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jueves, 12 de octubre de 2017

Esto va sobre víctimas y victimarios


A lo largo de la historia, cuando las víctimas ha alcanzado por fin el poder, en no pocas ocasiones —y en un lapso por lo general bastante corto—, han acabado convirtiéndose en verdugos y cometiendo a menudo atrocidades incluso peores a las que vivieron confundiendo de este modo venganza con justicia. Pareciera que, además de cegarlas, el resentimiento las moviliza, las guía y justifica y entonces ya nada puede detenerlas y mucho menos satisfacerlas en la búsqueda de la tan anhelada compensación, en la búsqueda de esa indemnización de la dignidad herida que creen merecerse. A veces nada nos complace más que ver de rodillas a aquellos que nos han infligido alguna afrenta. ¿Y quién se detiene a pensar que se comporta como un villano cuando en realidad lo que se está buscando es justicia?

 “Oleanna”, de David Mamet, nos habla de este asunto tan complejo como antiguo. También aborda la problemática de quienes ambicionan, desean y luchan por el ascenso social en una sociedad que se los niega. Y para tratar estos asuntos tan peliagudos, tan enmarañados, se vale de una sencilla premisa: una estudiante universitaria que va al despacho de su profesor para reclamar la nota de un trabajo académico. A partir de esta simple anécdota, Mamet construye una metáfora en la que cabe una buena parte de la historia de la humanidad.

Quienes seguimos a Mamet sabemos que en sus piezas no suele plasmar un mundo en blanco y negro, sino que en ellas el autor intenta representar, en la medida de lo posible, el gran espectro de matices, de grises, que pueden llevar de un color al otro. Quizá por este motivo, con frecuencia muchos espectadores se sienten incómodos viendo uno de los montajes de sus obras porque de pronto se descubren desubicados al tratar de elegir (o eligiendo) un bando. “Oleanna provoca desasosiego e incertidumbre en este mundo donde necesitamos identificar claramente quién es el malo y quién es el bueno y si no llegamos a descubrirlo realmente es porque todos somos esa estudiante y todos somos ese profesor. Todos hemos luchado alguna vez para que nuestra razón impere sobre la razón del otro, ya que no queremos asumir que lo que no se entiende nos asusta”, ha dicho Luis Luque, director del montaje.

Para el espectáculo, Luque ha optado por un escenario limpio, de elementos limitados, apenas un par de sillas y un escritorio, pero montados sobre un artilugio que, a medida que avanza la trama, permite al público constatar el cambio de roles que se produce en la pieza.

Las interpretaciones de Fernando Guillén Cuervo y Natalia Sánchez son sencillamente magistrales, marcando con precisión el ritmo de la trama, yendo de la contención a lo explosivo en determinados momentos, respetando así el delicado mecanismo de relojería que Mamet ha imbricado en su obra.

Tras la función de “Oleanna” me he puesto a reflexionar sobre el victimismo, que es como una especie de monstruo de mil cabezas, por lo general insaciable, que apenas encuentra un resquicio adopta la actitud de creerse con derecho a todo.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Los beneficiosos efectos de la risa


«La risa es propia del hombre», escribió Henri Bergson. Aunque a menudo nos olvidemos de reír condicionados por una realidad que nos atenaza y agobia.

Según los expertos, reír es beneficioso para nuestra salud. Cuando reímos, el cerebro hace que nuestro organismo segregue endorfinas, una suerte de drogas naturales que se liberan a través de la médula espinal y el torrente sanguíneo y que resultan varias veces más potentes que la morfina.

Los niños, más naturales y auténticos, libres de ataduras y prejuicios, están mucho más dispuestos a reírse que los adultos. Un pequeño se ríe un promedio de trescientas veces al día mientras que un adulto apenas lo hace entre quince y cien.

Y exactamente como un niño me dispuse a disfrutar, el pasado sábado 26 de noviembre en la sala Lola Membrives del Teatro Lara, de “Tres”, una comedia de Juan Carlos Rubio.

Confieso que el arranque del espectáculo me ha parecido algo flojo, sin embargo, más temprano que tarde ha ido cobrando cuerpo y ritmo y, poco después, junto al resto de los espectadores —el aforo, por cierto, estaba completo—, reía como hace tiempo no lo hacía en el teatro. ¿Cuántas veces no se habrá dicho que la risa del espectador es tan grande como llena está la sala?

