viernes, 29 de junio de 2007

Erotismo vs. pornografía


En un artículo titulado Lo erótico y lo pornográfico: una disociación interesada, Frank Baíz dice:

El término pornografía es utilizado para designar dos realidades de diferente orden. En primer lugar, su raíz etimológica (porne, graphia: descripción de la vida de las prostitutas) comporta una evaluación, o en palabras de un estudioso alemán: pornografía es un término normativo, es decir, que en él se expresa lo que una sociedad y su moral quieren que se interprete como deshonesto. Esta acepción, que ha alimentado la estéril discusión destinada a distinguir entre pornografía y erotismo, no es de mayor interés práctico.

En segundo lugar, el vocablo pornografía define la representación explícita de la actividad sexual humana, en todas sus variantes, desde la cópula heterose­xual, hasta las múltiples manifestaciones de la fantasía en torno a la sexualidad. En este sentido el vocablo nos provee de una definición de contenido, ajena a con­notaciones morales.

La visión que postula el erotismo y la pornografía como polos opuestos y excluyentes, es, como ya dijimos, estéril, operativa y conceptualmente. Según ella, el erotismo caracteriza cualquier exposición sugerida y delicada de la realidad sexual. La pornografía, por el contrario, es la exhibición descarnada de lo sexual, la exposición banal y antipoética de esta realidad biológica. Curiosamente, esta visión bipolar asigna un valor estético justamente en aquel espacio en el cual la sexualidad biológica aparece negada, para dar paso a una idealización lateral y substitutiva de la actividad sexual humana.

En rigor, nunca ha existido ninguna línea divisoria entre el arte que alude -descarnadamente o no- a lo sexual y aquel que lo soslaya más o menos poéticamente. Desde Las mil y una noches o La histoire de l'oeil, en literatura, desde Watteau hasta Picasso y Allen Jones, en pintura, lo explícitamente sexual se ha constituido en elemento medular de la obra artística, negando de hecho la perti­nencia de una polémica cuya mayor debilidad estriba en la indefinición de los tér­minos mismos de su discurso. Con el arte erótico o pornográfico habría que decir algo parecido a lo que Stravinsky decía de la música, que hay obras buenas y obras malas: la distinción no da para más.
Estoy en total acuerdo con cada palabra, cada punto y cada coma de las reflexiones de Frank Baíz.

Considero apropiado aclarar que en la adolescencia, más que consumidor de pornografía en su formato audiovisual (el betamax y el VHS vivían su mejor momento), lo fui en formato de revistas y libros. Quizá porque en el fondo quería que mi imaginación se mantuviera activa.

Y mientras leía una de aquellas novelas porno, al igual que antes me había sucedido al final de la infancia con los cómics y la literatura, me imaginaba escribiendo historias que erotizaran la imaginación de mis posibles lectores. Sin embargo, como tantas ideas de entonces, todo quedó en puro proyecto.

A estas alturas más de uno debe estarse preguntando ¿a dónde me quiere llevar este sujeto?

Todo lo anterior viene a cuento porque, hace poco, una buena amiga que leyó uno de los relatos incluidos en mi libro Mensajes en la pared, me dijo que si había abandonado mi “exitosa” carrera de informático para dedicarme a escribir pornografía. No sé si el comentario lo hizo a manera de reclamo, chiste o de alabanza, puesto que a veces por teléfono no es fácil distinguir entre una cosa y otra. La verdad, tampoco en ese instante quise indagar en el asunto y preferí cambiar de tema. No obstante, más tarde, al reflexionar sobre el comentario de mi amiga, me dije que poco importaba... Que con sólo haber escuchado la palabra pornografía saliendo de sus labios ya me daba por satisfecho; que tal vez no se trataba de aquellas historias que soñé escribir durante la adolescencia mientras leía novelas porno, pero que a fin de cuentas algo es algo... Quién quita si más adelante...

Aquellos que ahora se sientan picados por la curiosidad, pueden leer el relato del que hablo aquí, o, mejor aún (para mí, claro), comprar mi libro Mensajes en la pared.

Y resuelvan ustedes mismos si se trata de un relato erótico o de uno pornográfico... Aunque, como ya hemos visto, eso no tiene mucha importancia.

lunes, 18 de junio de 2007

La independencia de las palabras


Todo aquel que tenga a la palabra escrita como oficio corriente, consciente y más o menos serio, seguramente se habrá enfrentado, en diversas oportunidades —y capitulado más de una vez, desde luego—, a la independencia de las palabras.

