aunque, como es lógico pensar, no es preciso que el espectador conozca dichos términos y conceptos (de los que ya hablaba en el primer párrafo) para entender y disfrutar de la narración de la que se ocupa Interstellar. La utilización de dichos términos y conceptos está plenamente justificada por tratarse de una película de ciencia-ficción. Además, sus consecuencias son fundamentales en el desarrollo y resolución de la historia. Lo que sí me gustaría dejar claro es que, como todo buen relato de ciencia-ficción, Nolan y su equipo se han documentado y empapado de los temas que aborda de forma extraordinaria. Por más fantasiosa que pueda resultar la peli para algunos, todos sus tramos y giros cuentan con un asidero científico. Y, siendo honestos, si nos detuviéramos un momento a analizar la inmensidad del universo, ¿acaso lo fantástico no sería pensar que haya vida en la Tierra?

En el universo, al menos la parte que conocemos, la vida es la excepción y no la regla.

Como ya nos tiene acostumbrados, Nolan nos ofrece un film cargado de acción, suspenso, cuestionamientos morales y gran cantidad de emociones. Pese a las casi tres horas que dura la peli, nunca sentí la tentación de mirar el reloj. Sobre todo porque es imposible apartar los ojos de la pantalla. Pestañar significa perderse un detalle importante de la trama o dejar pasar una imagen sobrecogedora. Pero hay algo en esta película que no había notado en trabajos anteriores de su inteligente y atrevido director: un discurso más intimista, sensible y comprometido con ese sentimiento universal que es el amor. Porque al fin y al cabo es del amor que nos habla Interstellar. No sólo del amor que profesa un padre a sus hijos, sino el amor que siente una mujer por un hombre, y viceversa, y hasta del amor desmedido que un científico puede mostrar hacia su trabajo. No en vano, a cierta altura de la historia, en una crucial disyuntiva que se presenta en el horizonte inmediato de los personajes, de cuya decisión depende todo lo que está por venir, uno de ellos suelta el siguiente diálogo: “El amor es lo único que trasciende el tiempo y el espacio”.

Y esta también pareciera ser la premisa que a su vez Nolan intenta demostrar con Interstellar, un blockbuster con firma de autor.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Loreak


Siempre he admirado a los cineastas que toman riesgos, que pese a los tiempos que nos condicionan, intentan contar historias de una manera distinta, original, respetando y apegándose con fidelidad al tempo y a las pulsiones que a su vez exigen esas mismas historias. En otras palabras, creadores que no sucumben a las tentaciones del mercado.

Ahora mismo se me vienen a la cabeza nombres como los de Wong Kar-wai (In the mood for love), Nanni Mortti (La Stanza del Figlio) y Andréi Zviáguintsev (The return), por mencionar sólo a tres de esos autores que, en su momento, nos han obsequiado con sugerentes y poéticas imágenes en algunos de sus trabajos.

Es también el caso de los vascos Jon Garaño y Jose Mari Goenaga y su hermosa, sobrecogedora e inquietante Loreak.

Loreak en euskera significa flores. Y precisamente de flores va esta película. Flores que durante un tiempo no paran de llegar y que, en dos momentos diferentes, desestabilizan la vida de una pareja (en especial, uno de los miembros de esa pareja: Ane) y de dos mujeres (Lourdes y Tere) unidas por un vínculo de afinidad. El asunto es que esas flores entran de manera anónima al círculo cotidiano de las tres mujeres. No hay remitente y no es posible identificarlo. Al menos no de forma inmediata. Entonces, cada una a su manera, llenará el vacío que dejan las incertidumbres con las fantasías que a veces crea nuestra imaginación. En algunas de las tres protagonistas estas fantasías traerán esperanzas y en otras decepción.

Garaño y Goenaga nos hacen partícipes de un juego seductor, no por previsible en ciertos tramos, falto de autenticidad y encanto. Hacen del montaje un elemento fundamental en su narración, como ya antes lo han hecho cineastas como Tarantino y González Iñárritu. Pero es quizá en el ritmo del relato, sus silencios y pequeños gestos, las acciones en apariencias baladí, donde encontramos la esencia de la obra de los vascos, su poética, que emociona e impacta a medida que va desarrollándose y acercándose al clímax.

