sábado, 4 de junio de 2011

Chesil Beach


“Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que una conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible”. Así comienza Chesil Beach de Ian McEwan. Una novela en la que se nos relata la historia de Florence y Edward, de sus temores, anhelos e ilusiones, de sus relaciones familiares, de sus fracasos, de cómo se conocen y enamoran, pero, sobre todo, se nos cuenta las reacciones de ambos la primera noche que pasan juntos en la intimidad, justo después de casarse. Alrededor de este último asunto se teje el relato.

Aunque huelga decirlo, tratándose de McEwan, mi primera impresión con esta novela es que está exquisitamente narrada. Soberbia y magnífica. A veces las descripciones se detienen en detalles que parecieran nimios, insignificantes, pero el autor lo hace con tal maestría (¿la sencillez y la honestidad en grado puro?), que más bien nos gustaría que estos pasajes se alargasen para continuar disfrutando de su destreza técnica. Sin embargo, en la mayoría de los casos, párrafos o páginas más adelante, estos mismos detalles que antes nos han parecido baladíes cobran su dimensión exacta y real significado. También las acciones de algunas escenas se hallan intencionalmente pormenorizadas puesto que cada acción, en sí misma, simboliza el mundo interior de los personajes. Bueno, puede que esto último suene a Perogrullo…

La novela tiene la clásica estructura de “espinazo de pescado”, en la que, de forma lineal, secuencial, y en un tiempo predeterminado, se cuenta una historia principal (la de la pareja de recién casados en su primera noche de intimidad en la habitación de hotel a orillas de Chesil Beach) que, de tanto en tanto, es interrumpida o alternada con otras subtramas del pasado (de cómo eran antes y justo después de conocerse Florence y Edward, de cómo son sus respectivas familias, etc.) para darnos mayor información sobre los personajes. Una estructura en apariencia simple, fácil, pero que puede albergar toda la complejidad que la maña y el talento del autor consigan meterle.

Las primeras líneas que ha elegido McEwan para dar inicio a su relato son una suerte de compendio del contenido total de la novela. En ellas se encuentra la clave de cuanto viene a continuación. Estamos hablando que la historia de Florence y Edward se desarrolla a comienzo de la década del sesenta del siglo pasado, cuando la revolución sexual era aún una quimera. “Sin decirlo, aquellas chicas transmitían la clara impresión de que se estaban ‘reservando’ para un futuro marido. No había ambigüedad: para tener relaciones sexuales con alguna tenías que casarte con ellas”. Algo quizá difícil de comprender en nuestros días.

Considero que con esta breve, rara y exquisita novela, McEwan arriesga lo suyo y al final logra salir indemne gracias a su extraordinaria visión y oficio de escritor. Porque es infrecuente que en tan poco espacio consiga reflexionarse sobre tal abanico de temas, encima, apoyándose en elipses o datos ocultos, en anécdotas truncadas y clichés como los son los problemas de comunicación entre las parejas, la consabida historia de amor entre el joven pobre y del campo y la niña rica y citadina; incluso de las relaciones afectuosas en una familia disfuncional basadas, me atrevería a decir, en el viejo adagio popular que afirma que amor y odio son cuernos de la misma cabra.

Tal vez, al acabar Chesil Beach, aquellos amables lectores que acepten su invitación, se sorprendan a sí mismos en el centro de una vorágine de sensaciones encontradas, contradictorias. En el fondo, ¿me ha gustado o no esta novela?, puede que se pregunten. Pero la buena literatura suele dejar, en contados casos, también este extraño sabor de boca.

jueves, 26 de mayo de 2011

La poética de Mamet (I)


David Mamet se encuentra entre los dramaturgos más influyentes, prolíficos y respetados de nuestro tiempo. A lo largo de su vida no sólo ha sabido construirse una envidiable trayectoria en el teatro, sino que, también a pulso, ha conseguido moverse con similar tino en el nada fácil mundo del cine y la televisión norteamericana.

Ha firmado los guiones de clásicos contemporáneos del cine como El cartero siempre llama dos veces (1981), El Veredicto (1982) y Los Intocables (1987). También los de películas más recientes e igual de populares como Hannibal (2001), Ronin (1998) y Wag the dog (1997), que incluso dirigió. En 1984, como autor teatral, fue reconocido con el prestigioso premio Pulitzer por su extraña y estupenda Glengarry Glen Ross.

