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viernes, 22 de mayo de 2020

Dos años sin Roth



Me inicié en la obra de Philip Roth con la lectura de “Cuando ella era buena”, su segunda novela y tal vez el libro menos leído y menos representativo de su obra. Recuerdo que el personaje principal, Lucy Nelson, me resultó en muchos aspectos antipático, aunque tengo que reconocer que es un personaje muy interesante, de gran complejidad, cargado de un sinnúmero de contradicciones y, desde luego, no pude dejar de conmoverme con el final que Roth le tenía reservado en las postreras páginas de aquella novela.

Y como me gustó tanto “Cuando ella era buena”, decidí buscar más libros del autor, que por aquel tiempo era un total desconocido para mí. Entonces vinieron “El lamento de Portnoy”, “La conjura contra América”, “Pastoral americana”, “La mancha humana”, “El pecho”, “Me casé con un comunista”, “Elegía” y “Némesis”. Con todos disfruté de principio a fin y con todos me emocioné como un lector espera hacerlo con el nuevo libro que ha elegido para extraviarse entre sus páginas. No en balde Virginia Woolf defendía, con uñas y dientes, que tanto al escribir como al leer la emoción tiene prioridad sobre todo lo demás. Ignoro si Roth conocía esta sentencia de Woolf, lo que sí me atrevería a decir es que sus obras pueden tomarse como referente de ella.

Su prosa sobria y elegante, la manera de contar las historias que elegía contar, la deliciosa ironía con la que está impregnada las páginas de sus libros o los temas —algunos no exceptos de controversia— que abordaba en ellos me llevaron en algún momento a colocarlo en un pedestal del que todavía no me he decidido a bajarlo. Su amor a la literatura y su ambición por escribir libros diferentes lo empujaron siempre a llevar lejos su imaginación y a convertirlo a su vez en un prolífico autor. Solo esto explicaría que en su bibliografía, títulos como “El pecho”, en el que el protagonista se transforma en un seno gigante (¿guiño a Kafka y a Gógol?) que lucha entre la lujuria y la cordura, o “La conjura contra América”, en el que Lindbergh, héroe de la aviación mundial, vence a Roosevelt en las elecciones de 1940 y acaba negociando un “acuerdo” con Hitler, convivan con otros títulos más intimistas e introspectivos como “Némesis” o “Elegia”. Este último, por cierto, un brillante ejemplo de la destreza de Roth para construir ficciones: a través de las enfermedades que ha padecido su protagonista, de la cercanía de la muerte en determinados instantes de su vida, el autor cuenta la historia de un exitoso publicista de la ciudad de Nueva York que, en la recta final de sus días, se cuestiona la relación que ha mantenido con sus seres queridos. “Con esta historia, tan antigua como el género humano (…), Roth describe nuestra condición de seres perecederos”, escribió Guadalupe Nettel, hace ya algunos años, sobre esta extraordinaria novela.

Me tomo la licencia de mencionar que el título original en inglés de “Elegía” es Everyman.

A los pocos días de la muerte del escritor, Zadie Smith publicó un artículo en The New Yorker en el que, entre otras cosas interesantes sobre Roth, decía lo siguiente: “Para Roth la literatura no era una herramienta de ninguna clase. Era en sí misma el objeto de veneración. Amaba la ficción y (a diferencia de muchos escritores que no llegan a entregarse a fondo) nunca se avergonzó de ella. La amaba en su irresponsabilidad y en su comedia, en su vulgaridad y en su divina independencia. Nunca la confundió con otras cosas hechas de palabras, como las declaraciones de justicia social o rectitud personal, el periodismo o los discursos políticos, todos esenciales y necesarios para la vida que vivimos fuera de la ficción pero que en ningún caso son ficción, un medio que siempre debe permitirse, como esas otras formas a menudo no pueden, la posibilidad de expresar verdades íntimas e inoportunas”.

Quizá esa “posibilidad de expresar verdades íntimas e inoportunas”, de la que habla Smith, es de las cosas que más aprecio y me interesan en la obra de Roth.

He titulado estas notas “Dos años sin Roth”, pero bien pudiera haberlas llamado “Diez años sin Roth”, puesto que siempre me he tenido por un lector que gusta de separar la obra de la figura de su creador. Lo que pretendo decir es que, como lector, el Roth que de algún modo me interesaba dejó de existir antes que el Roth de carne y hueso. Y con lo anterior me estoy refiriendo, por supuesto, a la decisión voluntaria del autor de renunciar a escribir. “Némesis” se publicó en octubre de 2010 y, dos años después, Roth declaró en una entrevista para un medio francés, que esa sería su última novela. De modo que los lectores hemos pasado casi diez años sin que llegue a nuestras manos nuevo material del escritor. En cuanto a su determinación de dejar de escribir, aparte del revuelo que causó en el mundillo literario, en un principio a mí también me sobresaltó y me cogió desprevenido, pero como tantos otros, supuse que era un farol y que Roth tarde o temprano retornaría por sus fueros y volvería a publicar, porque, ¿cómo puede un pez sobrevivir fuera del agua? En fin, pensaba que como había sucedido antes con otros de sus colegas, acabaría no cumpliendo con su promesa. Me equivoqué. No fue así y sus lectores hemos tenido que aprender a sobrellevar ese silencio, desde hace dos años, ya definitivo.

Aunque, claro, siempre nos quedará el consuelo de la relectura de sus libros.

miércoles, 19 de junio de 2019

Sprachspielkultur



Conocí a Annette Kuhn hace poco más de dos años. Nuestro primer contacto fue posible gracias a la hija menor de unos buenos amigos, los Rösli-Deffendini, a quienes Irma y yo consideramos parte de nuestra familia —para nosotros son esa clase de amigos a la que Isaac Chocrón llamaba la “familia elegida”, tanto o a veces incluso más importante que la familia de sangre—. De hecho, Adriana, la hija menor de los Rösli-Deffendini, nos trata a Irma y a mí como si fuéramos sus tíos desde antes que empezara siquiera a decir palabra.

Ahora Adriana tiene diez años.

Los Rösli-Deffendini viven en Winterthur, una ciudad y comuna suiza perteneciente al cantón de Zúrich. Allí se mudaron a finales de 2015.

Cierto día, a la escuela pública de esa localidad donde Adriana cursa la primaria, llegó una profesora suplente que, entre otras cosas, le habló a la clase sobre la indeleble magia del teatro. En la mínima ocasión que tuvo, la menor de los Rösli-Deffendini saltó y dijo que ella tenía un tío escritor que había publicado varios libros y que además hacía teatro. Aquella profesora suplente se interesó en lo que había dicho su alumna y al final de la clase la llamó aparte y estuvo conversando un rato con ella.

Aquella profesora suplente era Annette Kuhn.

Como muchos suizos, Annette domina varios idiomas (español, inglés, francés, italiano y, por supuesto, su idioma materno, alemán). Aparte de ser docente, es una veterana actriz con estudios en importantes escuelas de actuación de Suiza y Alemania y a lo largo de su trayectoria ha incursionado en otras áreas de las artes escénicas como la dramaturgia y la dirección y producción de espectáculos.

Años atrás fundó un par de compañías de teatro que todavía mantiene en activo al día de hoy. Con una de ellas ha producido y dirigido espectáculos conectados con la esencia de la cultura hispana. En 2015 estuvo de gira por Sudamérica con uno de estos espectáculos.

Semanas después de aquella conversación entre profesora y alumna, Annette me escribió un email y desde entonces hemos estado en contacto, bien sea por Whatsapps, Skype o correo electrónico. Y en todas estas comunicaciones que hemos sostenido, tras aquel primer email introductorio, ambos hemos mostrado nuestro interés y deseo de trabajar juntos. A finales de 2016 se presentó una oportunidad de hacerlo y ni corta ni perezosa Annette viajó hasta Madrid a comienzos de 2017, pero, por diversos motivos, aquel asunto no cuajó —a despecho nuestro, nos vimos en la obligación de abortar dicho proyecto— y nos dejó a ambos frustrados y con muy mal sabor de boca. Sin embargo, el contacto y el deseo de colaboración mutua continúan manteniéndose intactos.

En marzo de este año Annette inauguró un espacio en Feuerthalen —localidad vecina de Schaffhausen, ciudad y comuna donde reside Annette— a través del cual pretende canalizar parte de sus múltiples inquietudes creativas. Lo ha bautizado ÄNET AM RHY - Raum für Sprachspielkultur, algo así como “al otro lado del Rin, espacio para el juego de palabras”. El nombre es a su vez una especie de juego de palabra puesto que la sala y la casa de Annette están separadas por el río Rin aunque pertenecen a cantones diferentes. Como Annette es una enamorada de los idiomas y de otras culturas, no solo quiere que la sala acoja actividades exclusivamente en alemán, sino que allí también tengan lugar eventos en otros idiomas. Hasta el momento, entre otros, en ÄNET AM RHY se han presentado un par de músicos argentinos, un poeta estadounidense de origen cheyene y el próximo domingo 23 yo estaré hablando sobre mi obra en un encuentro que incluirá música y lecturas dramatizadas de fragmentos de mis libros publicados en España.