“Tres” es una divertidísima comedia de enredos sin mayores pretensiones. O sí. Creo que su mayor y más válida pretensión es hacer reír al público a carcajadas, algo que por supuesto consigue con creces.

Tres cuarentonas (Rocío, Ángela y Carlota) deciden reencontrarse para rememorar vivencias del instituto y tener noticias de sus respectivas vidas actuales. Se supone que debe ser un encuentro festivo pero, digamos, ninguna de las tres se halla en la mejor etapa de sus vidas: Rocío es una estrella en decadencia, Ángela está en terapia para superar la muerte de su marido y a Carlota su pareja le ha puesto los cuernos con una mujer mucho más joven y ahora se encuentra divorciada. La soledad es el factor común que las une después de tantos años. Es así cómo, a cierta altura de su reencuentro, con Ángela ebria y Rocío y Carlota algos saturadas, esta última le sugiere a sus amigas que si desean darle un vuelco a sus vidas se queden embarazadas. Lo que en principio ha sido una propuesta burlona de Carlota, se convierte en una obsesiva y descabellada meta para Ángela y Rocío en la que acaban involucrando también a Carlota, la más reticente con tan disparatada idea. Las tres acuerdan entonces embarazarse del hombre perfecto, bajo las siguientes condiciones: no habrá sexo ni relación con este hombre más allá de solicitarle su esperma.

Me ha gustado Eva Higueras en su rol de Ángela. Las interpretaciones del resto del elenco, Natalie Pinot —algo falta de naturalidad en los primeros minutos aunque luego mejora sustancialmente—, Carmen Mayordomo y Rubén Sanz me han parecido correctas al igual que la dirección de Quino Falero.

Hay momentos en los que la obra pareciera a punto de dar un giro hacia asuntos menos divertidos, reflexiones éticas o moralizantes que pretenden recordarnos lo serio que es vivir, pero pronto nos damos cuenta de que esto también forma parte del juego cómico de “Tres”.

Al finalizar la función salí del teatro con una sensación de bienestar que he atribuido a las endorfinas. Sensación de bienestar que mi mujer y yo acordamos prolongar en un café o bar de los alrededores. No cabe duda de que la risa es beneficiosa para la mente y el cuerpo.

viernes, 25 de marzo de 2016

Las rémoras del poder


¿Puede acaso alguien escapar de su pasado? Al parecer, según la más reciente pieza de David Mamet estrenada en España, no. Sobre todo si se es viejo, millonario, en una relación idílica con una joven y hermosa mujer y se ha apostado por el candidato equivocado en las próximas elecciones a gobernador del estado donde has levantado tu fortuna.

Se trata de “Muñeca de porcelana” (“China Doll”, su título original), dirigida por Juan Carlos Rubio e interpretada por José Sacristán y Javier Godino.

Mickey Ross es un viejo zorro de la política ya en retirada. Millonario, arrogante y con un oscuro pasado. A poco de comenzar el espectáculo nos queda claro que lo que ha conseguido es gracias a medrar en el poder, de haber tejido un enrevesado entramado de engaño y corrupción. Pero está decidido a dejar todo aquello atrás y disfrutar de su riqueza, alejado de las turbulencias del poder, los días que le restan por vivir. Borrón y cuenta nueva como suele decirse. De ahora en adelante sus días enteros serán en exclusiva para la señorita Pearson, la joven y hermosa británica de la que está perdidamente enamorado y a quien le acaba de comprar un avión como regalo de bodas. Ha planeado reunirse con ella en Toronto y de allí recorrer el mundo en su nuevo jet privado. No obstante, de un pasado como el que él ha vivido no es fácil librarse. Su mundo empieza a desquebrajarse al recibir una llamada telefónica relacionada con el jet que acaba de comprar y de forma acelerada los acontecimientos irán complicándose más y más hasta acorralarlo en un callejón sin salida.