En distintos momentos de su carrera, gracias a su polifacético e indiscutible talento, Mamet ha incursionado en la actuación, la dirección y la producción de obras de teatro, películas y series de televisión. Así que conoce muy bien el mundo del espectáculo y a menudo suele compartir sus reflexiones y originales puntos de vista en sesudos y deliciosos ensayos. Cuando uno de estos ensayos cae en mis manos, lo devoro enseguida, de similar forma que hago con sus piezas de teatro.

Por ejemplo, por estos días acabo de leer Los tres usos del cuchillo, en el que disecciona, con su inteligencia habitual, el proceso de escribir una obra dramática. A continuación hago copy-paste de algunas de sus reflexiones al respecto:
  • El teatro trata del periplo del héroe o de la heroína, aquellos personajes que no ceden a la tentación, y su historia es la de quien pasa por una prueba que no ha elegido”.
  • “La facultad de resistir confiere emotividad al periplo del héroe. Y para que el público lo viva, es esencial que el escritor lo sufra también. Por eso escribir no es una tarea sencilla”.
  • “Habitamos en un mundo extraordinariamente depravado, interesante y salvaje donde las cosas no son en absoluto equitativas, y el propósito del auténtico drama es ayudar a que no lo olvidemos. Tal vez esto tenga un efecto social fortuito y acumulativo: recordarnos que debemos ser un poco más humildes, o un poco más agradecidos, o un poco más reflexivos”.
  • “La esencia de una obra es el deseo del héroe o de la heroína. En la obra perfecta, ningún incidente nos puede parecer ajeno a ese deseo porque el incidente siempre es obstáculo o una ayuda para que aquéllos puedan conseguir su objetivo”.
  • “En el teatro nuestro tiempo también es precioso y una obra buena no se ocupará de asuntos que se puedan tratar racionalmente, aunque formen parte de nuestras ocupaciones cotidianas”.
Y esto es apenas un abreboca, pues tengo la intención, en posteriores post, de continuar desvelando parte de las interesantes claves y puntos de vista que, sobre el oficio del autor dramático, Mamet ha recogido en su ensayo. Claves y puntos de vista que desde luego funcionan para contar historias tanto en teatro, cine o televisión. ¿Y por qué no? En internet.

jueves, 19 de mayo de 2011

La tragedia de Lars von Trier


Lars von Trier tiene vocación de provocador. O más bien su naturaleza es la provocación. Lo ha demostrado a lo largo de su trayectoria una y otra vez en sus películas, desde Breaking the waves (1991) gracias a la cual, con apenas 35 años, logró el reconocimiento internacional pasando por The Idiots (1998), la triste y perturbadora Dancer in the dark (2000) con la que obtuvo la Palma de oro del Festival de Cannes y la extraordinaria Dogville (2003) hasta detenernos en su penúltimo trabajo: Antichrist (2009).

Incluso al co-firmar la partida de nacimiento del movimiento Dogma 95 estaba manifestando, de alguna manera, esa naturaleza provocadora tan suya.

Sin embargo, una cosa es mostrar esa vocación de provocador en la ficción y otra en la realidad, cuando encima tienes en frente a cientos de periodistas. Y eso fue lo que precisamente ayer le ocurrió al cineasta danés. A pesar que su film Melancholia, protagonizado por Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg, tuvo una entusiasta acogida en Cannes, tras una pregunta durante la rueda de prensa que siguió al estreno, el director soltó que la verdad es que entendía a Hitler. "No puede decirse que fuera un tipo estupendo... pero me cae simpático". Y no contento con esto, al tratar de explicarse mejor, dijo: "Bueno, no estoy a favor de la II Guerra Mundial y estoy a favor de los judíos... aunque no demasiado, porque Israel nos suele joder bastante".

Las reacciones y reproches contra el cineasta no se hicieron esperar y hoy la organización del festival de Cannes lo ha declarado persona non grata. Algo sin duda doloroso y difícil para ambas partes, puesto que Von Trier se contaba entre los hijos predilectos del festival.

Las disculpas que posteriormente ha ofrecido el director han tenido muy poco efecto, porque, como reza el adagio popular, después del ojo afuera no vale Santa Lucía.

sábado, 16 de abril de 2011

Influencias


"Todo se construye sobre lo anterior, y en nada humano es posible encontrar la pureza". La reflexión pertenece a Ernesto Sabato.

