martes, 14 de agosto de 2018

En el país de Alicia (V)


El sábado 28 de abril Carmen Elena ha pasado a recogernos por el hotel sobre las nueve y cuarto de la mañana. Nos ha dicho que había hecho reserva para llevarnos a desayunar al Restaurante Monteluna en Usaquén.

Carmen Elena y yo nos conocimos hacia finales de los años noventa del siglo pasado, cuando trabajábamos en Seagram, una de las mayores trasnacionales productoras y comercializadoras de bebidas espirituosas del mundo. A la compañía, ya desaparecida, la sobreviven hoy un edificio (en el número 375 de Park Avenue, antigua Cuarta Avenida de Nueva York), una ginebra («clásica y seca de carácter americano») y por supuesto la entrada de la Wikipedia en la que se habla a los internautas sobre sus pretéritas grandezas. Carmen Elena había fichado por la filial colombiana y yo por la venezolana. Ella ocupaba el cargo de gerente de recursos humanos y yo el de gerente de IT con responsabilidades en varios países de América Latina. Motivado a esta última coyuntura coincidimos. De aquella época recuerdo las interesantísimas y prolongadas conversaciones que ella y yo sosteníamos cada vez que lográbamos comer o cenar juntos en alguna de mis visitas a Bogotá. Nos llevábamos bien, aunque nos perdimos la pista durante una larga temporada. Gracias a la tecnología, y a la intermediación de una buena amiga en común, desde hace poco habíamos vuelto a ponernos en contacto.

El restaurante Monteluna está incrustado en lo alto de una montaña de los Cerros Orientales desde la que pueden apreciarse unas magníficas vistas de Bogotá. El lugar es bucólico, con una terraza de césped muy cuidado y mesas dispuestas con criterio para que los comensales no se estorben unos a otros.

Completada la sesión de fotos, Carmen Elena nos ha hablado sobre los orígenes del restaurante y de lo bien que se come allí, de que en la localidad también se celebran eventos y reuniones y que cuenta con habitaciones para alojar a los clientes que deseen pasar uno o más días en contacto perenne con la naturaleza. De pronto, Irma ha dejado colar como al vuelo un comentario: el sitio le recuerda una posada de Mérida, en los Andes venezolanos, en la que dieciséis o diecisiete años atrás habíamos pasado unas gratas e inolvidables vacaciones. Tras repasar con la vista casa, terraza y proximidades coincido con ella y sugiero que elijamos una mesa y nos sentemos para ordenar porque me estaba muriendo de hambre.

Un camarero nos ha traído la carta y la revisamos con detenimiento. Nada más leer las descripciones de los platos que se proponen en la carta la boca se me ha hecho agua y he comenzado a salivar. Poco después Irma y yo le hacemos un par de consultas a Carmen Elena, referente a algunos platos, y por fin ordenamos. Trio de queso y maíces («dos arepas de choclo con queso doble crema, dos arepas blancas con quesillo y dos arepas de semillas con queso paipa, acompañado de suero y picadillo de tomates»); Calentao («frijol rojo, maíz, pollo deshebrado, madurito, hogao y huevo frito»); y Empanadas de la casa («amasijo de trigo relleno de pollo con una mezcla de vegetales finamente picados o de papa sabanera con morrillo picado en guiso curry»). Además, acompañamos nuestro pedido con tres tazas grandes de chocolates calientes porque hacía fresquito.

Por desgracia, al rato de habernos sentado a una de las mesas de la terraza, el cielo ha cumplido con sus amenazas y ha empezado a lloviznar. Llueve mucho en Bogotá. Era otra de las cosas que había olvidado. Al comienzo los tres aguantamos con estoicismo debajo de la sombrilla que cubría la mesa pero, en cuanto ha arreciado, decidimos ponernos a resguardo.

Tal como nos lo había prometido Carmen Elena, todo está delicioso.

Entretanto desayunamos, le pido a mi amiga que nos hable de la actual situación de Colombia, cómo vislumbra ella el futuro inmediato del país tras los acuerdos de paz y qué opina sobre las elecciones presidenciales que, al igual que en Venezuela, se llevarán a cabo en los próximos días. Le brillan los ojos y enseguida se arranca a conversar. Lo primero que ha dicho es que observa con optimismo el presente y futuro del país. Piensa que Colombia atraviesa un buen momento y que falta todavía por venir tiempos mejores. Nos dice que pese a la polarización que se ha suscitado en torno a las figuras de Iván Duque y Gustavo Petro —hay otros tres candidatos con posibilidades pero son Duque y Petro los que acaparan la atención de la gente de pasar a la segunda vuelta; en las horas que llevamos en Colombia hemos percibido quizá demasiado recelo de uno y otro lado con respecto al bando contrario—, cree que por vez primera en muchos años los aspirantes a ocupar la Casa de Nariño que dominan la campaña electoral por intención de voto son personas preparadas y de reconocida trayectoria en la política y la sociedad colombiana. Alcides Duarte, otro amigo colombiano con quien me reuniría días más tarde, no se ha mostrado tan optimista como Carmen Elena. En su opinión el triunfo de Iván Duque representaría un claro peligro para el futuro del país. Según sus propias palabras, significaría un grave retroceso y el posible retorno de la guerra. Creo que fue a Tomás Eloy Martínez que le leí en una oportunidad que un país son en realidad varios países, pero sobre todo dos países.

Después de desayunar, Carmen Elena nos ha llevado en su coche a dar un largo paseo por Bogotá. Se nota a leguas que ama esta ciudad y que no la cambiaría por ninguna otra. Que es aquí donde quiere residir y envejecer. O al menos es eso lo que a mí me ha parecido desde que la conozco.

A propósito, me he enterado en este viaje que ella había vivido parte de la infancia y de la adolescencia en Medellín, otra ciudad colombiana que me gusta mucho y a la que me unen una serie de afectos.

Carmen Elena serpentea con su coche por las angostas calles del casco histórico de Usaquén. Lo hace despacio para que de este modo podamos disfrutar de la bella arquitectura de los edificios, plazas, casas y monumentos. A veces se detiene del todo y nos cuenta alguna anécdota o nos habla de determinado edificio o monumento. Es una anfitriona exquisita. De Usaquén ponemos rumbo hacia el centro por la séptima y, a la altura de la 92, hemos cogido por la Avenida Circunvalación. A cierta distancia de nuestro recorrido por la Circunvalar o avenida de los Cerros, como también se la conoce, tan pronto he conseguido salir de mi asombro, me vuelvo emocionado hacia Irma (yo voy en el asiento del copiloto y ella en los traseros) y, apenas observo la expresión de su rostro, entiendo que en ese instante a ambos nos embarga la misma certidumbre: el gran parecido de esta arteria vial con la Cota Mil o Avenida Boyacá de Caracas. ¿Cómo es que antes no he caído en la cuenta de dicha similitud? ¿O es que nunca antes había pasado por esta avenida? ¿Cómo podía ser esto posible? Y concluyo que un asunto es visitar una ciudad de vacaciones y otra muy distinta es hacerlo en plan de trabajo. Volviendo a la Circunvalación: resulta ser una suerte de fiel retrato de la Cota Mil, como si se tratara de uno de los doppelgänger de Borges que hubiera cobrado vida, que se hubiera materializado ante nuestras propias narices: la montaña a la izquierda y la ciudad a la derecha; el intenso verde y los cubos de cristal y hormigón separados por un cauce de entre 20 y 25 metros de asfalto que nos lleva zigzagueante de un extremo a otro de la urbe; nos movilizamos sin interrupciones, como si nos desplazáramos subidos sobre dos veloces esquís… A los pies de la montaña y sobre los hombros de Bogotá que se nos muestra a la distancia sosegada, gigante e inabarcable, inalterable, o así creo percibirla desde el interior del coche.