El proceso de asistir al desmoronamiento de su mundo, de descenso a los infiernos que experimenta en carne propia a lo largo de la pieza Mickey Ross, el personaje principal de “Muñeca de porcelana”, es uno de los más violentos, vibrantes y apasionantes que recuerde. En menos de 24 horas Ross pasa de la gloria al fango. Y como en las buenas historias, durante ese trayecto, estará obligado a tomar una decisión tras otra. A mí particularmente me encanta este tipo de historias en la que sus personajes son llevados al límite, bajados de un tirón del cielo al infierno, y Mamet es un maestro escribiéndolas. En mi galería imaginaria de personajes imaginarios, ya Mickey Ross forma parte de esos otros desgraciados de la literatura universal que, por una decisión aparentemente baladí, más adelante son empujados a tomar importantes decisiones mientras ven hundirse el mundo que han construido a su alrededor… Como Macbeth, como Willy Loman, como David Lurie o como Edmond –salido también de la imaginación y la pluma de Mamet–, por enumerar sólo a esos pocos que se me han venido enseguida a la cabeza.

A continuación, un par de las perlas que suelta Ross durante los 75 minutos del espectáculo: “El mundo está lleno de gilipollas y muchos de ellos con derecho a voto”; “La política consiste en nadar en la mierda para buscar el dinero de otros”. Sentencias que encierran una evidente declaración de principios. Política, economía, medios de comunicación subidos en un fórmula 1 que atraviesa a todo gas el circuito de la ciudad de Mónaco. En fin, Mamet en estado puro.

La interpretación de Sacristán como el inescrupuloso y antipático Ross es soberbia, mayúscula. Con cada palabra, cada gesto –por ejemplo, ese aséptico gesto de coger de tanto en tanto una toallita de papel con la excusa de limpiar algo: sus manos, los zapatos, el borde del escritorio– borda el personaje y nos lo hace cien por ciento creíble. Rodolfo Santana solía decir que los personajes eran principalmente su pasado, que a mayor pasado más complejos e interesantes resultarían a los ojos del espectador y Ross posee mucho de esto y, desde luego, con las tablas que lleva a la espalda, Sacristán sabe cómo sacarle provecho.

Javier Godino cumple de manera correcta con su rol. Su personaje es de soporte, Mamet lo ha puesto allí no como el típico antagonista de una pieza para dos, sino como el ayudante o asistente a la presidencia de las empresas de Ross que es. Ni más ni menos. En contraposición a Ross, Carson es un personaje sin pasado. Los antagonistas de Ross están fuera de escena, en algún lugar más allá de las paredes de ese despacho decorado con sobriedad y elegancia, al otro lado de las líneas telefónicas que no paran de sonar y utilizar ambos personajes. “Muñeca de porcelana” bien pudiera haber sido un monólogo si es que a Mamet le interesara escribirlos. En ocasiones su estructura dramática me ha recordado a esa otra excelente y provocadora pieza que es “El ángel de la culpa”, de Marco Antonio de la Parra.

En cuanto a la dirección de Rubio, ha hecho lo que creo debe hacer un director de teatro cuando dispone de un buen texto y buenos actores: permitir que ellos sean los protagonistas. Fijar y cuidar del ritmo que sugiere el texto y dejar entonces que la orquesta suene.

Detalle, por supuesto, que agradecemos enormemente los espectadores.

*La imagen que acompaña al post es cortesía de Sergio Parra

lunes, 7 de abril de 2008

La maldad como belleza


¿Puede acaso la maldad llegar a ser bella?

No ciertamente en la crudeza de nuestra cotidianidad, reflejada en las páginas de los diarios o en los departamentos de redacción de otros medios de comunicación, desde luego, pero sí en las manos de un creador, de un artista, que a través de su ingenio la moldea, le da forma y la convierte en objeto de arte, es decir, en belleza.

Ahora mismo me vienen a la mente tres ejemplos: The Silence of the lambs de Jonathan Demme, Bram Stoker’s Dracula de Francis Ford Coppola y Estrella distante de Roberto Bolaño, dos películas y una pequeña joya de la literatura donde la maldad se transfigura en belleza.

Sin embargo, no es de cine ni de literatura de lo que voy a hablar sino de la más reciente puesta en escena de la premiada obra Ochenta dientes, 4 metros y 200 kilos del reconocido dramaturgo venezolano Gustavo Ott, producida por el Teatro San Martín de Caracas y bajo la dirección de Luis Domingo González, cuyo estreno, en la sala principal del mismo teatro, fue el pasado viernes 4 de abril.

