viernes, 22 de mayo de 2020
Dos años sin Roth
miércoles, 19 de junio de 2019
Sprachspielkultur
Conocí a
Annette Kuhn hace poco más de dos años. Nuestro primer contacto fue posible
gracias a la hija menor de unos buenos amigos, los Rösli-Deffendini, a quienes
Irma y yo consideramos parte de nuestra familia —para nosotros son esa clase de
amigos a la que Isaac Chocrón llamaba la “familia elegida”, tanto o a veces
incluso más importante que la familia de sangre—. De hecho, Adriana, la hija
menor de los Rösli-Deffendini, nos trata a Irma y a mí como si fuéramos sus
tíos desde antes que empezara siquiera a decir palabra.
Ahora Adriana tiene diez años.
Los Rösli-Deffendini viven en Winterthur, una ciudad y comuna suiza perteneciente al cantón de Zúrich. Allí se mudaron a finales de 2015.
Cierto día, a la escuela pública de esa localidad donde Adriana cursa la primaria, llegó una profesora suplente que, entre otras cosas, le habló a la clase sobre la indeleble magia del teatro. En la mínima ocasión que tuvo, la menor de los Rösli-Deffendini saltó y dijo que ella tenía un tío escritor que había publicado varios libros y que además hacía teatro. Aquella profesora suplente se interesó en lo que había dicho su alumna y al final de la clase la llamó aparte y estuvo conversando un rato con ella.
Aquella profesora suplente era Annette Kuhn.
Como muchos suizos, Annette domina varios idiomas (español, inglés, francés, italiano y, por supuesto, su idioma materno, alemán). Aparte de ser docente, es una veterana actriz con estudios en importantes escuelas de actuación de Suiza y Alemania y a lo largo de su trayectoria ha incursionado en otras áreas de las artes escénicas como la dramaturgia y la dirección y producción de espectáculos.
Años atrás fundó un par de compañías de teatro que todavía mantiene en activo al día de hoy. Con una de ellas ha producido y dirigido espectáculos conectados con la esencia de la cultura hispana. En 2015 estuvo de gira por Sudamérica con uno de estos espectáculos.
Semanas después de aquella conversación entre profesora y alumna, Annette me escribió un email y desde entonces hemos estado en contacto, bien sea por Whatsapps, Skype o correo electrónico. Y en todas estas comunicaciones que hemos sostenido, tras aquel primer email introductorio, ambos hemos mostrado nuestro interés y deseo de trabajar juntos. A finales de 2016 se presentó una oportunidad de hacerlo y ni corta ni perezosa Annette viajó hasta Madrid a comienzos de 2017, pero, por diversos motivos, aquel asunto no cuajó —a despecho nuestro, nos vimos en la obligación de abortar dicho proyecto— y nos dejó a ambos frustrados y con muy mal sabor de boca. Sin embargo, el contacto y el deseo de colaboración mutua continúan manteniéndose intactos.
En marzo de este año Annette inauguró un espacio en Feuerthalen —localidad vecina de Schaffhausen, ciudad y comuna donde reside Annette— a través del cual pretende canalizar parte de sus múltiples inquietudes creativas. Lo ha bautizado ÄNET AM RHY - Raum für Sprachspielkultur, algo así como “al otro lado del Rin, espacio para el juego de palabras”. El nombre es a su vez una especie de juego de palabra puesto que la sala y la casa de Annette están separadas por el río Rin aunque pertenecen a cantones diferentes. Como Annette es una enamorada de los idiomas y de otras culturas, no solo quiere que la sala acoja actividades exclusivamente en alemán, sino que allí también tengan lugar eventos en otros idiomas. Hasta el momento, entre otros, en ÄNET AM RHY se han presentado un par de músicos argentinos, un poeta estadounidense de origen cheyene y el próximo domingo 23 yo estaré hablando sobre mi obra en un encuentro que incluirá música y lecturas dramatizadas de fragmentos de mis libros publicados en España.
ÄNET AM RHY nace con un espíritu transversal, con la idea de acoger entre sus variadas actividades manifestaciones artísticas de otras culturas y en otros idiomas.
Seguramente más adelante surgirán nuevas oportunidades que nos planteen nuevos retos y desde luego nuevas ocasiones de colaborar y trabajar juntos. Por lo pronto, no puedo más que desearle larga y prospera vida a ÄNET AM RHY - Raum für Sprachspielkultur.
viernes, 9 de marzo de 2018
Los orígenes de un libro (y II)
Igor y yo habíamos quedado en su casa. Ambos nos encontrábamos sentados en el salón en el que en otras ocasiones habíamos mantenido largas discusiones sobre libros y autores que nos gustaban y también sobre esos otros que nos gustaban menos. Mientras él leía el material que acababa de entregarle, yo no apartaba la vista de su rostro y estaba muy atento a los movimientos de sus manos. A ratos sonreía, a ratos arrugaba el ceño, a ratos meneaba la cabeza en señal de aprobación o rechazo; de vez en cuando soltaba una sonora carcajada o murmuraba “bien, bien”, “no, no” o “extraordinario”… Y nunca dejó de deslizar con vigor y velocidad, sobre cada una de las páginas, el bolígrafo con el que subrayaba, tachaba o encerraba en círculos una palabra, una línea o todo un párrafo.
jueves, 22 de febrero de 2018
Los orígenes de un libro (I)
martes, 13 de junio de 2017
La incertidumbre del dramaturgo ante el estreno
sábado, 9 de mayo de 2015
9/23: Helter Skelter – The Beatles
martes, 11 de noviembre de 2014
Poesía y microficción
sábado, 13 de agosto de 2011
La poética de Mamet (III)
- "La progresión hacia el clímax, el desenlace, la conclusión, acelera, pues, el ritmo. Una vez nos han planteado los hechos, nuestra atención se centra. Ahora sólo nos resta observar nuestro avance hacia el objetivo y la incursión ocasional del impedimento anómalo, del giro atípico del argumento".