Esta cita habría que tenerla presente al abordar el análisis de cualquier aspecto del desarrollo o desenvolvimiento de las sociedades. Eso incluye, por supuesto, a la literatura. Porque si hay una cosa que debería tener muy claro alguien que apenas comienza a derribar sus primeros pinitos en el oficio de escribir, es precisamente el asunto de las influencias. De las influencias dependerá su porvenir como creador.

Hay influencias de las que no podrá librarse y otras que será preciso trate de evitar, de evadir, de rehuir de ellas como se rehuye a la muerte: ¡a como dé lugar! Por cuestiones de simple estilo o natural supervivencia, claro. Incluso, hay que decirlo, su instinto, su olfato de escritor, será su única brújula, la guía que le trace el camino a seguir.

Años atrás una amiga me puso en contacto con un conocido suyo que comenzaba a escribir. Este joven pretendía que yo leyera varios de sus textos y luego le hiciera llegar mi opinión: una especie de veredicto. Confieso que no suelo hacer este tipo de favores, menos con gente que desconozco por completo, ya que conlleva una enorme responsabilidad. Apartando lo estrictamente técnico (ortografía, gramática, sintaxis, estructura, estilo, etcétera, etcétera), el resto en literatura es pura y dura subjetividad; son la propia estética y nuestro bagaje y prejuicios de lectores los que entran en juego durante la evaluación de cualquier texto. Sin embargo, accedí a leer y comentar los trabajos del conocido de mi amiga por la insistencia de esta última.

Lo que noté de inmediato al hojear los textos del aspirante a escritor era que le faltaba lectura, mejor dicho, le faltaba muchísima lectura. Para quienes somos lectores compulsivos e incontinentes esto es muy fácil de detectar. Y, desde luego, si no hay lectura es imposible que haya influencia. Incluso que el instinto y olfato de creador se hayan desarrollado como es debido. O tan siquiera que existan.

Pretender escribir sin influencias no es sólo sinónimo de ignorancia sino de una gran ingenuidad. Como en la cita de Sabato, hay influencia en todo, aunque nosotros las ignoremos.

Más o menos algo por el estilo de lo que acabo de escribir en los dos párrafos anteriores fue lo que respondí al joven aspirante a escritor, una vez que acabé de evaluar sus trabajos. Además, aproveché la oportunidad y acompañé mi email de una lista de títulos y autores que consideré apropiados para su lectura. Recuerdo que finalicé mi correo acentuando el hecho que aquellas conclusiones y recomendaciones estaban inevitablemente motivadas por mis gustos y manías personales. La respuesta del joven aspirante no se hizo esperar. En ella, entre una seguidilla de insultos soterrados, criticaba mi pobre creatividad que tenía que recurrir a la creatividad de otros escritores para salir a flote. Hablaba también de la libertad de creadores como Picasso (sí, como leen, ¡Picasso!, el mayor copiador, masticador y digestor de estilos ajenos que haya conocido la Historia del arte, comportamiento que, con el paso de los años, lo ayudó a encontrar y construir su propio estilo y a convertirse en el gran artista del siglo XX) que no copiaban a nadie sino que sus obras eran resultado de sus “pulsiones” internas. Tal vez si no hubiese usado el desafortunado ejemplo de Picasso para argumentar sus ideas, me habría llenado de paciencia y buscado la ocasión de responder a su email. Pero ¿para qué invertir tiempo en alguien que reacciona de esa manera y ha llegado a semejantes argumentaciones? Cuando le solicitamos a alguien opinión sobre uno de nuestros textos, deberíamos estar más preparados para lo que no queremos escuchar que para los elogios. Y no hace falta que diga que se suele sacar mejor provecho de lo primero que de lo segundo, si estamos en verdad interesados y dispuestos a aprender.

Borges escribió, en uno de sus célebres y aclamados prólogos: “Quienes minuciosamente copian a un escritor, lo hacen impersonalmente, lo hacen porque confunden a ese escritor con la literatura, lo hacen porque sospechan que apartarse de él en un punto es apartarse de la razón y de la ortodoxia. Durante muchos años, yo creí que la casi infinita literatura estaba en un hombre. Ese hombre fue Carlyle, fue Johannes Becher, fue Whitman, fue Rafael Casinos Asséns, fue De Quincey”.

