martes, 3 de febrero de 2015

Unas pocas palabras para despedir a un amigo


Sé que habrá gente que comparta estás líneas y gente que no. Y está bien que así sea, puesto que vivimos en un mundo diverso y no todos tenemos que pensar o sentir lo mismo que otros piensan o sientan. Ni una misma persona tiene que significar para unos lo que significa para otros.

Conocí a Carlos Noguera en enero de 2004. Asistí a su taller de narrativa, organizado por Monte Ávila Editores, buscando relacionarme con gente con la que compartiera inquietudes similares. Confieso que ya estaba algo crecidito para andar en esas búsquedas. Sin embargo, entonces no se me ocurrió una idea mejor, diferente. Sólo sabía que la literatura era mi vocación y que me había mantenido demasiado tiempo alejado de ella. El año anterior había decidido abandonar mi carrera de informático y retornar a la literatura, abandonada a su vez, más de 10 años atrás, cuando me gradué de ingeniero en la universidad. Cambiar para volver a ser lo que éramos. Es así. ¿Qué puedo decir?  La ingenuidad acompaña siempre a los creadores. Sin ese toque de ingenuidad es imposible acometer los proyectos que nos planteamos. Por más pragmáticos que podamos considerarnos en ciertas ocasiones, sin ese toque de ingenuidad no habrá nada al momento de sentarnos a crear.

Decía que en enero de 2004 ingresé al taller de narrativa dictado por Carlos Noguera. Al principio me pareció un hombre taciturno y demasiado serio, lejano, pero con el paso de los días llegué a descubrir que gustaba de conversar y de hacer bromas. De hecho, a veces, era difícil discernir si hablaba en serio o estaba de puro cachondeo.

Es preciso decir que hubo una química especial entre los integrantes de aquel taller de narrativa de Monte Ávila Editores de 2004. Tanto, que se extendió unos meses más del período regular. Nadie quería dejarlo. Y cuando fue inevitable y tuvimos que despedirnos, abandonar las aulas de la acogedora quinta de la Castellana porque debíamos dar paso a otros, seguimos reuniéndonos en bares o casas que algún miembro del grupo ponía a disposición del resto. Mi casa se hizo una de las habituales. Y Carlos asistía puntual a la cita.

En el país político que nos convertimos a partir de 1998, era difícil no saber de antemano la filiación política de alguien que apenas comenzábamos a tratar. De modo que conocía bien la posición política de Carlos y él conocía la mía. No está demás decir que eran irreconciliables. No obstante, en lugar de esquivar el trapo con el fin de mantener las formas, en varias ocasiones discutimos sobre el tema.  Y en más de una ocasión dicha discusión se volvió acalorada. Aunque, debo decirlo, siempre mantuvimos el respeto y el cariño que desde luego sentíamos uno por el otro.

Que Monte Ávila Editores publicara en 2006 Mensajes en la pared, mi primer y único libro de relatos publicado hasta ese momento, se lo debo en gran medida a Carlos. Pese a que varios de los relatos reunidos ahí habían obtenido premios, tanto nacionales como internacionales, el libro había sido rechazado montones de veces por editoriales de mi país. No importaba tanto su calidad como que yo era un total desconocido y además demasiado viejo para publicar un primer libro. Por entonces tenía 39 años.

Hoy la noticia de su muerte me ha producido un shock inenarrable del que he tardado en recuperarme. He llorado por el maestro, por el amigo, por el colega con el que compartía la admiración por la obra de autores como Cortázar, Bolaño (Carlos fue miembro del jurado que le otorgó el Rómulo Gallegos en 1998), Pirandello o Gallegos.

Estaré siempre agradecido por su amistad y su incondicional apoyo de aquellos días.

Sé muy bien que Carlos no creía en Dios y que los amigos no pueden obligarnos a nada, ni imponernos ideologías ni religiones, porque la amistad está por encima de eso. A pesar de todo, deseo finalizar estas líneas diciendo, como un cristiano cualquiera, “Dios lo tenga en su gloria”. Que él no hubiera estado de acuerdo, no me inhabilita a mí para desearlo.

Adiós, amigo. Buen viaje.

sábado, 31 de enero de 2015

¿Mundos irreconciliables?


Desde el mismísimo nacimiento del cine, a finales del siglo XIX, se gestó esa ancestral rivalidad que aún perdura entre los creadores que trabajan en él y sus pares del teatro. Ni siquiera la aparente tregua que introdujo la colaboración entre ambos mundos durante los inicios del cine sonoro ha hecho mella en ella; todo lo contrario, la exacerbó. Para muchos ya es un tópico la discusión en la que se diserta sobre en cuál de ambas actividades humanas se hace verdadero arte o en cuál de ellas se construye el verdadero actor.