- "Cuando el público ha prestado o entregado transitoriamente su atención es sencillo intercalar un elemento ajeno, ya que lo aceptará como algo esencial hasta el momento que se demuestro lo contrario".
- "La introducción del elemento ajeno es un comportamiento poco frecuente en el primer acto, cuando la luna de miel aún está vigente (se ha observado a menudo que cualquiera puede escribir un primer acto), pero esa misma introducción no es en absoluta atípica en el segundo acto".
- "Cuando se levanta el telón tenemos la atención del público; los autores no debemos hacer nada. Pero transcurrido un rato, si el argumento no irrumpe con fuerza, los espectadores se pondrán a bostezar o a comer palomitas. Por eso es muy común intercalar un elemento ajeno en el segundo acto de la obra".
- "El público quiere que le estimulen, que le confundan, que le defrauden a veces para poder quedar, finalmente, satisfecho. Por eso necesita que el segundo acto termine con una pregunta".
- "Enterrar el final en el principio (el logro supremo del drama) resulta algo más difícil: significa que en el término medio debe emerger lo previamente insospechado, y, al emerger, debe hundir al protagonista (y al artista) en el abismo de la desesperación: 'Estaba preparado para todo menos para esto'. De la desesperación debe nacer la decisión de terminar el periplo".
- "Una parte del viaje del héroe es que éste (artista/protagonista) debe cambiar radicalmente de parecer, por la fuerza de las circunstancias o por la fuerza de la voluntad. El héroe debe remozar su concepción del mundo y este cambio puede dar como resultado una obra artística con mayúsculas".
sábado, 23 de julio de 2011
La poética de Mamet (II)
- "El drama no tiene por qué afectar necesariamente el comportamiento de las personas. Existe un artefacto fantástico y enormemente efectivo que transforma la actitud de las personas y hace que vean el mundo desde otra perspectiva. Se llama pistola".
- "No es tarea del autor teatral lograr que se produzcan cambios en la sociedad".
- "El propósito del arte no es efectuar cambios, si no deleitar. No creo que su finalidad sea ilustrarnos, ni que deba transformarnos, ni tampoco aleccionarnos".
- "El teatro existe para tratar problemas del alma y misterios de la vida humana, no calamidades cotidianas".
- "En el drama, como en los sueños, el hecho de que algo sea 'verdad' es irrelevante y nos interesa sólo si está relacionado con la búsqueda del protagonista (la búsqueda de un MacGuffin) tal como ésta se nos ha planteado".
- "El poder del autor de teatro reside en su capacidad para plantear el problema".
- "El drama nos estimula porque resume y proyecta en la obra el elemento más esencial de nuestro ser, el preciado mecanismo de adaptación [...] Podemos hacer uso de nuestras habilidades de supervivencia, adelantarnos al protagonista y sentir temor por persona interpuesta sintiéndonos a salvo. Éste es el poder y el gozo del drama. Por eso la obra de segunda clase, la que no está estructurada como una búsqueda de un único objetivo por parte del héroe, queda relegada al olvido".
Este post es continuación de este otro.
jueves, 26 de mayo de 2011
La poética de Mamet (I)

David Mamet se encuentra entre los dramaturgos más influyentes, prolíficos y respetados de nuestro tiempo. A lo largo de su vida no sólo ha sabido construirse una envidiable trayectoria en el teatro, sino que, también a pulso, ha conseguido moverse con similar tino en el nada fácil mundo del cine y la televisión norteamericana.
En distintos momentos de su carrera, gracias a su polifacético e indiscutible talento, Mamet ha incursionado en la actuación, la dirección y la producción de obras de teatro, películas y series de televisión. Así que conoce muy bien el mundo del espectáculo y a menudo suele compartir sus reflexiones y originales puntos de vista en sesudos y deliciosos ensayos. Cuando uno de estos ensayos cae en mis manos, lo devoro enseguida, de similar forma que hago con sus piezas de teatro.
- “El teatro trata del periplo del héroe o de la heroína, aquellos personajes que no ceden a la tentación, y su historia es la de quien pasa por una prueba que no ha elegido”.
- “La facultad de resistir confiere emotividad al periplo del héroe. Y para que el público lo viva, es esencial que el escritor lo sufra también. Por eso escribir no es una tarea sencilla”.
- “Habitamos en un mundo extraordinariamente depravado, interesante y salvaje donde las cosas no son en absoluto equitativas, y el propósito del auténtico drama es ayudar a que no lo olvidemos. Tal vez esto tenga un efecto social fortuito y acumulativo: recordarnos que debemos ser un poco más humildes, o un poco más agradecidos, o un poco más reflexivos”.