Pero llegando a Monserrate damos de bruces con un atasco.

(Continuará)

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (IV)

martes, 7 de agosto de 2018

En el país de Alicia (IV)



Cuando a finales del año pasado Irma me dijo que no podíamos seguir postergando nuestra visita a Venezuela, supe que a lo largo de 2018 regresaríamos al país.

Por una u otra razón llevábamos al menos dos años aplazando el viaje. En un principio se debió a problemas de salud de ella —había caído enferma a causa de una neumonía que derivó en pleuritis y estuvo veinte días hospitalizada; en aquella oportunidad habíamos comprado inclusive los billetes de avión— y luego por cualquier otro motivo en el que yo creía encontrar alguna justificación.

Reconozco que era yo quien en el fondo se negaba a hacer el viaje.

Sin embargo, la resolución y convencimiento de Irma a finales de 2017 me sacaron de mi estado de negación y empezamos a preparar la visita.

Con el primer obstáculo que tropezamos fue con la poca oferta que desde Madrid había para volar a Caracas; el segundo obstáculo estaba muy ligado al primero: los altos precios de los billetes de avión. Pasamos varios días analizando alternativas tanto de vuelos directos como con escalas. No hubo éxito. Hasta que por esas fechas llegó al buzón del correo electrónico de Irma una atractiva oferta de AirEuropa que no podíamos dejar pasar. Al fin y al cabo, cuando el destino te requiere en algún lugar, en ocasiones también te muestra el camino que debes seguir para llegar hasta ahí. Se trataba de una promoción por el día del padre; enseguida sacamos cuentas y nos percatamos de que podíamos beneficiarnos de la compra de billetes antes de que el período de disfrute de la promoción caducara. La fecha que previamente habíamos elegido para nuestro viaje a Venezuela coincidía con los inicios del mes de mayo de 2018. Entonces tuvimos que adelantar el viaje unos pocos días con la finalidad de aprovechar la promoción de la aerolínea.

Otro asunto que contribuyó a definir el itinerario de nuestro viaje fue el hecho que meses atrás una sobrina de Irma se había marchado a vivir a Bogotá. En aquellos días en los que analizábamos alternativas para comprar los billetes de avión, noté que mi mujer experimentaba cierta melancolía, cierta saudade que me llevó a preguntarle qué le pasaba. Resulta que solo imaginar que no vería a esta sobrina durante nuestra inminente visita al país la entristecía. Así que le propuse que evaluáramos la posibilidad de tomar un vuelo a Bogotá —Irma no conocía la ciudad y a mí me apetecía volver y reencontrarme con viejos afectos— y desde allí viajar más tarde a Caracas. La idea le gustó y ambos nos enfocamos en ello, nos pusimos manos a la obra. De este modo descubrimos con asombro que volar directo a Bogotá, y de allí coger después un vuelo de low cost a Caracas, salía casi al mismo precio que hacerlo desde Madrid directamente a la capital venezolana. Había que coger la ocasión por los pelos y fue lo que hicimos. No lo consideramos más y por fin compramos los billetes bajo esta modalidad.

Arribamos a Bogotá en el atardecer de un día jueves de finales de abril. No visitaba la ciudad desde 2002. Mientras trabajaba en Seagram hubo períodos en los que solía viajar a la capital colombiana dos o tres veces al mes. La primera vez que había puesto un pie allí fue en 1995. Desde entonces a esta parte la ciudad ha cambiado mucho, para mejor, según mi criterio y punto de vista.

De aquella primera vez en Bogotá recuerdo que me gustaron su clima, la arquitectura, el verde que podía encontrarse levantando apenas la mirada y desde luego su gente.

Volver es siempre grato.

A las puertas del hotel estaba Gabriela, la sobrina de Irma. La acompañaba su marido Leo. Llevaban más de una hora aguardando por nosotros. El coche que habían enviado del hotel para recogernos estuvo puntual en el Aeropuerto Internacional El Dorado, pero yo había olvidado lo complejo y pesado que puede hacerse el tráfico de la ciudad a hora punta. Gabriela recibió a Irma con un ramillete de flores. Las dos mujeres se abrazaron, se besaron y lloraron. A un lado, Leo y yo nos estrechamos de manera cordial las manos y cruzamos algunas palabras intrascendentes. Ambos entendíamos que lo importante de aquel encuentro eran tía y sobrina, nosotros dos no pintábamos nada en esa escena.

Después de registrarnos y dejar el equipaje en la habitación, los cuatro salimos a cenar y, más tarde, tras un corto paseo por los alrededores, retornamos al hotel y nos quedamos conversando hasta bien entrada la madrugada.

Hablamos de todo un poco.

Gabriela y Leo rondan los veintitrés años de edad. Ambos son técnicos superiores universitarios pero ninguno ejerce en la actualidad sus respectivas profesiones. Ambos están subempleados en Colombia. Ambos son dependientes en locales de venta de ropa y calzado en el sur de Bogotá, en un centro comercial del barrio Venecia. Trabajan doce horas al día y libran apenas un día cada quince… Evidentemente los están explotando. Se lo dijimos. Ellos lo saben. Sin embargo, aparte de esta «nimiedad», están contentos y agradecidos con el país que los ha acogido porque acá el salario que ganan les permite pagar un piso, hacer la compra, adquirir artículos para ellos y para la casa y de vez en cuando disfrutar de algunas de las distracciones que nos hacen más llevadera la vida. Además, de tanto en tanto envían algo de dinero a sus familiares que siguen en Venezuela. Allá en cambio, en Venezuela, nos dijeron que todo se les hacía cuesta arriba. A pesar de no tener que pagar alquiler por la vivienda, puesto que siempre vivieron con algún familiar, el salario no les alcanzaba para nada y llegaron a pasar muchísima «roncha» —como de forma coloquial el caraqueño llama al hecho de subsistir en la precariedad—; se habían visto en la necesidad de endeudarse a niveles desproporcionados —todavía continúan abonando parte de esas deudas— para poder sobrevivir y, aunque prácticamente todo lo que ingresaban se lo gastaban en comprar comida, aun así, llegaron a un punto en el que comenzaron a pasar hambre... Fue esto último lo que los hizo reaccionar y los empujó a salir del país.