Sobre dicha rivalidad Alejandro González Iñárritu basa el argumento de su más reciente película, Birdman. Una irreverente, crítica, divertida, frenética y brillante mirada al mundo del espectáculo que habita tanto en el cine como en el teatro.

Tras convertirse en una celebridad, gracias a su interpretación de un superhéroe en la gran pantalla, Riggan Thomas intenta reorientar su carrera con el fin de obtener el respeto y reconocimiento de aquellos que sólo ven en él a un fanfarrón, un tipo que tuvo la suerte que los reflectores de Hollywood se detuvieran el tiempo suficiente en él para transformarlo en alguien rico y famoso. Con esta obsesión taladrándole la cabeza, se está dejando la piel (y lo que queda de sus ahorros) en el montaje de una obra de teatro en Broadway. Se trata de una adaptación que él mismo ha escrito, dirige y desde luego protagoniza— de la no menos célebre What We Talk About When We Talk About Love de Raymond Carver.

Pero los preestrenos de la obra pronostican el desastre.

Porque Riggan no solo está manteniendo una lucha cuerpo a cuerpo contra sí mismo o contra el hombre pájaro que de tanto en tanto le resopla en el cuello recordándole quiénes son en realidad (actor y personaje de blockbusters; actor y personaje de taquillazos palomiteros y nada más), sino incluso contra su propia hija, una ex adicta en rehabilitación que le reprocha lo mal padre que ha sido; o contra el elenco que lo acompaña en el montaje, especialmente contra Mike, un hombre de teatro, tan buen actor sobre escena como patán fuera de ella; o contra la crítica que amenaza destrozar su espectáculo, borrarlo de la faz de Broadway, porque no merece estar allí, ocupando un teatro que debería estar al servicio de verdaderos artistas y no de advenedizos y fanfarrones como él.

La explosión visual que nos brinda González Inárritu en Birdman es de una calidad, ambición, expresividad y atrevimiento nunca antes vistos. Puro placer. Esas suaves pero a la vez violentas transiciones entre una y otra escena; los planos secuencias y travelling: esos desplazamientos imposibles de cámara; las alucinantes secuencias en las que Riggan sucumbe seducido por la verborrea del hombre pájaro… Y todo con el soundtrack de fondo que nos obsequia Antonio Sánchez y que remarca el ritmo frenético de la película, sobre todo las improvisaciones del batería, que aparece de cuando en cuando en algún rincón para demostrar su importancia en el entrelazado de la historia, un personaje más, secundario, pero personaje al fin y al cabo. Es verdad que en ciertos momentos Birdman me ha recordado a esa otra magnífica, irreverente y ácida peli titulada All that Jazz, de Bob Fosse, en la que Roy Scheider interpreta a un coreógrafo y director de teatro que prepara su próximo musical en Broadway al mismo tiempo monta una película de Hollywood sobre un cómico de monólogos y flirtea con la muerte. Pero de igual manera Birdman no se me ha parecido a nada que haya visto con anterioridad.

Un significativo chute de adrenalina para aquellos que amamos el cine.

Por otro lado, la interpretación de los actores en sus respectivos roles ha estado a la altura de las ambiciones de González Iñárritu. Los siempre exquisitos y camaleónicos Edward Norton y Naomi Watts; la espectacular resurrección de Michael Keaton, aprovechándose del enorme filón que le proporcionaba el personaje de Riggan Thomas y hasta la hermosísima Emma Stone.

Mucho se ha hablado de que luego de su rompimiento con Guillermo Arriaga, la carrera fílmica de González Iñárritu había tenido un bajón de antología. Había corrido riesgos aunque sin resultados. Pero después de Birdman esto debería y tiene que cambiar. Sin duda. Estamos ante el mejor trabajo del director mexicano, el más arriesgado y atractivo. Un alarde de creatividad que raya en lo genial. De lo mejor que he visto en años.

miércoles, 14 de enero de 2015

Be original

El tema de la originalidad en literatura es un asunto al que me gusta volver de tanto en tanto. ¿De qué hablamos cuando hablamos de originalidad en una obra literaria? ¿A qué nos referimos con exactitud? ¿A la anécdota, a la temática, al lenguaje o a la estructura?