También Luis Domingo González con su puesta, de manera sobria y contundente a partir del texto de Ott, las limpias y excelentes actuaciones de Rubén León, David Villegas, José Gregorio Martínez, Carolina Torres y Leonardo Gibbs, y las acertadas participaciones técnica de Alfonso Ramírez en la  musicalización, Gerónimo Reyes en la iluminación y Enrique González V. en la escenografía y vestuario, logran convertir a la maldad en belleza.

La puesta de González, con indiscutible economía de recursos, hace más con menos y consigue construir la atmósfera adecuada para contar la historia de Ángel, Cacho y Cándido, tres amigos que en la adolescencia, a causa de una proverbial irresponsabilidad, cometen un crimen que los marca para toda la vida. A partir de allí sus destinos se escribirán con sangre, aunque ellos intenten borrar de sus memorias el obsceno suceso. Pero como en las tragedias griegas, por más que los tres quieran eludir su sino, éste los persigue convertido en gárgola, un monstruo de 80 dientes, 4 metros y 200 kilos que llevan sobre las espaldas.

A lo largo del montaje hay momentos de gran belleza poética: cuando un viejo recoge basura le cuenta una truculenta historia a los adolescentes Ángel, Cacho y Cándido, historia que coincide con la que ellos están viviendo; o cuando, atormentados por la culpa, los tres adolescentes, por separado, despiertan en medio de pesadillas; o cuando Cacho, próximo a enfrentarse a su irrevocable destino, ve claramente al monstruo que lo ha perseguido por años; o ese recurrente despertar y caer de nuevo en el sueño (¿o pesadilla?) de un Ángel ya adulto y fracasado; para por fin rematar en un final ¿macabra y obscenamente poético?

Como en la mayoría de piezas de Ott, 80 dientes... tiene una estructura compleja, sin que esto se convierta en obstáculo para el correcto fluir de la historia que se cuenta. La profundidad de su tema, lo irracional de algunas de sus situaciones y esos diálogos absurdamente líricos a los que nos tiene acostumbrado, contrastan para construir un curioso retrato de nuestra sociedad actual, de nosotros como país, ¿acaso no nos parecemos demasiado a esos tres alegres adolescentes que aman el béisbol y van por la vida sin querer responsabilizarse de sus acciones? No obstante, tarde o temprano, la vida pasa factura...

Pese a reconocer su incuestionable calidad como texto dramático, 80 dientes... no forma parte en mi lista personal de imprescindibles. Ella y yo no terminamos de hacer “clic”. Y esto no lo digo a manera confesional o por puro capricho, sino con la intención de reforzar el concepto totalizador y totalizante en el teatro moderno y su implacable fórmula: texto+director+actrices/actores+producción= teatro.

Que el espectáculo teatral depende irremediablemente de que cada uno de los elementos de esta fórmula funcione como engranaje de relojería suiza, es lo que nos ha demostrado, una vez más, la gente del Teatro San Martín de Caracas durante el estreno del pasado viernes de la premiada obra de Ott.

Inmejorable manera para celebrar 15 años de existencia.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Envejecer es sólo cuestión de tiempo


El tiempo lo trastoca todo, lo transforma todo; todo lo erosiona. Es así de simple e implacable. Nada queda indiferente ante su paso.

Hay cosas que a vuelo de pájaro parecieran decirnos lo contrario. Como las pirámides de Egipto o aquellas otras levantadas por las culturas precolombinas. Pero no es que estas cosas hayan conseguido sustraerse a la implacable ley del tiempo, es sólo que su ritmo de envejecimiento es mucho más lento, más pausado.

Y si el tiempo tiene la propiedad de erosionar hasta las piedras, ¿qué podríamos esperar para nuestra piel? Esa piel que va cayendo a medida que van discurriendo los años, que va haciéndose más delgada, perdiendo flexibilidad, brillo y entonces comienza a deslucir hasta que llega el momento en que quedamos atrapados, sepultados bajo una manta de arrugas.

Dramático, ¿no es cierto?

Pues de esto y de mucho más nos habla La piel de Elisa, de la galardonada dramaturga canadiense Carole Fréchette, estrenada el pasado viernes en la sala Espacio Plural del complejo Trasnocho Cultural, con las actuaciones de Diana Volpe y William Escalante.