Las ideas suelen ser soberanas indiscutibles a lo largo y ancho de su territorio abstracto. Sin embargo, al intentar traspasar la frontera de la imaginación para materializarse sobre la hoja en blanco, muchas veces se encuentran con el férreo y nada cordial recibimiento del quisquilloso agente de inmigración que, por lo general, es el sentido del oído.

Para un escritor, salir victorioso de la batalla que significa la creación de un texto, no siempre es hazaña de frecuencia cotidiana. Y no estoy hablando sólo de acabar el texto, porque éste, a menudo, se termina o abandona en el punto final. De lo que hablo es que ese texto se parezca o se aproxime (al menos) a lo que se ha pensado o imaginado momentos atrás, previo a iniciarse el trabajo. Es aquí donde la independencia de las palabras hace de las suyas para conspirar contra el autor.

Antes de comenzar a escribir las ideas lucen estupendas desde sus vitrinas; parecieran originales, diferentes, distintas a las que otros han expresado a través de su verbo —que es la aspiración de cualquier escritor. No obstante, a medida que la página se va llenando de líneas, que va perdiendo su celosa y resguardada virginidad, notamos que algo no anda bien, que así no es como quisiéramos que nuestras ideas aparezcan sobre el papel, que sean leídas, degustadas por el lector... Que en definitiva es el fondo pero no la forma. Entonces, en un arrebato de indignación, de locura (¿?), deshacemos lo hecho para recomenzar desde cero.

Cuando escribimos, el oído es quizá el órgano más disciplinado, el más exigente, el que trabaja sin receso; en fin, el último en claudicar y ceder posiciones. Riguroso y detallista, es quien lleva la batuta y nos obliga a esforzarnos, a escoger las palabras adecuadas y colocarlas en lugares estratégicos, a reemplazar ésta por aquella otra que suena mejor, que encaja casi a la perfección dentro del discurso o la trama. En ocasiones, el texto se nos hace interminable, no por el volumen de ideas acumuladas, sino porque el oído pareciera nunca quedar satisfecho con lo que hacen las manos y el ingenio. Hacer y deshacer se convierte en un círculo vicioso, en una carrera desquiciada hacia la meta del punto final.

A esta altura del trabajo otras partes del cuerpo habrán bajado la guardia, como los ojos o, por qué no, el trasero; por citar tan sólo un par de ejemplos. En cambio el oído permanece atento al proceso creador, empeñado en capitalizar cada idea, cada chispazo que pueda aportar el ingenio. Pero el ingenio, que carece de disciplina ni sabe de fidelidades, no siempre está dispuesto a soportar cierta clase de sacrificios y prefiere, aprovechando el cansancio de los otros órganos, traicionar a su tenaz compañero y pasarse a las filas del bando contrario, que no es otro que el de la independencia de las palabras. Ante esta confabulación, desafortunadamente, el oído cae redondo y aún cuando llegue a percatarse del engaño, será siempre demasiado tarde: después de que el texto haya sido rechazado por el editor, o, peor aún, cuando haya sido publicado y no exista la menor oportunidad de remendar el capote.

Por cierto, en esta cita habría deseado presentarles una ingeniosa reflexión sobre la importancia del oído en el oficio del escritor, sin embargo, terminé cediéndole la tarea a la independencia de las palabras que, cada vez, va ganando mayor terreno en la batalla.

(Por favor, que nadie se lo diga a mi oído)

domingo, 3 de junio de 2007

Ser padre en América Latina


¿Qué sucedería si alguien le solicitara a un grupo de reconocidos dramaturgos latinoamericanos que ofrecieran su particular visión de la figura del padre en la región?

La respuesta, o parte de ella, podrá ser apreciada a partir del viernes 8 de junio, y hasta el domingo 8 de julio, en la sala principal del Teatro San Martín de Caracas.

