Comenzaron siendo teloneros de grandes bandas de rock y, de
pronto, subieron como la espuma. En la década de los ochenta, Def Leppard
consiguió ser superventas acercando el heavy metal al gran público, gracias a
sus creaciones estilizadas, una extraña mezcla de hard rock melódico y el gran trabajo vocal de Joe Elliott, una de esas potentes voces que deja huella,
ya entre las mejores de la historia del rock and roll. Para despecho de los
tres protagonistas de “La edad del rock and roll”, que sentían especial
devoción por Def Leppard, la banda cancelaría a última hora su participación en
Rock in Rio. El motivo no fue otro que el desafortunado accidente de su
batería, Rick Allen, en el que perdió un brazo. Este suceso mantendría a Def Leppard
fuera de la escena musical al menos por los siguientes dos años. Pyromania (1983), disco en el que se
incluye el sencillo “Too Late for Love”, es uno de los discos más vendidos de
principios de los ochenta. Una joya para los amantes de ese hard rock y heavy
metal más estilizado que fue de alguna manera el sello de los ochenta. Desde
luego bandas como Rainbow, Scorpions, Iron Maiden, Van Halen, Bon Jovi, Guns N’
Roses, Saxon y Judas Priest, entre otras, también contribuyeron a popularizar
este sonido.
martes, 5 de mayo de 2015
lunes, 4 de mayo de 2015
4/23: Paranoid – Black Sabbath
Creadores prácticamente del heavy metal, Black Sabbath es quizá,
junto a The Beatles y Led Zeppelin, la banda más influyente en la
historia del rock and roll. La incorporación de letras de corte siniestro
(ocultismo y terror) y guitarras afinadas de modo más grave en sus temas, crearon
sin duda escuela y una infinidad de imitadores. Algunos casi tan buenos como
ellos y otros muchos del montón. Ozzy Osbourne,
su vocalista por excelencia (aunque Ronnie James Dio lo hizo magnífico durante
su etapa con la banda), también impuso un estilo. Extravagante y amante de los
excesos, conocido entre otros apelativos como The Prince of Darkness, posee una voz particular y me atrevería a decir que incluso
inquietante. Siempre en el ojo del
huracán de escándalos extra musicales, creo que nadie sabría explicar, con un
mínimo de coherencia, cómo es que continúa vivo y en activo hasta el día de
hoy. En “La edad del rock and roll” hay una curiosa pandilla de jóvenes a la
que pretenden entrar dos de los protagonistas. Amantes del hard rock y el heavy
metal, una de las características de sus miembros es la de no utilizar sus
nombres de pila para comunicarse, de modo que, en sustitución de sus nombres
propios, han adoptado el de cantantes del género. ¿Y qué otro nombre podía
adoptar su líder sino el de Ozzy?
domingo, 3 de mayo de 2015
3/23: Rock and Roll – Led Zeppelin
Aunque con un tempo ligeramente más acompasado que el de la versión de estudio original —para mi gusto, claro—, he elegido esta versión de la canción por la calidad de imagen y sonido. Algo no muy frecuente de encontrar en los vídeos de conciertos de la época colgados en YouTube.
Luego de
esta breve aclaratoria, vayamos al asunto que me interesa.
Tras una
abrupta ruptura amorosa, uno de los protagonistas de “La edad del rock androll” cae en una profunda depresión. De la mano de su hermano, y un amigo de
éste, empieza a salir poco a poco de su
duelo y acaba por replantearse muchas cosas de su vida. Ya más recuperado, mientras
ve ensayar al grupo de rock de su hermano, reflexiona sobre la posibilidad de
aprender a tocar algún instrumento. El hard rock y el heavy metal, géneros que
no tenía por costumbre escuchar y que ahora forman parte de su cotidianidad, le han
ayudado a salir del agujero donde se hallaba: “se había convencido a sí mismo
que si escuchar aquellas canciones de hard rock y heavy metal le proporcionaba
tal tranquilidad […] ¿qué no podía lograr aprendiendo a ejecutar un instrumento
musical?”. Entonces empieza a evaluar cuál se adaptaría mejor a él, “cuál era
el más idóneo para sus terapéuticos propósitos”. Hasta que da con la batería.
“Tocarla sería como gritar”, piensa. Y a su cabeza viene este tema de Led
Zeppelin y, por supuesto, la descarga que de principio a fin acomete en él John
Bonham.
sábado, 2 de mayo de 2015
2/23: Back in Black – AC/DC
viernes, 1 de mayo de 2015
Nuevo libro
He publicado
nuevo libro y los próximos días utilizaré este espacio para su promoción.