- “La esencia de una obra es el deseo del héroe o de la heroína. En la obra perfecta, ningún incidente nos puede parecer ajeno a ese deseo porque el incidente siempre es obstáculo o una ayuda para que aquéllos puedan conseguir su objetivo”.
- “En el teatro nuestro tiempo también es precioso y una obra buena no se ocupará de asuntos que se puedan tratar racionalmente, aunque formen parte de nuestras ocupaciones cotidianas”.
sábado, 16 de abril de 2011
Influencias

"Todo se construye sobre lo anterior, y en nada humano es posible encontrar la pureza". La reflexión pertenece a Ernesto Sabato.
Esta cita habría que tenerla presente al abordar el análisis de cualquier aspecto del desarrollo o desenvolvimiento de las sociedades. Eso incluye, por supuesto, a la literatura. Porque si hay una cosa que debería tener muy claro alguien que apenas comienza a derribar sus primeros pinitos en el oficio de escribir, es precisamente el asunto de las influencias. De las influencias dependerá su porvenir como creador.
sábado, 31 de enero de 2009
Lugares comunes

Para ellos un lugar común es una especie de blasfemia, una hiedra que se adhiere a la obra y a la velocidad del rayo va cubriéndola con sus ramas hasta abrazarla por completo y por fin asfixiarla. Me cuentan, con la exageración natural del escritor, que mientras trabajan o leen un libro y sienten a la distancia el olor de un lugar común, apagan la computadora o cierran el libro y echan a correr.
Pero, ¿puede escribirse hoy en día con semejante temor a los lugares comunes cuando las historias de tanto contarlas se han agotado?
Recuerdo que a finales de los ochenta escuché una vieja canción que me encantó, una de esas rarezas que uno sólo se encuentra de tanto en tanto. La historia que se contaba en ella me pareció en extremo original y de paso muy cortazariana. Enseguida dije para mis adentros, “algún día escribiré algo basado en este tema”. Los años discurrieron como liebres, anduve de aquí para allá y de allá para acá, sin embargo, el azar me permitió cumplir con aquella promesa: “Cartas para Celia”, relato que aparece en mi libro Mensajes en la pared, viene a ser su materialización.
Tiempo después, a principio de la década de dos mil, compré un par de novelas de Milan Kundera, autor cuya obra me impuse casi como una obligación leer a partir de La insoportable levedad del ser. Mientras me adentraba más y más en la lectura de una de aquellas novelas de Kundera (no voy a mencionar su título para azuzar la curiosidad del lector) iba descubriendo más y más que las historias que a veces creemos originales no son tales y que los seres humanos, no importa en la latitud-longitud del globo terráqueo donde les haya tocado nacer, en cuestiones de sentimientos y emociones, tienden a comportarse o reaccionar más o menos de forma parecida. ¿Cómo si no llegamos a identificarnos con las historias que otros nos cuentan?
En fin. La canción que creí muy original —que hasta me empujó a escribir un relato corto— y la novela de Kundera se asemejaban tanto en sus anécdotas que cualquiera hubiera jurado que uno le había robado, o copiado, la idea al otro. Una cosa si bien no imposible sí bastante descabellada. No obstante, esas coincidencias suelen ocurrir con mayor frecuencia de lo que el común de la gente piensa que ocurren. Y aún más si nos enfocamos en los entornos creativos. Picasso y Braque, por ejemplo, inventaron el cubismo casi al mismo tiempo y antes de llegar a trabajar juntos, sin conocer uno lo que había estado haciendo el otro, por “pura casualidad”. Bueno, esto sólo es un decir (por eso lo he entrecomillado), puesto que ambos eran grandes admiradores de la obra de Cezanne.
Desde entonces, en mi caso particular, dejaron de molestarme los lugares comunes y comencé a preocuparme más por la manera cómo se abordaban las historias en los libros que leía, en lugar de abocar toda mi atención a la historia que se contaba. Es decir, desde entonces empezó a interesarme más la forma que el fondo. Por supuesto sigo creyendo que el fondo de cualquier relato es importante, pero definitivamente no es lo más importante, puesto que una buena obra es más que la suma de sus partes. Una historia mil veces contada puede aguantar otras mil veces más de narración (y creo que más aún), siempre y cuando la manera de narrarla aporte alguna novedad, alguna diferencia significativa con sus predecesoras. O que simplemente hinque sus dientes sin compasión ni titubeos en la condición humana, una característica a la que cada vez más le doy importancia cuando leo una buena historia.
No olvidemos que el miedo a los lugares comunes entre los escritores, desde hace ya bastante, se ha convertido también, en sí mismo, en un lugar común.
lunes, 8 de septiembre de 2008
La generación tardía

Al calor de esta crisis, y a las muchas otras que la han precedido (suelo tener presente las palabras de Carlos Giménez: “pienso que este enfermo incurable al que llamamos teatro, sigue agonizando con buena salud”), aparecen nuevas generaciones de teatreros dispuestas a tomar o arrebatarle el testigo a la generación anterior, bien sea creadores que salen al escenario o aquellos que se quedan back stage. Son muchos los que en la actualidad están tratando de ganarse un espacio a punta de talento, pasión y disciplina, gente joven en su mayoría, sin embargo, en mi nota no voy a referirme a ellos exactamente, sino a un grupo de nuevos dramaturgos, no tan jóvenes, con quienes he tenido la suerte de establecer un diálogo constructivo.