El espectáculo lleva por nombre, PROYECTO PADRE: OBRAS JOSÉ 1, y en esta primera entrega cuatro autores mostrarán su particular visión sobre el padre: el colombiano Víctor Viviescas (“Los adioses de José”); el venezolano Elio Palencia (“El que te cogió y se fue”); el argentino Ricardo Halac (“Papá poeta”) y el puertorriqueño Roberto Ramos-Perea (“Cenizas vivas”). Las piezas hablan sobre el padre a quien sólo le queda el recuerdo y la culpa después de perderlo todo a causa de la guerra; el que nunca estuvo físicamente pero su ausencia marcó para siempre el destino de sus hijos; el que va y viene sin querer quedarse en su responsabilidad de padre; y aquél cuya presencia significó para sus hijos un pesado grillete, que sólo supo comunicarse con ellos a través de la violencia.

“En el 2005 un grupo de autores nos pusimos de acuerdo para escribir una serie de piezas con un personaje común”, explica Gustavo Ott, creador del proyecto y “curador” de las piezas. “La idea es llevar a la literatura dramática del continente una aproximación libre, escrita por varios autores en una misma época, sobre uno de los grandes personajes del idioma: el padre. El padre como jefe de familia, pero también como el primero en enseñarnos los usos del poder; el padre como sacrificio o como dictador; víctima o victimario, presidente o vendedor de frutas; el padre ausente o demasiado presente; la madre padre, el padre de la patria, el padre de la Iglesia, Dios padre, en fin, el padre desde todas las aristas, géneros y técnicas posibles”.

El Proyecto Padre es una idea original del Teatro San Martín de Caracas y participan en él los autores Ignacio del Moral (España), Benjamín Galemiri (Chile), Ricardo Halac (Argentina), Santiago Martín Bermúdez (España), Bernard Lagier (Francia-Martinica), Luis Mario Moncada (México), Ángel Norzagaray (México), Mónica Ogando (Argentina), Gustavo Ott (Venezuela), Elio Palencia (Venezuela), Roberto Ramos Perea (Puerto Rico), Patricia Suárez (Argentina) y Víctor Viviescas (Colombia), quienes han escrito trece obras totalmente originales, exclusivas para este proyecto que nació en el 2006 y que, con el estreno de tres espectáculos, cada uno de cuatro piezas en promedio, se prolongará hasta el 2009.

La primera entrega de esta trilogía cuenta con la actuación de Gonzalo Cubero, Trino Rojas, María Eugenia Romero, William Escalante, José Luis Zález y Lismar Ramírez; la producción general de David Villegas y la coordinación literaria de Gustavo Ott. Todos bajo la dirección general de Luis Domingo González.

martes, 8 de mayo de 2007

Mrs. Klein nos invita a su casa


La primera palabra que se me viene a los dedos al escribir esta nota es intimidad.

Porque intimidad es lo que derrocha el montaje de la pieza de Nicholas Wrigth, “La señora Klein”, que se presenta en la sala Horacio Peterson del Ateneo de Caracas, bajo la dirección de Orlando Arocha y la producción general de la institución privada Espacio Anna Frank.

La abigarrada escenografía, según los gustos de la época, hace sentir al espectador como si también estuviera allí, en esa sala, la sala de la casa de Mrs. Klein, que más que sala será un campo de batalla durante los minutos en que se desarrolla la pieza.

El argumento de “La señora Klein” es como sigue: “Un día de 1.934, la psicoanalista más polémica de Gran Bretaña, Melanie Klein, pionera de la terapia infantil, se entera de la muerte de su hijo Hans en un accidente de montaña. Su hija Melitta, también psicoanalista y detractora pública de las teorías de su madre, sostiene que la muerte de Hans ha sido un suicidio”.

De manera que en ciertos momentos, el público puede llegar a sentirse más fisgón que nunca viendo a madre e hija sacándose los trapitos al sol sin titubeos. Y despedazarse una a la otra sin piedad. Un tercer personaje se mueve en escena, Paula, discípula y una especie de asistente que acaba de contratar Mrs. Klein para que corrija el manuscrito de su último libro, pero cuyo verdadero objetivo es convertirse en paciente (ser analizada) de la reconocida psicoanalista. Tres mujeres con serios problemas de conducta, que parecieran necesitar más que un psiconálisis para superar sus traumas.

