martes, 5 de mayo de 2015

5/23: Too Late for Love – Def Leppard


Comenzaron siendo teloneros de grandes bandas de rock y, de pronto, subieron como la espuma. En la década de los ochenta, Def Leppard consiguió ser superventas acercando el heavy metal al gran público, gracias a sus creaciones estilizadas, una extraña mezcla de hard rock melódico y el gran trabajo vocal de Joe Elliott, una de esas potentes voces que deja huella, ya entre las mejores de la historia del rock and roll. Para despecho de los tres protagonistas de “La edad del rock and roll”, que sentían especial devoción por Def Leppard, la banda cancelaría a última hora su participación en Rock in Rio. El motivo no fue otro que el desafortunado accidente de su batería, Rick Allen, en el que perdió un brazo. Este suceso mantendría a Def Leppard fuera de la escena musical al menos por los siguientes dos años. Pyromania (1983), disco en el que se incluye el sencillo “Too Late for Love”, es uno de los discos más vendidos de principios de los ochenta. Una joya para los amantes de ese hard rock y heavy metal más estilizado que fue de alguna manera el sello de los ochenta. Desde luego bandas como Rainbow, Scorpions, Iron Maiden, Van Halen, Bon Jovi, Guns N’ Roses, Saxon y Judas Priest, entre otras, también contribuyeron a popularizar este sonido.

lunes, 4 de mayo de 2015

4/23: Paranoid – Black Sabbath


Creadores prácticamente del heavy metal, Black Sabbath es quizá, junto a The Beatles y Led Zeppelin, la banda más influyente en la historia del rock and roll. La incorporación de letras de corte siniestro (ocultismo y terror) y guitarras afinadas de modo más grave en sus temas, crearon sin duda escuela y una infinidad de imitadores. Algunos casi tan buenos como ellos y otros muchos del montón. Ozzy Osbourne, su vocalista por excelencia (aunque Ronnie James Dio lo hizo magnífico durante su etapa con la banda), también impuso un estilo. Extravagante y amante de los excesos, conocido entre otros apelativos como The Prince of Darkness, posee una voz particular y me atrevería a decir que incluso inquietante. Siempre en el ojo del huracán de escándalos extra musicales, creo que nadie sabría explicar, con un mínimo de coherencia, cómo es que continúa vivo y en activo hasta el día de hoy. En “La edad del rock and roll” hay una curiosa pandilla de jóvenes a la que pretenden entrar dos de los protagonistas. Amantes del hard rock y el heavy metal, una de las características de sus miembros es la de no utilizar sus nombres de pila para comunicarse, de modo que, en sustitución de sus nombres propios, han adoptado el de cantantes del género. ¿Y qué otro nombre podía adoptar su líder sino el de Ozzy? 

domingo, 3 de mayo de 2015

3/23: Rock and Roll – Led Zeppelin



Aunque con un tempo ligeramente más acompasado que el de la versión de estudio original —para mi gusto, claro—, he elegido esta versión de la canción por la calidad de imagen y sonido. Algo no muy frecuente de encontrar en los vídeos de conciertos de la época colgados en YouTube. 

Luego de esta breve aclaratoria, vayamos al asunto que me interesa.

Tras una abrupta ruptura amorosa, uno de los protagonistas de “La edad del rock androll” cae en una profunda depresión. De la mano de su hermano, y un amigo de éste,  empieza a salir poco a poco de su duelo y acaba por replantearse muchas cosas de su vida. Ya más recuperado, mientras ve ensayar al grupo de rock de su hermano, reflexiona sobre la posibilidad de aprender a tocar algún instrumento. El hard rock y el heavy metal, géneros que no tenía por costumbre escuchar y que ahora forman parte de su cotidianidad, le han ayudado a salir del agujero donde se hallaba: “se había convencido a sí mismo que si escuchar aquellas canciones de hard rock y heavy metal le proporcionaba tal tranquilidad […] ¿qué no podía lograr aprendiendo a ejecutar un instrumento musical?”. Entonces empieza a evaluar cuál se adaptaría mejor a él, “cuál era el más idóneo para sus terapéuticos propósitos”. Hasta que da con la batería. “Tocarla sería como gritar”, piensa. Y a su cabeza viene este tema de Led Zeppelin y, por supuesto, la descarga que de principio a fin acomete en él John Bonham.

