jueves, 22 de febrero de 2007

De vuelta al lugar de la fantasía


La fantasía era aquel lugar que solíamos visitar una y otra vez durante nuestra infancia para sustraernos de los peligros del mundo real. ¿Cuánta veces muchos de nosotros no inventamos un mundo paralelo, particular, para refugiarnos a jugar o a fantasear? Cuando las cosas no marchaban bien, o no resultaban lo que nosotros esperábamos, entonces corríamos hacia ese otro espacio cargados de anhelos y desesperación. Y allí sí que conseguíamos ser todo cuanto no podíamos ser en la realidad. Éramos valientes, nos enfrentábamos a los más grandes peligros sin vacilar y, lo mejor de todo, era que siempre salíamos victoriosos de aquellas aventuras. Allí no existía nada que pudiera resistirse a lo que nuestra imaginación exigiera. Éramos héroes cabalgando sobre un corcel blanco, atravesando interminables llanuras, para salvar o rescatar a alguien.

A ese maravilloso mundo Guillermo del Toro nos hace retornar en El laberinto del Fauno. Durante 112 minutos, Del Toro apuesta por revivir ese niño que todavía, muy de vez en vez, consigue revolverse en nuestro interior. Y lo consigue con una maestría que congela el aliento. No por casualidad una de las promociones de la película se refiere a ella como “un cuento de hadas para adultos”. Y no es para menos, porque a lo largo de la película se suceden escenas de violencia y crudeza logradas con tal nivel de claridad y calidad que nada tienen que envidiar a las grandes producciones del cine norteamericano.

El argumento es el siguiente: una niña de 13 años, llamada Ofelia (Ivana Baquero), viaja con su madre embarazada (Ariadna Gil) para encontrarse con lo que será, a partir de entonces, su hogar, un pueblo ubicado a la mitad de un bosque rodeado de montañas. Es el año 1944, a pesar de que la guerra civil española ha finalizado, todavía en las montañas se mantienen alzados algunos vestigios de la resistencia republicana. El capitán Vidal (Sergi López), nuevo esposo de la madre de Ofelia, ha sido destacado allí con un grupo de hombres para acabar con la resistencia. Cierta noche Ofelia encuentra las ruinas de un laberinto donde habita un fauno que le hace esta revelación: ella es en realidad una princesa, la última de su estirpe, a quien los suyos llevan mucho tiempo esperando. Para poder regresar a su mágico reino, Ofelia deberá enfrentarse a tres pruebas antes de la luna llena.

Dos historias que se alternan y entrelazan de manera extraordinaria para relatarnos las aventuras de Ofelia en sus dos mundos, el real y el que ha creado su rica imaginación estimulado por sus lecturas de cuentos de hadas. El laberinto del Fauno sorprende por su belleza, por el cuidado puesto en los detalles. Hay un equilibrio vital entre ambas historias y entre la sucesión de escenas cargadas de la violencia del mundo real y las inquietantes escenas de ese otro mundo creado por la imaginación de Ofelia, que a momentos pareciera tan real como el otro mundo, el verdadero, el que la niña se niega a aceptar por completo. Así como a través de las acciones de la pequeña Ofelia podemos apreciar la profunda riqueza, ingenuidad y ternura del mundo infantil, el capitán Vidal nos muestra la cara deforme de la maldad absoluta. Ambas actuaciones carecen de desperdicio, son de una solidez efectiva, monumental. Otros aspectos que valen ser resaltados son el maquillaje y los efectos especiales que le aportan a la película enorme verosimilitud. Ni hablar del trabajo de Del Toro como guionista y director.

El laberinto del Fauno hará que el espectador cabalgue de nuevo sobre sus viejas emociones, las que lo inundaban mientras recreaba su propio y particular mundo de ilusiones, por allá en los lejanos días de su infancia.

lunes, 12 de febrero de 2007

Reverón en el MOMA


Ayer domingo, 11 de febrero de 2007, fue abierta al público la retrospectiva que el Museo de Arte Moderno de Nueva York dedica al pintor venezolano Armando Reverón.