A principios del año pasado, Loida Pérez convocó a varios dramaturgos —de los que comenzábamos a hacer público nuestro trabajo— para sumarse a un proyecto que ella venía cocinando desde hacía tiempo. Se trataba de escribir obras breves, de no más de diez minutos, para luego llevarlas a escena en forma de un espectáculo de lecturas dramatizadas o montajes mínimos. Ya ella contaba con un espacio para materializar dichas propuestas: la Sala Experimental del Centro de Estudios Latinoamericano Rómulo Gallegos o CELARG. Apartando los resultados del proyecto, que todavía están por ser evaluados, lo más resaltante e interesante, desde mi punto de vista, fue el proceso cómo las obras que conformarían cada una de las puestas en escena fueron concebidas: se proponía un tema, los autores decidían si escribirían o no una pieza abordándolo; una vez escritas, las piezas se hacían llegar a todos los autores, se leían y eran comentadas; tras una revisión, todas eran entregadas al director que se encargaría de realizar la puesta. Finalmente, era él quien seleccionaba las obras que formarían parte del espectáculo. Por supuesto, para unos autores, el proceso en sí tuvo sus bemoles, pero esa es materia para otro post. Para mí fue un proceso enriquecedor: tener la posibilidad de entrar en contacto con la obra de otros dramaturgos a quienes me unía ciertas coincidencias (edad, búsquedas, haber obtenido algunos premios y no haber sido representados profesionalmente o estar en vías de) y compartir un singular espacio donde nos leíamos y comentábamos.
De aquel grupo de dramaturgos rescato cuatro nombres que desde entonces a esta parte han resonado en el ámbito local: Juan Ramón Pérez, quizá el más “veterano” de todos, con varias piezas a cuestas y quien este año se estrenó como guionista de cine en la película “1, 2 y 3 Mujeres” y estrenará su pieza, “Hasta la vista, Beibi”, en un festival de teatro venezolano en París; Vicente Lira, de quien ya se han estrenado dos comedias con éxito de público, una de ellas con dos temporadas (la primera en el Ateneo de Caracas y la siguiente en el CELARG); José Antonio Barrios, que es además actor y poeta —y quizá la cara más conocida del grupo, por unos populares comerciales de TV—, también ha conseguido que un par de sus piezas suba a los escenarios y, por fin, Roberto Azuaje, el que faltaba por estrenarse ante el público pero que en los próximos días lo hará por partida doble, con el montaje de “José Amindra”, dirigido por Dairo Piñeres y producido por Rajatabla, y con “Siete grados de entropía tropical”, montaje que será realizado y presentado en Londres durante el Festival de teatro latinoamericano CASA, ambas en el mes de septiembre.
No me cabe duda de que la obra de estos autores seguirá dando de que hablar en los años venideros, siempre y cuando se mantengan en la búsqueda que los ha traído hasta el punto donde se encuentran ahora. Incluso por allí, entre bastidores, he escuchado una denominación para agruparlos: “la generación tardía”, porque todos se han estrenado en el circuito profesional después de los cuarenta —desde luego, esta denominación también me incluye. Lo importante es que continúan trabajando (por ejemplo, las últimas dos piezas que he leído de José Antonio Barrios me han sorprendido gratamente, sobre todo porque en ellas ha dejado de lado su faceta de comediógrafo y ha abordado temas de mayor compromiso autoral), buscando y consiguiendo que sus piezas lleguen hasta el público, con lo difícil, es sabido, que resulta esto en un país como el nuestro. En lo posible trataré de seguir sus carreras y celebraré sus éxitos, como lo he hecho hasta el día de hoy, porque, aunque “tardía”, hay que celebrar a las generaciones de relevo en nuestro teatro.
viernes, 27 de junio de 2008
El enfermo incurable

¿Está en crisis el teatro?
Desde los tiempos de mis primeros coqueteos con el arte dramático, en la década de los ochenta, debo confesar que vengo escuchando diversas variantes de la misma pregunta. No obstante, más de veinte años después, como en el pasado, sigue habiendo gente dispuesta a dejarse el pellejo sobre las tablas... Y lo mejor de todo es que continúa demostrándolo con hechos.
En diciembre de 2005, durante mi visita a Torreperogil, una vez más asistí a una nueva puesta en escena del maravilloso e indescifrable pasaje bíblico de la “multiplicación de los peces y los panes”.
Acaso Villa de Torreperogil no alcance a llegar a los ocho mil habitantes, sin embargo, a lo largo de todo el año la actividad cultural allí es intensa. Desde recitales de jazz, rock, pop y música académica pasando por espectáculos de danza contemporánea, flamenco y el Festival Internacional del Títere, hasta el Festival de Cortos y, por supuesto, la Muestra Internacional de Teatro —que el año pasado alcanzó su edición número veinte. Al menos para que los amantes de la música (los hay en todas partes) se hagan una idea, por el festival de Rock & Blues han transitado bandas como The Animals, Whitesnake y, el pasado verano, desembarcó con su show en el auditorio de las Torres Oscuras la mítica agrupación británica Ten Years After.
Nada mal para un lugar aparentemente chico.