sábado, 2 de mayo de 2015

2/23: Back in Black – AC/DC



En la actualidad AC/DC sigue siendo un clásico del hard rock y el heavy metal en activo. De hecho, el 31 de mayo y 2 de junio se presentarán aquí en Madrid, en el Vicente Calderón. Las entradas del concierto del 31 se agotaron en apenas hora y media, de allí que la promotora Live Nation decidiera abrir una segunda fecha. Pero para muchos AC/DC ya era un clásico en los ochenta. En mi opinión es la banda de rock and roll que tiene una de las más potentes y dinámicas puestas en escena de las que se tengan noticias. Y mucho de esto se debe a su fundador y guitarra líder Angus Young. Contemplar a Young desplazarse de un extremo a otro del escenario, correr, contorsionarse, saltar y sacudir su melena (ahora le queda mucho menos) mientras hace gemir y chillar su guitarra, es una de las cosas más alucinantes y espectaculares que pueda presenciar en directo un fanático del rock. Antes de convertirse en fans incondicionales de Yes, los tres protagonistas de “La edad delrock and roll” también habían sido incondicionales del hard rock y el heavy metal. Y entre sus ídolos preferidos, AC/DC sobresalía entre el resto…  Además, que AC/DC hubiera confirmado su presencia en aquel primer Rock in Rio de 1985, significó una motivación adicional para emprender el viaje... 

viernes, 1 de mayo de 2015

Nuevo libro


He publicado nuevo libro y los próximos días utilizaré este espacio para su promoción.

Pero no se preocupen. La promoción no se prolongará demasiado. Sólo el lapso que va desde hoy al día de su presentación oficial: el sábado 23 de mayo de 2015. Lo presentaremos en la librería Con Tarima de Madrid y por supuesto habrá mucho rock and roll.

El libro se titula “La edad del rock and roll”, una novela de aventuras cuya banda sonora es desde luego puro rock and roll. Acá pueden leer la nota de prensa que acompaña su lanzamiento y que habla más a fondo de ella.

A partir de hoy y hasta el día de su presentación oficial, como he dicho, me dispongo a colgar acá, una por día, las canciones que de alguna manera conforman la banda sonora de la novela. Eso que un hipotético lector debiera escuchar mientras bucea en las profundidades de las historias que narra “La edad del rock and roll”. Y digo “de alguna manera” porque no estarán todas las que son ni serán todas las que están… En ocasiones elegiré versiones en directo y en otras de estudio, y todas tomadas prestadas de YouTube. Acompañaré cada “colgada” de un breve texto que enlace la canción con la novela. Empezaré con Burn, de Deep Purple, puesto que cuando oigo las palabras “rock and roll”, inmediatamente esta canción se pone a retumbar en mi cabeza.

Será entonces un total de 23 entradas y acá va la primera:

1/23: Burn - Deep Purple. He elegido esta versión en especial porque, en un capítulo de la novela, hago referencia a esta actuación de la banda en el California Jam de 1974. Era la primera vez que Deep Purple realizaba una gira en suelo Americano con su nueva alineación: David Coverdale (en sustitución de Ian Gillan), Glenn Hughes (en sustitución de Roger Glover), Ritchie Blackmore, Jon Lord e Ian Paice. La banda estaba en el pináculo de su carrera. Para entonces Blackmore era considerado uno de los mejores guitarristas de la historia del rock and roll. Vamos, una leyenda andante. Y su ego era tan descomunal como su talento para la guitarra. La actuación de la banda en el California Jam no acabó bien precisamente motivado al ego de Blackmore.  En la novela se cuentan los detalles.


martes, 3 de febrero de 2015

Unas pocas palabras para despedir a un amigo


Sé que habrá gente que comparta estás líneas y gente que no. Y está bien que así sea, puesto que vivimos en un mundo diverso y no todos tenemos que pensar o sentir lo mismo que otros piensan o sientan. Ni una misma persona tiene que significar para unos lo que significa para otros.