Los que han leído a Borges conocen de sobra su debilidad por la hipérbole. No obstante, creo que en esta ocasión no exagera en lo más mínimo. Aquellos que saben algo sobre el oficio de escribir, seguro entenderán perfectamente lo que trato de decir.

Al menos es lo que creo.

sábado, 9 de abril de 2011

A Monster’s Life


Seamos honestos: algunos de mis placeres son anacrónicos para los tiempos que corren.

Por ejemplo, me gusta leer libros en su formato tradicional, sentir el olor de la tinta, del papel y el ruido que hacen las páginas al avanzar con la lectura; me gusta sentarme a charlar con mis amigos viéndoles a la cara, disfrutando de un vino tinto o una cerveza bien fría; me gusta escuchar música en un buen equipo de sonido estéreo (cadenas, como le llaman acá), mientras voy seleccionando de mi musiteca el CD de turno —aunque, también tengo que decirlo, mi anacronismo no llega al punto de hacerme padecer una profunda nostalgia por los discos de acetato; me gusta ver películas en una sala de cine, reclinado sobre una cómoda butaca, envuelto por la oscuridad y el sonido del sistema de audio Dolby Surround…

Sin embargo, no fue en una sala de cine que vi una de las joyas de la era digital que vivimos.

Corría el año de 1995. Si bien algunas empresas como Philips, Sony y Toshiba trabajaban en los estándares para el almacenamiento óptico de alta densidad, quien mandaba en el mercado de los aparatos de reproducción de imágenes para los hogares era el VHS. Aunque suene irónico, gracias a este sistema analógico, disfruté de la primera película creada en su totalidad con efectos de animación digitales. Desde luego, estoy hablando de Toy Story.

En aquella época me dedicaba de lleno a mi carrera de informático y llevaba más de un año viviendo a caballo entre Caracas y Barquisimeto. En la primera trabajaba y en la segunda tenía casa y pareja. Mi vida partida en dos, para variar.

Durante una de mis visitas de fin de semana que hice a Barquisimeto en aquel 1995, me apetecía quedarme en casa durante todo el rato, no salir, de modo que me apertreché de unas cuantas películas en el club de video al que estaba afiliado. La mayoría, películas infantiles, para entretener a los hijos de mi pareja de entonces. Entre aquellas películas, agazapada y con la mayor discreción, venía Toy Story.

Lo que comenzó como una forma de distraer a unos niños durante el fin de semana, acabó convirtiéndose en un placer y luego en una adicción. A partir de aquel fin de semana me declaré fans de John Lasseter y de todo su equipo de los estudios Pixar. De Toy Story —he perdido la cuenta de las veces que la he visto— no sólo me atrapó su atractiva y particular manera de animación, sino sus entrañables personajes y por supuesto los conflictos abordados en la trama, sencillos en apariencia, pero que dejan colar su complejidad, de forma soterrada, en nuestro inconsciente. A sus creadores debió costarles años de trabajo plasmarlos de aquella forma en un guión. En resumen, una película que podían entender y disfrutar por igual tanto niños como adultos. Y quizá sean éstas las principales características (y los principales componentes de su éxito) que tienen en común los 11 filmes que han estrenado los estudios hasta el día de hoy: Toy Story (1995), A Bug's Life (1998), Toy Story 2 (1999), Monsters, Inc. (2001), Buscando a Nemo (2003), Los Increíbles (2004), Cars (2006), Ratatouille (2007), Wall-E (2008), Up (2009) y Toy Story 3 (2010). En todos se abordan, en menor o mayor grado, historias que desnudan la condición humana con una sencillez y una precisión aplastantes. La envidia, el resentimiento, la traición, el egoísmo, la ambición desmedida, la maldad gratuita y la que persigue un fin, la soledad, la mentira, el engaño pero también la nobleza, el arrepentimiento, el valor de la amistad y del trabajo en equipo, el amor, la fidelidad, el agradecimiento, el sacrificio, la sinceridad son sólo algunos de los sentimientos que se ven reflejados en los personajes de los relatos de Pixar. Y aclaro que hablo aquí sólo de sus largometrajes, porque sus cortos son tan buenos que sería necesario dedicarles otro post entero. Además, eso que sus personajes nos parezcan entrañables, se debe únicamente al minucioso cuidado y detalle puestos en su construcción. Son personajes que no siempre aciertan en las decisiones que toman, plagados de un sinnúmero de matices, que evolucionan a lo largo de la cinta, que casi siempre terminan siendo un poco (o bastante) distintos a los que eran al inicio de la película, transmitiendo al espectador la sensación que ha sido testigo de un viaje maravilloso. ¡A eso se le llama progresión dramática! En fin, sentarse a ver una y otra vez estas películas, poniendo la lupa en este tipo de detalles, representa una sesión de aprendizaje enriquecedora e insustituible para cualquier dramaturgo.