Pero no se
preocupen. La promoción no se prolongará demasiado. Sólo el lapso que va
desde hoy al día de su presentación oficial: el sábado 23 de mayo de 2015. Lo presentaremos en la librería Con Tarima de Madrid y por supuesto habrá mucho
rock and roll.
El libro se
titula “La edad del rock and roll”, una novela de aventuras cuya banda sonora
es desde luego puro rock and roll. Acá pueden leer la nota de prensa que acompaña su lanzamiento y que habla más a
fondo de ella.
A partir de
hoy y hasta el día de su presentación
oficial, como he dicho, me dispongo a colgar acá, una por día, las canciones
que de alguna manera conforman la banda sonora de la novela. Eso que un
hipotético lector debiera escuchar mientras bucea en las profundidades de las
historias que narra “La edad del rock and roll”. Y digo “de alguna manera”
porque no estarán todas las que son ni serán todas las que están… En ocasiones elegiré
versiones en directo y en otras de estudio, y todas tomadas prestadas de
YouTube. Acompañaré cada “colgada” de un breve texto que enlace la canción con la novela. Empezaré con Burn, de Deep
Purple, puesto que cuando oigo las palabras “rock and roll”, inmediatamente
esta canción se pone a retumbar en mi cabeza.
Será entonces
un total de 23 entradas y acá va la
primera:
1/23: Burn - Deep
Purple. He elegido esta versión en especial porque, en un capítulo de la novela,
hago referencia a esta actuación de la banda en el California Jam de 1974. Era
la primera vez que Deep Purple realizaba una gira en suelo Americano con su
nueva alineación: David Coverdale (en sustitución de Ian Gillan), Glenn Hughes
(en sustitución de Roger Glover), Ritchie Blackmore, Jon Lord e Ian Paice. La
banda estaba en el pináculo de su carrera. Para entonces Blackmore era considerado
uno de los mejores guitarristas de la historia del rock and roll. Vamos, una
leyenda andante. Y su ego era tan descomunal como su talento para la guitarra. La
actuación de la banda en el California Jam no acabó bien precisamente motivado
al ego de Blackmore. En la novela se
cuentan los detalles.
martes, 3 de febrero de 2015
Unas pocas palabras para despedir a un amigo
Sé que habrá
gente que comparta estás líneas y gente que no. Y está bien que así sea, puesto
que vivimos en un mundo diverso y no todos tenemos que pensar o sentir lo mismo que
otros piensan o sientan. Ni una misma persona tiene que significar para unos lo que
significa para otros.
Conocí a
Carlos Noguera en enero de 2004. Asistí a su taller de narrativa, organizado
por Monte Ávila Editores, buscando relacionarme con gente con la que
compartiera inquietudes similares. Confieso que ya estaba algo crecidito para andar
en esas búsquedas. Sin embargo, entonces no se me ocurrió una idea mejor, diferente.
Sólo sabía que la literatura era mi vocación y que me había mantenido demasiado
tiempo alejado de ella. El año anterior había decidido abandonar mi carrera de
informático y retornar a la literatura, abandonada a su vez, más de 10 años
atrás, cuando me gradué de ingeniero en la universidad. Cambiar para volver a
ser lo que éramos. Es así. ¿Qué puedo decir? La ingenuidad acompaña siempre a los creadores.
Sin ese toque de ingenuidad es imposible acometer los proyectos que nos
planteamos. Por más pragmáticos que podamos considerarnos en ciertas ocasiones,
sin ese toque de ingenuidad no habrá nada al momento de sentarnos a crear.
Decía que en
enero de 2004 ingresé al taller de narrativa dictado por Carlos Noguera. Al principio me pareció un
hombre taciturno y demasiado serio, lejano, pero con el paso de los días llegué
a descubrir que gustaba de conversar y de hacer bromas. De hecho, a veces, era
difícil discernir si hablaba en serio o estaba de puro cachondeo.
Es preciso decir que hubo una química
especial entre los integrantes de aquel taller de narrativa de Monte Ávila
Editores de 2004. Tanto, que se extendió unos meses más del período regular.
Nadie quería dejarlo. Y cuando fue inevitable y tuvimos que despedirnos, abandonar
las aulas de la acogedora quinta de la Castellana porque debíamos dar paso a
otros, seguimos reuniéndonos en bares o casas que algún miembro del grupo ponía
a disposición del resto. Mi casa se hizo una de las habituales. Y Carlos
asistía puntual a la cita.
