martes, 28 de agosto de 2018

En el país de Alicia (VII)



Nueve píldoras de realidad venezolana.

En una abarrotada oficina de un banco, ubicada en la avenida principal de Santa Mónica, un hombre que ha salido apenas unos minutos atrás entra de nuevo y grita que le han robado el móvil. Es el segundo en menos de un mes —el robo de equipos móviles es una práctica común en Venezuela; por tal motivo es infrecuente ver a alguien usar su smart phone en la calle—, dice. Ahora no sabe cuánto tiempo estará sin móvil, dice. Ni siquiera está seguro de que pueda comprarse otro, dice. En cuanto ha descargado su ira, su frustración, da media vuelta y sale por la misma puerta por la que ha entrado. La gente en el interior de la oficina, que por unos instantes ha puesto toda su atención en el hombre y sus quejas, retorna a hacer lo que hacía: esperar.

Estábamos Irma y yo sentados en la Royal Santina, un café del Centro Ciudad Comercial Tamanaco (CCCT) —icono de Caracas desde mediados de la década del setenta del siglo pasado, el CCCT fue el centro comercial más grande y concurrido de Venezuela hasta la construcción del Sambil en 1998, hablando y tomándonos un café con una buena y queridísima amiga, cuando hubo un momento en el que hemos notado que algo ha cambiado de forma drástica en el ambiente. Irma y yo nos volvemos a mirar a nuestro alrededor y hemos visto con asombro que el resto de mesas del local estaban vacías, que las tiendas cercanas habían cerrado y que la planta, el centro comercial al completo parecía un pueblo fantasma. El reloj marcaba apenas las seis y treinta y cinco de la tarde. «¡Bienvenidos a la Caracas del Siglo XXI!», nos ha dicho nuestra amiga.

Al final de una mañana, Irma y yo aguardábamos en un punto acordado a que una de mis primas pasase a recogernos —al no contar con dinero en efectivo con que pagar un taxi o el transporte público, dependíamos de amigos y familiares que nos llevaran y trajeran de un sitio a otro— para llevarnos a su casa. Nos hacía ilusión reunirnos de nuevo con ella y su familia; se trata de ese tipo de afectos que son para toda la vida. Hay algo de movimiento en la calle. No demasiado. Cerca del lugar en el que aguardábamos hay una parada de transporte público. De repente observo que se detiene una camioneta. Bajan y suben pasajeros. Los últimos en intentar subir son dos hombres, uno de los cuales va en silla de ruedas. Entonces se ha iniciado una acalorada discusión entre los dos hombres y el chófer de la camioneta. Entiendo que este último no quiere dejarlos subir. Ellos insisten. Van hasta Chacaíto —y estábamos en Chuao, prácticamente al lado, solo que la enrevesada organización de las arterias viales de Caracas hacen del recorrido algo demasiado complejo y alejado para un hombre en silla de ruedas—, dicen. Tras minutos de discusión, por fin el chófer accede a dejar subir a los dos hombres, debido en gran medida a la presión que le ha hecho el resto de pasajeros. Me saco el sombrero de observador —y me pongo el de ciudadano— y con celeridad me acerco a echarle una mano al acompañante del hombre de la silla de ruedas para que ambos suban a la camioneta.

Mismo lugar. Un rato antes de que sucediera el incidente del hombre de la silla de ruedas, su acompañante y el conductor de la camioneta. Chuao no nos es ajeno. Es una zona familiar para nosotros —¿o lo era?—. Irma y yo solíamos recorrerlo a diario puesto que ambos trabajábamos por allí o en sus inmediaciones. Ella en la Pirámide Invertida del CCCT y yo muy cerca, en la calle Andrés Galarraga. En el Cubo Negro quedaba una oficina del Citibank en la que había abierto una cuenta en 1996 y casi enfrente se hallaba el edificio de IBM, uno de los principales proveedores de Seagram. Chuao, un sitio en el que nos sentíamos como en casa. Sin embargo, en aquella mañana en que aguardábamos a mi prima fue también el lugar en el que hemos pasado más tensión y miedo durante nuestra visita.