Jesús Soto y Reverón están considerados como los hitos mayores del arte moderno venezolano. Si bien la obra de Soto ha logrado un indiscutible reconocimiento internacional, sería ahora que la obra de Reverón, con esta exposición que ofrece el MOMA hasta el próximo 16 de abril, tendría su verdadero bautizo de fuego en el ámbito internacional.

Cuatro salas del sexto piso del prestigioso museo albergan cien piezas del pintor de Macuto. Entre paisajes, desnudos, autorretratos, sus fieles muñecas de trapo y otros objetos. Casi seis años le ocupó a John Elderfield, curador de la muestra y curador jefe del Departamento de Pintura y Escultura del museo, preparar esta retrospectiva de Reverón. El primer gran contacto que tuvo Elderfield con la obra del maestro venezolano se remonta a 1998, durante la Bienal de Sao Paulo, cuando vio un pequeño grupo de sus paisajes. Antes sólo había visto trabajos individuales del artista en exposiciones de arte latinoamericano. A partir de entonces Elderfield quedó fascinado con su obra y se dedicó a su estudio. Otro que está íntimamente ligado con la exposición es el venezolano Luis Enrique Pérez Orama, uno de los mayores conocedores de la obra reveroniana y curador de arte latinoamericano del Moma.

Hasta ahora Reverón había sido presentado (o disminuido, sería la palabra exacta) por algunos críticos como un impresionista tardío y extraviado en el caribe. Nada más apartado de la realidad. John Elderfield, dice: “Reverón no es un impresionista ni un post impresionista. En casos rarísimos llega a pintar yuxtaponiendo colores, técnica afecta a estos movimientos (...) Lo suyo, después de los paisajes blancos, es una reconstrucción de la pintura y de la representación”. Más adelante añade: “Lo extraordinario es que Reverón es el último de los grandes modernos clásicos revelados al mundo. No estaba preparado para tanta belleza y para el carácter radical de este artista. Mi especialidad es el modernismo europeo clásico y considero que la vinculación y contraste que hizo este venezolano entre los mundos de la apariencia real y el de la imaginación, llegan a estar más ejemplificados en él que en Matisse y Bonnard”.

Incluso el periodista Edgar Alfonzo-Sierra dejó colar ayer, en la edición del diario El Nacional, una anécdota que vincularía la obra de Reverón con Picasso:
La película sobre Armando Reverón que rodó la cineasta venezolana Margot Benacerraf fue vista por el artista español epítome de la modernidad, Pablo Ruiz Picasso. El autor se interesó en ver la pieza cuando conoció a la directora. Le dijo incluso que sabía de la existencia de Reverón. Semanas después Picasso organizó la proyección que se haría en la plaza del pueblo francés de Valoris, con los habitantes del lugar. “Me gustó mucho. Vamos a hacer algo juntos”. Benacerraf hizo algunas tomas con el artista, pero el proyecto no llegó a cristalizarse. Durante los 6 años de investigación que condujeron a la actual exhibición de Reverón en el MOMA, se conoció que Picasso hizo en 1951 esculturas de muñecas colgadas como las que, insistentemente, aparecen en el documental de Benacerraf.
La muestra ha despertado gran expectativa entre el público y ha sido bien acogida por la crítica especializada de la gran manzana, principal invitada en la inauguración privada del pasado miércoles 7 de febrero. El viernes el cuerpo de artes visuales del diario The New York Times destinó parte de su portada y contraportada a una entusiasta crítica de la exposición firmada por Holland Cotter. También New York Sun, a través del crítico Lance Splund, le dedicó espacio a la muestra en su sección de arte y cultura. A lo largo del día de ayer, decenas de personas acudieron a la inauguración oficial.

Al César lo que es del César.

viernes, 9 de febrero de 2007

Día internacional del despecho



La semana próxima, muchas parejitas celebrarán el día de los enamorados (también conocido como día de San Valentín) en nuestro país, pero, ¿habrá quienes celebren el día del despecho? Mi amiga Victoria reflexiona sobre la materia en el siguiente artículo, publicado por el diario El Nacional el lunes 26 de noviembre de 2001. Que lo disfruten...