ÄNET AM RHY nace con un espíritu transversal, con la idea de acoger entre sus variadas actividades manifestaciones artísticas de otras culturas y en otros idiomas.

Seguramente más adelante surgirán nuevas oportunidades que nos planteen nuevos retos y desde luego nuevas ocasiones de colaborar y trabajar juntos. Por lo pronto, no puedo más que desearle larga y prospera vida a ÄNET AM RHY - Raum für Sprachspielkultur.

viernes, 9 de marzo de 2018

Los orígenes de un libro (y II)


Igor y yo habíamos quedado en su casa. Ambos nos encontrábamos sentados en el salón en el que en otras ocasiones habíamos mantenido largas discusiones sobre libros y autores que nos gustaban y también sobre esos otros que nos gustaban menos. Mientras él leía el material que acababa de entregarle, yo no apartaba la vista de su rostro y estaba muy atento a los movimientos de sus manos. A ratos sonreía, a ratos arrugaba el ceño, a ratos meneaba la cabeza en señal de aprobación o rechazo; de vez en cuando soltaba una sonora carcajada o murmuraba “bien, bien”, “no, no” o “extraordinario”… Y nunca dejó de deslizar con vigor y velocidad, sobre cada una de las páginas, el bolígrafo con el que subrayaba, tachaba o encerraba en círculos una palabra, una línea o todo un párrafo.

Aquella tarde salí de la casa de Igor con la tarea de revisar las correcciones y sugerencias que él acababa de realizarle a mis textos y pasarlos de nuevo en limpio. En esa época yo solía escribir a mano; una vez revisadas y corregidas mis obras, era cuando las pasaba en limpio a máquina de escribir. No tenía ordenador. Tal vez ahora suene bastante extraño —¡y hasta absurdo!— que un estudiante de informática no cuente con ordenador en su casa, pero en esos años era de lo más común. Sobre todo lo era para aquellos que nos habíamos matriculado en la universidad pública.

Igor, además, me había dicho que tenía que ponerle título a aquel grupo de textos. No le di muchas vueltas y le puse el primero que se me vino a la cabeza: Infortunio de los objetos.

Una vez que mis textos estuvieron nuevamente pasados en limpio, una vez que Igor hizo la debida selección que incluiría la plaquetta (eligió cinco: “Seres en un texto”, “Nobleza de las aceras”, “Aburrimiento de una bisagra”, “Inconveniente de los espejos” y “Autorretrato”) lo acompañé a la imprenta donde ambas publicaciones serían procesadas.

Los Cuadernos Literarios Detrás de la Celosía se presentaron en el viejo edificio de la extensión de cultura de la UCLA a principio de 1991. Durante el evento me reencontré con varios de mis compañeros de taller y me enteré de que, por cuestiones burocráticas, Igor dejaría de ser el coordinador del taller. La noticia me cayó como un balde de agua fría y me entristeció. “Son cosas que pasan”, dijo Igor, “Estoy acostumbrado”.

Poco después también yo dejaría el taller. Aunque no dejé de escribir. De hecho en el período que va de enero de 1990 a enero de 1992 escribí un puñado de relatos con los que ingenuamente planeaba comenzar a armar mis dos primeros libros, para los cuales incluso tenía títulos: “Mensajes en la pared” y “Textos snob”. He dicho “ingenuamente” porque en mayo de 1992 la realidad se hizo presente y empecé a ejercer mi profesión de informático.

Ambos proyectos de libros quedaron en suspenso.

Retomando la historia de Infortunio de los objetos, no volví a saber de la plaquetta a lo largo de 1991, cuando se suponía que sería publicada y presentada. En cierta oportunidad le pregunté a Igor y, encogiéndose de hombros, me dijo que ya todo lo que él podía hacer lo había hecho, que el resto dependía de las autoridades de la extensión de cultura con las que ya no tenía contacto. Entendí y me resigné a que nunca vería aquellos textos publicados.

No obstante, durante el primer trimestre de 1992, una vecina me entregó una nota donde había apuntado un nombre y un teléfono —en aquel tiempo no teníamos teléfono en casa y yo daba el número de nuestra vecina cuando me pedían datos de contacto— y me decía que llamara en horas de oficina tan pronto como me fuera posible.

Al día siguiente marqué al número que me había dado mi vecina y de esa llamada salió una cita con Rosicler Aitken, la nueva coordinadora de la extensión de cultura de la UCLA.

Días más tarde, tras una breve espera, entraba en el despacho de la nueva coordinadora de la extensión de cultura de la UCLA. Rosicler Aitken, una mujer atractiva y elegante, me recibió con gran amabilidad y me felicitó por el trabajo realizado. Yo estaba desorientado y fue entonces que ella, percatándose de mi desconcierto, me extendió un ejemplar de Infortunio de los objetos, la plaquetta que creía que nunca vería publicada.

Allí supe que, junto con otras publicaciones, Infortunio de los objetos se presentaría dentro de un par de semanas. No podía creérmelo.

Años después, siendo ya amigos, Rosicler me confesó que apenas se instaló en su despacho de la extensión de cultura de la UCLA, había mandado a hacer una revisión profunda del material almacenado en los depósitos del viejo edificio y cuando se topó con Infortunio de los objetos quedó impresionada, según sus propias palabras, mis textos la sedujeron enseguida. De modo que ordenó incluyeran de inmediato la obra en la programación de presentaciones y que me buscaran a mí para darme ella misma la noticia.

Así fue cómo aquella plaquetta se convirtió en el embrión y el origen de “La naturaleza de las cosas” (titulado en un principio “Textos snob”), el libro que acaba de publicar Ediciones Carena y que el próximo martes 13 de marzo estaremos presentando en Madrid.

Ahora, casi treinta años más tarde, los dos libros que planifiqué escribir por aquella época y que con ingenuidad creía que se convertirían en mis dos primeros libros se encuentran uno al lado del otro sobre uno de los anaqueles de mi biblioteca.

Se ha cerrado el círculo.

PD: Este post es continuación de este otro: Los orígenes de un libro (I)

jueves, 22 de febrero de 2018

Los orígenes de un libro (I)


Entre finales de 1989 y mediados de 1990, asistí como alumno a mi primer taller de escritura creativa. Se trataba de un taller de narrativa convocado por la extensión de cultura de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA), en la que por entonces cursaba la carrera de Ingeniería en informática.

Recibíamos clases en un viejo edificio de la Avenida 20, entre las calles 9 y 10 de la ciudad de Barquisimeto; el mismo donde funcionaban las oficinas administrativas de la extensión de cultura de la UCLA. Me gastaba de diez a quince minutos ir o venir andando desde mi casa hasta aquel viejo edificio.

Igor Zamora, poeta y escritor de la región, estaba al frente de la coordinación del taller.

La cita con Igor y mis otros compañeros de curso era una vez por semana y yo esperaba su llegada con ansias, como si ese fuera el día más importante de la semana. En ocasiones salía del viejo edificio como si estuviera andando por las nubes y en otras casi arrastrándome; en ocasiones pensaba que mis textos tenían algún valor y en otras que eran una absoluta mierda, que no merecía la pena dedicarles tanto tiempo. Pero saliera como saliera, bien colgado de una nube o rodando como una piedra cuesta abajo en una ladera, volvía puntual a honrar mi siguiente cita con la literatura.

No falté a ninguna sesión del taller a lo largo de aquel período.

Recuerdo que hasta allí me había llevado la necesidad de compartir con gente de similares intereses a los míos, la necesidad de continuar creando rodeado de gente, puesto que el grupo de teatro en el que había venido trabajando en los últimos años, de pronto se desintegró, se volvió añicos y tuve que enfrentarme a una especie de síndrome de abstinencia. El taller literario de la UCLA fue mi tabla de salvación. Aunque por aquellos años sabía, como sigo sabiéndolo hoy, que el trabajo del escritor es una labor solitaria, aislada, individual —ya había escrito varias obras de teatro y algunos cuentos—, también era consciente de que atravesaba una etapa en la que tenía la urgencia de sentir que a mí alrededor había personas que compartían mi vocación.

Además de escribir y leer mis textos frente a otros —o que otros los leyeran—, de obtener su feedback, una de las principales y atractivas motivaciones del taller era que existía la posibilidad que algunos de los textos producidos durante el curso fueran incluidos en la revista literaria que publicaba la extensión de cultura de la UCLA, los Cuadernos Literarios Detrás de la Celosía. En dicha publicación, los textos seleccionados de los talleristas se codearían con los de autores de reconocida trayectoria tanto regional como nacional.

Sin duda un gran aliciente para alguien que deseaba ser escritor.