De todo esto nos enteramos a las pocas horas de arribar a Bogotá.

(Continuará)

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (III)

martes, 31 de julio de 2018

En el país de Alicia (III)



Efectuar cualquier tarea en la Venezuela de hoy, por más anodina y rutinaria que parezca, puede en ocasiones resultar un despropósito. Y para muestra un botón: a causa de los racionamientos de agua a los que vive sometida la población desde hace varios años, un acto tan sencillo como tomar una ducha se reviste de un sentimiento de angustia, de desasosiego, y obliga a la gente a acatar y cumplir a rajatabla con horarios rígidos y carentes de practicidad.

Durante nuestra estadía en Caracas, Irma y yo teníamos que levantarnos a las 5.30 de la madrugada para ducharnos. Y encima estábamos forzados a hacerlo a la velocidad del rayo puesto que solo contábamos con una hora —el intervalo en el que el agua corriente estaba disponible en el edificio— y porque éramos cuatro las personas que ocupábamos y compartíamos aquel apartamento y que desde luego necesitábamos darnos una ducha antes de salir a la calle.

Tiempo atrás, con olfato previsor, al igual que han hecho miles de familias venezolanas, Juan Carlos había instalado en su casa un tanque de agua con capacidad para 560 litros; esto nos permitía llevar a lo largo del día una vida más o menos normal, hasta que volviéramos a disponer de agua corriente al final de la tarde —cosa que sucedía entre las 19.00 y 20.00 horas—. Pero por supuesto teníamos que administrar el contenido de este tanque con mucho criterio y hasta con algo de racanería puesto que no debíamos descartar la posibilidad de que al día siguiente no entrara agua en el edificio. Algunos días antes, mientras conversaba por teléfono con mis padres —que viven en la provincia y no cuentan con ciertos «privilegios» con los que pueden contar quienes residen en la capital—, me comentaban que llevaban una semana sin agua. Los invadía la zozobra porque los tanques —en casa de mis padres hay tres, con una capacidad total de cinco mil quinientos litros aproximadamente— se hallaban ya en niveles muy bajos y preocupantes. ¿Qué iban a hacer cuando se vaciaran del todo? La situación era tan crítica que hasta algunos vecinos se les habían acercado con baldes y envases para solicitarles que les regalaran un poco de agua. Las autoridades competentes, como única explicación, habían informado a la población de que debido a la carencia de uno de los productos o insumos con los que hacían potable el agua —no quedaba claro el porqué de dicha carencia—, se habían visto en la obligación de mantener suspendido el servicio por todo aquel tiempo.

Sin embargo, nada decían de cuándo sería restablecido.

Otra de las muchas contrariedades con las que tienen que enfrentarse y lidiar los venezolanos de manera cotidiana la representan los cortes de electricidad. A veces el servicio funciona de modo intermitente y en otras oportunidades se interrumpe por horas e incluso días en ciertas regiones del país. En Caracas suelen presentarse estas fallas de tanto en tanto, pero quienes las padecen con mayor frecuencia e intensidad son los habitantes del interior del país.

Como mis padres y sus vecinos.

Algo que vi como novedad y que no había notado en mis anteriores visitas fue el gran menoscabo que ha sufrido el transporte público. No es que en el pasado el servicio de transporte público de nuestras ciudades haya sido una maravilla, pero mal que bien funcionaba, y a sabiendas de sus deficiencias uno podía contar con él. Yo, por ejemplo, durante mi época de estudiante, me movía de forma exclusiva en transporte público y, después de graduarme, viviendo todavía en Barquisimeto, cuando me tocaba trabajar por temporadas en Caracas. Hoy en día el servicio ha desmejorado muchísimo, a tal punto que en ciertas ciudades es casi inexistente. Los usuarios pueden pasar horas esperando para trasladarse de un lugar a otro, sobre todo de sus hogares al trabajo y viceversa. Algunos de mis amigos de Barquisimeto me comentaron que preferían ir o venir andando del trabajo aun cuando el trayecto fuera largo y les llevara horas completarlo. Preferían enfrentarse con este percance en lugar de contar con el transporte público. Y a causa de sus bajos salarios no podían permitirse el lujo de pagar un taxi. Al Metro de Caracas, otrora emblema de los avances, civismo y modernidad del país me advirtieron de que ni se me ocurriera siquiera bajar, que estaba colapsado, al igual que el Metro Bus, del que quedaban ya pocas unidades en servicio. Me dijeron que las averías en el Metro son frecuentes y obligan a los pasajeros a desalojar los trenes en medio de las vías y túneles sin el apoyo del personal de seguridad. Además, observé con estupor —tanto en Caracas como en Barquisimeto— cómo las personas se subían a camiones de carga de particulares en los que iban hacinadas y desprotegidas, como si de ganado se tratase —en Barquisimeto, a propósito, le llaman a estos camiones los «ruta-chivos» en alusión al macho de la cabra—, porque son los únicos vehículos que cubren ciertas rutas de las zonas urbanas. Determinadas circunstancias, una vez más, nos hacen ciegos y sordos frente a los riegos y los peligros de vivir. De hecho me contaron que con estos camiones se habían producido un número impreciso de accidentes en los que el saldo resultante había sido personas heridas de gravedad e incluso fallecidas.

En algunas zonas de Caracas me percaté de que la gente hacía autostop, o pedían cola, como solemos decir en Venezuela. Pero, ¿cómo es que en un país con índices de criminalidad tan elevados siga existiendo personas que se atrevan a practicar esta actividad?, le pregunté en una oportunidad a Juan Carlos. Su respuesta me perturbó tanto como observar aquellas escenas de gente pidiendo cola: «Porque a las personas no les queda otra alternativa. Es arriesgarte o ir andando a todas partes, en cuyo caso igualmente te expones a ser víctima de los malandros. Lo increíble es que todavía haya choferes que se atrevan a montar extraños en sus carros, pero por increíble que parezca, todavía los hay».

Otro de los signos distintivos de la actual Venezuela son las colas. En el país se hacen colas por casi cualquier cosa. Colas en las que pueden desperdiciarse, mandar por el caño del desagüe prolongados tramos de tu vida. Colas para comprar alimentos o productos de primera necesidad, regulados o no (cuatro horas y media diarias invierte en promedio un venezolano para comprar algunos de los productos regulados por el gobierno); colas para subir a alguna unidad de transporte público —las pocas que quedan—; colas para sacar por vez primera documentos oficiales o bien para renovarlos; colas para retirar dinero del banco o cualquier otro recado que tengas que hacer en estas instituciones; colas para comprar la batería del coche; colas para cobrar la pensión; colas para pagar los servicios de luz, agua, gas o teléfono; colas para ser atendidos en los centros de salud tanto públicos como privados; colas para poner gasolina; colas para comprar una bombona de butano… Y aunque para muchos pueda que luzca como una exageración de mi parte, ¡la gente hace colas hasta para hurgar en los contenedores de basura!