Mención aparte merecen las actrices que interpretan a Ane, Lourdes y Tere (Nagore Aramburu, Itziar Ituño, Itziar Aizpuru, respectivamente), brillantes las tres en sus caracterizaciones.

Loreak es un melodrama sutil e intimista, cargado de resonancias, que sacude a golpe de silencio y desolación.

Un dato final para el espectador que se anime a verla: hace algunos años, una dependienta de una floristería, me dio el siguiente consejo: la mejor manera de pedir perdón es regalar flores blancas.

lunes, 20 de octubre de 2014

Cuando nos domina la furia


Naufragar en el descontrol, dejarse arrastrar por la indignación, la rabia, sin reparar un segundo en las consecuencias.  Cargar con todo contra aquellos que nos han ofendido o nos han hecho daño. Abandonarse sin más en los seductores y deliciosos brazos de la furia… Son los vasos comunicantes que pueden apreciarse en las seis historias que cuenta Relatos Salvajes, la magnífica y explosiva película escrita y dirigida por Damián Szifrón.

En “Pasternak” (sí, como el premio Nobel ruso), lo que en principio pareciera una inverosímil casualidad, acaba convirtiéndose en la elaborada venganza de un desquiciado.  Dos desconocidos al volante coinciden en una solitaria carretera en “El más fuerte”; un hecho baladí se convierte en el detonante de una obstinada persecución que no puede acabar sino en tragedia. “Las ratas” cuenta el encuentro, años después, de una víctima con su victimario, en la que se incluye la intervención “divina” de una tercera parte, todo en un cutre y perdido restaurante de carretera. “Bombita” es el consabido enfrentamiento de un ciudadano común y desvalido contra la arrogante burocracia del todopoderoso Estado; sólo que esta vez el desvalido y común ciudadano es también un experto ingeniero de explosivos.  En “La propuesta”, la corrupción y la avaricia extorsionan a un pudiente pero desesperado padre de familia que intenta salvar a su hijo adolescente de la cárcel. Y, finalmente, la película cierra con broche de oro: “Hasta que la muerte nos separe”, que no es más que la irracional y desbocada reacción de una mujer enamorada al enterarse, el mismo día de su boda, de que su marido la engaña y encima ha tenido la desfachatez de invitar a su amante a la celebración.

Pese al dramatismo o tragedia de la mayoría de situaciones, es imposible no reírse (con una cierta risa nerviosa, claro) en algunos momentos de cuanto sucede en la pantalla. Aún luego de secuencias de incuestionable tensión. He allí la habilidad de Szifrón para marcar los ritmos de sus relatos. Se trata del más negro de los humores aderezado con suspenso, inteligencia e ironía.

Quizá en dos de las primeras historias, “Pasternak” y “El más fuerte”, al espectador le cueste un poco tomar partido, pero de allí en adelante no es difícil imaginárselo del lado del protagonista de turno, no importa los pocos ortodoxos métodos que utiliza para tomar su particular revancha. Mientras veía la película, no pude evitar ser seducido por la magnética y poderosa narrativa de Szifrón  (reforzada con maestría gracias a la música de Gustavo Santaolalla), sucumbiendo a la indignación, la rabia y la violencia que mueve a sus personajes, sobre todo en los relatos de “El más fuerte”, “Bombita” y “Hasta que la muerte nos separe”. ¡Y que quede claro que nunca he sido partidario de aquellos que se toman la justicia en propias manos! Todo lo contrario: desapruebo a quien lo hace y no me cansaré de criticar cualquier manifestación de este incivilizado comportamiento por más pequeña que sea. Pero en este caso se trataban de historias de ficción y, con un propósito exclusivamente terapéutico, me abandoné a las emociones.


Nadie es perfecto.

jueves, 30 de junio de 2011

La violencia como síntoma


América Latina es un continente violento. Y detrás del complejo entramado de la violencia de las últimas décadas, por lo general, se encuentra la mano del narcotráfico.