La depresión que sigue al final de un ciclo que ha sido enormemente placentero y enriquecedor —como cuando finaliza la temporada de un espectáculo en el cual llevabas meses o quizás años trabajando— quedó minimizada tras dos maravillosas noticias que Igor me dio el último día de clase: la primera, que uno de mis textos había sido elegido para ser publicado en los Cuadernos Literarios Detrás de la Celosía y, como si esto no hubiera sido suficiente, la segunda noticia era aún mejor que la anterior: Igor había conseguido que el próximo número de la serie literaria “Dr. Argimiro Bracamonte”, que de igual forma publicaba la extensión de cultura de la UCLA, estuviera dedicado a “mi obra”.

A continuación inserto una aclaración que a esta altura considero indispensable: en la serie literaria “Dr. Argimiro Bracamonte” solía recogerse una muestra de la obra de un autor novel que a la vez representaba una promesa para las letras de la región por la calidad de sus textos. Enterarme de esto por boca de Igor fue para mí una sorpresa y una gran satisfacción. Sabía que a él le gustaba lo que yo escribía, pero de allí a que trabajos míos fueran incluidos en un número de aquella publicación me pareció en principio excesivo.

“No tengo material para eso”, le respondí tan pronto el corazón volvió a bombear sangre por mis venas y recuperé por fin el aliento. “Pues entonces ponte a trabajar. Tienes al menos cuatro meses para entregarme el material porque el próximo número de la serie no se publicará hasta comienzos del año próximo”, dijo Igor.

Regresé a casa con un montón de emociones encontradas. Sentía euforia y angustia, sentía miedo y orgullo, sentía descaro y bochorno.

Sin embargo, sabía que nada de lo que había escrito hasta ese momento me serviría. No le había mentido a Igor al decirle que no contaba con material para publicar en el número que me había conseguido de la serie literaria “Dr. Argimiro Bracamonte”. De modo que me encerré en mi habitación y me puse a trabajar como él lo había recomendado, como un poseso. La primera certeza que se me vino a la cabeza al conocer el formato de la plaquetta —de cuatro caras y unos 35 cm. de alto por 15 cm. de ancho— que componía la colección fue que tenía que escribir textos cortos. Tras varias horas de trabajo y meditación, descarté la poesía en verso —sí, por aquel tiempo, como muchos otros autores noveles, enamorados de las palabras, escribía poesía— y opté por la prosa. Los siguientes días fueron un calvario puesto que nada de lo que producía acababa por satisfacerme. Hasta que de repente, una madrugada, tuve un chispazo y escribí un texto en el que daba vida a objetos y hablaba sobre sus desventuras o infortunios aunque todo en el fondo era una excusa para reflexionar sobre la condición humana. “Por aquí van los tiros”, susurré y, en medio de una suerte de epifanía, escribí una docena de textos en aquella línea durante los días que vinieron a continuación.

Este material sería el que semanas después le presentaría a Igor.

(Continuará)

martes, 13 de junio de 2017

La incertidumbre del dramaturgo ante el estreno


En ocasiones, durante un estreno, las preguntas que se hacen los actores antes de salir a escena son las mismas preguntas que retumban sin cesar en el interior de la cabeza del autor del texto —que aguarda en silencio en la oscuridad del patio de butacas— en el que se ha basado el espectáculo que está a punto de comenzar: ¿Le (me) gustará lo que hemos (han) hecho con su (mi) obra? ¿Estaremos (estarán) a la altura de los personajes que ha (he) creado? ¿Le (me) gustará en realidad este montaje? ¿Será estéticamente atractivo para él (mí)? ¿Habremos (habrán) respetado la esencia de la pieza?

Los nervios que atacan a ambos creadores en esos instantes, pese a ser muy distintos, quizás compartan una intensidad similar. Una vez un amigo actor me dijo que el día que dejara de sentir mariposas en el estómago antes de salir a escena, ése mismo día se plantearía dejar de actuar. Y parafraseando lo que dijo este querido amigo, también yo dejaré de asistir a los estrenos de los espectáculos basados en mis textos cuando dejen de producirme las expectativas que suelen producirme.

Entre las muchas bondades y misterios que conserva el teatro como disciplina de creación colectiva está el hecho que un mismo texto puede generar múltiples interpretaciones y por tanto una variedad casi infinita de puestas en escena. De manera tal que una misma pieza puede ser degustada en preparaciones y presentaciones diversas a lo largo de los años. Es lo que ocurre con algunas piezas emblemáticas o “clásicos” que están constantemente subiendo a escena. A la hora de dar forma a un espectáculo cuyo origen proviene de un texto, los grupos o compañías de teatro cuentan casi con la misma libertad creativa con la que un lector recrea en su imaginación el universo que habita en una novela.

Ya sé. Lo admito. Tal vez se me ha ido la pinza y he exagerado un poco con esta última afirmación, pero es para que el lector menos habituado en los misterios del teatro comprenda lo que intento decir.

Por ejemplo, Pieza para dos actores es una de mis obras de teatro más representadas. He tenido la fortuna de asistir o ver varios de sus montajes en distintas ciudades. Recuerdo con especial cariño y emoción tres de ellos: el de Montevideo (el primero, estrenado en abril de 2009; se mantuvo durante tres meses en cartelera y recibió muy buenos comentarios de público y la crítica especializada), que produjo la gente de Ilusionarios Teatro; el de NNC, estrenado en 2010, el texto fue traducido al gallego y llevado a escena en este mismo idioma en Santiago de Compostela y, finalmente, el que estuvo a cargo de la Corporación TECOC de Bello (Medellín) y que, desde su estreno en 2014, la agrupación repone en su sala cada cierto tiempo.

La pretensión de todo dramaturgo es escribir historias que acaben sobre los escenarios. Asistir al estreno de un espectáculo basado en uno de tus textos en el que solo participas como autor, que nada tienes que ver con la producción más allá de haber contribuido con el texto, es de las cosas más maravillosas que pueden ocurrirle a un autor teatral. Por eso, cada vez que en cualquier lugar del mundo sube a escena una de mis obras, alzo la copa y digo ¡a su salud!

Por estas fechas un nuevo montaje de Pieza para dos actores hace temporada en Madrid (para los interesados: se titula El cuarto y estará todos los domingos de junio en la Sala NAO 8, calle Nao, 8, a las 20.30 horas). Esta vez los papeles de los personajes (Lucía y Antonio) recaen sobre las excelentes interpretaciones de Silvia Campos y Antonio Escamez, bajo una más que interesante —e inquietante— puesta en escena de Omar Morán. He de aclarar que Silvia se había enfundado ya en la piel de Lucía en una producción anterior que se estrenó en la Sala Vargas Calvo del Teatro Nacional de San José de Costa Rica en 2011. Lamentablemente no pude asistir a la temporada de este montaje pero sé de buena fuente que se mantuvo dos meses en cartelera y que también recibió muy buenos comentarios de público y crítica.

Aparte de las estupendas actuaciones y de la inquietante y sórdida atmósfera que ha conseguido crear el equipo artístico, lo que más me ha sorprendido de este último montaje de mi obra es que ha despertado en mí la sensación de reencontrarme con el texto que pergeñé hace casi treinta años. Quizá sea justo esto lo que me ha impulsado hoy a escribir y compartir esta nota en mi blog. Me explico. Hasta la fecha los montajes de Pieza para dos actores de los que he tenido noticia se han llevado a escena siempre en el formato de comedia. Como ya he argumentado antes, al principio de esta nota, algo por demás válido, lícito, que funciona. Totalmente plausible. Sin embargo, El cuarto se aleja de estos registros y ha apostado por una puesta en escena más inquietante y sórdida que, he de ser honesto y confesarlo, se acerca más a la lectura de aquel texto de 1989.

Una vez más la magia y los misterios del teatro han vuelto a materializarse sobre un escenario. Una vez más me dejan sorprendido. Aunque, desde luego, todo lo anterior no pasa de ser la mera impresión, apreciación u opinión personal del autor del texto. Que quede claro.

sábado, 9 de mayo de 2015

9/23: Helter Skelter – The Beatles


Cualquier lista de rock and roll sin incluir a The Beatles sería una lista incompleta. Aun cuando se trate de una lista sin ningún tipo de pretensiones y cuyo único fin sea referenciar canciones nombradas en una novela. Helter Skelter pertenece al mítico White Album que la banda publicó en noviembre de 1968. Según el propio McCartney, la idea de componer este tema le vino tras leer en la prensa que The Who había  lanzado una canción extremadamente salvaje y estridente, con gritos y mucho eco. Por su sonido agresivo, algunos la consideran precedente del hard rock y heavy metal. Muy gráfico el grito que emite Ringo Starr al final de la canción: “I’ve got blisters on my fingers”. Por cierto, cuando dos de los personajes de “La edad del rock and roll” se conocen y hablan de sus bandas favoritas de rock, uno de ellos piensa del otro que lo más duro que ha escuchado su amigo es Helter Skelter.

martes, 11 de noviembre de 2014

Poesía y microficción


Mañana miércoles 12 estaré junto a Fernando Alonso Barahona conversando sobre poesía y microficción en el Espacio Cultural La Victoria, c/Santa Isabel 40, a las 20h. El evento es organizado por el Espacio Cultural La Victoria y Ediciones Carena.
Nos vemos allí.