Llegado a este punto hay que decirlo de una buena vez: uno de los principales motores (aunque no el único) de la agenda cultural de la villa es Teatro Arena —compañía teatral creada en 1979 y asociación cultural a partir de 1998. La historia de Teatro Arena no debe de ser muy distinta a la de otros grupos o compañías teatrales de América Latina, o del resto de España, para suscribirnos sólo al continente hispano: duro comienzo, incomprensión, falta de apoyo oficial, múltiples problemas financieros, etcétera, etcétera, hasta que, poco a poco, a fuerza de insistir y de soñar (sobre todo de soñar) fueron imponiéndose, abriéndose espacios en el gusto y en la memoria de los espectadores. Al fin y al cabo, eso es lo que en su andar de más de un cuarto de siglo han ido demostrando.
“Hechos son amores y no buenas razones”, reza el viejo adagio popular. Y justamente de hechos continuaré hablando. En el marco de la Muestra Internacional de Teatro, entre otros eventos —un Ciclo de Cuentacuentos Infantil, un Ciclo de Teatro Distinto o monólogos de humor—, a manera de complemento, al clan Arena se le ocurrió convocar un certamen de textos teatrales. Este año el certamen arriba a su novena edición, y como en octubre se celebrará el 140 aniversario del nacimiento de Valle-Inclán, los organizadores han querido honrar al gran escritor gallego agregándole la palabra “esperpento” —con la cual se conoce la etapa en que Valle-Inclán se dedicara a escribir teatro— al nombre del concurso.
Las dos piezas aquí reunidas corresponden a las obras premiadas en la edición anterior, la octava, donde tuve el honor de formar parte del jurado.
El argumento de la obra ganadora, ¡Es la guerra!, de Fernando Almena, es simple pero muy atractivo. En plena guerra civil, tres soldados deciden acampar en el monte para almorzar y luego fusilar al prisionero que llevan casi a cuestas, un soldado del bando contrario. A lo largo de la comida van descubriendo que el enemigo tiene más cosas en común que diferencias, pero no hay perdón posible, porque ¿no están acaso en guerra? A través de un planteamiento estético sencillo, casi minimalista, un extraordinario manejo de las situaciones dramáticas, con diálogos hilarantes, elementos circunstanciales inteligentes y un sorpresivo final, Almena construye un discurso cargado de humor e ironía contra el negocio y la sinrazón de la guerra. La misma guerra que amenaza con instalarse en el mundo en una noche cualquiera y quedarse aquí para siempre.
Tras un presunto accidente automovilístico, donde una niña de seis años muere, cuatro adolescentes son detenidos de manera preventiva en la comisaría de un refugio turístico perdido en el tercer mundo —en caso contrario, los pobladores los habrían linchado. Los jóvenes deciden recurrir a la teoría del juego para no delatar al compañero que iba al volante en el momento del siniestro, y así ganar tiempo mientras el padre de uno de ellos viene en su auxilio. Esta es la historia que relata en El dilema del prisionero Ángel García Crespo; obra que se alzó con el accésit del certamen, una pieza inteligente, cargada de una atmósfera sórdida, en la que los roles de víctimas y victimarios parecieran cambiar a cada instante.
A esta altura creo que será necesario repetir la pregunta del comienzo: ¿Está en crisis el teatro?
El imaginario popular sostiene que de las crisis puede sacarse buenos dividendos. Sólo hay que tener los sentidos bien alertas y saber aprovechar las oportunidades. Ojalá que Teatro Arena continúe sacándole partido a “la crisis actual del teatro”. Ojalá que junto al ayuntamiento consiga por fin construir el espacio escénico que merece la villa y por el que luchan desde hace más de tres años. Ojalá que junto al ayuntamiento continúe manteniendo esta vitrina para los autores dramáticos de habla hispana. Ojalá que la Asociación de Autores de Teatro de España continúe contribuyendo a la difusión de este plausible esfuerzo. Sería un alivio constatar que, al menos en Torreperogil, el enfermo incurable sigue agonizando con buena salud.
Víctor Vegas
Caracas, septiembre de 2006
* Prólogo del libro del VIII Certamen de Textos Teatrales de Torreperogil, publicado por la Asociación de Autores de Teatro de España y el Ayuntamiento de Torreperogil en la colección Damos la Palabra/Teatro Español Contemporáneo, Madrid, 2006.
sábado, 14 de junio de 2008
Sobre la autenticidad de un escritor
Los escritores que rehúyen sus propios demonios y se imponen ciertos temas, porque creen que aquéllos no son lo bastante originales o atractivos, y estos últimos sí, se equivocan garrafalmente. Un tema de por sí no es nunca ni bueno ni malo en literatura. Todos los temas pueden ser ambas cosas, y ello no depende del tema en sí, sino de aquello en que un tema se convierte cuando se materializa en una novela a través de una forma, es decir de una escritura y una estructura narrativas. Es la forma en que se encarna la que hace que una historia sea original o trivial, profunda o superficial, compleja o simple, la que da densidad, ambigüedad, verosimilitud a los personajes o los vuelve unas caricaturas sin vida, unos muñecos de titiritero.