En casa de mi prima en El Paraíso, sector El Pinar. Minutos después. Luego de los abrazos y cruces de primeras impresiones con los integrantes de su familia, como en pasadas ocasiones que he visitado esa casa, voy a asomarme a la terraza —está en el ático o PH de un edificio de doce plantas—: delante, una montaña que recordaba verde, luce ahora un feo color marrón desforestado que deprime y ha empezado a llenarse de chabolas.

Otra mañana. En casa de mis padres. Irma se ha despertado con un ligero dolor de cabeza. Me ha pedido que busque en nuestro equipaje Ibuprofeno y se lo acerque con un poco de agua. Enseguida he hecho lo que me solicitaba pero no encuentro por ninguna parte las dichosas pastillas. «Ah… ¡Se las he dejado todas a Juan Carlos!», ha reparado Irma de pronto. Bajé a preguntarle a mamá si tenía algún analgésico que sirviera para el dolor de cabeza y me ha mandado a revisar en la caja donde guarda las medicinas. Busqué y busqué pero no he encontrado nada. Solo un montón de medicamentos caducado. Bastante enfadado, olvidándome por un momento de Irma y de su dolor de cabeza, fui a reclamarle a mamá por conservar todo aquel lote de medicinas vencidas. Le advertí del riesgo de consumir medicamentos caducados y además le he dado la chapa por dejarlos vencerse con la gran escasez de medicina que hay en el país. ¿Por qué no se los había dado antes a alguien que los necesitara? Ella no me ha respondido, solo me ha mirado con unos enormes ojos compasivos que en ese instante no he podido interpretar ni relacionar con nada debido a mi enfado. Más tarde, cuando se lo comenté a mi hermana (que es médico), he caído en la cuenta de la situación: a causa de la crisis, porque muchos son imposibles de encontrar, en Venezuela se están consumiendo medicamentos que llevan hasta doce meses (y a veces más) caducados.

Por solicitud de amigos y familiares, la mayor parte de los «presentes y suvenires» que hemos traído de regalo son medicinas.

Mi amiga Lyl, durante nuestro encuentro de ex Seagrams en Caracas, dejó colar una anécdota que a Irma y a mí nos ha puesto los pelos de punta: una mañana que había tenido que ir al CCCT, se percató de una extensa cola en las cercanías de uno de los distintos accesos que tienen los estacionamientos del centro comercial. Por curiosidad, le ha preguntado a un vigilante que andaba por allí que para qué era aquella cola. El vigilante le respondió que para hurgar en los contenedores de basura. «Hemos tenido que poner un poco de orden entre la gente que viene a revisarlos porque siempre se armaban muchos alborotos», añadió.

En un supermercado en el que hacíamos la compra, estando ya en la caja y pasando los productos por el escáner —las colas para pagar eran kilométricas—, una mujer voluminosa, de unos cincuenta y cinco años y notables problemas para andar, súbitamente grita: «¡¿Qué coño ha pasado con nosotros?! ¡¿A dónde carajo se ha ido nuestra amabilidad y solidaridad?! Llevo un rato pidiendo que por favor me permitan pasar para pagar solo esto», y muestra un par de artículos que llevaba en la mano, «y nadie me hace caso... ¡Nos merecemos todo lo que nos está pasando!». A su intervención siguen unos tensos segundos de absoluto silencio. Tras el silencio, una de las pocas cajeras que atendía en esa tarde llama a la señora que acaba de gritar y le hace señas para que se acerque.

(Continuará)

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (VI)

martes, 21 de agosto de 2018

En el país de Alicia (VI)



—¿Alguien puede explicarme por qué razón ahora se comercia con el efectivo?

La pregunta la he hecho a mitad de una reunión de antiguos compañeros de trabajo —del departamento de IT de la extinta C. A. Seagram de Venezuela— con quienes me reuní en Caracas un sábado a primera hora de la tarde.

Tal vez sea preciso aclarar que ciertos hábitos y convenciones sociales de los venezolanos se han visto afectados e incluso modificados debido a la crisis. Recuerdo que encuentros como este solíamos realizarlos por la noche y se extendían hasta altas horas de la madrugada; ahora con ellos se comienza a primeras horas de la tarde y acaban poco después de que el sol se haya ocultado.