Conocí a Carlos Noguera en enero de 2004. Asistí a su taller de narrativa, organizado por Monte Ávila Editores, buscando relacionarme con gente con la que compartiera inquietudes similares. Confieso que ya estaba algo crecidito para andar en esas búsquedas. Sin embargo, entonces no se me ocurrió una idea mejor, diferente. Sólo sabía que la literatura era mi vocación y que me había mantenido demasiado tiempo alejado de ella. El año anterior había decidido abandonar mi carrera de informático y retornar a la literatura, abandonada a su vez, más de 10 años atrás, cuando me gradué de ingeniero en la universidad. Cambiar para volver a ser lo que éramos. Es así. ¿Qué puedo decir?  La ingenuidad acompaña siempre a los creadores. Sin ese toque de ingenuidad es imposible acometer los proyectos que nos planteamos. Por más pragmáticos que podamos considerarnos en ciertas ocasiones, sin ese toque de ingenuidad no habrá nada al momento de sentarnos a crear.

Decía que en enero de 2004 ingresé al taller de narrativa dictado por Carlos Noguera. Al principio me pareció un hombre taciturno y demasiado serio, lejano, pero con el paso de los días llegué a descubrir que gustaba de conversar y de hacer bromas. De hecho, a veces, era difícil discernir si hablaba en serio o estaba de puro cachondeo.

Es preciso decir que hubo una química especial entre los integrantes de aquel taller de narrativa de Monte Ávila Editores de 2004. Tanto, que se extendió unos meses más del período regular. Nadie quería dejarlo. Y cuando fue inevitable y tuvimos que despedirnos, abandonar las aulas de la acogedora quinta de la Castellana porque debíamos dar paso a otros, seguimos reuniéndonos en bares o casas que algún miembro del grupo ponía a disposición del resto. Mi casa se hizo una de las habituales. Y Carlos asistía puntual a la cita.

En el país político que nos convertimos a partir de 1998, era difícil no saber de antemano la filiación política de alguien que apenas comenzábamos a tratar. De modo que conocía bien la posición política de Carlos y él conocía la mía. No está demás decir que eran irreconciliables. No obstante, en lugar de esquivar el trapo con el fin de mantener las formas, en varias ocasiones discutimos sobre el tema.  Y en más de una ocasión dicha discusión se volvió acalorada. Aunque, debo decirlo, siempre mantuvimos el respeto y el cariño que desde luego sentíamos uno por el otro.

Que Monte Ávila Editores publicara en 2006 Mensajes en la pared, mi primer y único libro de relatos publicado hasta ese momento, se lo debo en gran medida a Carlos. Pese a que varios de los relatos reunidos ahí habían obtenido premios, tanto nacionales como internacionales, el libro había sido rechazado montones de veces por editoriales de mi país. No importaba tanto su calidad como que yo era un total desconocido y además demasiado viejo para publicar un primer libro. Por entonces tenía 39 años.

Hoy la noticia de su muerte me ha producido un shock inenarrable del que he tardado en recuperarme. He llorado por el maestro, por el amigo, por el colega con el que compartía la admiración por la obra de autores como Cortázar, Bolaño (Carlos fue miembro del jurado que le otorgó el Rómulo Gallegos en 1998), Pirandello o Gallegos.

Estaré siempre agradecido por su amistad y su incondicional apoyo de aquellos días.