Esta semana me he enterado de que los estudios Pixar cumplen 25 años desde su fundación. Sin duda ha sido un cuarto de siglo estupendo para ellos y desde luego para sus seguidores. Seguramente muchas de las secuencias de sus creaciones forman ya parte de los mejores recuerdos de millones de cinéfilos alrededor del mundo. Cómo olvidar, por ejemplo, la parodia (¿o sería más preciso hablar de homenaje?) que hicieron del Imperio Contraataca en Toy Story 2; o aquella actuación delirante, en la que todo les salía mal a “las estrellas” de circo ambulante de A Bug's Life; o las largas secuencias sin diálogo de Wall-E y Up al principio de ambas películas; o la atmósfera retro y sesentona de Los Increíbles; o los minutos de suspenso que nos hicieron vivir hacia el final de Toy Story 3, en la que en verdad todo parecía acabado para Woody y sus amigos… No hay dinero en el mundo que pague semejante placer.

¡Larga vida a Lasseter y a su equipo de los estudios Pixar!

sábado, 2 de abril de 2011

Arte y prostitución


Desde hace años, el mundo de la prostitución ha estado de alguna u otra forma ligado a la vida y obra de muchos artistas. Ellos, a contracorriente de lo políticamente correcto, bien sea echando mano de la pintura, la literatura, la música, el teatro o el cine, han abordado el tema desde diversos y originales puntos de vista.

Toulouse-Lautrec, por ejemplo, se convirtió en cronista de lujo de los prostíbulos del París de finales del siglo XIX. Su afición por estos lugares le permitió dejar un testimonio pictórico cargado de sensibilidad y belleza en el que las trabajadoras del sexo, sus clientes y otros asiduos, fueron inmortalizados con gran detalle y libres de prejuicios. Van Gogh y Gauguin, entre otros tantos pintores, también se sintieron atraídos por el mundo de las meretrices y dejaron constancia de ello en sus respectivas obras.

En literatura me viene a la mente nombres como los de Henry Miller (tan asiduo a los burdeles como el propio Toulouse-Lautrec), Gabriel García Márquez, el último premio Nobel, Mario Vargas Llosa y Roberto Bolaño, por citar apenas a unos cuantos escritores de mi gusto, tan influyentes como imprescindibles.

En música recuerdo cuatro estupendas canciones que hacen referencia al tema. La primera, la pegadiza y dramática Roxanne, del grupo The Police, tal vez la más conocida de las cuatro para los lectores, convertida a estas alturas en un verdadero clásico del pop (a propósito , en 1999 George Michael grabó una versión muy personal de Roxanne que no tiene desperdicios); la tropical, triste e igualmente hermosa Perla negra, del venezolano Yordano Di Marzo; la dura (en más de un sentido) Dirty women, de Black Sabbath y, una de data más o menos reciente, la festiva Me llaman calle de Manu Chao, que formó parte de la banda sonora de la película Princesas (2005), del realizador español Fernando León de Aranoa.