Un libro es más que la suma de sus partes. Esto siempre debemos tenerlo en cuenta. Si pacientemente diseccionamos una obra y encontramos algo de original en alguna de sus partes, desde luego esta originalidad permeará el resto. Pero también puede darse el caso que un libro nos parezca original aún si no logramos identificar en cuál de sus partes reside dicha originalidad. De nuevo: el conjunto por encima de las partes.

Roberto Bolaño solía decir que lo que contamos es siempre una variación de lo que el hombre viene contándose a sí mismo desde hace miles de años. Es decir, que para él, en nuestros tiempos, la originalidad de una obra literaria no residiría ya en la anécdota. Lo afirma el autor de Estrella distante, esa pequeña joya de la literatura sobre la maldad, en la que un poeta visual se convierte en asesino en serie. O viceversa.

Agregaba Bolaño que el hecho que se catalogue a una narración como original se debe en gran medida al envoltorio que elija su creador para presentarla. Y con envoltorio no se estaba refiriendo a otra cosa que a la forma, a la estructura.

Entonces no sería tan descabellado suponer que una historia mil veces contada vuelva a parecernos original en su versión 1.001. Es lo que me ha ocurrido con Moravia, del escritor argentino Marcelo Luján.

Ciertamente Moravia no es la versión 1.001 de una historia mil veces contada, pero se basa en un hecho real que resonó en la prensa francesa de finales de los años treinta del siglo pasado y que un reconocido autor cuyo nombre me reservo con la intención de no estropearle el placer de la lectura a los interesados utilizó para darle cuerpo y forma a una de sus más celebradas novelas y además a una de sus piezas de teatro más representadas.

Estructurada en dos partes y veintidós capítulos, la novela de Luján nos relata la historia del emigrante que mucho tiempo después retorna al lugar de partida con la finalidad de saldar cuentas con el pasado. En capítulos que se van alternando entre presente y pasado, la primera parte nos describe a la vez tanto ese retorno como la partida. Juan Kosic regresa a la tierra que lo vio nacer, un pueblo perdido de la pampa argentina, tras acumular fama y fortuna como músico en New Orleans. Su deseo es hacerse pasar por un desconocido, un forastero, ante los ojos de su madre y hermana y, luego, sorprenderlas diciendo quién era en realidad. “Volver con el único propósito de resarcirse. Volver para preguntar ¿quién era el inútil?, ¿quién era vago, el atorrante bueno para nada? Volver para decir acá tienen: acá estoy, este soy yo y eso son ustedes”. Sin embargo, Lidia Estefanía, su esposa, que lo acompaña durante la travesía, nunca ha estado de acuerdo con la obsesión de su marido (y así se lo ha hecho saber en repetidas ocasiones), con ese juego infantil que pretende, puesto que una madre reconocerá a su hijo no importa el tiempo transcurrido. Ella lo sabe porque es madre; o al menos así lo intuye, lo siente. Si por fin ha accedido a viajar a la Argentina es simplemente obligada por el respeto y la obediencia que debe a su marido.

El presente de la novela está anclado en 1950.

En esta primera parte también se nos revela parte del pasado de Lidia Estefanía, sobre su familia y cómo ella y Kosic se conocieron. Al igual que Kosic, aunque por razones muy distintas, ella y sus padres son emigrantes: se vieron obligados a huir de la Checoslovaquia ocupada por los nazis en 1938. Lidia y Kosic comparten así un pasado de éxodos y renuncias, de humillaciones y sufrimiento que en lugar de unirlos ha abierto un abismo entre ambos. Se quieren y desde luego tienen cosas en común, entre ellas su pequeña hija, pero a veces la comunicación entre marido y mujer se corta con la violencia de un estornudo.

La segunda parte de la novela se suscribe sólo al presente, ya cuando los viajeros han arribado a destino. No habrá más flashback; lo que ahora interesa son los hechos que suceden en ese pueblecito perdido de la pampa argentina. Es acá cuando el autor corre mayor riesgo, puesto que es acá cuando el relato se hace previsible para aquellos que conozcan (que conocemos) el origen de la historia. Es acá cuando se nos desvelan ciertas claves que nos permiten atar cabos y establecer las necesarias conexiones. No obstante, gracias a las habilidades de Luján como narrador, al magnetismo y poderío de su prosa, consigue mantenernos enganchados y él mismo sale indemne de su atrevimiento. Confieso que en cuanto a técnica y emotividad, a eso de sumergirse en las profundidades de la condición humana, los últimos capítulos de Moravia son de una contundencia admirable y sobrecogedora.