Es la norma que ha impuesto el hampa desbordada.

En esta oportunidad somos menos de los que acostumbrábamos ser. Lyl, Alicia, Luis, Carlos, yo y las respectivas parejas de algunos de los presentes. Poco a poco, como a cuenta gotas, el grupo había ido menguando; el resto de integrantes (los ausentes) había elegido buscar otro sitio en el mundo en el cual encajar. Es un fenómeno que empezó con el despertar del milenio y que de un tiempo a esta parte ha venido acelerándose en el país, ganando fuerza a pasos agigantados. En lo que va de siglo, Venezuela ha pasado de ser una nación receptora de inmigrantes —y con muy poca tradición de que sus habitantes optaran por radicarse en otras latitudes— a ocupar los primeros puestos de los países de la región que más emigrantes están produciendo hoy en día. La llegada masiva de inmigrantes venezolanos a varios países de Sudamérica está ocasionando serios y complejos trastornos en la cotidianidad de sus habitantes. En algunos pasos fronterizos se ha declarado la emergencia migratoria por la enorme e imparable afluencia de coterráneos y las mafias que crecen al calor de estas movilizaciones están haciendo su agosto. Jóvenes y no tan jóvenes, con profesión o sin ella, familias enteras, gente hasta sin pasaporte están abandonando el país por mar, aire o tierra. Sobre todo por esta última vía. Al escribir estas líneas el dilema de emigrar o quedarse pasa por la cabeza de un sinnúmero de venezolanos.

Álvaro y Jorge, dos de nuestros excompañeros ausentes, viven en la actualidad en México; Eduardo y Orlando en EE UU; Vicente en Portugal; Elsi en Canadá, Raymoond en Chile... José y Jesús, pese a continuar viviendo en Venezuela, no habían podido asistir a la reunión: uno por problemas de salud y el otro porque se había mudado de Caracas y en estos momentos reside en el interior. Habíamos sido un grupo muy unido en la oficina y tras dejarla habíamos hecho todo lo posible por mantener el contacto. Al menos una vez al año, desde que la compañía echó el cierre en 2002, nos habíamos estado reuniendo en casa de alguno de los miembros del grupo, sobre todo en nuestro apartamento de El Rosal.

Hasta que Irma y yo tomamos la decisión de marcharnos del país.

A partir de entonces hemos quedado cada vez que veníamos de visita.

He creído oportuno hacer aquella pregunta (¿por qué se está comerciando con el efectivo?) porque de entre las muchas distorsiones que había podido apreciar durante nuestros primeros días en Venezuela, la compra-venta del efectivo circulante fue una de las que más me había desconcertado e inquietado. Además fue la práctica cuyas motivaciones o trasfondo más me costó entender. Había escuchado que se llegaba a pagar hasta el 300% del valor nominal del dinero en efectivo, esto es, por cada billete de cinco mil bolívares podía llegar a pagarse, a través de transferencia bancaria o punto de venta (datófonos), tres veces más, y que algunos vendedores ilegales de productos regulados (o no regulados de primera necesidad que escaseaban), conocidos en el argot popular bajo el apelativo de «bachaqueros», comerciaban sus artículos hasta un 50% menos del precio que marcaban en los establecimientos formales, siempre y cuando, por supuesto, estos fueran adquiridos pagando con efectivo. En este último caso el verdadero negocio no era vender la mercancía sino obtener los billetes que después ofrecerían al mejor postor por 100%, 200% y hasta 300% por encima de su valor nominal.

En un par de anteriores ocasiones había hecho la misma pregunta a diferentes personas, pero sus respuestas no me resultaron del todo lógicas ni convincentes, de modo que mi curiosidad no se había visto aún satisfecha. Pensé que con mis amigos encontraría las respuestas que buscaba y así fue.