Uno no puede más que agradecer este tipo de puestas en escena donde el teatro despliega lo mejor de sí: un texto sólido, una producción y dirección limpias y actuaciones de antología. Me decía un amigo que Diana Volpe está enorme en su interpretación de Melanie Klein, y yo le replicaba, “pero es que no tenía alternativa porque el personajes es enorme”; el tipo de personajes que a los Actores (sí, con “A” mayúscula) les encantaría tener la ocasión de representar puesto que les da la oportunidad de demostrar su talento: imponentes, hiperkinéticos, contradictorios, con un “super-yo” que los desborda... Y así nos dice Wrigth (y Volpe, por supuesto) que es Melanie Klein: una mujer que a veces encandila con su oscuridad.

Catherina Cardozo y Verónica Cortez también nos demuestran sus dotes como actrices en sus respectivas interpretaciones de Melitta y Paula.

Pese a que la sala Horacio Peterson permitió darle a la pieza la intimidad que requería, para mi mala suerte quedé justo debajo del sistema de aire acondicionado, que en mi opinión, no es todo lo silencioso que debería ser.

viernes, 4 de mayo de 2007

La magia de la imaginación


Confieso que fui un lector tardío.

Antes de los diez u once años, si hablamos del asunto meramente intelectual, sólo me interesaron los cómics y las películas.

Ah, y la música, desde luego.

Si ahora mismo un equipo de torturadores profesionales se dedicara a sacarme los títulos de al menos tres libros infantiles que hubiera leído durante mi niñez, lo único que saldría por mi boca serían gritos de horror; con toda la carga de ironía que pueda llevar esta frase.

La poca literatura infantil que he consumido en mi vida la leí siendo ya adulto. Creo que esto me aporta ciertos visos o rasgos de objetividad para abordar el tema.

En mi trayectoria como lector, he descubierto que hay tres aspectos que me gustaría que cualquier obra que leo cubriera: a) que me entretenga; b) que me conmueva o conmocione, y c) que me haga reflexionar o cuestionarme sobre algún aspecto de la realidad, bien sea como individuo o como parte de un colectivo.

Y cuando hablo de cualquiera se debe entender que también incluyo a la literatura infantil.

El primer libro que recuerdo haber leído (creo que antes hubo uno o dos, pero ya lo dijo Gabriel García Márquez, las cosas no son como nos sucedieron sino como las recordamos) fue “Cien años de soledad”. Enseguida de haberlo terminado, volví a iniciar su lectura desde la primera página, hipnotizado por su extraordinario comienzo: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

La historia de los Buendía y del pueblo de Macondo me trastocó: ¿cómo era posible que en una cabeza humana cupiera tanta magia, tanta imaginación?

Y aunque mucho tiempo después descubrí que gran parte de lo narrado en “Cien años de soledad” tuvo su origen en sucesos reales, ese hecho baladí no le quita mérito ni magia a mi primer contacto con la obra de García Márquez y, por supuesto, con la literatura.

Lo anterior viene a cuento porque la semana pasada, un buen amigo, Juan Ramón Pérez, me invitó a la presentación del libro infantil “Bambú y Sombrero”, publicado por la editorial del Instituto de Altos Estudios de Control Fiscal y Auditoria del Estado, COFAE, donde uno de los dos cuentos que componen el libro es de su autoría.

Juan Ramón comenzó de esta manera su discurso:

“Debo confesarles que no creo en la literatura infantil.

Hace poco me llamó a mi teléfono móvil una persona para que le diera algunos tips sobre cómo escribir cuentos. Esta persona se enteró de que yo dictaba todos los años, en Acarigua, un taller que se llama Ficción Mínima, que es parte de un proyecto mayor que dirige la Licenciada Mary Monteiro titulado, SEMBRANDO ESCRITORES (que por cierto, este año perdió el subsidio por un tecnicismo burocrático), en donde se le entrega a los niños, o a cualquier nuevo escritor, las herramientas para construir sus propios cuentos.

La persona en cuestión justificaba su novatada en las letras diciendo que solamente había intentado algunas cosas sencillas como poesía y cuentos para niños. ¡Nada más y nada menos! A mi juicio, los dos géneros más difíciles.

Y es que el gran problema de la llamada literatura infantil, no sólo en Venezuela sino en el resto del mundo, es de enfoque: pretender que los niños son sub-personas cuando en realidad son personas en desarrollo.