Más adelante contaré una anécdota al respecto.

En uno de esos días entretanto aguardábamos turno para ser atendidos por el empleado de una oficina de un banco privado —nos urgía reactivar una vieja cuenta que teníamos en esta institución—, nos enteramos de que ahora, para abrir una cuenta en cualquier banco, debes concertar con anticipación una cita a través de internet. A menudo los plazos de espera de dicha cita van del mes a los tres meses hasta que al fin atiendan tu solicitud.

(Continuará)

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (II)

martes, 24 de julio de 2018

En el país de Alicia (II)


Caracas es una ciudad de contrastes.

De profundos contrastes.

En un radio de pocos metros, por ejemplo, pueden hallarse los rascacielos más altos, modernos y emblemáticos del país y, a escasa distancia, cientos de chabolas que ascienden por un terreno escarpado, unas sobre otras, para constituir y dar forma a uno de los muchos sectores populosos y deprimidos que se distribuyen a lo largo y ancho de la urbe. Otro ejemplo pudiera ser el Ávila, que se erige como un majestuoso gigante verde sobre el valle en el que se asienta Caracas, una montaña de densa vegetación tropical a la que el caraqueño común venera y a la que innumerables creadores —pintores, poetas, músicos— han dedicado parte de su obra y que contrasta con el Guaire, un río de aguas turbias y malolientes que atraviesa de oeste a este la ciudad. Otro ejemplo que se me ha venido a la mente en mi afán por ilustrar los contrastes de Caracas es el que representan dos especies de aves muy familiarizadas con la geografía caraqueña: las que cada mañana y cada tarde atraviesan con gran alboroto los cielos de la ciudad y las que en silencio revolotean los alrededores del Guaire; mientras el plumaje de las guacamayas o papagayos (las «gritonas» o aves que surcan los cielos caraqueños) está lleno de brillo y color, el de los zamuros o zopilotes (las aves que en silencio revolotean sobre el Guaire) es oscuro e irisado como la noche. Mientras para algunas personas las guacamayas simbolizan la belleza, los zamuros en cambio encarnan su reverso.

Pese a sus evidentes contrastes por mucho tiempo Caracas llegó a tener la reputación de ser una de las capitales más atractivas y modernas de América Latina.

Distinción que ostentó al menos hasta fines del siglo pasado.

Viví a lo largo de quince años en Caracas y sus contrastes siempre me chocaron y maravillaron a partes iguales.

Durante este lapso la ciudad y yo mantuvimos una compleja relación, una especie de vínculo de amor-odio, de repulsión-idilio que me es difícil de explicar y que tal vez solo puedan entender algunos caraqueños que mantienen un sentimiento similar con ese trozo de tierra que los ha visto nacer y crecer. Raras veces se desprecia con tanta intensidad lo que también se ama con arrebato.

Quizá debido a este dual y extraño sentimiento me ha sabido mal, me ha dolido en lo profundo ver a Caracas en las condiciones en que la he visto. Constatar de primera mano el franco deterioro en el que se halla inmersa. El asfalto de sus calles y avenidas fracturado y lleno de agujeros; las fachadas de los edificios descoloridas, sin el ángel que lucieron en otras épocas; basura y malos olores en cada rincón; las áreas verdes de algunas zonas del este se encuentran en tal descuido que un marrón pálido, reseco, se ha instalado en lo que antes era yerba y césped cuidados; centros comerciales como el de los Chaguaramos son ahora monumentos al abandono y la desidia —Irma y yo entramos por pura casualidad y salimos casi enseguida horrorizados, con una opresión en el pecho, porque de recién casados solíamos ir mucho a este centro comercial y allí pasamos muy gratos momentos acompañados de buenos amigos o solos ella y yo— como lo son, de idéntica manera, otros sitios simbólicos tales como el Jardín Botánico —no hace falta aventurarse en sus entrañas, desde fuera pueden apreciarse los estropicios—; puentes de guerra sobre el Guaire, que si bien han aliviado el infernal tráfico de Las Mercedes, contribuyen a darle a la ciudad un aire de fealdad y permanente conflicto.

Me atrevería a afirmar que hasta la luz natural que la alumbra ha perdido algo de su característico fulgor.

Considero pertinente aclarar que en ningún momento de nuestra estadía (o previo a ella) tuve la tentación, la curiosidad o el interés de salir a recorrer las calles de Caracas con propósitos antropológicos, como unos días antes me confesara que había hecho en su última visita a la capital venezolana mi amigo Frank. El propósito de nuestra visita era simple: reencontrarnos con familiares, amigos y conocidos y aprovechar de solventar unos asuntos personales con bancos y otras instituciones. Por tanto lo que describo en estas notas es lo que vimos Irma y yo entretanto hacíamos todos nuestros recados. Con él, con mi amigo Frank, habíamos sostenido un breve pero provechoso encuentro en Bogotá, ciudad en la que ahora reside. El encuentro se produjo un par de días previos a nuestro viaje a Venezuela. Habíamos quedado en el Parque de la 93 y el plan era sentarnos a conversar tranquilamente en cualquiera de los locales que se hallaban alrededor, de modo que acabamos en un Juan Valdez. Frank y yo llevábamos años sin vernos. Gracias a internet y a las redes sociales nos habíamos mantenido en contacto y al tanto de las trayectorias vitales de cada cual. «Claro. Veámonos», dijo, tan pronto me puse en contacto con él a nuestra llegada a Bogotá. «Creo que es importarte que les cuente un poco de cómo andan las cosas por allá. Para que vayan preparados…». Él había estado meses atrás en Caracas y había tenido tiempo de patearla. Visitó varios de sus sectores, incluido el centro, y nos habló con lujo de detalles de lo que se había encontrado. Yo, a cierta altura de su exposición, lo interrumpí para comentarle que si acaso había querido despedirse de su ciudad porque no había tenido la oportunidad de hacerlo al mudarse a Bogotá y me dijo, con cierta expresión sombría en el rostro, que ya no consideraba a esa su ciudad, que le había costado reconocerla de lo cambiada que estaba y continuó dibujándonos un panorama apocalíptico.

Frank llevaba viviendo en Bogotá poco más de un año.

Entretanto lo escuchaba, pensaba con ingenuidad que tal vez exageraba. En su relato creía haber percibido una mezcla de indignación, frustración y tristeza. Ya se sabe: las emociones que en ocasiones nos juegan malas pasadas y nos alejan del tan anhelado y necesario equilibrio cuando opinamos sobre algo que nos afecta. Sin embargo, a Irma y a mí apenas nos bastó con un par de días de nuestra estancia para corroborar la versión que de la actual Caracas nos había hecho Frank y, el resto del tiempo que pasamos allí, nos sirvió para constatar con estupor y desaliento que más bien mi amigo se había quedado corto en sus descripciones y anécdotas sobre la ciudad y su gente.