En cierta ocasión León Tolstói escribió que todas las familias felices se asemejan, pero que cada familia desdichada era desdichada a su manera. Éste sería un buen colofón para la novela de Luján, para todas las familias de las que en ella se habla.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Todos podemos ser santos


Cuando era niño, una de las aseveraciones que más me sorprendió e impresionó de las clases de religión fue aquella en la que la maestra, con una solemnidad que me dejó sin aliento, dijo que si nos lo proponíamos todos podríamos llegar a ser santos. ¿Cómo?, pensé.  ¿Llegar yo a convertirme en aquellas imágenes de yeso que nuestras madres y abuelas veneraban en las iglesias?

Imposible. No me cabía en la cabeza.

Tiempo después, ya siendo adolescente, mientras hacía un apostolado en la parroquia donde vivía, me topé de nuevo con el mismo discurso. Esta vez, pese a que entendí a la perfección la metáfora, preferí continuar dejándola fuera de mi cabeza. Me sentía demasiado imperfecto, demasiado egoísta y demasiado humano para siquiera pensar en algo como ser santo. Sin embargo, es justo aquí donde reside la singular maravilla de la contradicción religiosa (católica, en este caso): se llega a ser santo sólo si antes se ha sido humano.

St. Vincent, de Theodore Melfi, es una divertida y conmovedora comedía que explica lo que yo he tratado de resumir en los párrafos anteriores.

Vincent (Bill Murray) es un viejo cascarrabias que odia relacionarse con la gente. No le gusta y es evidente que tampoco a la gente le gusta él. Mal vecino, fumador y bebedor empedernido, adicto a las apuestas de caballo y asiduo a locales de strippers. De hecho, es cliente habitual de una de estas chicas, Daka (Naomi Watts), que por unos pocos dólares le proporciona de tanto en tanto favores sexuales. Pero un día nuevos vecinos se mudan a la casa de al lado y, ante una emergencia de Maggie (Melissa McCarthy), su nueva vecina, Vincent ve la ocasión de darle un respiro a sus maltrechas finanzas haciendo de canguro de su hijo. Es acá dónde los caminos de Vincent y Oliver (Jaeden Lieberher), un chaval de doce años, introvertido y en el ojo del huracán de varios cambios (nuevo barrio, nuevo colegio, divorcio de sus padres), se cruzan para trastocar la vida de ambos. Vincent se traza la meta de hacer de Oliver un hombre (un hombre a la manera que él está acostumbrado, claro) y Oliver comienza a ver en Vincent a alguien más que un circunstancial tutor.

Con un guión sencillo pero contundente, Melfi nos da un paseo de 102 minutos por la vida de estos personajes que nos hace reír, sorprendernos, indignarnos, reflexionar y conmovernos. De hecho la sencillez es la gran virtud de St. Vincent, tal y como solía pregonarlo Chejov.

Y aunque no pueda entrar en nuestras cabezas, siempre existe la posibilidad de llegar a ser santo a pesar de que nunca nos lo hayamos propuesto, de que jamás haya formado parte de nuestros planes de vida. Porque en el fondo los verdaderos santos no se hacen a sí mismos, sino que son descubiertos y nombrados por otros. Son esos otros los que le confieren el título. A veces, los verdaderos santos, ni siquiera saben que están obrando el bien.

Así de simple.

martes, 2 de diciembre de 2014

Still life


John May es un tipo solitario, silencioso y bastante flemático. También ordenado y meticuloso hasta lo obsesivo. Su vida transcurre de forma tranquila y rutinaria. Es funcionario en uno de los tantos Ayuntamientos de la ciudad de Londres. Su trabajo consiste en encontrar a los allegados de los que han fallecido en soledad y sin familia ni amigos conocidos en el municipio. Trabajo que, dicho sea de paso, realiza concienzudamente y con tal dedicación y esmero, incluso yendo a veces más allá de sus responsabilidades, que nadie podría poner en duda su profesionalismo y que desde luego le gusta y ama lo que hace. Pero un día, por motivos de recortes en la administración, el Ayuntamiento decide prescindir de sus servicios aunque, tras su ruego, el jefe le permita acabar con el último caso que ha llegado a sus manos; le da tres días para resolverlo o cerrarlo.