Parece sencilla la diferencia pero en la práctica es difícil separar y separarse de estas categorías. Cuando se escribe para una sub-persona, se le entrega todo procesado, sin darle opción a que use sus herramientas de pensamiento. Cuando se escribe para personas en desarrollo, se entregan elementos que le permitan usar las herramientas del pensamiento.

Por eso no creo en la literatura infantil y preparo mis cuentos para niños con técnicas similares con las que construyo mis obras para adultos.

Los niños son sabios y disciernen lo que quieren leer porque cuentan con un recurso que los adultos poco usamos: la fantasía”.


En “El sombrero del mago”, el cuento de Juan Ramón, una niña, Maigua, encuentra un sombrero verde abandonado en la banqueta de un parque. El sombrero le pertenece a un mago de Tariraribán, un país lejano que tiene cien años en guerra. El sombrero tiene la particularidad de hablar y le propone a Maigua que lo lleve con ella y en recompensa le concederá un deseo. Cualquier deseo. Otra de sus particularidades es que sólo puede ser visto por una persona a la vez, siempre y cuando esta persona sea inquieta (soñadora, sería la palabra más acertada). Por esta razón, los adultos cercanos a Maigua no pueden enterarse de su existencia.

Sin embargo, a ella más que ver materializado su deseo, lo que en realidad le interesa del sombrero verde del mago son las increíbles historias que éste le cuenta sobre Tariraribán y sus habitantes. Tanto, que cada día posterga la solicitud del deseo con la finalidad de que el sombrero continúe contándole historias.

“El sombrero del mago” pareciera decirnos que la verdadera magia con la que contamos los seres humanos la tenemos en la imaginación. Que la fantasía, sea cual fuere la edad que nos atraviesa, está aguardando por nosotros en algún lugar... Un lugar maravilloso como los libros...

¿Qué esperamos entonces para volver a ella?

miércoles, 2 de mayo de 2007

Los 39 mejores, menores de 39

Bogotá 39 es uno de los principales eventos que se realizará este año en la capital colombiana para celebrar el hecho de que la ciudad ha sido elegida como Capital Mundial del Libro.
“Entre el 23 y 26 de agosto de 2007 se reunirán en la capital 39 de los mejores escritores latinoamericanos de la nueva generación para charlar sobre ellos, sobre su oficio frente a los bogotanos. Un evento que no tiene precedentes en la literatura latinoamericana que se realiza con la ayuda del Hay Festival.

Durante más de tres meses un jurado conformado por los escritores Piedad Bonnet, Héctor Abad Faciolince y Óscar Collazos se dedicó a estudiar los nombres de decenas de escritores latinoamericanos que fueron postulados a través de Internet –más de 2000 personas participaron en la convocatoria–.

Después de analizar la obra de cada uno de estos autores, la crítica que habían recibido y el reconocimiento que tienen en su país, cada jurado seleccionó 60 escritores y después de mucho deliberar llegaron a un consenso sobre cuál sería la lista definitiva. Colombia, al final, fue el país con más representantes: seis escritores.”

Así lo informó la revista colombiana Semana, en su versión digital, el pasado viernes 27.

Por Venezuela han sido seleccionados Rodrigo Blanco Calderón y Slavko Zupcic, dos jóvenes escritores que gracias a su disciplina, perseverancia y, desde luego, la calidad de sus obras, estarán representando al país en este importante evento para las letras del continente.

Quien desee leer más sobre el asunto, puede hacerlo aquí.

lunes, 30 de abril de 2007

Contra el sectarismo

“El sectario quiere que los suyos salgan adelante a toda costa, aunque el conjunto del país sufra en su armonía o incluso corra peligro de desmoronarse. En su hemiplejia partidista valora las instituciones no en cuanto garantías de que todos puedan jugar limpiamente sino sólo en la medida que pueden ser utilizadas al servicio de su propia ideología: lo que no me sirve para ganar, debe ser desprestigiado e inutilizado.”