(Continuará)

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (I)

martes, 17 de julio de 2018

En el país de Alicia (I)

Cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad, 
es hora de comenzar a decir la verdad.
Bertolt Brecht

Mientras recorríamos los pasillos del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, esos que llevan desde las puertas de desembarque al área de inmigración, hubo un momento en el que Irma y yo nos hemos mirado instintivamente a la cara y, con este breve y sencillo gesto, ha quedado sobreentendido para ambos lo que pasaba por la cabeza del otro: nunca antes en nuestras muchas idas y vueltas, en nuestros muchos arribos a aquel aeropuerto, nos habíamos topado con tanta desolación. Aparte de los pasajeros del vuelo P5 7008 de Wingo, procedente de Bogotá —en el que viajábamos—, parecía que en ese instante no estuviera desembarcando ningún otro vuelo. Nuestra percepción ha quedado refrendada cuando en el área de inmigración apenas hemos tenido que formarnos unos pocos minutos para cumplir con los procedimientos de entrada al país.

Eran las seis y cuarenta y cinco de la tarde de un día miércoles.

Tampoco había demasiada gente en la zona del aeropuerto reservada para la retirada del equipaje facturado. De hecho la mayoría de rostros que he podido apreciar allí me han lucido familiares; supuse entonces que habrían venido con nosotros en el P5 7008. Aguardamos un buen rato antes de que la correa en la que se indicaba que saldrían nuestras maletas comenzara a funcionar, a moverse.

Fuera esperaba por nosotros Juan Carlos, un viejo y entrañable amigo de la infancia, con quien tuve la fortuna de cursar prácticamente toda la carrera universitaria en la UCLA de Barquisimeto. Días atrás él no solo se había ofrecido para irnos a recoger a Maiquetía, sino que incluso nos había puesto su casa a nuestra entera disposición con el fin de alojarnos durante nuestra estadía en Caracas. De modo que tras los abrazos y las primeras palabras que nos hemos cruzado, dirigimos con agilidad nuestros pasos hacia su camioneta.

En el parking, entretanto metíamos el equipaje en el maletero, se nos han acercado tres niños y un señor pidiendo que le diéramos alguna ayuda. La insistencia era el único rasgo distintivo que al parecer compartían el hombre y los niños. Juan Carlos les ha informado en un tono nada amigable, de que no cargábamos efectivo encima, que el efectivo era un bien escaso por esos días, tan difícil de conseguir como la honestidad y volviéndose hacia nosotros nos ha pedido que subamos rápido a la camioneta. Eso hemos hecho enseguida Irma y yo. Dentro del vehículo, Juan Carlos murmura entre dientes —como para sí mismo— que Venezuela se ha convertido en una nación de pedigüeños, ha puesto el motor en marcha y hemos enfilado con rumbo a su casa.

En el trayecto nos topamos con una autopista Caracas-La Guaira también desolada, casi vacía. Solo unos pocos coches subían y bajaban por los diferentes carriles. Como era día de semana, esa soledad no me pareció compatible con la de otras épocas y así se lo he hecho saber en un comentario a mi amigo.

—Mucha gente tiene los carros parados en sus casas por falta de repuestos. Si a esto le añades la cantidad de personas que está saliendo del país, entonces puedes hacerte una idea del por qué la autopista se encuentra tan sola. Además, a estas horas ya la gente está «guardada». A menos que sea indispensable salir a la calle, a estas horas todos prefieren mantenerse resguardados en sus casas.

A causa de los elevados índices de criminalidad, la inseguridad está entre las principales preocupaciones para los venezolanos.

Había anochecido y en ningún tramo de la autopista funcionaba el alumbrado público. O mejor dicho, solo en los boquerones —los dos túneles que atraviesan el sistema montañoso que separa a Caracas del litoral— hemos podido notar algo de luz artificial, aparte, desde luego, de la de los faros de los poquísimos coches con los que nos habíamos topado bajando o subiendo de La Guaira.

Confieso que Irma y yo nos habíamos preparado mentalmente a lo largo de semanas con la finalidad de enfrentarnos a estas y otros tipos de situaciones que imaginábamos nos íbamos a encontrar durante nuestra visita. Para los venezolanos que vivimos en el exterior los problemas que afectan al país no nos son ajenos. La distancia no tiene por qué hacernos indiferentes. Pero una cosa es leerlo o verlo en los medios de comunicación o redes sociales, o incluso escucharlo de boca de nuestros propios familiares, amigos o conocidos, y otra muy distinta era constatarlo en directo, de primera mano. Nadie puede experimentar la sensación de estar frente al mar a través de las opiniones de otros; hay que estar frente al mar para saber de verdad qué es eso, para saber con exactitud qué se siente.

Como Santo Tomás ante la noticia de la resurrección de Jesús.

O quizás era más como observar las montañas que ahora se desplegaban frente a nosotros, salpicadas de miles de puntos luminosos, un espectáculo que recuerdo siempre asombraba y fascinaba a los extranjeros que por vez primera subían de noche a Caracas desde Maiquetía; los venezolanos, en cambio, sabíamos muy bien que detrás de aquel subyugante espectáculo se escondía una realidad diferente. Que la experiencia de contemplar aquellas montañas de noche no era ni remotamente parecida a la de hacerlo con la luz del día.

(Continuará)

viernes, 9 de marzo de 2018

Los orígenes de un libro (y II)


Igor y yo habíamos quedado en su casa. Ambos nos encontrábamos sentados en el salón en el que en otras ocasiones habíamos mantenido largas discusiones sobre libros y autores que nos gustaban y también sobre esos otros que nos gustaban menos. Mientras él leía el material que acababa de entregarle, yo no apartaba la vista de su rostro y estaba muy atento a los movimientos de sus manos. A ratos sonreía, a ratos arrugaba el ceño, a ratos meneaba la cabeza en señal de aprobación o rechazo; de vez en cuando soltaba una sonora carcajada o murmuraba “bien, bien”, “no, no” o “extraordinario”… Y nunca dejó de deslizar con vigor y velocidad, sobre cada una de las páginas, el bolígrafo con el que subrayaba, tachaba o encerraba en círculos una palabra, una línea o todo un párrafo.

Aquella tarde salí de la casa de Igor con la tarea de revisar las correcciones y sugerencias que él acababa de realizarle a mis textos y pasarlos de nuevo en limpio. En esa época yo solía escribir a mano; una vez revisadas y corregidas mis obras, era cuando las pasaba en limpio a máquina de escribir. No tenía ordenador. Tal vez ahora suene bastante extraño —¡y hasta absurdo!— que un estudiante de informática no cuente con ordenador en su casa, pero en esos años era de lo más común. Sobre todo lo era para aquellos que nos habíamos matriculado en la universidad pública.

Igor, además, me había dicho que tenía que ponerle título a aquel grupo de textos. No le di muchas vueltas y le puse el primero que se me vino a la cabeza: Infortunio de los objetos.

Una vez que mis textos estuvieron nuevamente pasados en limpio, una vez que Igor hizo la debida selección que incluiría la plaquetta (eligió cinco: “Seres en un texto”, “Nobleza de las aceras”, “Aburrimiento de una bisagra”, “Inconveniente de los espejos” y “Autorretrato”) lo acompañé a la imprenta donde ambas publicaciones serían procesadas.