Teoría del despecho

Por Victoria Rhode

Algunos entendidos en la materia son de la opinión que el despecho femenino es susceptible de ser separado en varias fases o etapas. Hablan de la existencia de cuatro etapas claramente definidas. Cada una posee características y sentimientos propios que conforman una actitud, un comportamiento, más o menos homogéneo, dentro del complejo proceso del despecho. El nombre asignado a cada fase viene dado justamente por la presencia mayoritaria o dominio de uno o más de estos comportamientos. Otro punto resaltante en nuestra teoría, y con el que coincide gran número de expertos, es que dichas etapas no suelen sucederse en un orden predeterminado. Incluso algunas podrían llegar a repetirse a lo largo del proceso. En estas notas me dispongo a analizar, muy someramente —y en primera persona—, cada una de las interesantes etapas del despecho femenino.

La primera que analizaremos ha sido denominada: Todo está okey. Es la etapa de la negación. El problema está allí, frente a nuestras propias narices, pero no lo queremos ver. Todo el mundo sabe lo que está ocurriendo: familia, amigos, compañeros de oficina, todos; excepto nosotras. Nos hemos quedado estáticas en un punto mientras la vida pasa a nuestro lado a gran velocidad. Todavía seguimos con él y creemos ser muy felices a su lado. No lo escuchamos las pocas veces que se llena de valor para decirnos que ya no nos quiere, que existe otra. “Por Dios, si ni siquiera sabrías vivir sin mí, tontito. Sólo estás un poco confundido. Eso es todo”. Definitivamente, es la etapa de la gran estupidez.

El muy maldito es un perro se denomina la segunda etapa. Es una fase explosiva, de gran liberación de energía, casi sólo comparada con el proceso de fisión nuclear. Indignación. Rabia. Mucha rabia. Al fin hemos despertado y reconocemos que hemos sido unas idiotas con el muy maldito que ha terminado siendo un perro como cualquier otro. Aunque esa rabia no deja de ser una especie de mecanismo de autodefensa de nuestro sabio organismo, quien tiene que dirigir tamaña emisión de energía hacia alguna parte, o, en otro caso, reventaríamos como chicharras. Sin embargo hay que tener algo de precaución para no partirle la cabeza al maldito o dejar sin greñas a la bruja. En estos momentos es mejor echar mano a la sensatez. Pensar que la bruja no tiene tanta culpa en el asunto y que el perro fue, hasta hace poco, nuestro cachorrito predilecto. Entonces hay que orientar toda esa agresividad, toda esa violencia adonde mejor podamos sacarle provecho. Dos ejemplos exitosos de esta actitud lo tenemos en Shakira, con su Si te vas, y, en Alanis Morissette, con You Oughta Know.

Llegamos a la tercera fase: La vida no vale nada. Esta es la etapa de más bajo perfil porque realmente andamos por el suelo. La autoestima está en valores negativos. Debemos tener especial cuidado con caer en alguna peligrosa crisis de deshidratación ya que solemos llorar por cualquier cosa. Por esta razón se sugiere ingerir bastante líquido. Mucha agua. También son válidos los productos con grado alcohólico superior a los 12 G.L. porque estimulan la sed del día siguiente. Claro. Por ser esta la fase de mayor riesgo para nuestra salud se recomienda salir de ella lo más pronto posible. Así que consiga los viejos compactos de Leonardo Favio, Ana Gabriel, Laura Pausini o Ricardo Montaner y escúchelos hasta el cansancio mientras acompaña a los mocos y a los lagrimones con algún buen cabernet sauvignon o, en su defecto, una buena vodka sueca.

Aquí vamos de nuevo es la cuarta fase y por ende la última que analizaremos. Es la etapa de la luz al final del túnel oscuro que es el despecho. Aun cuando continuamos con algunos de nuestros sentidos en estado de alerta máxima, la tranquilidad, la sensatez y la autoestima van encontrando el camino. Desde luego todavía desconfiamos de cualquier cachorro que se nos acerca porque sabemos que detrás de todo aparente, tierno y hermoso cachorrito, se encuentra agazapado un enorme rottweiler. Pero como lo realmente emocionante es jugar y no estar sentada calentando banca, en el momento menos esperado saltamos a la cancha. Por lo general, al principio domina la precaución, la suspicacia, pero como nosotras ignoramos cómo hacerlo de otro modo, enseguida hundimos el pie sobre el acelerador —¡hasta el fondo!— y que sea lo que Dios quiera.