¿Les suena familiar? Sin embargo, en principio, nada tiene que ver con nuestro país (sólo en apariencia, claro). El fragmento anterior fue extraído de un artículo (con el mismo título de este post) escrito por el pensador español Fernando Savater, con respecto a la reciente polémica que se ha desatado en España tras los planes gubernamentales de incluir una nueva asignatura en los programas de bachillerato: Educación para la Ciudadanía. El párrafo continúa de esta manera:

“De modo que es importante enseñar a quienes pronto van a ser ciudadanos de pleno derecho, antes de que corrompan su juicio los maniqueísmos de sus mayores, el verdadero significado en busca de un bien común que tienen los mecanismo democráticos y el sentido de la separación de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Sobre todo, prevenirlos, antes de que por influencia de sus mayores o del ambiente los padezcan, contra los dos peores y más frecuentes sectarismos de nuestro espectro político: el clericalismo, por lo general apoyado electoralmente por la derecha, y el nacionalismo, apoyado también, por lo general, electoralmente por la izquierda. Luego puede ser ya demasiado tarde.”

¿Qué escribiría Savater si le hubiera tocado vivir los últimos 10 años por estas tierras? Sería muy difícil saberlo, por supuesto, pero menos difícil imaginarlo...

sábado, 21 de abril de 2007

¿Cuántos actos fallidos caben en un minuto?


Anoche asistí al estreno de “120 vidas x minuto”, la pieza más reciente del reconocido dramaturgo venezolano Gustavo Ott.

En los últimos dos años, el Teatro San Martín de Caracas se ha convertido para mí en una especie de oasis. Los espectáculos que suelen representarse allí, nunca dejarán indiferente a un espectador ávido por ver cosas nuevas.

Y “120 vidas x minuto”, ganadora del Segundo Premio del Concurso Nacional de Creación Contemporánea y Dramaturgia Innovadora de 2006, convocado por el IAEM, no podía ser la excepción que confirmara la regla.

Según el propio autor, en esta obra une dos hechos aparentemente inconexos: la muerte del artista cinético Jesús Soto en 2005, y el accidente aéreo, ocurrido el mismo año en la sierra venezolana de Perijá, en el que murieron 120 personas por negligencia de la compañía de transporte al no cargar con suficiente combustible los tanques de la nave. “Que el avión cayera por falta de gasolina en esa inmensa cuenca de petróleo y energía fue una metáfora que no pude quitarme de la cabeza por mucho tiempo”, dice Ott.

Con un planteamiento visual muy atractivo, unas actuaciones sólidas, escenografía y dirección no convencionales, “120 vidas x minuto” nos pasea a lo largo de cinco historias particulares y una colectiva, hilvanadas a través del discurso del maestro venezolano.

Todo sucede dentro de un avión a punto de aterrizar. Soto deambula como un fantasma por los pasillos del avión, exponiendo sus planteamientos estéticos como lo hiciera en vida, y como lo hace aún mediante su obra.

El espectáculo es geométrico. Está armado, estructurado, de forma tal que se produzca en el espectador el efecto de que las cinco historias particulares (y la colectiva, desde luego) ocurren al mismo tiempo. Por eso vemos que en un primer plano se representa la “historia de turno” mientras que en segundo plano observamos fragmentos de las otras historias. Un enorme hexágono en el centro de la escena, que a lo largo de la pieza se desarma y vuelve a armar, funciona como comodín: a un tiempo sirve como compartimiento de pasajeros y escenario dentro del escenario; incluso, como uno de esos aparatos que marcan el compás en música: el hexágono marca los cambios de tiempo o ambiente de la pieza. Por supuesto, como metáfora del horror, vemos caer el avión una y otra vez, una y otra vez.

Por lo hasta ahora descrito, vale decir que “120 vidas x minuto” no es una obra fácil; no ofrece concesiones al espectador. Sin embargo, por la estética y los movimientos que se despliegan sobre escena, y en especial por el trabajo actoral, consigue atrapar al público, lo mantiene hipnotizado de principio a fin. Y esto fue sencillo comprobarlo siendo parte de una sala llena a reventar como la de anoche.

En fin, “120 vidas x minuto” es un espectáculo de alta factura, donde los detalles han sido muy bien cuidados (la música ayuda enormemente, sobre todo en los monólogos de Soto y de la aeromoza Emily; las proyecciones, cambio de luces y la escenografía también agregan). La ficha artística (María Brito, Gonzalo Cubero, Luis Domingo González, David Villegas y Carolina Torres) hace alarde de su talento, sobre todo Luis Domingo, que nos muestra a un creíble Soto, y Carolina Torres, que nos lleva casi a las lágrimas con su monólogo de Emily, la aeromoza autodestructiva.