Los Cuadernos Literarios Detrás de la Celosía se presentaron en el viejo edificio de la extensión de cultura de la UCLA a principio de 1991. Durante el evento me reencontré con varios de mis compañeros de taller y me enteré de que, por cuestiones burocráticas, Igor dejaría de ser el coordinador del taller. La noticia me cayó como un balde de agua fría y me entristeció. “Son cosas que pasan”, dijo Igor, “Estoy acostumbrado”.

Poco después también yo dejaría el taller. Aunque no dejé de escribir. De hecho en el período que va de enero de 1990 a enero de 1992 escribí un puñado de relatos con los que ingenuamente planeaba comenzar a armar mis dos primeros libros, para los cuales incluso tenía títulos: “Mensajes en la pared” y “Textos snob”. He dicho “ingenuamente” porque en mayo de 1992 la realidad se hizo presente y empecé a ejercer mi profesión de informático.

Ambos proyectos de libros quedaron en suspenso.

Retomando la historia de Infortunio de los objetos, no volví a saber de la plaquetta a lo largo de 1991, cuando se suponía que sería publicada y presentada. En cierta oportunidad le pregunté a Igor y, encogiéndose de hombros, me dijo que ya todo lo que él podía hacer lo había hecho, que el resto dependía de las autoridades de la extensión de cultura con las que ya no tenía contacto. Entendí y me resigné a que nunca vería aquellos textos publicados.

No obstante, durante el primer trimestre de 1992, una vecina me entregó una nota donde había apuntado un nombre y un teléfono —en aquel tiempo no teníamos teléfono en casa y yo daba el número de nuestra vecina cuando me pedían datos de contacto— y me decía que llamara en horas de oficina tan pronto como me fuera posible.

Al día siguiente marqué al número que me había dado mi vecina y de esa llamada salió una cita con Rosicler Aitken, la nueva coordinadora de la extensión de cultura de la UCLA.

Días más tarde, tras una breve espera, entraba en el despacho de la nueva coordinadora de la extensión de cultura de la UCLA. Rosicler Aitken, una mujer atractiva y elegante, me recibió con gran amabilidad y me felicitó por el trabajo realizado. Yo estaba desorientado y fue entonces que ella, percatándose de mi desconcierto, me extendió un ejemplar de Infortunio de los objetos, la plaquetta que creía que nunca vería publicada.

Allí supe que, junto con otras publicaciones, Infortunio de los objetos se presentaría dentro de un par de semanas. No podía creérmelo.

Años después, siendo ya amigos, Rosicler me confesó que apenas se instaló en su despacho de la extensión de cultura de la UCLA, había mandado a hacer una revisión profunda del material almacenado en los depósitos del viejo edificio y cuando se topó con Infortunio de los objetos quedó impresionada, según sus propias palabras, mis textos la sedujeron enseguida. De modo que ordenó incluyeran de inmediato la obra en la programación de presentaciones y que me buscaran a mí para darme ella misma la noticia.

Así fue cómo aquella plaquetta se convirtió en el embrión y el origen de “La naturaleza de las cosas” (titulado en un principio “Textos snob”), el libro que acaba de publicar Ediciones Carena y que el próximo martes 13 de marzo estaremos presentando en Madrid.

Ahora, casi treinta años más tarde, los dos libros que planifiqué escribir por aquella época y que con ingenuidad creía que se convertirían en mis dos primeros libros se encuentran uno al lado del otro sobre uno de los anaqueles de mi biblioteca.

Se ha cerrado el círculo.

PD: Este post es continuación de este otro: Los orígenes de un libro (I)

jueves, 22 de febrero de 2018

Los orígenes de un libro (I)


Entre finales de 1989 y mediados de 1990, asistí como alumno a mi primer taller de escritura creativa. Se trataba de un taller de narrativa convocado por la extensión de cultura de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA), en la que por entonces cursaba la carrera de Ingeniería en informática.

Recibíamos clases en un viejo edificio de la Avenida 20, entre las calles 9 y 10 de la ciudad de Barquisimeto; el mismo donde funcionaban las oficinas administrativas de la extensión de cultura de la UCLA. Me gastaba de diez a quince minutos ir o venir andando desde mi casa hasta aquel viejo edificio.

Igor Zamora, poeta y escritor de la región, estaba al frente de la coordinación del taller.

La cita con Igor y mis otros compañeros de curso era una vez por semana y yo esperaba su llegada con ansias, como si ese fuera el día más importante de la semana. En ocasiones salía del viejo edificio como si estuviera andando por las nubes y en otras casi arrastrándome; en ocasiones pensaba que mis textos tenían algún valor y en otras que eran una absoluta mierda, que no merecía la pena dedicarles tanto tiempo. Pero saliera como saliera, bien colgado de una nube o rodando como una piedra cuesta abajo en una ladera, volvía puntual a honrar mi siguiente cita con la literatura.

No falté a ninguna sesión del taller a lo largo de aquel período.

Recuerdo que hasta allí me había llevado la necesidad de compartir con gente de similares intereses a los míos, la necesidad de continuar creando rodeado de gente, puesto que el grupo de teatro en el que había venido trabajando en los últimos años, de pronto se desintegró, se volvió añicos y tuve que enfrentarme a una especie de síndrome de abstinencia. El taller literario de la UCLA fue mi tabla de salvación. Aunque por aquellos años sabía, como sigo sabiéndolo hoy, que el trabajo del escritor es una labor solitaria, aislada, individual —ya había escrito varias obras de teatro y algunos cuentos—, también era consciente de que atravesaba una etapa en la que tenía la urgencia de sentir que a mí alrededor había personas que compartían mi vocación.

Además de escribir y leer mis textos frente a otros —o que otros los leyeran—, de obtener su feedback, una de las principales y atractivas motivaciones del taller era que existía la posibilidad que algunos de los textos producidos durante el curso fueran incluidos en la revista literaria que publicaba la extensión de cultura de la UCLA, los Cuadernos Literarios Detrás de la Celosía. En dicha publicación, los textos seleccionados de los talleristas se codearían con los de autores de reconocida trayectoria tanto regional como nacional.

Sin duda un gran aliciente para alguien que deseaba ser escritor.

La depresión que sigue al final de un ciclo que ha sido enormemente placentero y enriquecedor —como cuando finaliza la temporada de un espectáculo en el cual llevabas meses o quizás años trabajando— quedó minimizada tras dos maravillosas noticias que Igor me dio el último día de clase: la primera, que uno de mis textos había sido elegido para ser publicado en los Cuadernos Literarios Detrás de la Celosía y, como si esto no hubiera sido suficiente, la segunda noticia era aún mejor que la anterior: Igor había conseguido que el próximo número de la serie literaria “Dr. Argimiro Bracamonte”, que de igual forma publicaba la extensión de cultura de la UCLA, estuviera dedicado a “mi obra”.