En el país
político que nos convertimos a partir de 1998, era difícil no saber de antemano
la filiación política de alguien que apenas comenzábamos a tratar. De modo que
conocía bien la posición política de Carlos y él conocía la mía. No está demás
decir que eran irreconciliables. No obstante, en lugar de esquivar el trapo con
el fin de mantener las formas, en varias ocasiones discutimos sobre el tema. Y en más de una ocasión dicha discusión se
volvió acalorada. Aunque, debo decirlo, siempre mantuvimos el respeto y el
cariño que desde luego sentíamos uno por el otro.
Que Monte
Ávila Editores publicara en 2006 Mensajes
en la pared, mi primer y único libro de relatos publicado hasta ese momento, se
lo debo en gran medida a Carlos. Pese a que varios de los relatos reunidos ahí
habían obtenido premios, tanto nacionales como internacionales, el libro había
sido rechazado montones de veces por editoriales de mi país. No importaba tanto
su calidad como que yo era un total desconocido y además demasiado viejo para publicar
un primer libro. Por entonces tenía 39 años.
Hoy la
noticia de su muerte me ha producido un shock inenarrable del que he tardado en
recuperarme. He llorado por el maestro, por el amigo, por el colega con el que
compartía la admiración por la obra de autores como Cortázar, Bolaño (Carlos
fue miembro del jurado que le otorgó el Rómulo Gallegos en 1998), Pirandello o Gallegos.
Estaré
siempre agradecido por su amistad y su incondicional apoyo de aquellos días.
Sé muy bien que
Carlos no creía en Dios y que los amigos no pueden obligarnos a nada, ni
imponernos ideologías ni religiones, porque la amistad está por encima de eso.
A pesar de todo, deseo finalizar estas líneas diciendo, como un cristiano
cualquiera, “Dios lo tenga en su gloria”. Que él no hubiera estado de acuerdo,
no me inhabilita a mí para desearlo.
Adiós,
amigo. Buen viaje.
sábado, 31 de enero de 2015
¿Mundos irreconciliables?
Desde el mismísimo
nacimiento del cine, a finales del siglo XIX, se gestó esa ancestral rivalidad
que aún perdura entre los creadores que trabajan en él y sus pares del teatro.
Ni siquiera la aparente tregua que introdujo la colaboración entre ambos mundos
durante los inicios del cine sonoro ha hecho mella en ella; todo lo contrario,
la exacerbó. Para muchos ya es un tópico la discusión en la que se diserta sobre
en cuál de ambas actividades humanas se hace verdadero arte o en cuál de ellas
se construye el verdadero actor.
Sobre dicha
rivalidad Alejandro González Iñárritu basa el argumento de su más reciente
película, Birdman. Una irreverente, crítica,
divertida, frenética y brillante mirada al mundo del espectáculo que habita
tanto en el cine como en el teatro.
Tras
convertirse en una celebridad, gracias a su interpretación de un superhéroe en la
gran pantalla, Riggan Thomas intenta reorientar su carrera con el fin de obtener
el respeto y reconocimiento de aquellos que sólo ven en él a un fanfarrón, un
tipo que tuvo la suerte que los reflectores de Hollywood se detuvieran el
tiempo suficiente en él para transformarlo en alguien rico y famoso. Con esta
obsesión taladrándole la cabeza, se está dejando la piel (y lo que queda de sus
ahorros) en el montaje de una obra de teatro en Broadway. Se trata de una
adaptación —que él mismo ha escrito,
dirige y desde luego protagoniza— de la no menos célebre What We Talk About When We Talk About Love de Raymond Carver.
Pero los
preestrenos de la obra pronostican el desastre.
Porque Riggan
no solo está manteniendo una lucha cuerpo a cuerpo contra sí mismo o contra el
hombre pájaro que de tanto en tanto le resopla en el cuello recordándole
quiénes son en realidad (actor y personaje de blockbusters; actor y personaje
de taquillazos palomiteros y nada más), sino incluso contra su propia hija, una
ex adicta en rehabilitación que le reprocha lo mal padre que ha sido; o contra
el elenco que lo acompaña en el montaje, especialmente contra Mike, un hombre
de teatro, tan buen actor sobre escena como patán fuera de ella; o contra la
crítica que amenaza destrozar su espectáculo, borrarlo de la faz de Broadway,
porque no merece estar allí, ocupando un teatro que debería estar al servicio
de verdaderos artistas y no de advenedizos y fanfarrones como él.