—La escasez de billetes —dijo Luis— ha convertido al efectivo en un bien como cualquier otro. Y es sabido que todo bien escaso genera un mercado negro o paralelo. Lo hemos sufrido ya con productos como la harina de maíz, el café, la leche en polvo, el azúcar, el aceite... Etcétera. Ha llegado el turno de los billetes. Una parte significativa de nuestra economía depende del dinero en efectivo. Para nadie es un secreto que en este país hay muchísima gente fuera del sistema bancario y esto complica todavía más la situación —Luis hace una breve pausa, bebe un sorbo de su vaso y continúa—: En la falta de efectivo intervienen varios factores, entre ellos, el cono monetario y la hiperinflación. Ahora mismo el Banco Central de Venezuela trabaja a media máquina en la producción de dinero por las limitaciones que tiene para importar los insumos con los que se hacen los billetes. Es decir, que la producción de papel moneda no va al ritmo que exige una economía altamente inflacionaria como la nuestra. Debido a la escasez de billetes, y como son indispensables para ciertas transacciones que realizamos a diario, cada vez es más frecuente que se pague por ellos un porcentaje considerable por encima de su valor.

Pagar el transporte público, el estacionamiento o la gasolina son algunos ejemplos de transacciones que en Venezuela requieren llevar efectivo encima.

También, como explicaba más arriba, si el interesado desea favorecerse de descuentos especiales por la compra de ciertos artículos de la canasta básica al pagar en efectivo a los «bachaqueros».

En el pasado mes de marzo, el gobierno nacional había anunciado con bombos y platillos que a partir del 4 de junio —después cambiaría dicha fecha— entraría en vigencia un nuevo cono monetario en el que se le eliminaría tres ceros a la moneda —al momento de escribir esto, el gobierno ha anunciado que el número de ceros a eliminar pasa de tres a cinco—. El «Bolívar Soberano», denominación que las autoridades han elegido para designar el nuevo cono monetario, sustituirá al «Bolívar Fuerte» que, a su vez, hace diez años, sustituyó al bolívar y cuya implementación sirvió para eliminarle tres ceros a la moneda.

Es decir, en poco más de diez años, al bolívar se le han eliminado nada más y nada menos que ocho ceros.

—Otro factor que incide en la compra-venta de efectivo —dijo Lyl— es el contrabando en la frontera. Los billetes se los llevan para allá porque allá los pagan mejor. Al tratarse de actividades ilícitas, que funcionan al margen del sistema financiero, requieren de gigantescas cantidades de dinero en efectivo.

Más tarde leí en la prensa que en países con alta inflación la compra-venta de efectivo era una práctica frecuente, habitual.

(Continuará)

PD: Este post es la continuación de este otro: En el país de Alicia (V)

martes, 14 de agosto de 2018

En el país de Alicia (V)


El sábado 28 de abril Carmen Elena ha pasado a recogernos por el hotel sobre las nueve y cuarto de la mañana. Nos ha dicho que había hecho reserva para llevarnos a desayunar al Restaurante Monteluna en Usaquén.

Carmen Elena y yo nos conocimos hacia finales de los años noventa del siglo pasado, cuando trabajábamos en Seagram, una de las mayores trasnacionales productoras y comercializadoras de bebidas espirituosas del mundo. A la compañía, ya desaparecida, la sobreviven hoy un edificio (en el número 375 de Park Avenue, antigua Cuarta Avenida de Nueva York), una ginebra («clásica y seca de carácter americano») y por supuesto la entrada de la Wikipedia en la que se habla a los internautas sobre sus pretéritas grandezas. Carmen Elena había fichado por la filial colombiana y yo por la venezolana. Ella ocupaba el cargo de gerente de recursos humanos y yo el de gerente de IT con responsabilidades en varios países de América Latina. Motivado a esta última coyuntura coincidimos. De aquella época recuerdo las interesantísimas y prolongadas conversaciones que ella y yo sosteníamos cada vez que lográbamos comer o cenar juntos en alguna de mis visitas a Bogotá. Nos llevábamos bien, aunque nos perdimos la pista durante una larga temporada. Gracias a la tecnología, y a la intermediación de una buena amiga en común, desde hace poco habíamos vuelto a ponernos en contacto.

El restaurante Monteluna está incrustado en lo alto de una montaña de los Cerros Orientales desde la que pueden apreciarse unas magníficas vistas de Bogotá. El lugar es bucólico, con una terraza de césped muy cuidado y mesas dispuestas con criterio para que los comensales no se estorben unos a otros.