A continuación inserto una aclaración que a esta altura considero indispensable: en la serie literaria “Dr. Argimiro Bracamonte” solía recogerse una muestra de la obra de un autor novel que a la vez representaba una promesa para las letras de la región por la calidad de sus textos. Enterarme de esto por boca de Igor fue para mí una sorpresa y una gran satisfacción. Sabía que a él le gustaba lo que yo escribía, pero de allí a que trabajos míos fueran incluidos en un número de aquella publicación me pareció en principio excesivo.

“No tengo material para eso”, le respondí tan pronto el corazón volvió a bombear sangre por mis venas y recuperé por fin el aliento. “Pues entonces ponte a trabajar. Tienes al menos cuatro meses para entregarme el material porque el próximo número de la serie no se publicará hasta comienzos del año próximo”, dijo Igor.

Regresé a casa con un montón de emociones encontradas. Sentía euforia y angustia, sentía miedo y orgullo, sentía descaro y bochorno.

Sin embargo, sabía que nada de lo que había escrito hasta ese momento me serviría. No le había mentido a Igor al decirle que no contaba con material para publicar en el número que me había conseguido de la serie literaria “Dr. Argimiro Bracamonte”. De modo que me encerré en mi habitación y me puse a trabajar como él lo había recomendado, como un poseso. La primera certeza que se me vino a la cabeza al conocer el formato de la plaquetta —de cuatro caras y unos 35 cm. de alto por 15 cm. de ancho— que componía la colección fue que tenía que escribir textos cortos. Tras varias horas de trabajo y meditación, descarté la poesía en verso —sí, por aquel tiempo, como muchos otros autores noveles, enamorados de las palabras, escribía poesía— y opté por la prosa. Los siguientes días fueron un calvario puesto que nada de lo que producía acababa por satisfacerme. Hasta que de repente, una madrugada, tuve un chispazo y escribí un texto en el que daba vida a objetos y hablaba sobre sus desventuras o infortunios aunque todo en el fondo era una excusa para reflexionar sobre la condición humana. “Por aquí van los tiros”, susurré y, en medio de una suerte de epifanía, escribí una docena de textos en aquella línea durante los días que vinieron a continuación.

Este material sería el que semanas después le presentaría a Igor.

(Continuará)

lunes, 22 de enero de 2018

Cuando dejamos de jugar


Picasso solía decir que aprender a pintar como los pintores del renacimiento le había llevado cuatro años. Sin embargo, para pintar como los niños había necesitado toda una vida.

Una opinión que es a la vez una firme declaración de principios.

No es extraño que la obra de un gran número de creadores tenga una insalvable deuda con esta primera etapa en el desarrollo de los seres humanos, la infancia; porque en muchos sentidos, al fin y al cabo, el proceso creativo lo que busca es conectar, meternos de nuevo en la piel de aquel niño que fuimos. Cuando por casualidad, mientras observo a la gente, me topo con un niño que juega solo, viviendo con genuinidad el universo que ha creado, abstraído por completo de ese otro mundo que lo rodea, pienso inevitablemente en los creadores y desde luego en el proceso creativo.

De esta manera me atrevería a concluir que quizá los únicos que en nuestros tiempos conservan un auténtico sentido lúdico de la vida sean los niños y los creadores. El resto de mortales, con contadas excepciones, podría afirmarse que ha dejado de jugar.

Este tema tan atractivo, complejo y no exento de polémica lo aborda el escritor Edgar Borges en su nueva novela, “La niña del salto” (Ediciones Carena, 2018). Antonia, la protagonista de la historia que nos narra, es una mujer que ha renunciado a jugar, a entender la vida con ese sentido lúdico con el que la conciben niños y creadores. Ella misma ha decido levantar los gruesos muros dentro de los cuales habita junto a un hombre que la violenta y humilla. Aunque más allá de esos muros tampoco hay grandes esperanzas para Antonia: más allá solo existe un pueblo gris y aburrido conformado por gente gris y aburrida. La única ilusión que le permite respirar y seguir adelante a la protagonista es su pequeña hija, una niña que en lugar de andar salta, de allí el título de la obra. Pero un buen día llega al pueblo un grupo de extranjeros cuyo objetivo es organizar una serie de recitales de poesía y Antonia, de pronto, siente que vuelve a conectar con la niña que fue. No obstante, ha pasado tal vez demasiado tiempo expuesta a una realidad que la ha limitado y atrofiado espiritualmente que, en un principio, siente miedo y prefiere esquivar a esos extranjeros —que en ocasiones se hacen llamar a sí mismos simuladores— con el fin de continuar inmersa en la rutina. Antonia no será la única que se perciba amenazada por estos personajes y el pueblo vivirá una pequeña revolución.

Con “La niña del salto” Borges nos invita a sumergirnos de nuevo en su particular universo literario, con esas frases poderosas y llenas de ingenio que retumban en nuestra cabeza como si en su interior acabara de romperse un rack de billar: “Cuando él la atormentaba o la buscaba para penetrarla, ella le soltaba algún verso como si se tratara de un rezo que la fuera a liberar de un exorcismo. El hombre, formado contrario a las metáforas, se quedaba atónito, sin comprender la intención de semejante defensa”.

Y es que la poesía ocupa un sitial especial en esta novela: es una suerte de fluido atemporal que funciona como catarsis a lo largo de la narración.

Durante una entrevista que le concediera a Christian Zervos en 1935, Picasso hablaba de la falsedad en los cánones de belleza que había impuesto la academia y que de alguna manera el malagueño rompería para siempre con innumerables pinturas, entre ellas, Guernica o Les demoiselles d’Avignon. En este sentido me arriesgaría a decir que “La niña del salto” es una novela de una belleza inquietante y perturbadora, una belleza que duele, horroriza y conmociona al mismo tiempo, una belleza que seguramente descolocará a muchos de sus lectores.

Pero desde que en el siglo pasado Picasso cambiara la historia del arte, la belleza dejó de ser lo que era.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Coco


Con su última película, Coco, la gente de Pixar lo ha vuelto a hacer. Ingeniosa, mágica entretenida, hermosa. Aunque he de confesar que tras disfrutar de la extraordinaria Inside Out me acerqué a la sala de cine con ciertas reservas. Pensaba que luego de este largometraje pasaría muchísimo tiempo sin ver algo que al menos se le acercara, que se le equiparara, algo al menos similar cocinado en estos estudios cuyas producciones suelo seguir desde que en 1995 debutaron con Toy Story. Pero sucede que apenas dos años después de Inside Out vienen y estrenan Coco y yo he alucinado en colores.

De veras. Me han dejado sin aliento.

Antes de continuar debo hacer otra confesión: soy un gran admirador y enamorado de la cultura mexicana; crecí viendo las películas de la época de oro de su cine, en la que estrellas como Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix, Tin Tan y Cantinflas brillaban con una luz cegadora; las rancheras y el bolero mexicano forman parte de la banda sonora de mi vida y el gusto por cantantes como Pedro Infante y Javier Solís lo heredé de mis padres. En cuanto a mi amor por la literatura mexicana, ya he hablado de ello en otras ocasiones.