La explosión
visual que nos brinda González Inárritu en Birdman
es de una calidad, ambición, expresividad y atrevimiento nunca antes vistos. Puro
placer. Esas suaves pero a la vez violentas transiciones entre una y otra
escena; los planos secuencias y travelling: esos desplazamientos imposibles de cámara; las alucinantes secuencias
en las que Riggan sucumbe seducido por la verborrea del hombre pájaro… Y todo
con el soundtrack de fondo que nos obsequia Antonio Sánchez y que remarca el
ritmo frenético de la película, sobre todo las improvisaciones del batería, que
aparece de cuando en cuando en algún rincón para demostrar su importancia en el
entrelazado de la historia, un personaje más, secundario, pero personaje al fin
y al cabo. Es verdad que en ciertos momentos Birdman me ha recordado a esa otra magnífica, irreverente y ácida
peli titulada All that Jazz, de Bob
Fosse, en la que Roy Scheider interpreta a un coreógrafo y director de teatro
que prepara su próximo musical en Broadway al mismo tiempo monta una
película de Hollywood sobre un cómico de monólogos y flirtea con la muerte.
Pero de igual manera Birdman no se me
ha parecido a nada que haya visto con anterioridad.
Un
significativo chute de adrenalina para aquellos que amamos el cine.
Por otro lado,
la interpretación de los actores en sus respectivos roles ha estado a la altura
de las ambiciones de González Iñárritu. Los siempre exquisitos y camaleónicos
Edward Norton y Naomi Watts; la espectacular resurrección de Michael Keaton,
aprovechándose del enorme filón que le proporcionaba el personaje de Riggan
Thomas y hasta la hermosísima Emma Stone.
Mucho se ha
hablado de que luego de su rompimiento con Guillermo Arriaga, la carrera fílmica
de González Iñárritu había tenido un bajón de antología. Había corrido riesgos
aunque sin resultados. Pero después de Birdman
esto debería y tiene que cambiar. Sin duda. Estamos ante el mejor trabajo del
director mexicano, el más arriesgado y atractivo. Un alarde de creatividad que
raya en lo genial. De lo mejor que he visto en años.
miércoles, 14 de enero de 2015
Be original
El tema de
la originalidad en literatura es un asunto al que me gusta volver de tanto en
tanto. ¿De qué hablamos cuando hablamos de originalidad en una obra literaria?
¿A qué nos referimos con exactitud? ¿A la anécdota, a la temática, al lenguaje
o a la estructura?
Un libro es
más que la suma de sus partes. Esto siempre debemos tenerlo en cuenta. Si
pacientemente diseccionamos una obra y encontramos algo de original en alguna
de sus partes, desde luego esta originalidad permeará el resto. Pero también puede darse el caso que un libro
nos parezca original aún si no logramos identificar en cuál de sus partes reside
dicha originalidad. De nuevo: el conjunto por encima de las partes.
Roberto
Bolaño solía decir que lo que contamos es siempre una variación de lo que el
hombre viene contándose a sí mismo desde hace miles de años. Es decir, que para
él, en nuestros tiempos, la originalidad de una obra literaria no residiría ya en
la anécdota. Lo afirma el autor de Estrella distante, esa pequeña joya de
la literatura sobre la maldad, en la que un poeta visual se convierte en
asesino en serie. O viceversa.
Agregaba
Bolaño que el hecho que se catalogue a una narración como original se debe en
gran medida al envoltorio que elija su creador para presentarla. Y con
envoltorio no se estaba refiriendo a otra cosa que a la forma, a la estructura.
Entonces no sería
tan descabellado suponer que una historia mil veces contada vuelva a parecernos
original en su versión 1.001. Es lo que me ha ocurrido con Moravia, del escritor argentino Marcelo Luján.
Ciertamente Moravia no es la versión 1.001 de una
historia mil veces contada, pero se basa en un hecho real que resonó en la
prensa francesa de finales de los años treinta del siglo pasado y que un
reconocido autor —cuyo nombre me
reservo con la intención de no estropearle el placer de la lectura a los
interesados— utilizó para darle
cuerpo y forma a una de sus más celebradas novelas y además a una de sus piezas
de teatro más representadas.