Completada la sesión de fotos, Carmen Elena nos ha hablado sobre los orígenes del restaurante y de lo bien que se come allí, de que en la localidad también se celebran eventos y reuniones y que cuenta con habitaciones para alojar a los clientes que deseen pasar uno o más días en contacto perenne con la naturaleza. De pronto, Irma ha dejado colar como al vuelo un comentario: el sitio le recuerda una posada de Mérida, en los Andes venezolanos, en la que dieciséis o diecisiete años atrás habíamos pasado unas gratas e inolvidables vacaciones. Tras repasar con la vista casa, terraza y proximidades coincido con ella y sugiero que elijamos una mesa y nos sentemos para ordenar porque me estaba muriendo de hambre.

Un camarero nos ha traído la carta y la revisamos con detenimiento. Nada más leer las descripciones de los platos que se proponen en la carta la boca se me ha hecho agua y he comenzado a salivar. Poco después Irma y yo le hacemos un par de consultas a Carmen Elena, referente a algunos platos, y por fin ordenamos. Trio de queso y maíces («dos arepas de choclo con queso doble crema, dos arepas blancas con quesillo y dos arepas de semillas con queso paipa, acompañado de suero y picadillo de tomates»); Calentao («frijol rojo, maíz, pollo deshebrado, madurito, hogao y huevo frito»); y Empanadas de la casa («amasijo de trigo relleno de pollo con una mezcla de vegetales finamente picados o de papa sabanera con morrillo picado en guiso curry»). Además, acompañamos nuestro pedido con tres tazas grandes de chocolates calientes porque hacía fresquito.

Por desgracia, al rato de habernos sentado a una de las mesas de la terraza, el cielo ha cumplido con sus amenazas y ha empezado a lloviznar. Llueve mucho en Bogotá. Era otra de las cosas que había olvidado. Al comienzo los tres aguantamos con estoicismo debajo de la sombrilla que cubría la mesa pero, en cuanto ha arreciado, decidimos ponernos a resguardo.

Tal como nos lo había prometido Carmen Elena, todo está delicioso.

Entretanto desayunamos, le pido a mi amiga que nos hable de la actual situación de Colombia, cómo vislumbra ella el futuro inmediato del país tras los acuerdos de paz y qué opina sobre las elecciones presidenciales que, al igual que en Venezuela, se llevarán a cabo en los próximos días. Le brillan los ojos y enseguida se arranca a conversar. Lo primero que ha dicho es que observa con optimismo el presente y futuro del país. Piensa que Colombia atraviesa un buen momento y que falta todavía por venir tiempos mejores. Nos dice que pese a la polarización que se ha suscitado en torno a las figuras de Iván Duque y Gustavo Petro —hay otros tres candidatos con posibilidades pero son Duque y Petro los que acaparan la atención de la gente de pasar a la segunda vuelta; en las horas que llevamos en Colombia hemos percibido quizá demasiado recelo de uno y otro lado con respecto al bando contrario—, cree que por vez primera en muchos años los aspirantes a ocupar la Casa de Nariño que dominan la campaña electoral por intención de voto son personas preparadas y de reconocida trayectoria en la política y la sociedad colombiana. Alcides Duarte, otro amigo colombiano con quien me reuniría días más tarde, no se ha mostrado tan optimista como Carmen Elena. En su opinión el triunfo de Iván Duque representaría un claro peligro para el futuro del país. Según sus propias palabras, significaría un grave retroceso y el posible retorno de la guerra. Creo que fue a Tomás Eloy Martínez que le leí en una oportunidad que un país son en realidad varios países, pero sobre todo dos países.

Después de desayunar, Carmen Elena nos ha llevado en su coche a dar un largo paseo por Bogotá. Se nota a leguas que ama esta ciudad y que no la cambiaría por ninguna otra. Que es aquí donde quiere residir y envejecer. O al menos es eso lo que a mí me ha parecido desde que la conozco.

A propósito, me he enterado en este viaje que ella había vivido parte de la infancia y de la adolescencia en Medellín, otra ciudad colombiana que me gusta mucho y a la que me unen una serie de afectos.