Pero quizá sea precisamente en el cine donde los artistas han dejado una huella más latente, palpable y significativa de lo que vengo diciendo. Maestros como Luis Buñuel (Belle de jour, 1967); Federico Fellini (Las noches de Cabiria, 1957); Pier Paolo Pasolini (Accatone, 1961; Mamma Roma, 1962); Claude Chabrol (Violette Nozière, 1978) y Billy Wilder (Irma la Douce, 1963) han dirigido, con menor o mayor acierto, cintas que se adentran en las vicisitudes de prostitutas y sus chulos. Desde comedias ligeras y románticas como Pretty Woman (1990), de Garry Marshall —un fenómeno del cine comercial de nuestro tiempo—, pasando por comedias más sustanciales como Mighty Aphrodite (1995), de Woody Allen, experimentos sensoriales y extraordinarios como Leaving Las Vegas (1995), de Mike Figgis y Moulin Rouge (2001), de Baz Luzhrmann, hasta duros dramas con ribetes de tragedia como la ya antes mencionada Princesas o el muy original drama de Irina Palm (2007), de Sam Garbarski; en todas ellas, el factor común es que se nos cuenta la historia de mujeres que ofrecen su cuerpo por dinero y, durante el trayecto, esas historias acaban conmoviéndonos o trastocando nuestro sistema de valores. Sin olvidar, claro, cuatro títulos de cuatro creadores que están entre mis directores favoritos: George Cukor (La dama de las camelias, 1936); Jean-Luc Godard (Vivir su vida, 1962); Wong Kar-Wai (Days of Being Wild, 1990) y Steven Soderbergh (The Girlfriend Experience, 2009). Como ven, una larga lista de películas.

A estas alturas más de uno puede estarse preguntando qué ha llevado a estos realizadores a dejarse seducir por los signos y compases de este ambiente. Desde luego habrá montones de respuestas, sin embargo, yo me atrevo a esgrimir la siguiente: pocos temas como el de la prostitución consiguen dividir las opiniones del público y sacar a la luz las peores conductas de las sociedades. Como muestra un botón. Recientemente un programa televisivo español realizó un experimento: contrató a modelos profesionales para que se hicieran pasar por putas y se desplazó con ellas, y un equipo de reporteros, por diversos barrios de Madrid. Mientras las falsas meretrices se ubicaban en un sitio estratégico del barrio de turno, el grupo de reporteros se apostó en una esquina cercana y comenzó a aplicar una sencilla encuesta a las personas que pasaban por allí. La finalidad de las preguntas era medir el grado de tolerancia de los madrileños hacia la prostitución. Los encuestados tenían que dar sus respuestas frente a un micrófono y una cámara de televisión. Desde luego, la mayoría se mostro tolerante ante el micrófono y la cámara, pero al doblar la esquina y toparse de pronto con las falsas meretrices, las mismas personas que se habían mostrado tolerantes con la prostitución minutos atrás, no sabiéndose observadas, les cambiaba la expresión e incluso algunas se acercaban a las modelos que hacían de putas, las increpaban y desaprobaban su comportamiento. Por supuesto, esta segunda etapa del experimento se planificó para que fuera captada por una cámara escondida. De modo que el experimento del canal televisivo demostraba claramente el doble discurso y la hipocresía que tienen muchos con la prostitución. Quizá también sea justo decir que hubo personas coherentes en su criterio (bien porque la toleraban o no), que mantuvieron la misma postura frente y detrás de las cámaras.

La semana pasada, también en España, el debate relacionado con la prostitución volvió a ser tema de actualidad debido a la prohibición de anuncios sexuales en los periódicos.

Creo que, igual que han hecho con otros asuntos a lo largo de la historia, los artistas, al abordar recurrentemente el tema, aspiran que las sociedades comiencen por fin a enfrentarlo (que no a resolverlo, tampoco son tan ingenuos) apartando de dicha discusión los dobles discursos. Porque se trata de un problema demasiado complejo, en el que se cometen un sinnúmero de injusticias, se violan derechos humanos básicos y alrededor del cual se aglutinan tantos intereses que, para tan sólo encaminar el diálogo hacia una posible solución, exigiría de las partes involucradas, años de negociación, voluntad de compromiso y, sobre todo, voluntad para ceder ante posiciones antagónicas.

¿Podrán ponerse de acuerdo algún día?

Eso nadie lo sabe. De modo que, siendo optimista, resta un larguísimo trecho por delante y seguramente los artistas, durante ese trayecto, continuarán deleitándonos con sus trabajos y puntos de vistas sobre las putas y el mundo que gira a su alrededor.

sábado, 26 de marzo de 2011

Crónicas de Montevideo (I)



En junio de 2009 visité Montevideo por primera vez.

Pese a haber visitado varias ciudades de América Latina en el período comprendido entre 1995 y 2002, a causa de mi antiguo trabajo, nunca se me había presentado la oportunidad de viajar allí. Tendrían entonces que transcurrir otros siete años, cambiar de profesión y abrirse una mayor distancia entre Montevideo y la ciudad en la que habito para por fin conocerla.