Una mujer nos cuenta historias de amor como si fueran suyas. Las desmenuza con delicadeza deteniéndose en cada imagen, en cada sensación, como si las viviera de nuevo. Va saltando de historia en historia mientras interactúa con el público y nos pide que miremos la piel de sus manos, de sus mejillas, de su cuello, de sus codos. ¿Qué vemos? De pronto vuelve a retomar el hilo de la historia de turno, de manera minuciosa, cuidando cada detalle, porque “los detalles son importantes”, nos dice.

A medida que va y viene de las otras historias, aparentemente inconexas —¿a dónde nos quiere llevar esta mujer?—, nos deja colar retazos de lo que pareciera ser su propia historia. Nos habla de un muchacho que le habla mientras ella llora en la mesa de un bar. ¿Hay algún secreto en todo esto? ¿Dónde está el misterio? Y otra vez pide que miremos la piel de sus manos, de sus mejillas, de su cuello, de sus codos... Algo nos queda claro: a esta mujer le preocupa enormemente su piel...

Diana Volpe nos deleita con su magistral interpretación de la angustiada Elisa; sabe crear el suspenso que exige el texto para llevarnos poco a poco, in crescendo, hacia su explosivo y revelador final. El texto de Fréchette es a la vez exultante y conmovedor, con una estructura muy atractiva, nada convencional y sí en extremo inteligente. Escalante está allí sólo para reforzar la historia de Elisa y hace justo lo que tiene que hacer. Que analizándolo bien, no es poca cosa después de todo.

La piel de Elisa es dirigida por el reconocido director canadiense Robert Tsonos, y producida por Juan Carlos Azuaje de Teatrela, con el auspicio del Instituto de las Artes Escénicas y Musicales, IAEM, y la Embajada de Canadá. Estará en cartelera hasta el 25 de noviembre en el Espacio Plural del Trasnocho Cultural, viernes y sábados, a las 9 PM, y los domingos a las 7 PM.

Si usted es de aquellos que le temen a envejecer, entonces no deje de verla.

jueves, 27 de septiembre de 2007

En el centro de todo está la belleza


“El problema es la belleza”.

¿Qué nos impulsa a decir que algo es bello? ¿Cuáles son los parámetros que nos hacen definir la belleza?

Por supuesto que no se trata de parámetros rígidos. Algunos incluso, a estas alturas, ni siquiera existen; no han sido pensados aún. Porque la belleza, como se sabe, no es un concepto absoluto.

Por ejemplo, antes de Les demoiselles d’Avignon existían unos parámetros claros para definir la belleza, sin embargo, el cuadro de Picasso obligó, a partir de su misma concepción, a que se pensara en otros parámetros, a que se inventaran otros.

“El problema es la belleza”.

Y de acuerdo a estos parámetros, que en muchos casos llegan a arraigarse en lo más profundo de la gente confundiéndose con su propia esencia, hasta llegar a formar parte de su cultura —en dos platos: se transforman en algo personalísimo, que confiere identidad—, la imagen de un objeto o persona resultará hermosa para unos y fea o grotesca para otros.

Nada más natural.

Al respecto, leí la semana pasada una nota curiosa en la columna Camiseta 10, de Cristóbal Guerra, en el diario El Nacional:

El fútbol, que por su estructura, su similitud con el ajedrez desde la óptica de la táctica y la estrategia, es una actividad regida por la lógica, también tiene sus sorpresas. Esta semana trascendió que en Austria se ha creado un movimiento para pedir a su selección nacional que ‘renuncie voluntariamente’ a jugar la Eurocopa. Lo más inesperado del pedido popular, obviamente, tiene que ver con el hecho de que es Austria, junto a Suiza, el país organizador del torneo. Sería insólito, y posiblemente inédito, la realización de un torneo internacional de esta envergadura sin el anfitrión. Y todo por el desastre que es la selección austriaca, que ha perdido todos sus partidos jugados este año, el último de ellos, y como local, 2-0 ante Chile (y el año pasado cayó 1-0 ante Venezuela). El grupo que promueve la deserción dice ‘queremos ver pases imposibles, grandes regates, tiros a los palos’, y concibe al fútbol como un arte, ‘porque Austria es una nación de cultura, un pueblo de estetas. La participación de Austria en la Eurocopa vulneraría nuestro sentido estético’.

“El problema es la belleza”.