Gracias a los recursos obtenidos a través de su negocio, los narcos van extendiendo poco a poco sus tentáculos sobre la sociedad en la que actúan hasta conseguir minar sus sistemas de defensas. La semana pasada, algunos presidentes centroamericanos lanzaban un S.O.S. a sus colegas más ricos de EE UU y Europa para que les ayuden a combatir los avances del crimen organizado en sus respectivos países. Si a esta realidad sumamos los males endémicos de la región, pobreza y gobiernos corruptos, el resultado puede acercarse a lo que dice Francisco Dall'Anese, jefe de la Comisión Internacional contra el Crimen Organizado en Guatemala (CICIG): "Este país tiene un altísimo riesgo de convertirse en un narcoestado. El crimen organizado ha venido ocupando los espacios que el Estado pierde. Así, los criminales brindan a la población servicios como escuelas, asistencia médica... obteniendo una especie de legitimidad en una población secularmente abandonada". No es una situación nueva en Latinoamérica. Habría que recordar el imperio de corrupción, terror y muerte que Pablo Escobar Gaviria consiguió levantar en los años ochenta en Colombia.

Un pequeñísimo pellizco de esta situación lo vemos reflejado en la película Hermano, ópera prima del director venezolano Marcel Rasquín. En ella el líder de una mafia de narcos paga al entrenador, proporciona uniformes y equipamiento y da trabajo y protección a varios de los jugadores de un equipo de fútbol de barrio. Pero este es sólo el telón de fondo de la cinta, puesto que su trama gira en torno a la relación de Julio y Daniel, dos hermanos muy unidos a quienes les encanta jugar al fútbol. Julio y Daniel son tan distintos como la noche y el día y, a la vez, tan parecidos como dos gotas de agua. Uno estudia bachillerato, es ingenuo y concibe el fútbol como una manera de vivir. El otro trabaja para el líder de los narcos, vigila que los camellos de la zona estén al día con el pago de sus deudas y gracias a eso lleva plata a casa. Uno es un soñador, el otro tiene los pies bien plantados sobre la tierra. Cuando juegan al fútbol, uno se comporta como un líder nato sobre la cancha y el otro como un delantero talentoso, único, una verdadera promesa... Ambos adoran a su madre (una mujer humilde que hace dulces y tartas para ganarse la vida) y, cada cual a su manera, sabe que de la violencia es imposible escapar. También, cada cual a su manera, se aman y protegen.

Un buen día la fortuna toca a su puerta en la figura de un cazatalentos que les ofrece la oportunidad de realizar una prueba en un club profesional de fútbol y quizá la posibilidad de firmar contrato con él.

A Rasquín le disgusta que tilden a su ópera prima de social, "Porque hablo de personajes, es cine humano y no social", dice. Pero es difícil, por decir lo menos, que alguien que no haya vivido en Latinoamérica y por tanto sea ajeno a la cotidianidad de la gente que habita sus barrios populares, lo perciba de manera diferente. ¿Cómo puede relatarse una historia en el seno de una familia humilde, que habita estos barrios, sin mostrar la realidad que la circunda? ¿Cómo no hablar de violencia y narcotráfico si a diario cada uno de sus miembros se levanta y acuesta atravesando sus entrañas? No hacerlo, desde luego, sería falsear y traicionar la historia que se intenta contar.

Hermano es un melodrama que desde la primera escena golpea la sensibilidad del espectador. Hay escenas duras, por supuesto, pero también escenas de gran belleza, que conmueven y te hacen sentir un nudo abrasivo en la garganta. En fin, es parte de ese buen cine que de tanto en tanto consigue salir a flote en la región, pese a las limitaciones técnicas y presupuestarias.

sábado, 18 de junio de 2011

Gente que se deprime


Este es un retrato de Walter Black (Mel Gidson): un hombre de mediana edad, casado y con dos hijos, presidente de una compañía de juguetes familiar, heredada, venida a menos, inmerso en una profunda depresión.

Este es un retrato de la familia de Walter Black: una esposa, Mederith (Jodie Foster), ingeniero para más señas, que todas las noches se conecta a internet para conferenciar con sus clientes japoneses sobre los planos de la más reciente montaña rusa que ha diseñado; un hijo mayor, Porter (Anton Yelchin), que a pesar de ser brillante, es un alumno regular que utiliza su talento para redactar trabajos a los demás estudiantes del instituto, eso sí, previo pago de una tarifa nada solidaria, además, odia a Walter y tiene miedo de acabar pareciéndose a él, su obsesión es tal que, en su habitación, tiene una pizarra abarrotada con post-it en los que ha ido apuntando las características, gestos y hábitos que ha identificado que él y su padre comparten; y un hijo menor, Henry (Riley Thomas Stewart), que desearía ser invisible para pasar desapercibido entre sus compañeros de colegio.