El viaje lo motivó el montaje de una de mis piezas que se estrenó en el Teatro AGADU, Canelones 1122, el 18 de abril de aquel mismo año. Tengo que confesar que a partir de ese día guardo especial agradecimiento a la gente del colectivo Ilusionario Teatro (mis queridos Javier Barboza y Luciana Acuña), a cargo de quien corrió la producción de la obra, porque, de lo contrario, creo que jamás hubiera visitado la capital de la República Oriental del Uruguay y, como es natural, me hubiera perdido de una singular y muy grata experiencia.

Bastaron apenas cinco días para quedar prendado de Montevideo. A mis ojos se mostró como una ciudad limpia y ordenada, con una arquitectura en la que se entremezclan lo moderno y lo antiguo con una naturalidad pasmosa. Por ejemplo, en Ciudad Vieja, la zona más antigua y a partir de la cual se originó el Uruguay que hoy conocemos, se conservan muchos edificios de estilo colonial que datan de la fundación de la ciudad (entre 1724 y 1726), como el Cabildo y la basílica metropolitana. A través del bulevar Sarandí, un hermoso pasaje a cuyos lados se levantan cafés, restaurantes, librerías, galerías de arte, amplias y arboladas plazas y a lo largo del cual los artistas y artesanos callejeros montan sus tarantines (con un orden y una estética no muy familiares para alguien que vivió años en Barquisimeto y Caracas), la ciudad antigua, poco a poco, va cediendo terreno y protagonismo a la más moderna. Pero es quizá en la Puerta de la Ciudadela (único vestigio de la muralla que antes protegía a Montevideo de las invasiones), que se encuentra frente a la Plaza Independencia, que esta percepción se hace mucho más pronunciada y evidente. A partir de allí se abre a nuestros sentidos una ciudad más dinámica y cosmopolita, con amplias avenidas, altos edificios (destaca el Palacio Salvo, a los pies de la avenida 18 de Julio), comercios, bancos, numerosas plazas y espacios verdes que hacen del paseo un trayecto sumamente placentero.

Antes de pisar suelo uruguayo, mi esposa y yo habíamos pasado unos días en Buenos Aires, ciudad que no me cansaré de visitar y que, cada vez que el destino me ofrece la ocasión, aprovecho de regresar a ella. Allí siempre me esperan buenos amigos, las mesas de cafés y restaurantes de donde no me apetecería levantarme nunca, librerías con precios solidarios y teatros con carteleras diversas y atractivas. Siguiendo los consejos de Lyl Torres, no cogimos un vuelo que nos llevara de Buenos Aires directo a Montevideo, sino que decidimos cruzar el Río de la Plata en barco. Como lo hacen muchos a diario. El sólo hecho de zarpar de las instalaciones de la empresa Buquebus, en el exclusivo barrio de Puerto Madero, surcando las aguas del turbio río hasta tocar tierra al otro lado, mereció el recorrido. Quizá con esta imagen en mente, el siguiente tramo se nos hizo más dócil y soportable: casi dos horas de viaje en autobús desde Colonia a Montevideo.

Cuando finalmente arribamos a destino, en la Terminal Tres Cruces nos esperaba Javier Barboza, un muchacho alto, de tez blanca, pelo liso y castaño y ojos traviesos como los de los niños. Javier es un joven y prometedor actor que, junto con Luciana Acuña, su pareja y partner, fundó Ilusionario Teatro para producir y llevar a las tablas sus propios proyectos y espectáculos en la competitiva escena teatral montevideana. Nos recibió con enorme jovialidad y cariño, como si nos conociéramos de toda la vida, cuando, en realidad, sólo llevábamos poco menos de un año cruzándonos emails y chateando de tanto en tanto a través de la red. Después de los abrazos, besos y de las primeras palabras de nuestro encuentro en persona, abandonamos la terminal de autobuses. Como en estos casos sugiere el sentido común, no fuimos enseguida a registrarnos al hotel sino a recoger a Luciana en su trabajo con el fin de dar un rápido recorrido y un vistazo inicial a la ciudad. El tiempo, cuando se está en tierras ajenas, hay que aprovecharlo al máximo.

Así pensamos la gente de teatro.