Sé muy bien que Carlos no creía en Dios y que los amigos no pueden obligarnos a nada, ni imponernos ideologías ni religiones, porque la amistad está por encima de eso. A pesar de todo, deseo finalizar estas líneas diciendo, como un cristiano cualquiera, “Dios lo tenga en su gloria”. Que él no hubiera estado de acuerdo, no me inhabilita a mí para desearlo.

Adiós, amigo. Buen viaje.

sábado, 31 de enero de 2015

¿Mundos irreconciliables?


Desde el mismísimo nacimiento del cine, a finales del siglo XIX, se gestó esa ancestral rivalidad que aún perdura entre los creadores que trabajan en él y sus pares del teatro. Ni siquiera la aparente tregua que introdujo la colaboración entre ambos mundos durante los inicios del cine sonoro ha hecho mella en ella; todo lo contrario, la exacerbó. Para muchos ya es un tópico la discusión en la que se diserta sobre en cuál de ambas actividades humanas se hace verdadero arte o en cuál de ellas se construye el verdadero actor.

Sobre dicha rivalidad Alejandro González Iñárritu basa el argumento de su más reciente película, Birdman. Una irreverente, crítica, divertida, frenética y brillante mirada al mundo del espectáculo que habita tanto en el cine como en el teatro.

Tras convertirse en una celebridad, gracias a su interpretación de un superhéroe en la gran pantalla, Riggan Thomas intenta reorientar su carrera con el fin de obtener el respeto y reconocimiento de aquellos que sólo ven en él a un fanfarrón, un tipo que tuvo la suerte que los reflectores de Hollywood se detuvieran el tiempo suficiente en él para transformarlo en alguien rico y famoso. Con esta obsesión taladrándole la cabeza, se está dejando la piel (y lo que queda de sus ahorros) en el montaje de una obra de teatro en Broadway. Se trata de una adaptación —que él mismo ha escrito, dirige y desde luego protagoniza— de la no menos célebre What We Talk About When We Talk About Love de Raymond Carver.

Pero los preestrenos de la obra pronostican el desastre.

Porque Riggan no solo está manteniendo una lucha cuerpo a cuerpo contra sí mismo o contra el hombre pájaro que de tanto en tanto le resopla en el cuello recordándole quiénes son en realidad (actor y personaje de blockbusters; actor y personaje de taquillazos palomiteros y nada más), sino incluso contra su propia hija, una ex adicta en rehabilitación que le reprocha lo mal padre que ha sido; o contra el elenco que lo acompaña en el montaje, especialmente contra Mike, un hombre de teatro, tan buen actor sobre escena como patán fuera de ella; o contra la crítica que amenaza destrozar su espectáculo, borrarlo de la faz de Broadway, porque no merece estar allí, ocupando un teatro que debería estar al servicio de verdaderos artistas y no de advenedizos y fanfarrones como él.

La explosión visual que nos brinda González Inárritu en Birdman es de una calidad, ambición, expresividad y atrevimiento nunca antes vistos. Puro placer. Esas suaves pero a la vez violentas transiciones entre una y otra escena; los planos secuencias y travelling: esos desplazamientos imposibles de cámara; las alucinantes secuencias en las que Riggan sucumbe seducido por la verborrea del hombre pájaro… Y todo con el soundtrack de fondo que nos obsequia Antonio Sánchez y que remarca el ritmo frenético de la película, sobre todo las improvisaciones del batería, que aparece de cuando en cuando en algún rincón para demostrar su importancia en el entrelazado de la historia, un personaje más, secundario, pero personaje al fin y al cabo. Es verdad que en ciertos momentos Birdman me ha recordado a esa otra magnífica, irreverente y ácida peli titulada All that Jazz, de Bob Fosse, en la que Roy Scheider interpreta a un coreógrafo y director de teatro que prepara su próximo musical en Broadway al mismo tiempo monta una película de Hollywood sobre un cómico de monólogos y flirtea con la muerte. Pero de igual manera Birdman no se me ha parecido a nada que haya visto con anterioridad.