Los primeros minutos de Still life (en España la han titulado Nunca es demasiado tarde, una vez más, un título desacertado), de Uberto Pasolini, son una clase magistral de lo que significa la presentación de personajes en guion cinematográfico. Me hizo recordar a otras cintas recientes que han hecho de este apartado una declaración de principios, como Little Miss Sunshine, Up o Up in the air. Títulos en los que, con mínimos recursos y apenas diálogos (a veces ni eso), se transmite al espectador el mundo interior de los personajes y toda la información, todo ese background requerido con el fin que uno se sumerja en la historia y tengamos una completa comprensión de cuanto sucede en la gran pantalla.

Hacía mucho tiempo que una cinta no me ponía un embarazoso y corrosivo nudo en la garganta y me hacía saltar las lágrimas. La interpretación que Eddie Marsan hace para meterse en la piel de John May es maravillosa, única. Acabamos enamorados de ese personaje de vida gris, que sin embargo pone una pasión inusual en su trabajo con el fin de ofrecerle a los muertos un dignísimo funeral aunque sea rodeado de puros desconocidos: él, el religioso de turno y los empleados del cementerio.

May le concede a los muertos un cariño y respeto con los que tal vez no contaron en vida. O al menos en los últimos años que anduvieron por este mundo.

Pese a su significado lapidario, quizá la siguiente sentencia que Rubén Blades incluyó en uno de los temas de Tiempos, resuma la esencia de la película de Pasolini: “Si en tu vida no hubo ritmo, en tu muerte no habrá clave”. Así sin más. Aunque nos joda en lo profundo.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Interstellar


A finales de los años ochenta y principios de los noventa del siglo pasado, por azares del destino, llegaron a mis manos una serie de libros que hablaban del universo y las distintas teorías y leyes que el hombre se había visto en la necesidad de formular para entenderlo y explicarlo. Entre otros autores que ya no recuerdo, había libros firmados por Bertrand Rusell y Stephen Hawking. Pese a que hubo conceptos que nunca llegué a asir por completo, que se escaparon irremediablemente y para siempre a mi comprensión, leí con interés y deleite aquellos libros. El Big Bang, la Teoría General de la Relatividad, la Teoría Cuántica, las singularidades espaciotemporales, los agujeros negros, los agujeros de gusano eran algunos de los conceptos que sus autores allí desarrollaban y trataban de explicar, de la manera más coloquial posible, con el fin que legos en la materia como yo pudiéramos entenderlos.

Ahora, la hermosa y emocionante Interstellar, de Christopher Nolan, me ha hecho retornar de un tirón a aquella época y a aquellos libros.

El argumento de la película es como sigue: en un futuro al parecer no muy lejano, la humanidad se ha visto considerablemente mermada y algunos cultivos atacados por plagas que amenazan con extenderse a otros. Gran parte de la población se dedica a la agricultura. A pesar de ello, hay escases de alimentos y de tanto en tanto las pocas poblaciones o asentamientos de gentes se ven azotadas por gigantes y agresivas tormentas de arena. Quizá por estos motivos la opinión pública es muy sensible con el asunto de los gastos destinados a la investigación que nada tiene que ver con la solución de los males cotidianos como, por ejemplo, la exploración espacial. Sin embargo la NASA, o lo que queda de ella, trabaja en un proyecto súper secreto. Así es como nos enteramos que la única salvación de la raza humana se halla fuera de nuestro planeta. A partir de acá la película se adentra en una serie de tecnicismo que, para alguien nada ducho en la materia, puede generarle cierta confusión. Aunque, como es lógico pensar, no es preciso que el espectador conozca dichos términos y conceptos (de los que ya hablaba en el primer párrafo) para entender y disfrutar de la narración de la que se ocupa Interstellar. La utilización de dichos términos y conceptos está plenamente justificada por tratarse de una película de ciencia-ficción. Además, sus consecuencias son fundamentales en el desarrollo y resolución de la historia. Lo que sí me gustaría dejar claro es que, como todo buen relato de ciencia-ficción, Nolan y su equipo se han documentado y empapado de los temas que aborda de forma extraordinaria. Por más fantasiosa que pueda resultar la peli para algunos, todos sus tramos y giros cuentan con un asidero científico. Y, siendo honestos, si nos detuviéramos un momento a analizar la inmensidad del universo, ¿acaso lo fantástico no sería pensar que haya vida en la Tierra?

En el universo, al menos la parte que conocemos, la vida es la excepción y no la regla.