sábado, 13 de agosto de 2011

La poética de Mamet (III)

Más sobre la poética de David Mamet, recogida en su libro Los tres usos del cuchillo (Alba Editorial, 2001):
  • "La progresión hacia el clímax, el desenlace, la conclusión, acelera, pues, el ritmo. Una vez nos han planteado los hechos, nuestra atención se centra. Ahora sólo nos resta observar nuestro avance hacia el objetivo y la incursión ocasional del impedimento anómalo, del giro atípico del argumento".
  • "Cuando el público ha prestado o entregado transitoriamente su atención es sencillo intercalar un elemento ajeno, ya que lo aceptará como algo esencial hasta el momento que se demuestro lo contrario".
  • "La introducción del elemento ajeno es un comportamiento poco frecuente en el primer acto, cuando la luna de miel aún está vigente (se ha observado a menudo que cualquiera puede escribir un primer acto), pero esa misma introducción no es en absoluta atípica en el segundo acto".
  • "Cuando se levanta el telón tenemos la atención del público; los autores no debemos hacer nada. Pero transcurrido un rato, si el argumento no irrumpe con fuerza, los espectadores se pondrán a bostezar o a comer palomitas. Por eso es muy común intercalar un elemento ajeno en el segundo acto de la obra".
  • "El público quiere que le estimulen, que le confundan, que le defrauden a veces para poder quedar, finalmente, satisfecho. Por eso necesita que el segundo acto termine con una pregunta".
  • "Enterrar el final en el principio (el logro supremo del drama) resulta algo más difícil: significa que en el término medio debe emerger lo previamente insospechado, y, al emerger, debe hundir al protagonista (y al artista) en el abismo de la desesperación: 'Estaba preparado para todo menos para esto'. De la desesperación debe nacer la decisión de terminar el periplo".
  • "Una parte del viaje del héroe es que éste (artista/protagonista) debe cambiar radicalmente de parecer, por la fuerza de las circunstancias o por la fuerza de la voluntad. El héroe debe remozar su concepción del mundo y este cambio puede dar como resultado una obra artística con mayúsculas".

sábado, 23 de julio de 2011

La poética de Mamet (II)

Más sobre la poética de David Mamet, recogida en su libro Los tres usos del cuchillo (Alba Editorial, 2001):
  • "El drama no tiene por qué afectar necesariamente el comportamiento de las personas. Existe un artefacto fantástico y enormemente efectivo que transforma la actitud de las personas y hace que vean el mundo desde otra perspectiva. Se llama pistola".
  • "No es tarea del autor teatral lograr que se produzcan cambios en la sociedad".
  • "El propósito del arte no es efectuar cambios, si no deleitar. No creo que su finalidad sea ilustrarnos, ni que deba transformarnos, ni tampoco aleccionarnos".
  • "El teatro existe para tratar problemas del alma y misterios de la vida humana, no calamidades cotidianas".
  • "En el drama, como en los sueños, el hecho de que algo sea 'verdad' es irrelevante y nos interesa sólo si está relacionado con la búsqueda del protagonista (la búsqueda de un MacGuffin) tal como ésta se nos ha planteado".
  • "El poder del autor de teatro reside en su capacidad para plantear el problema".
  • "El drama nos estimula porque resume y proyecta en la obra el elemento más esencial de nuestro ser, el preciado mecanismo de adaptación [...] Podemos hacer uso de nuestras habilidades de supervivencia, adelantarnos al protagonista y sentir temor por persona interpuesta sintiéndonos a salvo. Éste es el poder y el gozo del drama. Por eso la obra de segunda clase, la que no está estructurada como una búsqueda de un único objetivo por parte del héroe, queda relegada al olvido".

Este post es continuación de este otro.

jueves, 26 de mayo de 2011

La poética de Mamet (I)


David Mamet se encuentra entre los dramaturgos más influyentes, prolíficos y respetados de nuestro tiempo. A lo largo de su vida no sólo ha sabido construirse una envidiable trayectoria en el teatro, sino que, también a pulso, ha conseguido moverse con similar tino en el nada fácil mundo del cine y la televisión norteamericana.

Ha firmado los guiones de clásicos contemporáneos del cine como El cartero siempre llama dos veces (1981), El Veredicto (1982) y Los Intocables (1987). También los de películas más recientes e igual de populares como Hannibal (2001), Ronin (1998) y Wag the dog (1997), que incluso dirigió. En 1984, como autor teatral, fue reconocido con el prestigioso premio Pulitzer por su extraña y estupenda Glengarry Glen Ross.

En distintos momentos de su carrera, gracias a su polifacético e indiscutible talento, Mamet ha incursionado en la actuación, la dirección y la producción de obras de teatro, películas y series de televisión. Así que conoce muy bien el mundo del espectáculo y a menudo suele compartir sus reflexiones y originales puntos de vista en sesudos y deliciosos ensayos. Cuando uno de estos ensayos cae en mis manos, lo devoro enseguida, de similar forma que hago con sus piezas de teatro.

Por ejemplo, por estos días acabo de leer Los tres usos del cuchillo, en el que disecciona, con su inteligencia habitual, el proceso de escribir una obra dramática. A continuación hago copy-paste de algunas de sus reflexiones al respecto:
  • “El teatro trata del periplo del héroe o de la heroína, aquellos personajes que no ceden a la tentación, y su historia es la de quien pasa por una prueba que no ha elegido”.
  • “La facultad de resistir confiere emotividad al periplo del héroe. Y para que el público lo viva, es esencial que el escritor lo sufra también. Por eso escribir no es una tarea sencilla”.
  • “Habitamos en un mundo extraordinariamente depravado, interesante y salvaje donde las cosas no son en absoluto equitativas, y el propósito del auténtico drama es ayudar a que no lo olvidemos. Tal vez esto tenga un efecto social fortuito y acumulativo: recordarnos que debemos ser un poco más humildes, o un poco más agradecidos, o un poco más reflexivos”.
  • “La esencia de una obra es el deseo del héroe o de la heroína. En la obra perfecta, ningún incidente nos puede parecer ajeno a ese deseo porque el incidente siempre es obstáculo o una ayuda para que aquéllos puedan conseguir su objetivo”.
  • “En el teatro nuestro tiempo también es precioso y una obra buena no se ocupará de asuntos que se puedan tratar racionalmente, aunque formen parte de nuestras ocupaciones cotidianas”.
Y esto es apenas un abreboca, pues tengo la intención, en posteriores post, de continuar desvelando parte de las interesantes claves y puntos de vista que, sobre el oficio del autor dramático, Mamet ha recogido en su ensayo. Claves y puntos de vista que desde luego funcionan para contar historias tanto en teatro, cine o televisión. ¿Y por qué no? En internet.

sábado, 16 de abril de 2011

Influencias


"Todo se construye sobre lo anterior, y en nada humano es posible encontrar la pureza". La reflexión pertenece a Ernesto Sabato.

Esta cita habría que tenerla presente al abordar el análisis de cualquier aspecto del desarrollo o desenvolvimiento de las sociedades. Eso incluye, por supuesto, a la literatura. Porque si hay una cosa que debería tener muy claro alguien que apenas comienza a derribar sus primeros pinitos en el oficio de escribir, es precisamente el asunto de las influencias. De las influencias dependerá su porvenir como creador.

Hay influencias de las que no podrá librarse y otras que será preciso trate de evitar, de evadir, de rehuir de ellas como se rehuye a la muerte: ¡a como dé lugar! Por cuestiones de simple estilo o natural supervivencia, claro. Incluso, hay que decirlo, su instinto, su olfato de escritor, será su única brújula, la guía que le trace el camino a seguir.

Años atrás una amiga me puso en contacto con un conocido suyo que comenzaba a escribir. Este joven pretendía que yo leyera varios de sus textos y luego le hiciera llegar mi opinión: una especie de veredicto. Confieso que no suelo hacer este tipo de favores, menos con gente que desconozco por completo, ya que conlleva una enorme responsabilidad. Apartando lo estrictamente técnico (ortografía, gramática, sintaxis, estructura, estilo, etcétera, etcétera), el resto en literatura es pura y dura subjetividad; son la propia estética y nuestro bagaje y prejuicios de lectores los que entran en juego durante la evaluación de cualquier texto. Sin embargo, accedí a leer y comentar los trabajos del conocido de mi amiga por la insistencia de esta última.

Lo que noté de inmediato al hojear los textos del aspirante a escritor era que le faltaba lectura, mejor dicho, le faltaba muchísima lectura. Para quienes somos lectores compulsivos e incontinentes esto es muy fácil de detectar. Y, desde luego, si no hay lectura es imposible que haya influencia. Incluso que el instinto y olfato de creador se hayan desarrollado como es debido. O tan siquiera que existan.

Pretender escribir sin influencias no es sólo sinónimo de ignorancia sino de una gran ingenuidad. Como en la cita de Sabato, hay influencia en todo, aunque nosotros las ignoremos.