Un significativo chute de adrenalina para aquellos que amamos el cine.

Por otro lado, la interpretación de los actores en sus respectivos roles ha estado a la altura de las ambiciones de González Iñárritu. Los siempre exquisitos y camaleónicos Edward Norton y Naomi Watts; la espectacular resurrección de Michael Keaton, aprovechándose del enorme filón que le proporcionaba el personaje de Riggan Thomas y hasta la hermosísima Emma Stone.

Mucho se ha hablado de que luego de su rompimiento con Guillermo Arriaga, la carrera fílmica de González Iñárritu había tenido un bajón de antología. Había corrido riesgos aunque sin resultados. Pero después de Birdman esto debería y tiene que cambiar. Sin duda. Estamos ante el mejor trabajo del director mexicano, el más arriesgado y atractivo. Un alarde de creatividad que raya en lo genial. De lo mejor que he visto en años.

miércoles, 14 de enero de 2015

Be original

El tema de la originalidad en literatura es un asunto al que me gusta volver de tanto en tanto. ¿De qué hablamos cuando hablamos de originalidad en una obra literaria? ¿A qué nos referimos con exactitud? ¿A la anécdota, a la temática, al lenguaje o a la estructura?

Un libro es más que la suma de sus partes. Esto siempre debemos tenerlo en cuenta. Si pacientemente diseccionamos una obra y encontramos algo de original en alguna de sus partes, desde luego esta originalidad permeará el resto. Pero también puede darse el caso que un libro nos parezca original aún si no logramos identificar en cuál de sus partes reside dicha originalidad. De nuevo: el conjunto por encima de las partes.

Roberto Bolaño solía decir que lo que contamos es siempre una variación de lo que el hombre viene contándose a sí mismo desde hace miles de años. Es decir, que para él, en nuestros tiempos, la originalidad de una obra literaria no residiría ya en la anécdota. Lo afirma el autor de Estrella distante, esa pequeña joya de la literatura sobre la maldad, en la que un poeta visual se convierte en asesino en serie. O viceversa.

Agregaba Bolaño que el hecho que se catalogue a una narración como original se debe en gran medida al envoltorio que elija su creador para presentarla. Y con envoltorio no se estaba refiriendo a otra cosa que a la forma, a la estructura.

Entonces no sería tan descabellado suponer que una historia mil veces contada vuelva a parecernos original en su versión 1.001. Es lo que me ha ocurrido con Moravia, del escritor argentino Marcelo Luján.

Ciertamente Moravia no es la versión 1.001 de una historia mil veces contada, pero se basa en un hecho real que resonó en la prensa francesa de finales de los años treinta del siglo pasado y que un reconocido autor —cuyo nombre me reservo con la intención de no estropearle el placer de la lectura a los interesados— utilizó para darle cuerpo y forma a una de sus más celebradas novelas y además a una de sus piezas de teatro más representadas.

Estructurada en dos partes y veintidós capítulos, la novela de Luján nos relata la historia del emigrante que mucho tiempo después retorna al lugar de partida con la finalidad de saldar cuentas con el pasado. En capítulos que se van alternando entre presente y pasado, la primera parte nos describe a la vez tanto ese retorno como la partida. Juan Kosic regresa a la tierra que lo vio nacer, un pueblo perdido de la pampa argentina, tras acumular fama y fortuna como músico en New Orleans. Su deseo es hacerse pasar por un desconocido, un forastero, ante los ojos de su madre y hermana y, luego, sorprenderlas diciendo quién era en realidad. “Volver con el único propósito de resarcirse. Volver para preguntar ¿quién era el inútil?, ¿quién era vago, el atorrante bueno para nada? Volver para decir acá tienen: acá estoy, este soy yo y eso son ustedes”. Sin embargo, Lidia Estefanía, su esposa, que lo acompaña durante la travesía, nunca ha estado de acuerdo con la obsesión de su marido (y así se lo ha hecho saber en repetidas ocasiones), con ese juego infantil que pretende, puesto que una madre reconocerá a su hijo no importa el tiempo transcurrido. Ella lo sabe porque es madre; o al menos así lo intuye, lo siente. Si por fin ha accedido a viajar a la Argentina es simplemente obligada por el respeto y la obediencia que debe a su marido.