Incluso, para mí, lo más interesante en la carrera cinematográfica de Luis Buñuel lo encuentro justamente en su etapa mexicana.

Y no solo digo esto para que se entienda mi entusiasmo por Coco, sino para que también se entienda el riesgo que corrió Pixar desde el inicio al abordar el proyecto de esta película. Al tratarse de una historia profundamente mexicana, que bebe de su folklor y de sus tradiciones más arraigadas, parte del equipo que trabajó en Coco, según he leído, se gastó más de seis años investigando, indagando en las costumbres de este país con el fin de intentar ser lo más fiel posible al relato de Miguel Rivera y de su numerosa familia que abarca cinco generaciones.

A través de dos vertientes que en principio lucen contrapuestas —la familia y la fascinación de un niño por la música—, Lee Unkrich (director) y Adrián Molina (codirector y guionista) nos invitan a deslizarnos por un relato que exuda pasado, colorido, emoción y encanto. ¿Y qué otra ambientación habrían podido haber elegido Unkrich y Molina para relatar la historia de Miguel y de su familia sino la de las fiestas más populares y conocidas a escala mundial del país latinoamericano: el Día de los Muertos? Y es que para los mexicanos la muerte no suele tener el mismo significado que tiene para el resto de mortales del planeta. Cómo si no se explica que tengan una fiesta en la que a los muertos se les recuerda y honra de una manera alegre y llena de colorido y que encima se extienda a lo largo de tres días. Durante esta festividad la gente se lanza a las calles que se llenan de luces, música y algarabía, de preciosos altares adornados con flores especiales de Cempasúchil y es normal comer calaveras de dulce y el famoso “pan de muerto”, un delicioso pan elaborado con anís y naranja.

Gran parte de este espíritu alegre y festivo puede apreciarse en la película, pero el espectador también se topará con esa clase de momentos conmovedores a los que las producciones de Pixar nos tienen acostumbrados.

La música, los colores y las luces no siempre están reñidos con aquellos sentimientos más cercanos a la aflicción y la pesadumbre. La vida la componen tanto alegrías como tristezas. Y de ambas cosas saben mucho los mexicanos.

jueves, 7 de diciembre de 2017

La casa de al lado


Living is easy with eyes closed
J. Lennon

La casa en la que crecí fue construyéndose como la mayoría de casas de la calle del barrio: poco a poco y a medida que la familia iba haciéndose más grande.

A principio de los setenta, por ejemplo, mi hermana y yo compartíamos habitación. Por entonces nuestra casa apenas contaba con cinco estancias: dos dormitorios, una sala-recibidor minúscula, una cocina en la que había una mesa en la que nos sentábamos a comer y desde luego un baño que compartíamos los cuatro: mis padres, mi hermana y yo.

Recuerdo que la única ventana de nuestro cuarto daba al patio trasero de la casa vecina. Era un patio muy pequeño porque la casa de nuestros vecinos era aún más pequeña que la nuestra. Digo “la casa de nuestros vecinos” por llamarla de algún modo, puesto que no recuerdo que allí viviera nadie. Tampoco había allí nada especial, pero igual a mi hermana y a mí nos encantaba asomarnos por la ventana y, como era bastante angosta y no cabíamos los dos al mismo tiempo, solíamos acabar peleándonos por el privilegio de echarle un vistazo al patio vacío de la casa de al lado.

Ya saben cómo son los niños de entre cinco y seis años.

Sin embargo, un buen día de inicios de los setenta se mudó a la casa vecina un grupo de jóvenes. No se trababa de jóvenes cualesquiera. Eran de esos que los adultos llamaban hippies, con largas cabelleras, descuidadas barbas, llamativa vestimenta, de suaves y acompasados andares y una sonrisa perenne en los labios. A partir de entonces asomarnos por la ventana de nuestra habitación cobró nuevo atractivo para mi hermana y para mí.

Por sus hábitos y comportamiento, al parecer nuestros nuevos vecinos se ganaban la vida fabricando y vendiendo artesanía de cuero: carteras, sandalias, billeteras, anillos, pulseras, collares y demás complementos de vestir. Por lo general trabajaban al aire libre, a veces en aquel patio trasero, mientras escuchaban música en un diminuto tocadiscos y fumaban un cigarrillo tras otro.

Creo que fue gracias a ellos que escuché los primeros temas de rock en mi vida o así me gusta recordarlo: Crosby, Still & Nash, The Hollies, Janis Joplin, John Lennon, Led Zeppelin y desde luego The Beatles. Uno de aquellos jóvenes solía alternar un par de camisetas con caras de hombres muy disímiles entre sí en su parte delantera: uno llevaba una boina con una estrella y el otro, más jovial, lucía unas pequeñas gafas redondas.

Con el paso de los días, la casa de al lado no tardaría en convertirse en el principal foco de perturbación de nuestra calle, porque gente entraba y salía a cualquier hora del día y era difícil saber quiénes vivían allí de manera permanente o quiénes solo se hallaban de paso, de visita. Además, de tanto en tanto a los vecinos se les elevaban las revoluciones y se ponían como motos: música a todo volumen, gritos, discusiones, peleas. Incluso mamá se quejaba “del olor a yerba que se cuela y esparce por toda la casa, y por más que sea uno tiene niños pequeños”. Pronto los mayores empezaron a plantearse entre sí que algo tendrían que hacer. La ley entró por casa y mamá nos prohibió a mi hermana y a mí asomarnos por la ventana. También vigilaba que durante el día permaneciéramos el menor tiempo posible en nuestra habitación. Pero al menos yo, cuando mamá no estaba cerca, me colaba furtivamente a nuestro cuarto y me asomaba por la ventana cada vez que se me presentaba la oportunidad.

Y es que me gustaba mirar a aquellos jóvenes trabajar y escuchar la música que escuchaban. Creo que ellos también disfrutaban de mi compañía viéndome observarlos desde el otro lado de la ventana. En cierta ocasión una chica se acercó hasta la ventana y sin decir palabra o tal vez las dijo y no lo recuerdo me obsequió una microscópica cartera de cuero en la que no obstante se cuidaba cada detalle de su elaboración.

Un buen día, así como habían llegado, se marcharon. No se despidieron de nadie y el patio de la casa vecina volvió a ser un lugar vacío y desolado. Inclusive mucho más que antes.

Cada año por estas fechas puntual como el estallido de los colores del otoño el recuerdo de aquellos jóvenes regresa a mi memoria. Es imposible separarlo de la voz, susurros, gritos, gemidos y ese aire de utopía e irreverencia con los que Lennon impregnó sus canciones. Después de casi medio siglo esas mismas canciones continúan emocionándome como lo hicieron en un principio, como cuando era niño y luego adolescente.

Hay cosas que no cambian pese a que todo haya cambiado a nuestro alrededor.