Más o menos algo por el estilo de lo que acabo de escribir en los dos párrafos anteriores fue lo que respondí al joven aspirante a escritor, una vez que acabé de evaluar sus trabajos. Además, aproveché la oportunidad y acompañé mi email de una lista de títulos y autores que consideré apropiados para su lectura. Recuerdo que finalicé mi correo acentuando el hecho que aquellas conclusiones y recomendaciones estaban inevitablemente motivadas por mis gustos y manías personales. La respuesta del joven aspirante no se hizo esperar. En ella, entre una seguidilla de insultos soterrados, criticaba mi pobre creatividad que tenía que recurrir a la creatividad de otros escritores para salir a flote. Hablaba también de la libertad de creadores como Picasso (sí, como leen, ¡Picasso!, el mayor copiador, masticador y digestor de estilos ajenos que haya conocido la Historia del arte, comportamiento que, con el paso de los años, lo ayudó a encontrar y construir su propio estilo y a convertirse en el gran artista del siglo XX) que no copiaban a nadie sino que sus obras eran resultado de sus “pulsiones” internas. Tal vez si no hubiese usado el desafortunado ejemplo de Picasso para argumentar sus ideas, me habría llenado de paciencia y buscado la ocasión de responder a su email. Pero ¿para qué invertir tiempo en alguien que reacciona de esa manera y ha llegado a semejantes argumentaciones? Cuando le solicitamos a alguien opinión sobre uno de nuestros textos, deberíamos estar más preparados para lo que no queremos escuchar que para los elogios. Y no hace falta que diga que se suele sacar mejor provecho de lo primero que de lo segundo, si estamos en verdad interesados y dispuestos a aprender.

Borges escribió, en uno de sus célebres y aclamados prólogos: “Quienes minuciosamente copian a un escritor, lo hacen impersonalmente, lo hacen porque confunden a ese escritor con la literatura, lo hacen porque sospechan que apartarse de él en un punto es apartarse de la razón y de la ortodoxia. Durante muchos años, yo creí que la casi infinita literatura estaba en un hombre. Ese hombre fue Carlyle, fue Johannes Becher, fue Whitman, fue Rafael Casinos Asséns, fue De Quincey”.

Los que han leído a Borges conocen de sobra su debilidad por la hipérbole. No obstante, creo que en esta ocasión no exagera en lo más mínimo. Aquellos que saben algo sobre el oficio de escribir, seguro entenderán perfectamente lo que trato de decir.

Al menos es lo que creo.

sábado, 31 de enero de 2009

Lugares comunes


Tengo un par de amigos a quienes les incomodan los lugares comunes. Aunque pensándolo bien, los efectos que los lugares comunes producen en ellos se acercarían más a las expresiones siguientes: les aterra, les da pavor, les causa pánico, animadversión...

Para ellos un lugar común es una especie de blasfemia, una hiedra que se adhiere a la obra y a la velocidad del rayo va cubriéndola con sus ramas hasta abrazarla por completo y por fin asfixiarla. Me cuentan, con la exageración natural del escritor, que mientras trabajan o leen un libro y sienten a la distancia el olor de un lugar común, apagan la computadora o cierran el libro y echan a correr.

Pero, ¿puede escribirse hoy en día con semejante temor a los lugares comunes cuando las historias de tanto contarlas se han agotado?

Recuerdo que a finales de los ochenta escuché una vieja canción que me encantó, una de esas rarezas que uno sólo se encuentra de tanto en tanto. La historia que se contaba en ella me pareció en extremo original y de paso muy cortazariana. Enseguida dije para mis adentros, “algún día escribiré algo basado en este tema”. Los años discurrieron como liebres, anduve de aquí para allá y de allá para acá, sin embargo, el azar me permitió cumplir con aquella promesa: “Cartas para Celia”, relato que aparece en mi libro Mensajes en la pared, viene a ser su materialización.

Tiempo después, a principio de la década de dos mil, compré un par de novelas de Milan Kundera, autor cuya obra me impuse casi como una obligación leer a partir de La insoportable levedad del ser. Mientras me adentraba más y más en la lectura de una de aquellas novelas de Kundera (no voy a mencionar su título para azuzar la curiosidad del lector) iba descubriendo más y más que las historias que a veces creemos originales no son tales y que los seres humanos, no importa en la latitud-longitud del globo terráqueo donde les haya tocado nacer, en cuestiones de sentimientos y emociones, tienden a comportarse o reaccionar más o menos de forma parecida. ¿Cómo si no llegamos a identificarnos con las historias que otros nos cuentan?

En fin. La canción que creí muy original —que hasta me empujó a escribir un relato corto— y la novela de Kundera se asemejaban tanto en sus anécdotas que cualquiera hubiera jurado que uno le había robado, o copiado, la idea al otro. Una cosa si bien no imposible sí bastante descabellada. No obstante, esas coincidencias suelen ocurrir con mayor frecuencia de lo que el común de la gente piensa que ocurren. Y aún más si nos enfocamos en los entornos creativos. Picasso y Braque, por ejemplo, inventaron el cubismo casi al mismo tiempo y antes de llegar a trabajar juntos, sin conocer uno lo que había estado haciendo el otro, por “pura casualidad”. Bueno, esto sólo es un decir (por eso lo he entrecomillado), puesto que ambos eran grandes admiradores de la obra de Cezanne.

Desde entonces, en mi caso particular, dejaron de molestarme los lugares comunes y comencé a preocuparme más por la manera cómo se abordaban las historias en los libros que leía, en lugar de abocar toda mi atención a la historia que se contaba. Es decir, desde entonces empezó a interesarme más la forma que el fondo. Por supuesto sigo creyendo que el fondo de cualquier relato es importante, pero definitivamente no es lo más importante, puesto que una buena obra es más que la suma de sus partes. Una historia mil veces contada puede aguantar otras mil veces más de narración (y creo que más aún), siempre y cuando la manera de narrarla aporte alguna novedad, alguna diferencia significativa con sus predecesoras. O que simplemente hinque sus dientes sin compasión ni titubeos en la condición humana, una característica a la que cada vez más le doy importancia cuando leo una buena historia.

No olvidemos que el miedo a los lugares comunes entre los escritores, desde hace ya bastante, se ha convertido también, en sí mismo, en un lugar común.

lunes, 8 de septiembre de 2008

La generación tardía


Siempre se habla de la crisis de nuestro teatro contemporáneo y a veces uno se hace cómplice de esta afirmación después de ser testigo de un abominable y esperpéntico espectáculo representado sobre alguno de nuestros escasos escenarios. Pero a despecho de esta actitud pesimista, si algo ha caracterizado al teatro universal es su heterogeneidad y su capacidad inagotable de renovación. Es así como un día podemos ver un montaje o una propuesta de cierta agrupación que nos satisface o deslumbra, y, al otro, algo realmente distinto, incluso muy inferior. Y viceversa. De igual manera una pieza de un mismo autor puede ser luz en las manos de determinado director y sombra en las de otro. También hay obras y montajes que ni que se materialice en escena el espíritu de Shakespeare o de los autores clásicos griegos. Todo esto sin mencionar que, durante cada función, un mismo montaje puede llegar a ser distinto. El teatro permite esto y mucho más porque es un ente vivo, en constante evolución (o involución, también es válido), a cuya vera se conjugan los procesos de varios creadores: autor, director, actores, luminitos, escenógrafos, musicalizadores o sonidistas, productores, etcétera, etcétera. El aporte de cada uno —y en conjunto— es lo que finalmente produce el resultado que llega a los sentidos del espectador.

Al calor de esta crisis, y a las muchas otras que la han precedido (suelo tener presente las palabras de Carlos Giménez: “pienso que este enfermo incurable al que llamamos teatro, sigue agonizando con buena salud”), aparecen nuevas generaciones de teatreros dispuestas a tomar o arrebatarle el testigo a la generación anterior, bien sea creadores que salen al escenario o aquellos que se quedan back stage. Son muchos los que en la actualidad están tratando de ganarse un espacio a punta de talento, pasión y disciplina, gente joven en su mayoría, sin embargo, en mi nota no voy a referirme a ellos exactamente, sino a un grupo de nuevos dramaturgos, no tan jóvenes, con quienes he tenido la suerte de establecer un diálogo constructivo.