Como ya nos tiene acostumbrados, Nolan nos ofrece un film cargado de acción, suspenso, cuestionamientos morales y gran cantidad de emociones. Pese a las casi tres horas que dura la peli, nunca sentí la tentación de mirar el reloj. Sobre todo porque es imposible apartar los ojos de la pantalla. Pestañar significa perderse un detalle importante de la trama o dejar pasar una imagen sobrecogedora. Pero hay algo en esta película que no había notado en trabajos anteriores de su inteligente y atrevido director: un discurso más intimista, sensible y comprometido con ese sentimiento universal que es el amor. Porque al fin y al cabo es del amor que nos habla Interstellar. No sólo del amor que profesa un padre a sus hijos, sino el amor que siente una mujer por un hombre, y viceversa, y hasta del amor desmedido que un científico puede mostrar hacia su trabajo. No en vano, a cierta altura de la historia, en una crucial disyuntiva que se presenta en el horizonte inmediato de los personajes, de cuya decisión depende todo lo que está por venir, uno de ellos suelta el siguiente diálogo: “El amor es lo único que trasciende el tiempo y el espacio”.

Y esta también pareciera ser la premisa que a su vez Nolan intenta demostrar con Interstellar, un blockbuster con firma de autor.

jueves, 13 de noviembre de 2014

El encanto de las soluciones imaginarias

Un barrio habitado por gente gris, presa de la rutina, que sólo tiene tiempo de pensar en el trabajo; camiones cargados de piedras que circulan por sus calles; un cinturón azul, un veneno “mata ratas”, hombres de traje negro y pasamontañas; un bosque al que nadie sabe cómo llegar; la insólita leyenda que, mucho tiempo atrás, el mismo barrio de gente gris fue hogar de inventores; camiones cargados de piedras que circulan por sus calles; un bar regentado por un hombre misterioso, ambivalente, llamado Óscar, al que el protagonista considera su amigo y a quien acude cada vez que necesita explicaciones, respuestas; una esposa que más que aliada parece enemiga; callejuelas interminables que acaban conformando una especie de laberinto; Alfred Jarry y su patafísica; una joven ciclista que realiza maravillosas figuras sobre una bicicleta roja (al tiempo que toma fotos) y que terminará trastocando la cotidianidad del protagonista y de la gente gris que habita el barrio… ¡Y camiones cargados de piedras…! Con estos elementos, y otros tantos en su zurrón de escritor a los que echa mano, Edgar Borges construye en La ciclista de las soluciones imaginarias una fábula trasgresora, de atmósfera sugestiva y subversiva, que desconcierta a la vez que increpa a la mente racionalista del lector.

¿Sucede en realidad todo cuanto pasa ante nuestra vista mientras leemos? ¿O todo cuanto ocurre, todo cuanto nos cuenta el narrador, ocurre sólo en su mente, en su mente trastornada de personaje de novela?

Porque no lo he dicho hasta ahora, pero el personaje principal, el narrador de la obra, el señor Silva, un burócrata que ejerce de contable en el Ayuntamiento, padece un raro trastorno denominado “el mal de la mirada trastocada”: enfermedad que en ocasiones lo hace perder la conexión, el contacto con el mundo exterior y sumergirse en divagaciones del pasado, en sus recuerdos, cuando era joven y vivía en Ciudad de México.

A medida que avanzamos en la lectura, con absoluta maestría en el arte de narrar, Borges nos va envolviendo en el mundo interior y exterior del señor Silva, en sus filias y fobias, en los pensamientos recurrentes que vuelven una y otra vez a su cabeza, generándoles dudas y terrores. Porque el señor Silva es un hombre que vive cuestionándose su propia existencia, y a pesar de estar convencido de que tiene buena memoria, a veces duda de lo que ha visto y vivido, duda de lo que siente y recuerda. “Algunas veces llegué a creer que alguien aceleró tanto el ritmo de la realidad que había dejado de ser realidad. Y de ser así, ¿qué era eso a donde llegaba a destiempo mi mirada? ¿Acaso la otra realidad? ¿Era en la lentitud donde habitaba la otra realidad?”, reflexiona, ya hacia el final, el señor Silva.

Mientras buceaba en los mundos y las atmósferas de La ciclista de las soluciones imaginarias, cada tanto algunos de sus fragmentos o pasajes me remitían a esos otros mundos y atmósfera creados por Kafka en El proceso, o por Murakami en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo... Y hasta a esos otros mundos y atmósferas que congregan las alucinantes y entretenidas novelas del argentino César Aira. Ya se sabe: en una novela hay muchos mundos en los que el lector puede perderse y al mismo tiempo encontrarse.