En su poética pieza, 120 vidas por minuto, Gustavo Ott nos muestra a un verosímil Soto deambulando por los pasillos de un avión que se viene a pique una y otra vez. En ella Soto reflexiona (Ott, durante su proceso creativo, tuvo acceso a papeles de trabajo inéditos del maestro) sobre arte y belleza, como lo hizo en vida, y dice:

El problema es la belleza. La belleza, que no tiene patrones. Esa es la verdad del problema: la belleza. La belleza como poesía. No existen parámetros de la belleza sino después que está realizada. La belleza que no es indolente, que no lo puede ser, que no lo ha sido nunca. La belleza como la imposición de una idea sobre un estado sublime de la capacidad intelectual del hombre.

Ambos textos me llevaron a preguntarme, ¿existe en realidad la belleza? Y tras idas y venidas la respuesta no pudo ser otra que, sí, sin duda existe la belleza. Y aún más: la belleza es quizá la única cosa de este mundo que puede salvarnos.

Sí. “El problema es la belleza”.

* La imagen: Esfera Amarilla, 2004, de Jesús Soto. Acero, nylon y acrílico. 260 x 211 x 211 cm. Fotografía de Reinaldo Armas, cortesía de TAC.

lunes, 20 de agosto de 2007

Ética vs. poder


¿Cuáles son los efectos del poder sobre la ética? ¿Puede llegar a doblegarla? ¿Hubo alguna vez ética donde el poder ha calado tan hondo, hasta los tuétanos, como quien dice, donde ha echado raíces tan profundas? ¿Qué tan ético es en realidad el poder?

Las anteriores son algunas de las preguntas que me hice luego de ver, en su primera temporada, el montaje que de la pieza de Antonio Álamo, Yo, Satán, realizara en noviembre pasado la gente del Centro de Creación Artística TET y del Teatro del Contrajuego.

Sin duda un espectáculo de gran calidad, con una dirección sobria, donde los detalles fueron rigurosamente cuidados (sobre todo iluminación, escenografía y vestuario); a la vez complejo y minimalista: complejo gracias al texto y minimalista por la puesta en escena. Una combinación no muy común pero que aquí ha funcionado a la perfección, que engancha al espectador y termina por impactarlo.

¿Qué sucedería si el Papa comienza a dar muestras de una crisis de fe? ¿Qué decisiones tomarían sus más cercanos colaboradores, tanto aquellos que lo quieren, que le son fieles, como aquellos que aspiran a ocupar su lugar? De aquí parte Álamo para tejer, con puntadas de maestro, un “thriller teológico o una comedia vaticana”, que para mí no es más que una comedia negra, inteligente, cargada de exquisitas ironías... en fin, una pieza muy bien escrita. El tema central de Yo, Satán es el poder y sus alrededores. Y Álamo ha escogido uno de los símbolos más antiguos y aceptados de poder para desarrollar su historia: el Vaticano. Pero igual pudo ser el Palacio de la Moncloa, la Casa Blanca, el Palacio de Miraflores o el edificio-casa matriz de cualquier corporación trasnacional. Esos centros donde quien no aprenda a adular, a postrarse ante el poder, a corromperse, a nadar como el mejor entre intrigas y conspiraciones, pocas opciones tiene de supervivencia. Y será aún peor si ese alguien alberga ambiciones, deseos de ascender y rodearse también de aduladores (y de enemigos, por supuesto).

El personaje principal, Gaspar Olivares, fraile y exorcista de la Orden de los Predicadores, sin ningún tipo de experiencia en los tejemanejes del poder, residente de los eslabones más bajos de la pirámide jerárquica eclesiástica, de pronto se ve involucrado en una conspiración de repercusiones dantescas en el Vaticano. Salir de ella lo mejor parado posible será su vía crucis particular. A propósito, las conversaciones de Gaspar Olivares con el Santo Padre no tienen desperdicio, son una absoluta delicia, de ellas se desprenden ácidas reflexiones cargadas de no menos ácidas verdades. Quizá sean los momentos más inteligentes e hilarantes de la pieza.

Con su obra, Álamo pareciera haber perforado una de las paredes de los muchos bunkers que el poder se ha edificado a lo largo y ancho del planeta. A través de esa abertura podemos fisgonear la cotidianidad de los poderosos, lo corrosivo de sus ambiciones y hasta dónde están dispuestos a llegar para conseguir sus objetivos. Lo irónico es que casi siempre, desde esas mismas instancias de poder, atravesadas por la descomposición, por innumerables corruptelas, se nos pretenda imponer paradigmas de comportamiento, de valores morales, en fin, de ética. Con el mayor cinismos, ciertos jerarcas se atreven a dictar cátedras de ética a sus seguidores sin reparar en sus propios comportamientos, o de las instituciones que representan, que van a contra corriente de lo que exponen en sus discursos.