A principios del año pasado, Loida Pérez convocó a varios dramaturgos —de los que comenzábamos a hacer público nuestro trabajo— para sumarse a un proyecto que ella venía cocinando desde hacía tiempo. Se trataba de escribir obras breves, de no más de diez minutos, para luego llevarlas a escena en forma de un espectáculo de lecturas dramatizadas o montajes mínimos. Ya ella contaba con un espacio para materializar dichas propuestas: la Sala Experimental del Centro de Estudios Latinoamericano Rómulo Gallegos o CELARG. Apartando los resultados del proyecto, que todavía están por ser evaluados, lo más resaltante e interesante, desde mi punto de vista, fue el proceso cómo las obras que conformarían cada una de las puestas en escena fueron concebidas: se proponía un tema, los autores decidían si escribirían o no una pieza abordándolo; una vez escritas, las piezas se hacían llegar a todos los autores, se leían y eran comentadas; tras una revisión, todas eran entregadas al director que se encargaría de realizar la puesta. Finalmente, era él quien seleccionaba las obras que formarían parte del espectáculo. Por supuesto, para unos autores, el proceso en sí tuvo sus bemoles, pero esa es materia para otro post. Para mí fue un proceso enriquecedor: tener la posibilidad de entrar en contacto con la obra de otros dramaturgos a quienes me unía ciertas coincidencias (edad, búsquedas, haber obtenido algunos premios y no haber sido representados profesionalmente o estar en vías de) y compartir un singular espacio donde nos leíamos y comentábamos.

De aquel grupo de dramaturgos rescato cuatro nombres que desde entonces a esta parte han resonado en el ámbito local: Juan Ramón Pérez, quizá el más “veterano” de todos, con varias piezas a cuestas y quien este año se estrenó como guionista de cine en la película “1, 2 y 3 Mujeres” y estrenará su pieza, “Hasta la vista, Beibi”, en un festival de teatro venezolano en París; Vicente Lira, de quien ya se han estrenado dos comedias con éxito de público, una de ellas con dos temporadas (la primera en el Ateneo de Caracas y la siguiente en el CELARG); José Antonio Barrios, que es además actor y poeta —y quizá la cara más conocida del grupo, por unos populares comerciales de TV—, también ha conseguido que un par de sus piezas suba a los escenarios y, por fin, Roberto Azuaje, el que faltaba por estrenarse ante el público pero que en los próximos días lo hará por partida doble, con el montaje de “José Amindra”, dirigido por Dairo Piñeres y producido por Rajatabla, y con “Siete grados de entropía tropical”, montaje que será realizado y presentado en Londres durante el Festival de teatro latinoamericano CASA, ambas en el mes de septiembre.

No me cabe duda de que la obra de estos autores seguirá dando de que hablar en los años venideros, siempre y cuando se mantengan en la búsqueda que los ha traído hasta el punto donde se encuentran ahora. Incluso por allí, entre bastidores, he escuchado una denominación para agruparlos: “la generación tardía”, porque todos se han estrenado en el circuito profesional después de los cuarenta —desde luego, esta denominación también me incluye. Lo importante es que continúan trabajando (por ejemplo, las últimas dos piezas que he leído de José Antonio Barrios me han sorprendido gratamente, sobre todo porque en ellas ha dejado de lado su faceta de comediógrafo y ha abordado temas de mayor compromiso autoral), buscando y consiguiendo que sus piezas lleguen hasta el público, con lo difícil, es sabido, que resulta esto en un país como el nuestro. En lo posible trataré de seguir sus carreras y celebraré sus éxitos, como lo he hecho hasta el día de hoy, porque, aunque “tardía”, hay que celebrar a las generaciones de relevo en nuestro teatro.

viernes, 27 de junio de 2008

El enfermo incurable



“…pienso que este enfermo incurable al que llamamos teatro, sigue agonizando con buena salud”.
Carlos Giménez
¿Está en crisis el teatro?

Desde los tiempos de mis primeros coqueteos con el arte dramático, en la década de los ochenta, debo confesar que vengo escuchando diversas variantes de la misma pregunta. No obstante, más de veinte años después, como en el pasado, sigue habiendo gente dispuesta a dejarse el pellejo sobre las tablas... Y lo mejor de todo es que continúa demostrándolo con hechos.

En diciembre de 2005, durante mi visita a Torreperogil, una vez más asistí a una nueva puesta en escena del maravilloso e indescifrable pasaje bíblico de la “multiplicación de los peces y los panes”.

Acaso Villa de Torreperogil no alcance a llegar a los ocho mil habitantes, sin embargo, a lo largo de todo el año la actividad cultural allí es intensa. Desde recitales de jazz, rock, pop y música académica pasando por espectáculos de danza contemporánea, flamenco y el Festival Internacional del Títere, hasta el Festival de Cortos y, por supuesto, la Muestra Internacional de Teatro —que el año pasado alcanzó su edición número veinte. Al menos para que los amantes de la música (los hay en todas partes) se hagan una idea, por el festival de Rock & Blues han transitado bandas como The Animals, Whitesnake y, el pasado verano, desembarcó con su show en el auditorio de las Torres Oscuras la mítica agrupación británica Ten Years After.

Nada mal para un lugar aparentemente chico.

Llegado a este punto hay que decirlo de una buena vez: uno de los principales motores (aunque no el único) de la agenda cultural de la villa es Teatro Arena —compañía teatral creada en 1979 y asociación cultural a partir de 1998. La historia de Teatro Arena no debe de ser muy distinta a la de otros grupos o compañías teatrales de América Latina, o del resto de España, para suscribirnos sólo al continente hispano: duro comienzo, incomprensión, falta de apoyo oficial, múltiples problemas financieros, etcétera, etcétera, hasta que, poco a poco, a fuerza de insistir y de soñar (sobre todo de soñar) fueron imponiéndose, abriéndose espacios en el gusto y en la memoria de los espectadores. Al fin y al cabo, eso es lo que en su andar de más de un cuarto de siglo han ido demostrando.

“Hechos son amores y no buenas razones”, reza el viejo adagio popular. Y justamente de hechos continuaré hablando. En el marco de la Muestra Internacional de Teatro, entre otros eventos —un Ciclo de Cuentacuentos Infantil, un Ciclo de Teatro Distinto o monólogos de humor—, a manera de complemento, al clan Arena se le ocurrió convocar un certamen de textos teatrales. Este año el certamen arriba a su novena edición, y como en octubre se celebrará el 140 aniversario del nacimiento de Valle-Inclán, los organizadores han querido honrar al gran escritor gallego agregándole la palabra “esperpento” —con la cual se conoce la etapa en que Valle-Inclán se dedicara a escribir teatro— al nombre del concurso.

Las dos piezas aquí reunidas corresponden a las obras premiadas en la edición anterior, la octava, donde tuve el honor de formar parte del jurado.

El argumento de la obra ganadora, ¡Es la guerra!, de Fernando Almena, es simple pero muy atractivo. En plena guerra civil, tres soldados deciden acampar en el monte para almorzar y luego fusilar al prisionero que llevan casi a cuestas, un soldado del bando contrario. A lo largo de la comida van descubriendo que el enemigo tiene más cosas en común que diferencias, pero no hay perdón posible, porque ¿no están acaso en guerra? A través de un planteamiento estético sencillo, casi minimalista, un extraordinario manejo de las situaciones dramáticas, con diálogos hilarantes, elementos circunstanciales inteligentes y un sorpresivo final, Almena construye un discurso cargado de humor e ironía contra el negocio y la sinrazón de la guerra. La misma guerra que amenaza con instalarse en el mundo en una noche cualquiera y quedarse aquí para siempre.

Tras un presunto accidente automovilístico, donde una niña de seis años muere, cuatro adolescentes son detenidos de manera preventiva en la comisaría de un refugio turístico perdido en el tercer mundo —en caso contrario, los pobladores los habrían linchado. Los jóvenes deciden recurrir a la teoría del juego para no delatar al compañero que iba al volante en el momento del siniestro, y así ganar tiempo mientras el padre de uno de ellos viene en su auxilio. Esta es la historia que relata en El dilema del prisionero Ángel García Crespo; obra que se alzó con el accésit del certamen, una pieza inteligente, cargada de una atmósfera sórdida, en la que los roles de víctimas y victimarios parecieran cambiar a cada instante.

A esta altura creo que será necesario repetir la pregunta del comienzo: ¿Está en crisis el teatro?

El imaginario popular sostiene que de las crisis puede sacarse buenos dividendos. Sólo hay que tener los sentidos bien alertas y saber aprovechar las oportunidades. Ojalá que Teatro Arena continúe sacándole partido a “la crisis actual del teatro”. Ojalá que junto al ayuntamiento consiga por fin construir el espacio escénico que merece la villa y por el que luchan desde hace más de tres años. Ojalá que junto al ayuntamiento continúe manteniendo esta vitrina para los autores dramáticos de habla hispana. Ojalá que la Asociación de Autores de Teatro de España continúe contribuyendo a la difusión de este plausible esfuerzo. Sería un alivio constatar que, al menos en Torreperogil, el enfermo incurable sigue agonizando con buena salud.