El presente de la novela está anclado en 1950.

En esta primera parte también se nos revela parte del pasado de Lidia Estefanía, sobre su familia y cómo ella y Kosic se conocieron. Al igual que Kosic, aunque por razones muy distintas, ella y sus padres son emigrantes: se vieron obligados a huir de la Checoslovaquia ocupada por los nazis en 1938. Lidia y Kosic comparten así un pasado de éxodos y renuncias, de humillaciones y sufrimiento que en lugar de unirlos ha abierto un abismo entre ambos. Se quieren y desde luego tienen cosas en común, entre ellas su pequeña hija, pero a veces la comunicación entre marido y mujer se corta con la violencia de un estornudo.

La segunda parte de la novela se suscribe sólo al presente, ya cuando los viajeros han arribado a destino. No habrá más flashback; lo que ahora interesa son los hechos que suceden en ese pueblecito perdido de la pampa argentina. Es acá cuando el autor corre mayor riesgo, puesto que es acá cuando el relato se hace previsible para aquellos que conozcan (que conocemos) el origen de la historia. Es acá cuando se nos desvelan ciertas claves que nos permiten atar cabos y establecer las necesarias conexiones. No obstante, gracias a las habilidades de Luján como narrador, al magnetismo y poderío de su prosa, consigue mantenernos enganchados y él mismo sale indemne de su atrevimiento. Confieso que en cuanto a técnica y emotividad, a eso de sumergirse en las profundidades de la condición humana, los últimos capítulos de Moravia son de una contundencia admirable y sobrecogedora.

En cierta ocasión León Tolstói escribió que todas las familias felices se asemejan, pero que cada familia desdichada era desdichada a su manera. Éste sería un buen colofón para la novela de Luján, para todas las familias de las que en ella se habla.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Todos podemos ser santos


Cuando era niño, una de las aseveraciones que más me sorprendió e impresionó de las clases de religión fue aquella en la que la maestra, con una solemnidad que me dejó sin aliento, dijo que si nos lo proponíamos todos podríamos llegar a ser santos. ¿Cómo?, pensé.  ¿Llegar yo a convertirme en aquellas imágenes de yeso que nuestras madres y abuelas veneraban en las iglesias?

Imposible. No me cabía en la cabeza.

Tiempo después, ya siendo adolescente, mientras hacía un apostolado en la parroquia donde vivía, me topé de nuevo con el mismo discurso. Esta vez, pese a que entendí a la perfección la metáfora, preferí continuar dejándola fuera de mi cabeza. Me sentía demasiado imperfecto, demasiado egoísta y demasiado humano para siquiera pensar en algo como ser santo. Sin embargo, es justo aquí donde reside la singular maravilla de la contradicción religiosa (católica, en este caso): se llega a ser santo sólo si antes se ha sido humano.

St. Vincent, de Theodore Melfi, es una divertida y conmovedora comedía que explica lo que yo he tratado de resumir en los párrafos anteriores.