La obra de Borges es un maravilloso mecano (que él arma y desarma a placer), una portentosa metáfora que invita al lector a echar la mirada atrás, a los lejanos días de su infancia, y a la vez le demanda a precisar cuándo fue que dejó de soñar, de reír y de imaginar, cuándo dejó de mirar el mundo desde la perspectiva de un niño. ¡Y qué diferente serían las cosas hoy en día si muchos de nosotros hubiéramos conservado aquella mirada! Pero desafortunadamente, a medida que pasan los años, a medida que crecemos, vamos reemplazando nuestros sueños (y sobre todo nuestra imaginación) por una realidad que acaba agobiándonos. En las sociedades modernas todo está dispuesto con el fin que la educación formal, de familia y de calle condicione nuestra imaginación. Y una vez que esto ha sucedido, somos fácil presa de la manipulación. Manipulación que, bien vale aclararlo, tiene múltiples aristas y orígenes: familia, amigos, escuela, trabajo, mercado, Estado, movimientos sociales, etcétera, etcétera. De manera que la novela de Borges también pudiera ser entendida como una conspiración de la realidad cuyo más caro objetivo es hacernos sucumbir ante sus normas y reglas, acallar poco a poco y para siempre al niño que aún vive en nosotros.

Lo frustrante y paradójico quizás sea que el único que puede ayudarnos a enfrentar e intentar vencer dicha conspiración es justamente el niño que vive aún dentro de nosotros. Porque ya se sabe: la imaginación es lo único que puede salvarnos.

martes, 11 de noviembre de 2014

Poesía y microficción


Mañana miércoles 12 estaré junto a Fernando Alonso Barahona conversando sobre poesía y microficción en el Espacio Cultural La Victoria, c/Santa Isabel 40, a las 20h. El evento es organizado por el Espacio Cultural La Victoria y Ediciones Carena.
Nos vemos allí.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Loreak


Siempre he admirado a los cineastas que toman riesgos, que pese a los tiempos que nos condicionan, intentan contar historias de una manera distinta, original, respetando y apegándose con fidelidad al tempo y a las pulsiones que a su vez exigen esas mismas historias. En otras palabras, creadores que no sucumben a las tentaciones del mercado.

Ahora mismo se me vienen a la cabeza nombres como los de Wong Kar-wai (In the mood for love), Nanni Mortti (La Stanza del Figlio) y Andréi Zviáguintsev (The return), por mencionar sólo a tres de esos autores que, en su momento, nos han obsequiado con sugerentes y poéticas imágenes en algunos de sus trabajos.

Es también el caso de los vascos Jon Garaño y Jose Mari Goenaga y su hermosa, sobrecogedora e inquietante Loreak.

Loreak en euskera significa flores. Y precisamente de flores va esta película. Flores que durante un tiempo no paran de llegar y que, en dos momentos diferentes, desestabilizan la vida de una pareja (en especial, uno de los miembros de esa pareja: Ane) y de dos mujeres (Lourdes y Tere) unidas por un vínculo de afinidad. El asunto es que esas flores entran de manera anónima al círculo cotidiano de las tres mujeres. No hay remitente y no es posible identificarlo. Al menos no de forma inmediata. Entonces, cada una a su manera, llenará el vacío que dejan las incertidumbres con las fantasías que a veces crea nuestra imaginación. En algunas de las tres protagonistas estas fantasías traerán esperanzas y en otras decepción.

Garaño y Goenaga nos hacen partícipes de un juego seductor, no por previsible en ciertos tramos, falto de autenticidad y encanto. Hacen del montaje un elemento fundamental en su narración, como ya antes lo han hecho cineastas como Tarantino y González Iñárritu. Pero es quizá en el ritmo del relato, sus silencios y pequeños gestos, las acciones en apariencias baladí, donde encontramos la esencia de la obra de los vascos, su poética, que emociona e impacta a medida que va desarrollándose y acercándose al clímax.

Mención aparte merecen las actrices que interpretan a Ane, Lourdes y Tere (Nagore Aramburu, Itziar Ituño, Itziar Aizpuru, respectivamente), brillantes las tres en sus caracterizaciones.

Loreak es un melodrama sutil e intimista, cargado de resonancias, que sacude a golpe de silencio y desolación.

Un dato final para el espectador que se anime a verla: hace algunos años, una dependienta de una floristería, me dio el siguiente consejo: la mejor manera de pedir perdón es regalar flores blancas.

martes, 4 de noviembre de 2014

14

¿Cómo pueden resumirse la barbarie, el caos, la crueldad y demás tropelías aportadas por la Gran Guerra a la historia universal de la infamia en una novela de apenas noventa y ocho páginas? ¿Y que a la vez esa novela sea una pequeña joya?