Víctor Vegas
Caracas, septiembre de 2006


* Prólogo del libro del VIII Certamen de Textos Teatrales de Torreperogil, publicado por la Asociación de Autores de Teatro de España y el Ayuntamiento de Torreperogil en la colección Damos la Palabra/Teatro Español Contemporáneo, Madrid, 2006.

sábado, 14 de junio de 2008

Sobre la autenticidad de un escritor

Los escritores que rehúyen sus propios demonios y se imponen ciertos temas, porque creen que aquéllos no son lo bastante originales o atractivos, y estos últimos sí, se equivocan garrafalmente. Un tema de por sí no es nunca ni bueno ni malo en literatura. Todos los temas pueden ser ambas cosas, y ello no depende del tema en sí, sino de aquello en que un tema se convierte cuando se materializa en una novela a través de una forma, es decir de una escritura y una estructura narrativas. Es la forma en que se encarna la que hace que una historia sea original o trivial, profunda o superficial, compleja o simple, la que da densidad, ambigüedad, verosimilitud a los personajes o los vuelve unas caricaturas sin vida, unos muñecos de titiritero.
Mario Vargas Llosa

viernes, 30 de mayo de 2008

La tecnología al servicio del arte


En uno de los cursos durante mis estudios universitarios de pregradado —corrían los días inciertos de la segunda mitad de la década de los ochenta, del siglo pasado—, había un profesor que, en sus clases, casi siempre traía a cuento el tema del inminente fin del arte y, con ella, desde luego, de los artistas, como consecuencia de los gigantescos avances tecnológicos que se estaban gestando por entonces en el área de la informática. Según él, gracias a la computadora personal o PC, en el futuro mediato el arte estaría al alcance de todos y sería un producto de exclusivo origen digital y no la materialización en belleza de las pulsiones humanas.

Veinte años después, el anunciado Apocalipsis de las artes (y de los artistas), como lo pronosticaba mi profesor de pregrado, todavía no asoma la nariz en el horizonte. Al menos no a mi modo de ver, por supuesto. En cambio la tecnología se ha convertido en una herramienta fundamental a la que los creadores de todas las tendencias y disciplinas del arte han echado mano para hacer más fácil su labor; incluso, en algunos casos, ha contribuido a aumentar su productividad puesto que, gracias a la tecnología, han podido deshacerse de tareas rutinarias que antes les significaban un lastre. ¿Quién puede imaginarse en nuestros tiempos a un escritor que no utilice las ventajas de un buen procesador de palabras? Sin duda los que tal vez aún existan, en algún apartado rincón del planeta, no lo harán por gusto propio si no por limitaciones de otra índole. Mis primeras obras, por ejemplo, las escribía a lápiz y cuando se me presentaba la ocasión de que un amigo me prestara su máquina de escribir, aprovechaba para pasarlas en limpio. Entonces, como solía decir Bolaño, era más pobre que una rata. Sin embargo, aquella impoluta versión de mi manuscrito duraba poco, demasiado poco, la verdad, porque enseguida comenzaba a tachar y hacer correcciones sobre ella hasta que la dejaba mucho peor a la que la había precedido, la versión escrita a mano. Ahora me aterra siquiera pensar en la posibilidad de transitar de nuevo por aquella etapa.

Bien, llegados a este punto: ¿Qué diría un guionista de cine o TV si le dijera que, gracias a la tecnología, pronto podrá contar con un software que lo ayudará profusamente en su oficio de crear historias?

Se trata nada más y nada menos que del proyecto Escriba, en el que desde hace aproximadamente un par de años viene trabajando Frank Baiz. Aunque esta fecha no es más que un decir, puesto que detrás de Escriba hay no menos de 20 años de experiencia, los mismos que le han servido a Frank para desarrollar y pulir su particular y efectivo modelo para la escritura de guiones. Pero voy a dejar que sea el propio Frank, con sus propias palabras, que explique de qué va Escriba:

El proyecto Escriba se basa en un modelo que he venido desarrollando y que busca sistematizar ciertos elementos básicos de la dramaturgia del guión. En particular, el modelo se ocupa de articular la historia entendida como sucesión de acciones orientadas hacia un fin (base de muchos modelos conocidos, desde el paradigma de Syd Field hasta el utilísimo viaje del héroe), y la historia entendida como itinerario de "transformación" de un personaje, lo que comúnmente se llama "arco del personaje", es decir, de articular "el viaje interno" con "el viaje externo", y esto con la finalidad de que el escritor ejerza cabalmente su creatividad en el terreno de la invención y no se vea entorpecido por el problema de la estructuración. El modelo busca asegurar la mencionada articulación en varios niveles, desde la estructura base, hasta la escena. Por ahí va lo teórico. En lo que se refiere al aspecto práctico, Escriba ofrecerá al escritor tanto el apoyo del formato, como de la organización y el acceso cómodo e inmediato de todo el material que se necesita a la hora de escribir el guión, característica que lo hará útil para cualquier escritor —incluyendo a aquellos que pudieran interpretar el modelo como algo que "restringe su creatividad" (temor que desaparece cuando se discierne cuáles son los niveles en los que trabaja un modelo sobre cualquier discurso)—, como también varios "asistentes" que, con base a preguntas y respuestas, permiten ir construyendo la estructura que sustenta la sinopsis, la escaleta y la dinámica de los personajes dentro de cada escena. El software se programa en .NET, por lo que es factible que además de correr en Windows, pueda ser soportado por otros sistemas operativos.

He tenido la oportunidad de ver en funcionamiento, un par de veces, el software de Frank y no exagero al decir que en ambas oportunidades he quedado gratamente sorprendido. Lo que destacaría de estas dos primerísimas versiones in progress (puesto que el software, a pesar de estar muy adelantado, todavía no cuenta con una versión beta) es la sencillez y el grado de interactividad que ofrece al usuario. Desde luego hay que aclarar que, como otros software de este tipo, Escriba se basa en un modelo teórico que hay que entender para estar en capacidad de sacarle el mayor provecho posible. No basta con tener claras las ideas del guión que se desea escribir antes de sentarnos frente a la pantalla de nuestro computador, con la aplicación cargada y esperando a que comencemos a utilizarla, sino que previamente es necesario haberse empapado de su “lenguaje” para poder interactuar de manera efectiva con ella. Pero como dice Frank, su modelo es de fácil asimilación y se basa en el muy popular “viaje del héroe”, conocido, supongo yo, por todos aquellos que aspiran a convertirse en contadores de historias. Por fortuna, y de nuevo recurro a palabras del propio Frank, “el software vendrá acompañado de una generosa documentación en la que reside el conocimiento teórico previo que se necesitará para manejarlo, traducido al lenguaje más sencillo posible”. No podía ser de otro modo.

Los interesados en el software pueden desde ya acceder al enlace Escriba Software y apuntarse en una lista que promete una oferta de lanzamiento (aún cuando la página está en construcción, cuenta con la útil sección de preguntas más frecuentes) o visitar el blog de La página del guión, donde Frank suele publicar avances relacionados con su proyecto. A partir de ahora también yo, desde mi blog, adelantaré una que otra información relacionada con Escriba. Sobre todo cuando tenga instalado en mi notebook la tan esperada versión beta del software. Así que pendientes...

jueves, 15 de mayo de 2008

El oído de Flaubert y el subconsciente


Cuentan que Flaubert solía hacer las correcciones de estilo de sus textos al aire libre, en una pequeña alameda de tilos cercana a su casa de Croisset. Allí, mientras recorría la alameda, se entregaba a la lectura de sus escritos en voz alta, dejando la responsabilidad mayor del trabajo a su oído. Así lo relata Mario Vargas Llosa en el libro Cartas a un joven novelista:

No sé si usted sabe que Flaubert tenía, respecto del estilo, una teoría: la del mot juste. La palabra justa era aquella —única— que podía expresar cabalmente la idea. La obligación del escritor era encontrarla. ¿Cómo sabía cuándo la había encontrado? Se lo decía el oído: la palabra era justa cuando sonaba bien. Aquel ajuste perfecto entre forma y fondo —entre palabra e idea— se traducía en armonía musical. Por eso, Flaubert sometía todas sus frases a la prueba de “la gueulade” (de la chillería o vocerío). Salía a leer en voz alta lo que había escrito, en una pequeña alameda de tilos que todavía existe en lo que fue su casita de Croisset: la allée des gueulades (la alameda del vocerío). Allí leía a voz en cuello lo que había escrito y el oído le decía si había acertado o debía seguir buscando los vocablos y frases hasta alcanzar aquella perfección artística que persiguió con tenacidad fanática hasta que la alcanzó.

En la enésima relectura que hago del libro de Vargas Llosa, caigo en cuenta de que un texto que escribí hacia finales de 2002, y que colgué aquí en junio del año pasado, está sin duda inspirado o influenciado por la anécdota del oído de Flaubert. A veces pensamos que hemos dado con una idea original y en el fondo no es más que un enfoque de la idea de otro, que leímos y creíamos olvidada, sin embargo, esa idea se mantuvo, permaneció agazapa en nuestro subconsciente para brotar tiempo después como si fuera realmente nuestra. ¿A esto se refería Borges al afirmar que toda creación era de una u otra forma un plagio?

Los curiosos pueden leer el texto del que hablo haciendo clic aquí.

jueves, 1 de mayo de 2008

La literatura como pararrayos


Poco a poco uno va llenándose de libros. Por aquí y por allá se van acumulando las pilas puesto que en los anaqueles de la biblioteca ya no queda lugar disponible. Todavía así nunca parecen suficientes.