La depresión de Walter Black lo aísla de todo, especialmente de su familia. Él sólo desea dormir y lo hace en cualquier lugar: en la casa, en el trabajo o en el coche. Un buen día Mederith, tras dos años de apoyarlo y consentir su comportamiento, decide echarlo de casa. Ese día (o la noche de ese día), en un motel de mala muerte en las afueras, gracias a un accidente, y sobre todo a un castor de peluche que ha encontrado tirado en el conteiner de la basura, Walter decide hacer borrón y cuenta nueva. Ya basta de médicos, de tratamientos, de libros de autoayuda. Ese día toma la resolución de pasarle el control de su mediocre y precaria vida al castor de peluche. Sí, así como han leído. A partir de ese día, el castor de peluche será el que se comunique por él...

En El Castor (2011), Jodie Foster se apoya en el excelente guión de Kyle Killen para sacarle a Gidson la mejor actuación que quizá haya ofrecido en su carrera, después, claro está, de aquella mítica interpretación que hizo a mediados de los noventa de William Wallace, en Braveheart, cinta que también dirigió. La historia de Walter y su familia nos entretiene, nos hace reír a momentos y, en otros, sorprendernos, horrorizarnos y conmovernos a un mismo tiempo. Lo que sucede con las vidas de Walter y Porter que, tras conocer a Norah (Jennifer Lawrence), de alguna forma, como su padre, decide también redimirse nos mantiene pegados a la butaca, pendientes de lo que vendrá a continuación. Desde luego, como buenos espectadores, suponemos que las decisiones que toman en determinadas ocasiones no son las adecuadas y que entonces se hundirán aún más en sus respectivos pantanos existenciales.

Según Foster, todas sus películas son independientes y personales, “con trazos comunes que hablan de la soledad y del miedo a estar solos por mucho que te guste disfrutar de esa soledad. Que hablan de la familia y de nuestro miedo a parecernos a nuestros padres. Que hablan de una crisis espiritual como la que todos vivimos cada cinco años, que hablan de depresión aunque sea un tema que la mayor parte de la gente prefiere evitar”. Pero esta última cinta de la actriz y realizadora, también nos habla de la redención, de ese paso esquivo y difícil que a veces necesitamos dar para salvarnos a nosotros mismos. Y de que el camino a esa redención es menos arduo y tortuoso cuando caemos en cuenta de que no estamos solos, de que hay alguien a nuestro lado dispuesto a acompañarnos en el trayecto. Una peli estupenda para aquellos que gusten de los buenos dramas. Como dicen los americanos: two thumbs up! Muy recomendable.

martes, 19 de agosto de 2008

La fuerza devastadora de la verdad


A veces, no siempre quien se atreve a buscar la verdad está preparado para encararla.

Es lo que le ocurre al veterano de guerra Hank Deerfield, interpretado por Tommy Lee Jones, en la película In the Valley of Elah, de Paul Haggis, titulada en nuestro idioma como La conspiración, un título, dicho sea de paso, desafortunado, porque nada tiene que ver con la esencia de la cinta y, aún mucho peor, porque condiciona al espectador desde antes de entrar a la sala.

Hank Deerfield es un oficial retirado del ejercito estadounidense que, tras la desaparición de su hijo menor —Mike Deerfield, alistado en el ejército estadounidense—, luego de que regresara de una misión en Irak, decide investigar qué ha sucedido con él. Hay un precedente: Hank perdió a su otro hijo, miembro de la fuerza aérea, en un accidente de helicóptero. Después de corroborar que las autoridades de la base militar donde estaba destacado Mike, no tienen la menor disposición de ayudarlo, Hank decide acudir a las autoridades civiles. Sin embargo, allí tampoco obtiene colaboración puesto que la detective que lo atiende, Emily Sanders (Charlize Theron), una mujer frustrada porque le asignan casos menores, sin trascendencia, razón por la cual sus compañeros de oficina (todos hombres) viven burlándose de ella, le dice que su caso corresponde a instancias militares. Es así como Hank, por cuenta propia, emprende una pesquisa para dar con el paradero de su hijo. Es importante agregar que, durante la mayor parte de su carrera militar, Hank se desempeñó como investigador, por tanto no se le hace difícil colectar información que poco a poco lo va llevando a descubrir una verdad que no esperaba encontrar; también que, Emily Sanders, al final, acaba ayudándolo en su pesquisa.