Las respuestas tendríamos que buscarlas en 14 de Jean Echenoz.

Del mismo modo que la Guerra del Golfo ha quedado registrada como la primera guerra televisada, muchos autores consideran a la Gran Guerra como la primera guerra tecnológica de nuestra historia. De allí que una contienda que la mayoría esperaba no se extendiera más allá de los quince días, acabara prolongándose por encima de los cuatro años y en la que perdieron la vida más de nueve millones de combatientes.

Cifras nada despreciables para el comienzo del siglo XX.

Los personajes de la breve novela de Echenoz, habitantes de un poblado del departamento francés de Vendée, la mañana de un día sábado del verano de 1914, de pronto se sorprenden con el repiquetear de campanas. Muchos lo esperaban, entre ellos Anthime, sin embargo no imaginaban que la movilización pudiera ser anunciada un día sábado.

A partir de este momento los sucesos se precipitan, aunque sólo podamos percibirlo en el fondo, puesto que el narrador omnisciente decide mantener un elegante, sosegado e inalterable tono a lo largo del relato, como si no quisiera perder la compostura en ningún instante, conservando la debida distancia emocional entre él y sus personajes —pero, también hay que decirlo, con un particular y morboso gusto por los detalles.

De este modo nos tropezamos con esta clase de descripciones en uno de los primeros combates en los que participa Anthime y sus amigos: “obedeciendo las órdenes que le vociferaron, las primeras líneas de infantería se vieron obligadas a abandonar la carretera para exponerse abiertamente en el campo de avena que la flanqueaba y, a partir de entonces, no sólo tuvieron que sufrir los disparos procedentes del enemigo, sino que comenzaron a llegarles también por la espalda balas imprudentemente disparadas por sus propias fuerzas, tras lo cual no tardó en reinar el desorden en sus filas”. O este fragmento de humor más cáustico: “huele a cerrado, el olor se extiende sobre las personas y en su interior, tras las alambradas de púas de las que cuelgan cadáveres putrefactos y desarticulados que a veces sirven a los zapadores para fijar los cables telefónicos, que no es empresa fácil, los zapadores sudan de cansancio y de miedo, se quitan el capote para trabajar con más comodidad y lo cuelgan de un brazo que, al salir del suelo, vuelto, les sirve de percha”. O este otro todavía más escabroso: “Apostado no lejos de allí, Anthime vislumbró durante un instante, desde la masa encefálica hasta la pelvis, todos los órganos del cazador ojeador abiertos en dos como en una plancha anatómica, antes de acuclillarse espontáneamente en falso equilibrio para intentar protegerse, ensordecido por el enorme estrépito, cegado por los torrentes de piedra y tierra, las nubes de polvo y de humo, mientras vomitaba de miedo y de repulsión sobre sus pantorrillas y en torno a ellas, con las botas hundidas en el lodo hasta los tobillos”.

Pero 14 no sólo refleja la miseria humana dentro de las trincheras y el campo de batalla. También lo hace tras las líneas de combate, en el mundo civil, a través de las fábricas que supuestamente trabajaban con el fin de ofrecer suministros de calidad a los hombres que arriesgan su vida en el frente, en nombre de la libertad y el libre albedrío. Pues a las manos de esos sacrificados hombres llegan, provenientes de aquellas mismas fábricas, botas, uniformes, cascos y demás utensilios que en lugar de hacerles la vida más fácil se la complican. Y todo con el fin de obtener mayores beneficios reduciendo los costes al mínimo. O los lugareños que ven en los soldados no sólo a héroes, sino a clientes potenciales a quienes vender sus pocas mercancías a precios estratosféricos.

La ambición desmedida y la corrupción siempre van de la mano para pasar por encima de cualquier principio o valor.

El tono flemático del narrador, del que ya había hablado, en ocasiones potencia la brutalidad y el horror de las escenas bélicas. Y creo no exagerar al afirmar que la elección de ese tono es uno de los mayores aciertos de la novela de Echenoz; esa decisión de relatar de la manera más descarnada la carnicería que significó para la gente de la época la Gran Guerra. No obstante, al finalizar ésta, nadie podía imaginarse que a la vuelta de unos años el mundo se vería de nuevo envuelto en la consternación de la guerra. Y mucho menos que esa otra guerra sería aún más cruenta, aún más sangrienta que su predecesora. Ya se sabe: naturaleza humana.