Pero desde hace tiempo el cinismo anda desbocado por el mundo.

Ayer por la tarde volví a ver, en una nueva temporada, el Yo, Satán de Álamo en montaje del TET y Contrajuego. El elenco tuvo dos variantes: Alexander Leterni sustituye a Markel Méndez en el papel de Gaspar Olivares y Maiker Flores reemplaza a William Goite en la interpretación del pintoresco Arzobispo de Lusaka, Emmanuel Malama. El resto del elenco continúa siendo el mismo: Omar Gonzalo como el Papa; Guillermo Díaz Yuma como Cardenal Joseph Hacker; Ludwig Pineda como Cardenal Giusseppe Chiaramonti, Israel Moreno como Monseñor Luciano Vanini y Jesús Sosa como Monseñor Luigi Bruno. Todas las actuaciones son de primer nivel (por cuestiones de gusto, yo me quedo con el elenco de la temporada anterior), sin embargo, me gustaría destacar la irreverente interpretación que del Santo Padre hace Omar Gonzalo, una delicia visual y auditiva. La escenografía y vestuario corren por cuenta de Orlando Arocha. Todos bajo la dirección de Juan José Martín.

Para acrecentar la ironía, Yo, Satán se presenta en el Teatro Luis Peraza (Av. Universitaria, Valle Abajo), cuya sala se encuentra justo debajo de la Iglesia San Pedro. No podía ser de otra manera. Allí estará hasta el 2 de septiembre. Funciones viernes y sábado a las 7:00 pm y Domingos a las 6:00 pm. Telf: 662.36.33.

martes, 8 de mayo de 2007

Mrs. Klein nos invita a su casa


La primera palabra que se me viene a los dedos al escribir esta nota es intimidad.

Porque intimidad es lo que derrocha el montaje de la pieza de Nicholas Wrigth, “La señora Klein”, que se presenta en la sala Horacio Peterson del Ateneo de Caracas, bajo la dirección de Orlando Arocha y la producción general de la institución privada Espacio Anna Frank.

La abigarrada escenografía, según los gustos de la época, hace sentir al espectador como si también estuviera allí, en esa sala, la sala de la casa de Mrs. Klein, que más que sala será un campo de batalla durante los minutos en que se desarrolla la pieza.

El argumento de “La señora Klein” es como sigue: “Un día de 1.934, la psicoanalista más polémica de Gran Bretaña, Melanie Klein, pionera de la terapia infantil, se entera de la muerte de su hijo Hans en un accidente de montaña. Su hija Melitta, también psicoanalista y detractora pública de las teorías de su madre, sostiene que la muerte de Hans ha sido un suicidio”.

De manera que en ciertos momentos, el público puede llegar a sentirse más fisgón que nunca viendo a madre e hija sacándose los trapitos al sol sin titubeos. Y despedazarse una a la otra sin piedad. Un tercer personaje se mueve en escena, Paula, discípula y una especie de asistente que acaba de contratar Mrs. Klein para que corrija el manuscrito de su último libro, pero cuyo verdadero objetivo es convertirse en paciente (ser analizada) de la reconocida psicoanalista. Tres mujeres con serios problemas de conducta, que parecieran necesitar más que un psiconálisis para superar sus traumas.

Uno no puede más que agradecer este tipo de puestas en escena donde el teatro despliega lo mejor de sí: un texto sólido, una producción y dirección limpias y actuaciones de antología. Me decía un amigo que Diana Volpe está enorme en su interpretación de Melanie Klein, y yo le replicaba, “pero es que no tenía alternativa porque el personajes es enorme”; el tipo de personajes que a los Actores (sí, con “A” mayúscula) les encantaría tener la ocasión de representar puesto que les da la oportunidad de demostrar su talento: imponentes, hiperkinéticos, contradictorios, con un “super-yo” que los desborda... Y así nos dice Wrigth (y Volpe, por supuesto) que es Melanie Klein: una mujer que a veces encandila con su oscuridad.