Libros de viejos y queridos autores que hemos convertido en nuestros libros de cabecera. Otros de autores recientes y por descubrir. Algunos leídos en la adolescencia, que nos negamos a releer, porque tememos no reencontrar en ellos la magia que en su momento nos trastocó.

Y es que los libros, como los seres vivos, también cambian con el paso del tiempo, se van haciendo viejos (y aquí no me refiero, desde luego, a su aspecto puramente físico, sino a algo más recóndito), unos con mayor rapidez que otros.

Incluso hay libros que pese a haberlos adquirido años atrás, aún conservan, intacta, la envoltura original, virgen, sin una sola rasgadura. Libros que quizá nunca llegaremos a leer.

En mis años de informático, cuando el dinero no era un problema serio —no como ahora, quiero decir, porque el dinero fue, es y será siempre un problema serio en nuestras sociedades— acostumbraba a comprar libros aún a sabiendas de que no podría leerlos. Al menos no de inmediato. En aquel tiempo mi promedio de lectura era realmente patético, lastimoso. Tan sólo dos o tres libros al año. No más. Aún así era difícil resistirme a la tentación de entrar en una librería y salir, rato después, cargado de libros. Y si esa librería echaba sus anclas en ciudades como Buenos Aires, Ciudad de México o Bogotá, la experiencia se tornaba todavía más intensa y desestabilizadora. Ahora estoy seguro de que en aquellos años, sin saberlo, me aboqué a la tarea de construir una especie de fondo de libros para esta otra etapa que vivo en la actualidad, en la que, por muchas razones, comprar un libro ya no es lo mismo que antes.

Precisamente de aquellos años data el libro —releído una y otra vez en no pocas ocasiones— del que quiero hablar en este post. Y quizá en los siguientes. Se trata de un libro ideal para quienes nos iniciamos en el arte de contar historias, escrito por un consagrado e inigualable contador de historias: Mario Vargas Llosa. ¿Su título? Cartas a un joven novelista (Editorial Planeta, 1997).

Vargas Llosa estructura su libro como epístolas dirigidas a un interlocutor, aspirante a novelista, con el que mantiene una íntima, sincera, didáctica y muy extensa correspondencia. A veces, mientras avanzamos en la lectura, nos sentimos como fisgones que hemos violentado un espacio creado exclusivamente para dos. Y otras, incluso, como los destinatarios del texto que leemos. Pero no es en la forma, sino en el contenido, donde se halla lo sustancial de Cartas a un joven novelista. Vargas Llosa, de una manera sencilla, amena y en extremo inteligente, dicta cátedra, una clase magistral en el arte de contar historias. Allí reflexiona sobre las motivaciones, la vocación, las perspectivas, la disciplina y perseverancia de alguien que ha decido elegir el oficio de escribir. Pese a estar enfocado hacia el género de la novela, creo que funciona con igual validez para el resto de los géneros literarios (sobre todo los narrativos, como el relato y la crónica) que tienen como meta principal precisamente ésa, la de contar historias. “La predisposición a fantasear nada más que como umbral del verdadero ejercicio de la literatura; la indisoluble relación fondo-forma, el estilo, la técnica narrativa, la voz propia, el tiempo, el poder persuasivo de una historia, la organización del relato, la ambigüedad, los datos escondidos, las ‘mudas’ de una historia”, son, entre otros, algunos de los tópicos que, con la precisión de un neurocirujano, el autor aborda en Cartas a un joven novelista. Sin duda, un libro de obligada y reiterada relectura para cualquier novel escritor.

En lo sucesivo, iré posteando aquí algunas de las notas que he tomado durante mis relecturas del libro de Vargas Llosa; en su mayoría citas o fragmentos que he considerado relevantes para acercarles la lupa.

Con la intención de que sirva de abreboca a curiosos o interesados en el tema, aquí va el primer fragmento:

Tal vez el atributo principal de la vocación literaria sea que quien la tiene vive el ejercicio de esa vocación como su mejor recompensa, más, mucho más, que todas las que pudiera alcanzar como consecuencia de sus frutos. Ésa es una de las seguridades que tengo, entre muchas incertidumbres sobre la vocación literaria: el escritor siente íntimamente que escribir es lo mejor que le ha pasado y puede pasarle, pues escribir significa para él la mejor manera posible de vivir, con prescindencia de las consecuencias sociales, políticas o económicas que puede lograr mediante lo que escribe.

¿Acaso hubiera podido elegir un mejor fragmento para dar inicio a esta especie de vía crucis literario?

Puede que sí, pero he comenzado por éste porque sin duda me toca en lo inmediato.

jueves, 13 de marzo de 2008

Fútbol y literatura


Desde hace algún tiempo me ha dado por comparar el fútbol y la literatura. Dos de las muchas pasiones que me atraviesan, que me corroen, que me trastocan...

En países donde el fútbol es más que una pasión, una manera de afrontar la vida, como Argentina o Brasil, mis compañeros de trabajo se asombraban al oírme hablar de ese deporte y me decían, “pero ¿es que a los venezolanos les gusta el fútbol?”.

Eso fue siete u ocho años atrás, en la época cuando era infeliz y no lo sabía... Tal vez ahora, con la evolución que ha mostrado la vinotinto en los últimos tiempos, mis ahora ex compañeros de trabajo piensen de manera distinta. Ojalá.

Pero es de fútbol y literatura que quiero hablar.

Como en el fútbol, el talento en literatura es importante, aunque no lo más importante. En ambos lo más importante es la disciplina. Sin disciplina, un futbolista o un escritor, por más talento que derroche, no tendrá un mañana.

El suceso más maravilloso en fútbol es el gol. Todo futbolista (hasta los arqueros) ha soñado alguna vez con hacer uno. Sin embargo, no todos están llamados a esa gloria. Dependerá mucho de las habilidades innatas en cada cual y de los designios de un señor llamado director técnico. El jugador de fútbol debe tener conciencia sobre cuál posición se ajusta más a sus habilidades o características para entonces conocer todo acerca de ella y tratar de ser el mejor en su estilo. De la misma forma un escritor debe conocer sus habilidades, saber qué género le calza mejor y tratar de conocerlo al máximo. No todo los escritores pueden ser a un mismo tiempo novelistas, poetas, dramaturgos, cuentistas, ensayistas, etcétera. Desde luego se dan algunos raros casos de escritores extremadamente versátiles, pero como en los jugadores de fútbol, esa no es la regla si no la excepción.

Una vez que el futbolista conoce en qué posición funciona mejor, debe pulir su técnica. Sin técnica y sin disciplina no hay mañana. Si logra conjugar talento y técnica entonces destacará en la cancha. Es lo ideal pero de nuevo ésta es la excepción y no la regla. Hay muy pocos jugadores en el mundo que lo logran. Son los cracks. Y un crack no nace todos los días. Sin embargo el fútbol necesita de los crack como de los jugadores técnicos. En literatura pasa exactamente igual.

El azar, o esa cosa que algunos llaman suerte, juega un papel relevante en ambas disciplinas. Tanto en un juego particular para un futbolista, como en una determinada obra que escribe un escritor. No importa lo mal o bien que se juegue en la cancha, o la dedicación y cuidado que se tenga al escribir una obra, el factor suerte siempre estará acechando a la vuelta de la esquina para colaborar en nuestro éxito o hundirnos en la desgracia.

Al igual que un futbolista requiere de la vitrina de un equipo para mostrar sus habilidades en el oficio, un escritor requiere de una editorial para dar a conocer su trabajo. Y aunque el futbolista debute en un equipo modesto, siempre tiene en mente o aspira a ser parte de un equipo grande; tan grande como su ambición se lo permita o exija. De igual manera el escritor debe aspirar a colocar su obra en la editorial que la haga llegar a más lectores. Desde luego esto suele hacerse de manera escalonada, porque sería muy ingenuo creer que un futbolista que se inicia pueda jugar en el equipo de primera del Real Madrid o del Milan, por ejemplo.

Un futbolista, aun cuando no tenga compromisos a diario con su equipo, entrena todos los días. El escritor también, aunque no trabaje en una obra particular, debe escribir todos los días. Y cuando digo escribir, no quiero decir crear un texto nuevo, porque revisar y corregir es escribir. Por supuesto la lectura es parte del imprescindible entrenamiento cotidiano de cualquier escritor.

Mientras corre de un lado a otro la cancha, un futbolista sabe que cuenta con personal especializado (médicos, masajistas, etcétera) en caso de llegar a necesitarlo. Los diccionarios (de sinónimos y antónimos, de dudas y dificultades, etcétera) representan ese personal especializado para el escritor. Nunca deben faltar sobre su escritorio a la hora de recorrer de arriba abajo la página.

Hay muchas más comparaciones entre fútbol y literatura que he venido acumulando con los años, pero tal vez ésas sean parte de otro post. Uno futuro que todavía no sé cuándo escribiré pero que desde ya me ha comenzado a guiñar el ojo.