Estructurada
en dos partes y veintidós capítulos, la novela de Luján nos relata la historia
del emigrante que mucho tiempo después retorna al lugar de partida con la
finalidad de saldar cuentas con el pasado. En capítulos que se van alternando entre presente y pasado, la primera
parte nos describe a la vez tanto ese retorno como la partida. Juan Kosic
regresa a la tierra que lo vio nacer, un pueblo perdido de la pampa argentina,
tras acumular fama y fortuna como músico en New Orleans. Su deseo es hacerse
pasar por un desconocido, un forastero, ante los ojos de su madre y hermana y,
luego, sorprenderlas diciendo quién era en realidad. “Volver con el único
propósito de resarcirse. Volver para preguntar ¿quién era el inútil?, ¿quién
era vago, el atorrante bueno para nada? Volver para decir acá tienen: acá
estoy, este soy yo y eso son ustedes”. Sin embargo, Lidia Estefanía, su esposa,
que lo acompaña durante la travesía, nunca ha estado de acuerdo con la obsesión
de su marido (y así se lo ha hecho saber en repetidas ocasiones), con ese juego
infantil que pretende, puesto que una madre reconocerá a su hijo no importa el
tiempo transcurrido. Ella lo sabe porque es madre; o al menos así lo intuye, lo
siente. Si por fin ha accedido a viajar a la Argentina es simplemente obligada
por el respeto y la obediencia que debe a su marido.
El presente de
la novela está anclado en 1950.
En esta
primera parte también se nos revela parte del pasado de Lidia Estefanía, sobre
su familia y cómo ella y Kosic se conocieron. Al igual que Kosic, aunque por
razones muy distintas, ella y sus padres son emigrantes: se vieron obligados a
huir de la Checoslovaquia ocupada por los nazis en 1938. Lidia y Kosic
comparten así un pasado de éxodos y renuncias, de humillaciones y sufrimiento que en lugar de unirlos ha abierto un
abismo entre ambos. Se quieren y desde luego tienen cosas en común, entre ellas
su pequeña hija, pero a veces la comunicación entre marido y mujer se corta con
la violencia de un estornudo.
La segunda
parte de la novela se suscribe sólo al presente, ya cuando los viajeros han
arribado a destino. No habrá más flashback; lo que ahora interesa son los
hechos que suceden en ese pueblecito perdido de la pampa argentina. Es acá
cuando el autor corre mayor riesgo, puesto que es acá cuando el relato se hace
previsible para aquellos que conozcan (que conocemos) el origen de la historia.
Es acá cuando se nos desvelan ciertas claves que nos permiten atar cabos y
establecer las necesarias conexiones. No obstante, gracias a las habilidades de
Luján como narrador, al magnetismo y poderío de su prosa, consigue mantenernos
enganchados y él mismo sale indemne de su atrevimiento. Confieso que en cuanto a técnica y
emotividad, a eso de sumergirse en las profundidades de la condición humana, los
últimos capítulos de Moravia son de
una contundencia admirable y sobrecogedora.
En cierta
ocasión León Tolstói escribió que todas las familias felices se asemejan, pero
que cada familia desdichada era desdichada a su manera. Éste sería un buen
colofón para la novela de Luján, para todas las familias de las que en ella se
habla.
miércoles, 24 de diciembre de 2014
Todos podemos ser santos
Cuando era
niño, una de las aseveraciones que más me sorprendió e impresionó de las clases
de religión fue aquella en la que la maestra, con una solemnidad que me dejó
sin aliento, dijo que si nos lo proponíamos todos podríamos llegar a ser santos.
¿Cómo?, pensé. ¿Llegar yo a convertirme
en aquellas imágenes de yeso que nuestras madres y abuelas veneraban en las
iglesias?
Imposible.
No me cabía en la cabeza.
Tiempo
después, ya siendo adolescente, mientras hacía un apostolado en la parroquia
donde vivía, me topé de nuevo con el mismo discurso. Esta vez, pese a que
entendí a la perfección la metáfora, preferí continuar dejándola fuera de mi
cabeza. Me sentía demasiado imperfecto, demasiado egoísta y demasiado humano
para siquiera pensar en algo como ser santo. Sin embargo, es justo aquí donde
reside la singular maravilla de la contradicción religiosa (católica, en este
caso): se llega a ser santo sólo si antes se ha sido humano.
St. Vincent, de Theodore Melfi, es una
divertida y conmovedora comedía que explica lo que yo he tratado de resumir en
los párrafos anteriores.