Catherina Cardozo y Verónica Cortez también nos demuestran sus dotes como actrices en sus respectivas interpretaciones de Melitta y Paula.

Pese a que la sala Horacio Peterson permitió darle a la pieza la intimidad que requería, para mi mala suerte quedé justo debajo del sistema de aire acondicionado, que en mi opinión, no es todo lo silencioso que debería ser.

sábado, 21 de abril de 2007

¿Cuántos actos fallidos caben en un minuto?


Anoche asistí al estreno de “120 vidas x minuto”, la pieza más reciente del reconocido dramaturgo venezolano Gustavo Ott.

En los últimos dos años, el Teatro San Martín de Caracas se ha convertido para mí en una especie de oasis. Los espectáculos que suelen representarse allí, nunca dejarán indiferente a un espectador ávido por ver cosas nuevas.

Y “120 vidas x minuto”, ganadora del Segundo Premio del Concurso Nacional de Creación Contemporánea y Dramaturgia Innovadora de 2006, convocado por el IAEM, no podía ser la excepción que confirmara la regla.

Según el propio autor, en esta obra une dos hechos aparentemente inconexos: la muerte del artista cinético Jesús Soto en 2005, y el accidente aéreo, ocurrido el mismo año en la sierra venezolana de Perijá, en el que murieron 120 personas por negligencia de la compañía de transporte al no cargar con suficiente combustible los tanques de la nave. “Que el avión cayera por falta de gasolina en esa inmensa cuenca de petróleo y energía fue una metáfora que no pude quitarme de la cabeza por mucho tiempo”, dice Ott.

Con un planteamiento visual muy atractivo, unas actuaciones sólidas, escenografía y dirección no convencionales, “120 vidas x minuto” nos pasea a lo largo de cinco historias particulares y una colectiva, hilvanadas a través del discurso del maestro venezolano.

Todo sucede dentro de un avión a punto de aterrizar. Soto deambula como un fantasma por los pasillos del avión, exponiendo sus planteamientos estéticos como lo hiciera en vida, y como lo hace aún mediante su obra.

El espectáculo es geométrico. Está armado, estructurado, de forma tal que se produzca en el espectador el efecto de que las cinco historias particulares (y la colectiva, desde luego) ocurren al mismo tiempo. Por eso vemos que en un primer plano se representa la “historia de turno” mientras que en segundo plano observamos fragmentos de las otras historias. Un enorme hexágono en el centro de la escena, que a lo largo de la pieza se desarma y vuelve a armar, funciona como comodín: a un tiempo sirve como compartimiento de pasajeros y escenario dentro del escenario; incluso, como uno de esos aparatos que marcan el compás en música: el hexágono marca los cambios de tiempo o ambiente de la pieza. Por supuesto, como metáfora del horror, vemos caer el avión una y otra vez, una y otra vez.

Por lo hasta ahora descrito, vale decir que “120 vidas x minuto” no es una obra fácil; no ofrece concesiones al espectador. Sin embargo, por la estética y los movimientos que se despliegan sobre escena, y en especial por el trabajo actoral, consigue atrapar al público, lo mantiene hipnotizado de principio a fin. Y esto fue sencillo comprobarlo siendo parte de una sala llena a reventar como la de anoche.

En fin, “120 vidas x minuto” es un espectáculo de alta factura, donde los detalles han sido muy bien cuidados (la música ayuda enormemente, sobre todo en los monólogos de Soto y de la aeromoza Emily; las proyecciones, cambio de luces y la escenografía también agregan). La ficha artística (María Brito, Gonzalo Cubero, Luis Domingo González, David Villegas y Carolina Torres) hace alarde de su talento, sobre todo Luis Domingo, que nos muestra a un creíble Soto, y Carolina Torres, que nos lleva casi a las lágrimas con su monólogo de Emily, la aeromoza autodestructiva.

Quizá haya dos detalles que pudieran meterle, al comienzo, mientras se adapta, algo de ruido al espectador: la hiperkinética de los personajes en segundo plano y el sonido de las turbinas del avión que se escucha durante casi toda la obra.

Me complace en extremo este nuevo acierto de Gustavo Ott como dramaturgo y director.

Bravo por el Teatro San Martín de Caracas. Bravo por TextoTeatro. Bravo por Gustavo Ott.