Vincent (Bill Murray) es un viejo cascarrabias que odia relacionarse con la gente. No le gusta y es evidente que tampoco a la gente le gusta él. Mal vecino, fumador y bebedor empedernido, adicto a las apuestas de caballo y asiduo a locales de strippers. De hecho, es cliente habitual de una de estas chicas, Daka (Naomi Watts), que por unos pocos dólares le proporciona de tanto en tanto favores sexuales. Pero un día nuevos vecinos se mudan a la casa de al lado y, ante una emergencia de Maggie (Melissa McCarthy), su nueva vecina, Vincent ve la ocasión de darle un respiro a sus maltrechas finanzas haciendo de canguro de su hijo. Es acá dónde los caminos de Vincent y Oliver (Jaeden Lieberher), un chaval de doce años, introvertido y en el ojo del huracán de varios cambios (nuevo barrio, nuevo colegio, divorcio de sus padres), se cruzan para trastocar la vida de ambos. Vincent se traza la meta de hacer de Oliver un hombre (un hombre a la manera que él está acostumbrado, claro) y Oliver comienza a ver en Vincent a alguien más que un circunstancial tutor.

Con un guión sencillo pero contundente, Melfi nos da un paseo de 102 minutos por la vida de estos personajes que nos hace reír, sorprendernos, indignarnos, reflexionar y conmovernos. De hecho la sencillez es la gran virtud de St. Vincent, tal y como solía pregonarlo Chejov.

Y aunque no pueda entrar en nuestras cabezas, siempre existe la posibilidad de llegar a ser santo a pesar de que nunca nos lo hayamos propuesto, de que jamás haya formado parte de nuestros planes de vida. Porque en el fondo los verdaderos santos no se hacen a sí mismos, sino que son descubiertos y nombrados por otros. Son esos otros los que le confieren el título. A veces, los verdaderos santos, ni siquiera saben que están obrando el bien.

Así de simple.

martes, 2 de diciembre de 2014

Still life


John May es un tipo solitario, silencioso y bastante flemático. También ordenado y meticuloso hasta lo obsesivo. Su vida transcurre de forma tranquila y rutinaria. Es funcionario en uno de los tantos Ayuntamientos de la ciudad de Londres. Su trabajo consiste en encontrar a los allegados de los que han fallecido en soledad y sin familia ni amigos conocidos en el municipio. Trabajo que, dicho sea de paso, realiza concienzudamente y con tal dedicación y esmero, incluso yendo a veces más allá de sus responsabilidades, que nadie podría poner en duda su profesionalismo y que desde luego le gusta y ama lo que hace. Pero un día, por motivos de recortes en la administración, el Ayuntamiento decide prescindir de sus servicios aunque, tras su ruego, el jefe le permita acabar con el último caso que ha llegado a sus manos; le da tres días para resolverlo o cerrarlo.

Los primeros minutos de Still life (en España la han titulado Nunca es demasiado tarde, una vez más, un título desacertado), de Uberto Pasolini, son una clase magistral de lo que significa la presentación de personajes en guion cinematográfico. Me hizo recordar a otras cintas recientes que han hecho de este apartado una declaración de principios, como Little Miss Sunshine, Up o Up in the air. Títulos en los que, con mínimos recursos y apenas diálogos (a veces ni eso), se transmite al espectador el mundo interior de los personajes y toda la información, todo ese background requerido con el fin que uno se sumerja en la historia y tengamos una completa comprensión de cuanto sucede en la gran pantalla.

Hacía mucho tiempo que una cinta no me ponía un embarazoso y corrosivo nudo en la garganta y me hacía saltar las lágrimas. La interpretación que Eddie Marsan hace para meterse en la piel de John May es maravillosa, única. Acabamos enamorados de ese personaje de vida gris, que sin embargo pone una pasión inusual en su trabajo con el fin de ofrecerle a los muertos un dignísimo funeral aunque sea rodeado de puros desconocidos: él, el religioso de turno y los empleados del cementerio.

May le concede a los muertos un cariño y respeto con los que tal vez no contaron en vida. O al menos en los últimos años que anduvieron por este mundo.

Pese a su significado lapidario, quizá la siguiente sentencia que Rubén Blades incluyó en uno de los temas de Tiempos, resuma la esencia de la película de Pasolini: “Si en tu vida no hubo ritmo, en tu muerte no habrá clave”. Así sin más. Aunque nos joda en lo profundo.