Carmen Elena serpentea con su coche por las angostas calles del casco histórico de Usaquén. Lo hace despacio para que de este modo podamos disfrutar de la bella arquitectura de los edificios, plazas, casas y monumentos. A veces se detiene del todo y nos cuenta alguna anécdota o nos habla de determinado edificio o monumento. Es una anfitriona exquisita. De Usaquén ponemos rumbo hacia el centro por la séptima y, a la altura de la 92, hemos cogido por la Avenida Circunvalación. A cierta distancia de nuestro recorrido por la Circunvalar o avenida de los Cerros, como también se la conoce, tan pronto he conseguido salir de mi asombro, me vuelvo emocionado hacia Irma (yo voy en el asiento del copiloto y ella en los traseros) y, apenas observo la expresión de su rostro, entiendo que en ese instante a ambos nos embarga la misma certidumbre: el gran parecido de esta arteria vial con la Cota Mil o Avenida Boyacá de Caracas. ¿Cómo es que antes no he caído en la cuenta de dicha similitud? ¿O es que nunca antes había pasado por esta avenida? ¿Cómo podía ser esto posible? Y concluyo que un asunto es visitar una ciudad de vacaciones y otra muy distinta es hacerlo en plan de trabajo. Volviendo a la Circunvalación: resulta ser una suerte de fiel retrato de la Cota Mil, como si se tratara de uno de los doppelgänger de Borges que hubiera cobrado vida, que se hubiera materializado ante nuestras propias narices: la montaña a la izquierda y la ciudad a la derecha; el intenso verde y los cubos de cristal y hormigón separados por un cauce de entre 20 y 25 metros de asfalto que nos lleva zigzagueante de un extremo a otro de la urbe; nos movilizamos sin interrupciones, como si nos desplazáramos subidos sobre dos veloces esquís… A los pies de la montaña y sobre los hombros de Bogotá que se nos muestra a la distancia sosegada, gigante e inabarcable, inalterable, o así creo percibirla desde el interior del coche.

Pero llegando a Monserrate damos de bruces con un atasco.

(Continuará)

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (IV)

martes, 7 de agosto de 2018

En el país de Alicia (IV)



Cuando a finales del año pasado Irma me dijo que no podíamos seguir postergando nuestra visita a Venezuela, supe que a lo largo de 2018 regresaríamos al país.

Por una u otra razón llevábamos al menos dos años aplazando el viaje. En un principio se debió a problemas de salud de ella —había caído enferma a causa de una neumonía que derivó en pleuritis y estuvo veinte días hospitalizada; en aquella oportunidad habíamos comprado inclusive los billetes de avión— y luego por cualquier otro motivo en el que yo creía encontrar alguna justificación.

Reconozco que era yo quien en el fondo se negaba a hacer el viaje.

Sin embargo, la resolución y convencimiento de Irma a finales de 2017 me sacaron de mi estado de negación y empezamos a preparar la visita.

Con el primer obstáculo que tropezamos fue con la poca oferta que desde Madrid había para volar a Caracas; el segundo obstáculo estaba muy ligado al primero: los altos precios de los billetes de avión. Pasamos varios días analizando alternativas tanto de vuelos directos como con escalas. No hubo éxito. Hasta que por esas fechas llegó al buzón del correo electrónico de Irma una atractiva oferta de AirEuropa que no podíamos dejar pasar. Al fin y al cabo, cuando el destino te requiere en algún lugar, en ocasiones también te muestra el camino que debes seguir para llegar hasta ahí. Se trataba de una promoción por el día del padre; enseguida sacamos cuentas y nos percatamos de que podíamos beneficiarnos de la compra de billetes antes de que el período de disfrute de la promoción caducara. La fecha que previamente habíamos elegido para nuestro viaje a Venezuela coincidía con los inicios del mes de mayo de 2018. Entonces tuvimos que adelantar el viaje unos pocos días con la finalidad de aprovechar la promoción de la aerolínea.