Vincent
(Bill Murray) es un viejo cascarrabias que odia relacionarse con la gente. No
le gusta y es evidente que tampoco a la gente le gusta él. Mal vecino, fumador
y bebedor empedernido, adicto a las apuestas de caballo y asiduo a locales de
strippers. De hecho, es cliente habitual de una de estas chicas, Daka (Naomi
Watts), que por unos pocos dólares le proporciona de tanto en tanto favores
sexuales. Pero un día nuevos vecinos se mudan a la casa de al lado y, ante una
emergencia de Maggie (Melissa McCarthy), su nueva vecina, Vincent ve la ocasión
de darle un respiro a sus maltrechas finanzas haciendo de canguro de su hijo.
Es acá dónde los caminos de Vincent y Oliver (Jaeden Lieberher), un chaval de doce
años, introvertido y en el ojo del huracán de varios cambios (nuevo barrio,
nuevo colegio, divorcio de sus padres), se cruzan para trastocar la vida de
ambos. Vincent se traza la meta de hacer de Oliver un hombre (un hombre a la
manera que él está acostumbrado, claro) y Oliver comienza a ver en Vincent a
alguien más que un circunstancial tutor.
Con un guión
sencillo pero contundente, Melfi nos da
un paseo de 102 minutos por la vida de estos personajes que nos hace reír,
sorprendernos, indignarnos, reflexionar y conmovernos. De hecho la sencillez es
la gran virtud de St. Vincent, tal y
como solía pregonarlo Chejov.
Y aunque no
pueda entrar en nuestras cabezas, siempre existe la posibilidad de llegar a ser
santo a pesar de que nunca nos lo hayamos propuesto, de que jamás haya formado
parte de nuestros planes de vida. Porque en el fondo los verdaderos santos no
se hacen a sí mismos, sino que son descubiertos y nombrados por otros. Son esos
otros los que le confieren el título. A veces, los verdaderos santos, ni
siquiera saben que están obrando el bien.
Así de
simple.
martes, 2 de diciembre de 2014
Still life
John May es
un tipo solitario, silencioso y bastante flemático. También ordenado y
meticuloso hasta lo obsesivo. Su vida transcurre de forma tranquila y
rutinaria. Es funcionario en uno de los tantos Ayuntamientos de la ciudad de
Londres. Su trabajo consiste en encontrar a los allegados de los que han fallecido
en soledad y sin familia ni amigos conocidos en el municipio. Trabajo que,
dicho sea de paso, realiza concienzudamente y con tal dedicación y esmero,
incluso yendo a veces más allá de sus responsabilidades, que nadie podría poner
en duda su profesionalismo y que desde luego le gusta y ama lo que hace. Pero
un día, por motivos de recortes en la administración, el Ayuntamiento decide
prescindir de sus servicios aunque, tras su ruego, el jefe le permita acabar
con el último caso que ha llegado a sus manos; le da tres días para resolverlo
o cerrarlo.
Los primeros
minutos de Still life (en España la han titulado Nunca es demasiado tarde,
una vez más, un título desacertado), de Uberto Pasolini, son una clase
magistral de lo que significa la presentación de personajes en guion
cinematográfico. Me hizo recordar a otras cintas recientes que han hecho de
este apartado una declaración de principios, como Little Miss Sunshine, Up o Up in the air. Títulos en los que, con mínimos recursos y apenas diálogos (a veces ni eso), se
transmite al espectador el mundo interior de los personajes y toda la
información, todo ese background requerido con el fin que uno se sumerja en la
historia y tengamos una completa comprensión de cuanto sucede en la gran
pantalla.
Hacía mucho
tiempo que una cinta no me ponía un embarazoso y corrosivo nudo en la garganta
y me hacía saltar las lágrimas. La
interpretación que Eddie Marsan hace para meterse en la piel de John May
es maravillosa, única. Acabamos enamorados de ese personaje de vida gris, que
sin embargo pone una pasión inusual en su trabajo con el fin de ofrecerle a los
muertos un dignísimo funeral aunque sea rodeado de puros desconocidos: él, el
religioso de turno y los empleados del cementerio.
May le
concede a los muertos un cariño y respeto con los que tal vez no contaron en
vida. O al menos en los últimos años que anduvieron por este mundo.
Pese a su
significado lapidario, quizá la siguiente sentencia que Rubén Blades incluyó en
uno de los temas de Tiempos, resuma la esencia de la película de Pasolini:
“Si en tu vida no hubo ritmo, en tu muerte no habrá clave”. Así sin más. Aunque
nos joda en lo profundo.
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