Montados sobre el Renault Twingo de Javier y Luciana, con Javier al volante y una jovial, sonriente y dicharachera Luciana ocupando el asiento del copiloto, dimos entonces nuestro primer reconocimiento a Montevideo. Paseamos por las ramblas que, en cierto sentido, redibujaban el contorno del litoral montevideano para conductores y transeúntes (a propósito, las ramblas, a cada ciertos kilómetros, cambian de nombre; nuestro hotel, por ejemplo, quedaba en el tramo denominado Gran Bretaña) y pudimos apreciar el sobrecogedor espectáculo que nos regalaba la bahía a esas horas de la tarde: a nuestra derecha la ciudad y al otro lado el río que la acaricia perenemente.

A medida que avanzábamos en el recorrido, bien por boca de Luciana o del propio Javier, algunos datos e historias de la ciudad se nos iban revelando y ensanchando la imagen que de ella empezábamos a formarnos.

Montevideo se encuentra entre las ciudades más seguras de América Latina y es la de mayor calidad de vida de la región. De eso no nos quedó duda en aquel primer paseo de reconocimiento. Se podía notar en el ambiente, con una simple mirada a las calles y avenidas; en la gente y los vehículos que circulaban a nuestro alrededor; en los barrios en donde nos internábamos; en las fachadas de los edificios… Quizá por tener inconscientemente preconcebida  una imagen errónea de la ciudad, después de viajar tanto por la región, me sorprendió descubrir todo lo que estaba abriéndose ante mis ojos en aquel momento. Una experiencia en extremo lúdica, emocional y desde luego sumamente grata.

Otros datos importantes: los uruguayos no llegan a 3,5 millones y sólo en Montevideo viven 1,3. En caso de ampliar el radio de acción al área metropolitana, la cifra alcanzaría casi los 2 millones de habitantes. Es decir, en la capital vive el 58 % de la población del país. Y eso siendo Montevideo el departamento con la menor superficie de entre los 19 en que se divide geográfica y políticamente la República Oriental del Uruguay.

domingo, 20 de marzo de 2011

De vuelta por estos predios

Abandoné este blog a su suerte en mayo de 2009.

Por entonces, la pulsión interna que me llevó a crearlo, poco a poco, fue menguando, fue haciéndose indefectiblemente intermitente hasta casi desaparecer. De modo que pensé que dejarlo a un lado, por algún tiempo, sería lo mejor, lo más saludable. Y eso fue lo que hice.

De aquello van a cumplirse dos años.

Desde luego, mucha tinta electrónica habrá sido derramada en la red durante ese lapso.

Sin embargo, desde hace días, me anda rondando una pulsión similar a esa que me llevó a crearlo a comienzos de 2007. He tratado de hacer oídos sordos pero está resultando demasiado insistente, demasiado ruidosa, demasiado molesta… Y aunque no estaba en mis planes retomar las actualizaciones de Las armas secretas en este año, a veces suele resultar más aconsejable hacerle caso a la intuición que a la mismísima razón.

Así que, pronto, muy pronto, volveré a colgar mis notas y reflexiones por estos predios.

sábado, 30 de mayo de 2009

Estreno de “Pieza para dos actores” en Córdoba, Argentina


de Víctor Vegas

Primer Premio en el VII Certamen de Textos Teatrales de Torreperogil, Jaén, España (2004)

"Amor y odio son cuernos de la misma cabra"
Anónimo

Producción a cargo del Elenco Estable de Teatro del Centro Cultural Municipal del C.P.C Colón

Dirección: VÍCTOR JUNCO

Sábado 30 de mayo

CPC Colón | Av. Colón 5300 | Córdoba - Argentina | Telf. 433-7102- Int. 8461

martes, 19 de mayo de 2009

América Latina y los nacionalismos

[El nacionalismo] nos ha hecho un inmenso daño y nos sigue haciendo muchísimo daño. Es, por desgracia, un problema que se da en toda América Latina. Europa, que ha sido un continente ensangrentado por el nacionalismo, ha conseguido romper esos viejos prejuicios, unirse. Los enemigos de siempre se han unido y ahora trabajan juntos, y van desapareciendo las fronteras entre ellos. Ese es el ejemplo que nosotros tendríamos que seguir. Entender que los grandes problemas que tenemos no son los países vecinos, sino el hambre, la pobreza, el atraso, la falta de educación, la falta de salud. Esos son los grandes enemigos.

Mario Vargas Llosa