Quizá haya dos detalles que pudieran meterle, al comienzo, mientras se adapta, algo de ruido al espectador: la hiperkinética de los personajes en segundo plano y el sonido de las turbinas del avión que se escucha durante casi toda la obra.

Me complace en extremo este nuevo acierto de Gustavo Ott como dramaturgo y director.

Bravo por el Teatro San Martín de Caracas. Bravo por TextoTeatro. Bravo por Gustavo Ott.

sábado, 14 de abril de 2007

Mensajes desde Barcelona



The Barcelona Review es uno de los selectos espacios con los que la narrativa breve contemporánea cuenta en esa infinidad, esa otra "Biblioteca de Babel" que conocemos como internet.

Según la revista estadounidense Writer's Digest, The Barcelona Review figura entre las cinco mejores páginas literarias de la web. Asimismo, para la editorial Doubleday es «la mejor revista literaria electrónica de ficción contemporánea internacional».

Entre las interesantes cosas que ofrece The Barcelona Review, está el hecho de que la revista cuenta con sus respectivas versiones en idioma inglés, francés, catalán y, desde luego, español. Y eso, por supuesto, no es poca cosa.

Entre los bytes de la versión en español, los visitantes podrán encontrar textos con las firmas de reconocidos autores como Javier Marías, Juan José Millás, Juan Goytisolo, Sergio Ramírez, Pedro Juan Gutiérrez; y de algunos más jóvenes como Alberto Fuguet, Edmundo Paz Soldán, Santiago Roncagliolo, Juan Bonilla; entre muchos otros.

En el número más reciente de la revista, el 58, me han concedido el honor de dedicarme un espacio especial al publicar una reseña de mi libro de relatos Mensajes en la pared (Monte Ávila Editores, 2006) y el cuento que tiene la difícil tarea, en este libro, de darle la bienvenida a sus posibles lectores: Amnesia.

La reseña, escrita por Alejandro Marqués, finaliza de esta manera:

“Los relatos de este libro son un buen ejemplo de cómo se puede seguir haciendo buena literatura al margen de las modas, con un sentido certero del mundo que vivimos y una elegancia propia de los autores consagrados, lo que nos brinda la sensación de novedad y frescura aunque sea la misma buena literatura de siempre. Léanlo y disfruten.”

Muchas gracias a Ernesto Escobar Ulloa, editor de The Barcelona Review, por el interés y la entusiasta promoción que le ha hecho a mi libro Mensajes en la pared.

Vale aclarar que no es mi primer libro publicado, pero como si lo fuera.

miércoles, 11 de abril de 2007

Rebelión de perros en el CELARG



El próximo 18 de abril, a las 8:00 PM, el espacio de difusión Dramática Iberoamericana estará presentando en la Sala Experimental del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), el 1er Ciclo de Teatro Mínimo titulado, La rebelión de los perros, cuya finalidad es dar cabida a voces nuevas y consagradas de la dramaturgia iberoamericana a través de montajes minimalistas y lecturas dramatizadas.

Tomando como excusa al mejor amigo del hombre, este 1er ciclo presentará piezas breves de autores venezolanos como Loida Pérez, Vicente Lira, Juan Ramón Pérez, Gerardo Blanco, Víctor Vegas y José Antonio Barrios. Aun cuando son voces que están dándose a conocer en la dramaturgia nacional, algunos de ellos cuentan con una larga trayectoria en el mundo del teatro y otros han obtenidos premios en concursos de textos teatrales dentro y fuera de Venezuela.

Historia del hombre que se convirtió en perro, la emblemática pieza del reconocido dramaturgo argentino Oswaldo Dragún, se encuentra como centro gravitacional del ciclo, ya que sirvió de punto de partida para escribir el resto de las piezas. Son obras cargadas de humor e ironía, no exentas de un trasfondo de denuncia social que, al tiempo de provocar la risa en los espectadores, los invitará a la reflexión.

Las palabras de presentación de este 1er Ciclo de Teatro Mínimo estarán a cargo del prestigioso académico y crítico teatral Orlando Rodríguez.

La puesta en escena contará con las actuaciones de Germán Mendieta, Linsabel Noguera, Josué Gil, Mabe Hernández y Darwin Berroeta. Todos bajo la producción y la dirección general de Loida Pérez.