viernes, 30 de mayo de 2008
La tecnología al servicio del arte

Veinte años después, el anunciado Apocalipsis de las artes (y de los artistas), como lo pronosticaba mi profesor de pregrado, todavía no asoma la nariz en el horizonte. Al menos no a mi modo de ver, por supuesto. En cambio la tecnología se ha convertido en una herramienta fundamental a la que los creadores de todas las tendencias y disciplinas del arte han echado mano para hacer más fácil su labor; incluso, en algunos casos, ha contribuido a aumentar su productividad puesto que, gracias a la tecnología, han podido deshacerse de tareas rutinarias que antes les significaban un lastre. ¿Quién puede imaginarse en nuestros tiempos a un escritor que no utilice las ventajas de un buen procesador de palabras? Sin duda los que tal vez aún existan, en algún apartado rincón del planeta, no lo harán por gusto propio si no por limitaciones de otra índole. Mis primeras obras, por ejemplo, las escribía a lápiz y cuando se me presentaba la ocasión de que un amigo me prestara su máquina de escribir, aprovechaba para pasarlas en limpio. Entonces, como solía decir Bolaño, era más pobre que una rata. Sin embargo, aquella impoluta versión de mi manuscrito duraba poco, demasiado poco, la verdad, porque enseguida comenzaba a tachar y hacer correcciones sobre ella hasta que la dejaba mucho peor a la que la había precedido, la versión escrita a mano. Ahora me aterra siquiera pensar en la posibilidad de transitar de nuevo por aquella etapa.
Bien, llegados a este punto: ¿Qué diría un guionista de cine o TV si le dijera que, gracias a la tecnología, pronto podrá contar con un software que lo ayudará profusamente en su oficio de crear historias?
Se trata nada más y nada menos que del proyecto Escriba, en el que desde hace aproximadamente un par de años viene trabajando Frank Baiz. Aunque esta fecha no es más que un decir, puesto que detrás de Escriba hay no menos de 20 años de experiencia, los mismos que le han servido a Frank para desarrollar y pulir su particular y efectivo modelo para la escritura de guiones. Pero voy a dejar que sea el propio Frank, con sus propias palabras, que explique de qué va Escriba:
El proyecto Escriba se basa en un modelo que he venido desarrollando y que busca sistematizar ciertos elementos básicos de la dramaturgia del guión. En particular, el modelo se ocupa de articular la historia entendida como sucesión de acciones orientadas hacia un fin (base de muchos modelos conocidos, desde el paradigma de Syd Field hasta el utilísimo viaje del héroe), y la historia entendida como itinerario de "transformación" de un personaje, lo que comúnmente se llama "arco del personaje", es decir, de articular "el viaje interno" con "el viaje externo", y esto con la finalidad de que el escritor ejerza cabalmente su creatividad en el terreno de la invención y no se vea entorpecido por el problema de la estructuración. El modelo busca asegurar la mencionada articulación en varios niveles, desde la estructura base, hasta la escena. Por ahí va lo teórico. En lo que se refiere al aspecto práctico, Escriba ofrecerá al escritor tanto el apoyo del formato, como de la organización y el acceso cómodo e inmediato de todo el material que se necesita a la hora de escribir el guión, característica que lo hará útil para cualquier escritor —incluyendo a aquellos que pudieran interpretar el modelo como algo que "restringe su creatividad" (temor que desaparece cuando se discierne cuáles son los niveles en los que trabaja un modelo sobre cualquier discurso)—, como también varios "asistentes" que, con base a preguntas y respuestas, permiten ir construyendo la estructura que sustenta la sinopsis, la escaleta y la dinámica de los personajes dentro de cada escena. El software se programa en .NET, por lo que es factible que además de correr en Windows, pueda ser soportado por otros sistemas operativos.
He tenido la oportunidad de ver en funcionamiento, un par de veces, el software de Frank y no exagero al decir que en ambas oportunidades he quedado gratamente sorprendido. Lo que destacaría de estas dos primerísimas versiones in progress (puesto que el software, a pesar de estar muy adelantado, todavía no cuenta con una versión beta) es la sencillez y el grado de interactividad que ofrece al usuario. Desde luego hay que aclarar que, como otros software de este tipo, Escriba se basa en un modelo teórico que hay que entender para estar en capacidad de sacarle el mayor provecho posible. No basta con tener claras las ideas del guión que se desea escribir antes de sentarnos frente a la pantalla de nuestro computador, con la aplicación cargada y esperando a que comencemos a utilizarla, sino que previamente es necesario haberse empapado de su “lenguaje” para poder interactuar de manera efectiva con ella. Pero como dice Frank, su modelo es de fácil asimilación y se basa en el muy popular “viaje del héroe”, conocido, supongo yo, por todos aquellos que aspiran a convertirse en contadores de historias. Por fortuna, y de nuevo recurro a palabras del propio Frank, “el software vendrá acompañado de una generosa documentación en la que reside el conocimiento teórico previo que se necesitará para manejarlo, traducido al lenguaje más sencillo posible”. No podía ser de otro modo.