Otro asunto que contribuyó a definir el itinerario de nuestro viaje fue el hecho que meses atrás una sobrina de Irma se había marchado a vivir a Bogotá. En aquellos días en los que analizábamos alternativas para comprar los billetes de avión, noté que mi mujer experimentaba cierta melancolía, cierta saudade que me llevó a preguntarle qué le pasaba. Resulta que solo imaginar que no vería a esta sobrina durante nuestra inminente visita al país la entristecía. Así que le propuse que evaluáramos la posibilidad de tomar un vuelo a Bogotá —Irma no conocía la ciudad y a mí me apetecía volver y reencontrarme con viejos afectos— y desde allí viajar más tarde a Caracas. La idea le gustó y ambos nos enfocamos en ello, nos pusimos manos a la obra. De este modo descubrimos con asombro que volar directo a Bogotá, y de allí coger después un vuelo de low cost a Caracas, salía casi al mismo precio que hacerlo desde Madrid directamente a la capital venezolana. Había que coger la ocasión por los pelos y fue lo que hicimos. No lo consideramos más y por fin compramos los billetes bajo esta modalidad.

Arribamos a Bogotá en el atardecer de un día jueves de finales de abril. No visitaba la ciudad desde 2002. Mientras trabajaba en Seagram hubo períodos en los que solía viajar a la capital colombiana dos o tres veces al mes. La primera vez que había puesto un pie allí fue en 1995. Desde entonces a esta parte la ciudad ha cambiado mucho, para mejor, según mi criterio y punto de vista.

De aquella primera vez en Bogotá recuerdo que me gustaron su clima, la arquitectura, el verde que podía encontrarse levantando apenas la mirada y desde luego su gente.

Volver es siempre grato.

A las puertas del hotel estaba Gabriela, la sobrina de Irma. La acompañaba su marido Leo. Llevaban más de una hora aguardando por nosotros. El coche que habían enviado del hotel para recogernos estuvo puntual en el Aeropuerto Internacional El Dorado, pero yo había olvidado lo complejo y pesado que puede hacerse el tráfico de la ciudad a hora punta. Gabriela recibió a Irma con un ramillete de flores. Las dos mujeres se abrazaron, se besaron y lloraron. A un lado, Leo y yo nos estrechamos de manera cordial las manos y cruzamos algunas palabras intrascendentes. Ambos entendíamos que lo importante de aquel encuentro eran tía y sobrina, nosotros dos no pintábamos nada en esa escena.

Después de registrarnos y dejar el equipaje en la habitación, los cuatro salimos a cenar y, más tarde, tras un corto paseo por los alrededores, retornamos al hotel y nos quedamos conversando hasta bien entrada la madrugada.

Hablamos de todo un poco.

Gabriela y Leo rondan los veintitrés años de edad. Ambos son técnicos superiores universitarios pero ninguno ejerce en la actualidad sus respectivas profesiones. Ambos están subempleados en Colombia. Ambos son dependientes en locales de venta de ropa y calzado en el sur de Bogotá, en un centro comercial del barrio Venecia. Trabajan doce horas al día y libran apenas un día cada quince… Evidentemente los están explotando. Se lo dijimos. Ellos lo saben. Sin embargo, aparte de esta «nimiedad», están contentos y agradecidos con el país que los ha acogido porque acá el salario que ganan les permite pagar un piso, hacer la compra, adquirir artículos para ellos y para la casa y de vez en cuando disfrutar de algunas de las distracciones que nos hacen más llevadera la vida. Además, de tanto en tanto envían algo de dinero a sus familiares que siguen en Venezuela. Allá en cambio, en Venezuela, nos dijeron que todo se les hacía cuesta arriba. A pesar de no tener que pagar alquiler por la vivienda, puesto que siempre vivieron con algún familiar, el salario no les alcanzaba para nada y llegaron a pasar muchísima «roncha» —como de forma coloquial el caraqueño llama al hecho de subsistir en la precariedad—; se habían visto en la necesidad de endeudarse a niveles desproporcionados —todavía continúan abonando parte de esas deudas— para poder sobrevivir y, aunque prácticamente todo lo que ingresaban se lo gastaban en comprar comida, aun así, llegaron a un punto en el que comenzaron a pasar hambre... Fue esto último lo que los hizo reaccionar y los empujó a salir del país.

De todo esto nos enteramos a las pocas horas de arribar a Bogotá.

(Continuará)

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (III)