In the Valley of Elah hace referencia al lugar donde se produjo una conocidísima confrontación bíblica. A decir de Paul Haggis: "El rey Saul mandó a David al valle de Elah para luchar contra Goliat con sólo cinco piedras y una resortera. Me pregunté ¿quién haría eso? ¿quién mandaría a un joven a luchar contra un gigante? Esta película trata de nuestra responsabilidad al mandar a jóvenes, hombres y mujeres, a la guerra…”.

Haggis tiene por costumbre, en sus guiones, hurgar en ciertos temas escabrosos de la sociedad norteamericana contemporánea, por ejemplo, bastaría con recordar Crash (que también dirigió), A million dollar baby y Flags of our fathers por sólo nombrar a tres de los más recientes. En este último trabajo que reseño, no hace más que ratificar esa agudeza de su ojo en una nueva mirada crítica que deja caer sobre la sociedad estadounidense. El personaje de Hank reúne toda esa complejidad, toda esa contradicción, toda esa frustración que deben sentir y padecer ciertos ciudadanos pensantes y sensibles de ese enorme país del norte (aunque, también, como la mayoría, llenos de prejuicios) que en nombre de la libertad y la democracia, atropella y aplasta a otros países más pequeños, construyendo en ellos infiernos donde lo único que tiene cabida es la exacerbación, y a veces de la manera más frívola, de los peores instintos que puede albergar la naturaleza humana.

viernes, 8 de agosto de 2008

Batman ecléctico


Religión e ideologías suelen usar principios similares para sumar adeptos a sus filas. El más conocido de ellos es anteponer la fe a la verdad. Más allá de los dogmas que unen al feligrés, militante o fanático con su religión o ideología, no hay nada más a lo que pueda o deba rendirle culto.

Sin embargo, dejando de lado a estas dos manifestaciones del intelecto, religión e ideologías, por el alto componente emotivo, irracional, que invariablemente las envuelve, que llevan ligado a su origen, ¿sería correcto anteponer la fe a la verdad en el resto de las actividades humanas? Éste, y otra cantidad inusual de dilemas éticos para una película basada en un cómic, son abordados desde una perspectiva perturbadora en Batman: The Dark Knight, del realizador británico Christopher Nolan.

Si bien Nolan nos tiene acostumbrados a sumergirnos en esta clase de cuestionamientos morales en sus cintas (recuerden: Following, Memento, Insomnia, The Prestige), la combinación que ha logrado con Batman... es de verdad inquietante: ¿hablar de moral y ética, sumidos en una atmósfera sórdida, violenta y brutalmente dividida o liderada por freaks, en una adaptación al cine de un cómic? Se trata de una actitud valiente, y en extremo original, ¿quién se atrevería a ponerlo en duda? Porque en ella no sólo cuenta el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal, entre el orden y el caos, entre lo blanco y lo negro, sino que Nolan introduce entre ambos extremos una paleta de grises que en ocasiones acerca de manera peligrosa ambas puntas de una misma realidad, hasta casi juntarlas, hacer que luzcan como cosas similares. Y a estas alturas, cómo no decirlo, la magistral actuación de Heath Ledger, interpretando a El Guasón, Némesis de Batman, ha sido la piedra fundacional para los arriesgados propósitos de Nolan.

Quizá otra de las cosas positivas que el joven director ha empezado a conseguir con Batman: The Dark Knight, es que mucha gente que tenía innumerables e infundados prejuicios hacia el cómic, y, desde luego, hacia sus adaptaciones cinematográficas, comience ahora a mirar con otros ojos este género de la creación a veces tan marginado, tan vilipendiado por aquellos que se precian de una supuesta supremacía o pureza intelectual.

¡Bravo por este Batman ecléctico que nos ha regalado Nolan y su extraordinario equipo!