Los interesados en el software pueden desde ya acceder al enlace Escriba Software y apuntarse en una lista que promete una oferta de lanzamiento (aún cuando la página está en construcción, cuenta con la útil sección de preguntas más frecuentes) o visitar el blog de La página del guión, donde Frank suele publicar avances relacionados con su proyecto. A partir de ahora también yo, desde mi blog, adelantaré una que otra información relacionada con Escriba. Sobre todo cuando tenga instalado en mi notebook la tan esperada versión beta del software. Así que pendientes...
jueves, 15 de mayo de 2008
El oído de Flaubert y el subconsciente

No sé si usted sabe que Flaubert tenía, respecto del estilo, una teoría: la del mot juste. La palabra justa era aquella —única— que podía expresar cabalmente la idea. La obligación del escritor era encontrarla. ¿Cómo sabía cuándo la había encontrado? Se lo decía el oído: la palabra era justa cuando sonaba bien. Aquel ajuste perfecto entre forma y fondo —entre palabra e idea— se traducía en armonía musical. Por eso, Flaubert sometía todas sus frases a la prueba de “la gueulade” (de la chillería o vocerío). Salía a leer en voz alta lo que había escrito, en una pequeña alameda de tilos que todavía existe en lo que fue su casita de Croisset: la allée des gueulades (la alameda del vocerío). Allí leía a voz en cuello lo que había escrito y el oído le decía si había acertado o debía seguir buscando los vocablos y frases hasta alcanzar aquella perfección artística que persiguió con tenacidad fanática hasta que la alcanzó.
En la enésima relectura que hago del libro de Vargas Llosa, caigo en cuenta de que un texto que escribí hacia finales de 2002, y que colgué aquí en junio del año pasado, está sin duda inspirado o influenciado por la anécdota del oído de Flaubert. A veces pensamos que hemos dado con una idea original y en el fondo no es más que un enfoque de la idea de otro, que leímos y creíamos olvidada, sin embargo, esa idea se mantuvo, permaneció agazapa en nuestro subconsciente para brotar tiempo después como si fuera realmente nuestra. ¿A esto se refería Borges al afirmar que toda creación era de una u otra forma un plagio?
Los curiosos pueden leer el texto del que hablo haciendo clic aquí.
jueves, 1 de mayo de 2008
La literatura como pararrayos

Libros de viejos y queridos autores que hemos convertido en nuestros libros de cabecera. Otros de autores recientes y por descubrir. Algunos leídos en la adolescencia, que nos negamos a releer, porque tememos no reencontrar en ellos la magia que en su momento nos trastocó.
Y es que los libros, como los seres vivos, también cambian con el paso del tiempo, se van haciendo viejos (y aquí no me refiero, desde luego, a su aspecto puramente físico, sino a algo más recóndito), unos con mayor rapidez que otros.
Incluso hay libros que pese a haberlos adquirido años atrás, aún conservan, intacta, la envoltura original, virgen, sin una sola rasgadura. Libros que quizá nunca llegaremos a leer.
En mis años de informático, cuando el dinero no era un problema serio —no como ahora, quiero decir, porque el dinero fue, es y será siempre un problema serio en nuestras sociedades— acostumbraba a comprar libros aún a sabiendas de que no podría leerlos. Al menos no de inmediato. En aquel tiempo mi promedio de lectura era realmente patético, lastimoso. Tan sólo dos o tres libros al año. No más. Aún así era difícil resistirme a la tentación de entrar en una librería y salir, rato después, cargado de libros. Y si esa librería echaba sus anclas en ciudades como Buenos Aires, Ciudad de México o Bogotá, la experiencia se tornaba todavía más intensa y desestabilizadora. Ahora estoy seguro de que en aquellos años, sin saberlo, me aboqué a la tarea de construir una especie de fondo de libros para esta otra etapa que vivo en la actualidad, en la que, por muchas razones, comprar un libro ya no es lo mismo que antes.
Precisamente de aquellos años data el libro —releído una y otra vez en no pocas ocasiones— del que quiero hablar en este post. Y quizá en los siguientes. Se trata de un libro ideal para quienes nos iniciamos en el arte de contar historias, escrito por un consagrado e inigualable contador de historias: Mario Vargas Llosa. ¿Su título? Cartas a un joven novelista (Editorial Planeta, 1997).
Vargas Llosa estructura su libro como epístolas dirigidas a un interlocutor, aspirante a novelista, con el que mantiene una íntima, sincera, didáctica y muy extensa correspondencia. A veces, mientras avanzamos en la lectura, nos sentimos como fisgones que hemos violentado un espacio creado exclusivamente para dos. Y otras, incluso, como los destinatarios del texto que leemos. Pero no es en la forma, sino en el contenido, donde se halla lo sustancial de Cartas a un joven novelista. Vargas Llosa, de una manera sencilla, amena y en extremo inteligente, dicta cátedra, una clase magistral en el arte de contar historias. Allí reflexiona sobre las motivaciones, la vocación, las perspectivas, la disciplina y perseverancia de alguien que ha decido elegir el oficio de escribir. Pese a estar enfocado hacia el género de la novela, creo que funciona con igual validez para el resto de los géneros literarios (sobre todo los narrativos, como el relato y la crónica) que tienen como meta principal precisamente ésa, la de contar historias. “La predisposición a fantasear nada más que como umbral del verdadero ejercicio de la literatura; la indisoluble relación fondo-forma, el estilo, la técnica narrativa, la voz propia, el tiempo, el poder persuasivo de una historia, la organización del relato, la ambigüedad, los datos escondidos, las ‘mudas’ de una historia”, son, entre otros, algunos de los tópicos que, con la precisión de un neurocirujano, el autor aborda en Cartas a un joven novelista. Sin duda, un libro de obligada y reiterada relectura para cualquier novel escritor.