martes, 6 de febrero de 2007

La reivindicación del fracaso


Imagínense una familia como ésta: un padre que ha creado una metodología en nueve pasos para ganadores y durante todo el día no para de hablar de ella (aunque no le funcione consigo mismo); una madre sobre cuyos hombros recae la responsabilidad de casa y que fuma a escondidas; un abuelo que consume cocaína y pornografía, sin ningún tipo de recato, y encima lo grita a los cuatro vientos; un tío intelectual, gay y depresivo que acaba de ser dado de alta de un hospital público tras un intento fallido de suicidio; un adolescente que odia a todos (menos a Nietzsche, a quien lee con devoción) y que lleva meses sin pronunciar una sola palabra; una pequeña que admira a las misses y sueña con coronarse en un certamen de belleza llamado Little Miss Sunshine.

Ahora, estimado lector, móntenlos a los seis en una furgoneta Volkswagen de los años setenta, con fallas en el croche y con rumbo a California, a más de mil kilómetros de distancia, al Little Miss Sunshine, donde la pequeña de casa, por un golpe de suerte, ha sido invitada a participar... ¿El resultado? Una road movie, una comedia negra con escenas del más genuino y corrosivo humor que se haya visto en pantalla (al más puro estilo de los hermanos Coen o los hermanos Farrelly), que mantendrá al espectador, de principio a fin, con la mandíbula batiente.

A partir de un guión sencillo (escrito por Michael Arndt), pero muy bien construido, cargado de exquisita ironía, Jonathan Dayton y Valerie Faris hacen su debut en el cine —aunque ya tenían larga experiencia dirigiendo en otros medios— y consiguen armar un estupendo alegado a favor del fracaso. Las actuaciones de los seis protagonistas son maravillosas, un himno al compromiso del actor con sus personajes y con su propia efectividad. No en vano el grupo de actores de esta película (Greg Kinnear, Toni Collette, Alan Arkin, Steve Carell, Paul Dano y la pequeña Abigail Breslin) fue escogido recientemente como el mejor elenco en la décima tercera entrega de los galardones del Sindicado de Actores de Estados Unidos (SAG), por encima de otros elencos como los de Babel y The departed.

Nuestra sociedad nos enseña desde pequeños a admirar e imitar a los exitosos, ¿pero no son acaso las historias de los fracasados las más atractivas, las más conmovedoras? ¿No son ellas las que acaban en las páginas de los libros, sobre las tablas de los teatros o en las pantallas de cine?

Para muestra, este delicioso botón titulado Little Miss Sunshine.

miércoles, 31 de enero de 2007

Presentación de “Mensajes en la pared”


Texto de la contraportada


La buena literatura está hecha de una mezcla de musicalidad y pertinencia. La buena literatura, además, tiene la virtud de la hondura y el rasgo de la ubicuidad. La buena literatura, en fin, es aquella que emplaza su propia voz y concede a sus personajes el don de la autonomía y la facultad de exhibir una emocionalidad propia y, a la vez, universal (es decir, humana). Todo eso —y el aliento de una autoría que aquí inaugura un camino prometedor en nuestra narrativa— lo exhibe Mensajes en la pared. Este es uno de esos libros que nos permite observar la vida desde la plenitud, desde la óptica tierna y compasiva del niño, en “Comienzo de Verano”, hasta la incomprensión admirada del empleado común, en “Ella baila sola”; desde el narcisismo del adolescente, en “Montaña Rusa”, hasta la consustancial susceptibilidad del creador, en esa delicada pieza de indagación estética, psicológica y social que es “Mensajes en la Pared”, relato que le da nombre a la colección. Y eso es apenas una muestra de la diversidad narrativa que Víctor Vegas despliega en el presente volumen: la invitación a conocer un autor, una sensibilidad y una promesa.
Jueves 8 de febrero de 2007.
Librería Monte Ávila Editores.
Complejo Cultural Teresa Carreño.
6:30 PM

Palabras de Gustavo Ott

martes, 30 de enero de 2007

Babel o para tratar de comprender el mundo


Un rifle. Un disparo. Un hecho fortuido y aparentemente baladí, aunque irresponsable, desencadena una serie de acontencimientos que colocan a dos países a las puertas de un conflicto internacional y enlazan las historias de cuatro grupos familiares en tres continentes distintos. Cuatro grupos familiares cuyas vidas cambiarán para siempre.