En lo sucesivo, iré posteando aquí algunas de las notas que he tomado durante mis relecturas del libro de Vargas Llosa; en su mayoría citas o fragmentos que he considerado relevantes para acercarles la lupa.
Con la intención de que sirva de abreboca a curiosos o interesados en el tema, aquí va el primer fragmento:
Tal vez el atributo principal de la vocación literaria sea que quien la tiene vive el ejercicio de esa vocación como su mejor recompensa, más, mucho más, que todas las que pudiera alcanzar como consecuencia de sus frutos. Ésa es una de las seguridades que tengo, entre muchas incertidumbres sobre la vocación literaria: el escritor siente íntimamente que escribir es lo mejor que le ha pasado y puede pasarle, pues escribir significa para él la mejor manera posible de vivir, con prescindencia de las consecuencias sociales, políticas o económicas que puede lograr mediante lo que escribe.
¿Acaso hubiera podido elegir un mejor fragmento para dar inicio a esta especie de vía crucis literario?
Puede que sí, pero he comenzado por éste porque sin duda me toca en lo inmediato.
jueves, 13 de marzo de 2008
Fútbol y literatura

En países donde el fútbol es más que una pasión, una manera de afrontar la vida, como Argentina o Brasil, mis compañeros de trabajo se asombraban al oírme hablar de ese deporte y me decían, “pero ¿es que a los venezolanos les gusta el fútbol?”.
Eso fue siete u ocho años atrás, en la época cuando era infeliz y no lo sabía... Tal vez ahora, con la evolución que ha mostrado la vinotinto en los últimos tiempos, mis ahora ex compañeros de trabajo piensen de manera distinta. Ojalá.
Pero es de fútbol y literatura que quiero hablar.
Como en el fútbol, el talento en literatura es importante, aunque no lo más importante. En ambos lo más importante es la disciplina. Sin disciplina, un futbolista o un escritor, por más talento que derroche, no tendrá un mañana.
El suceso más maravilloso en fútbol es el gol. Todo futbolista (hasta los arqueros) ha soñado alguna vez con hacer uno. Sin embargo, no todos están llamados a esa gloria. Dependerá mucho de las habilidades innatas en cada cual y de los designios de un señor llamado director técnico. El jugador de fútbol debe tener conciencia sobre cuál posición se ajusta más a sus habilidades o características para entonces conocer todo acerca de ella y tratar de ser el mejor en su estilo. De la misma forma un escritor debe conocer sus habilidades, saber qué género le calza mejor y tratar de conocerlo al máximo. No todo los escritores pueden ser a un mismo tiempo novelistas, poetas, dramaturgos, cuentistas, ensayistas, etcétera. Desde luego se dan algunos raros casos de escritores extremadamente versátiles, pero como en los jugadores de fútbol, esa no es la regla si no la excepción.
Una vez que el futbolista conoce en qué posición funciona mejor, debe pulir su técnica. Sin técnica y sin disciplina no hay mañana. Si logra conjugar talento y técnica entonces destacará en la cancha. Es lo ideal pero de nuevo ésta es la excepción y no la regla. Hay muy pocos jugadores en el mundo que lo logran. Son los cracks. Y un crack no nace todos los días. Sin embargo el fútbol necesita de los crack como de los jugadores técnicos. En literatura pasa exactamente igual.
El azar, o esa cosa que algunos llaman suerte, juega un papel relevante en ambas disciplinas. Tanto en un juego particular para un futbolista, como en una determinada obra que escribe un escritor. No importa lo mal o bien que se juegue en la cancha, o la dedicación y cuidado que se tenga al escribir una obra, el factor suerte siempre estará acechando a la vuelta de la esquina para colaborar en nuestro éxito o hundirnos en la desgracia.
Al igual que un futbolista requiere de la vitrina de un equipo para mostrar sus habilidades en el oficio, un escritor requiere de una editorial para dar a conocer su trabajo. Y aunque el futbolista debute en un equipo modesto, siempre tiene en mente o aspira a ser parte de un equipo grande; tan grande como su ambición se lo permita o exija. De igual manera el escritor debe aspirar a colocar su obra en la editorial que la haga llegar a más lectores. Desde luego esto suele hacerse de manera escalonada, porque sería muy ingenuo creer que un futbolista que se inicia pueda jugar en el equipo de primera del Real Madrid o del Milan, por ejemplo.
Un futbolista, aun cuando no tenga compromisos a diario con su equipo, entrena todos los días. El escritor también, aunque no trabaje en una obra particular, debe escribir todos los días. Y cuando digo escribir, no quiero decir crear un texto nuevo, porque revisar y corregir es escribir. Por supuesto la lectura es parte del imprescindible entrenamiento cotidiano de cualquier escritor.
Mientras corre de un lado a otro la cancha, un futbolista sabe que cuenta con personal especializado (médicos, masajistas, etcétera) en caso de llegar a necesitarlo. Los diccionarios (de sinónimos y antónimos, de dudas y dificultades, etcétera) representan ese personal especializado para el escritor. Nunca deben faltar sobre su escritorio a la hora de recorrer de arriba abajo la página.
Hay muchas más comparaciones entre fútbol y literatura que he venido acumulando con los años, pero tal vez ésas sean parte de otro post. Uno futuro que todavía no sé cuándo escribiré pero que desde ya me ha comenzado a guiñar el ojo.