Detrás de estas cuatro historias que relata Babel, los verdaderos protagonistas no son los personajes involucrados en las acciones que vemos transcurrir en la pantalla sino nuestros prejuicios, nuestra incapacidad para comunicarnos, bien sea en otra lengua, con gente de otras culturas, o en nuestro propio idioma, con gente cercana, querida. La cinta de González Iñárritu nos habla también de nuestra incapacidad natural para aceptar y comprender a los otros, sólo por el simple hecho de ser diferentes. Incluso nos entrega dos interpretaciones de la tan manoseada y popular sentencia relacionada con los cuerpos de seguridad del Estado: “dispara primero y averigua después”; en sus respectivas y crudas versiones de primer y tercer mundo.

El mismo rifle que para unos es entretenimiento, diversión, para otros puede significar protección, una defesa, y, desde luego, sólo la tragedia, la muerte, para otros.

Utilizando una estructura similar a la de sus dos anteriores films, Amores perros y 21 gramos —aunque yo añadiría, todavía de forma más limpia, más depurada, y a un tiempo, con mayor riesgo—, Alejandro González Iñárritu nos sorprende, nos cautiva una vez más con su particular manera de narrar historias.

“Si quieres que te entiendan, primero escucha” decía uno de los tantos trailers con que la película de González Iñárritu fue promocionada. Parafraseando este trailer yo agregaría: si quieres tratar de entender el mundo en que vives, acércate a ver Babel.

lunes, 29 de enero de 2007

Lennon en Durness



Por alguna razón que desconozco, In My Life se encuentra entre mis temas preferidos de The Beatles. Aunque, a decir verdad, esto tal vez pueda sonar a despropósito en oídos de otro beatle-lennon-maníaco.

La mayoría de las canciones de la banda, como es de conocimiento general, están firmadas por la dupla Lennon-McCartney; pero lo cierto es que muchas fueron compuestas por John, otras tantas por Paul, y otras, quizá las menos, y sólo en sus comienzos, por ambos. Sin embargo, mientras se mantuvieron unidos derrumbando los esquemas levantados por la industria musical hasta el momento de su aparición, cualquier creación salida de sus cabezas, corazones o vísceras, indistintamente, le colocaban la rúbrica Lennon-McCartney. Así Yesterday, The Long and Winding Road y Eleonor Rigby, por nombrar tres piezas al azar, fueron compuestas por Paul, mientras que Help!, Strawberry Fields Forever y Don’t Let Me Down llevan la indiscutible marca de John.

Este pasado fin de semana leí que Durness, un pueblecito extraviado en la costa norte de Escocia, de menos de 400 habitantes, le sirvió a Lennon de inspiración para componer In My Life.
There are places I'll remember
All my life though some have changed
Some forever not for better
Some have gone and some remain
All these places have their moments
With lovers and friends I still can recall
Some are dead and some are living
In my life I've loved them all
Al parecer, entre los 9 y 14 años, Lennon pasó largas vacaciones de verano en Durness, en la granja del padrastro de su primo hermano Stanley Parkes, siete años mayor. “Jonh adoraba lo salvaje y lo sencillo del lugar”, dice Parkes, quien jugó un rol importante en la infancia del ex Beatle, una especie de chaperone que lo acompañaba a todas partes y con quien compartió los momentos más felices de sus primeros años. Tiempo después, en 1969, Lennon regresaría a Durness junto a Yoko Ono y sus respectivos hijos, Julian y Kyoko. Pero esta vez el viaje tuvo un contratiempo infeliz: Lennon se vio envuelto en un aparatoso accidente de tránsito; recibió 17 puntos de sutura tras sufrir varias heridas faciales y tuvo que permanecer recluido en un hospital de la localidad durante cinco días. “A los lugares donde has sido feliz es mejor que no intentes nunca regresar”.

Hace poco la Oficina de Turismo de North Highland incluyó en su página web algunos de estos vínculos del ex Beatle con la zona y el resultado no ha podido ser más efectivo y a un tiempo impresionante: de 3.000 visitas diarias que recibía el portal, tan sólo el pasado lunes se dispararon a 150.000. La nota no hace mención de las cifras en el resto de la semana, pero creo que basta sólo con el dato del lunes para que uno deje caer la mandíbula hasta niveles del subsuelo.

Cada tanto, The Beatles pareciera gritarles a sus fans: “¡Hey! Aquí seguimos; no nos olviden”. Y ellos, como buenos fans, responden a ese llamado. En mi caso particular, después de leer la nota de prensa, corrí al equipo de sonido y volví a escuchar las voces y los sonidos de estos incuestionables picassos de la música contemporánea.

miércoles, 17 de enero de 2007

Les demoiselles d’Avignon




Hay artistas que se esmeran en ser grandes y fracasan estrepitosamente. Otros que se hacen grandes sin siquiera en el fondo habérselos propuesto. Sin embargo, para un artista lo difícil es elegirse genial y acertar. Picasso es quizá de los pocos afortunados que se han elegido grandes y han acertado descaradamente. ¿Quién puede dudarlo?

Su confianza en sí mismo era de tal magnitud que —cuenta una de las muchas leyendas que se han tejido alrededor de su figura—, durante alguno de los primeros viajes que realizó a París entre 1900 y 1902, le hizo esta extravagante promesa a un amigo: volvería con uno de sus cuadros firmado por Degas. Vale señalar que para entonces, con apenas veinte años, Picasso, si así se lo proponía, podía pintar como el mejor de los impresionistas. De retorno de dicho viaje a Barcelona, donde vivía con sus padres desde 1895, traía bajo el brazo su pintura con la firma del maestro. Y esa no sería la única travesura que haría en su adolescencia empujado por su gigantesco ego.

Pero tan enorme como su ego era su capacidad de trabajo y su inventiva. Cuando lo obsesionaba una idea no paraba hasta verla concretada, hasta verla volcada, vaciada en alguno de sus lienzos. Podía pasar meses, e incluso años, trabajando sobre un mismo cuadro hasta dar por fin con lo que andaba buscando; o encontrando, puesto que Picasso, según sus propias palabras, no era de los que buscaba sino de los que encontraba. Eso sucedió con su pintura Les demoiselles d’Avignon; no sólo un hito en su carrera sino en la historia universal del arte.

Ya para 1906, cuando comenzó a pintar Les demoiselles d’Avignon, Picasso llevaba dos años instalado en París. Gracias a las frecuentes visitas de Max Jacob, Apollinaire y André Salmon su estudio llegó a conocerse como “Rendez-vous des Poètas”. También por allí desfilarían nombres como los de Van Dongen, Juan Gris, Leo y Gertrude Stein (a quien inmortalizó en un retrato que también significó un punto de inflexión en su obra, en su carrera hacia Les demoiselles d’Avignon), Matisse, Derain y Georges Braque, entre otros. El carácter más intenso y bohemio de estos años le hizo apartarse de los temas melancólicos que lo habían obsesionado durante su etapa anterior, la época azul. Sin embargo continuó con la simplificación de formas, especialmente en sus telas con desnudos. A esta altura de su vida las influencias recibidas habían sido muchas. No obstante, tres fueron fundamentales para la creación de Les demoiselles d’Avignon: a) el descubrimiento, en Gósol (un pueblito de los Pirineos), del arte ibérico anterior a los romanos durante un corto viaje que hizo acompañado de Fernande Olivier, su pareja de turno; b) la pintura de los últimos años de Cézanne, donde encontró una nueva interpretación de las formas tomando como base lo geométrico; y c) el arte primitivo importado de África y de los Mares del Sur que algunos pintores de París empezaban a copiar justo por aquellos días.

Cuando en 1907, después de muchos adelantos y retrocesos, consideró su obra terminada, satisfecho del resultado fue a mostrársela a sus allegados más íntimos. El escándalo no se hizo esperar y fue mayúsculo. Les demoiselles d’Avignon era una dura bofetada para la sensibilidad de sus amigos. Nadie, ni Matisse ni Braque ni Derain, ni sus más fieles compradores, ni su gran amigo y admirador Guillaume Apollinaire podían tolerar aquella tela. Incluso algunos la tomaron como una afrenta, un insulto del artista hacia ellos, hacia su buen gusto. Tendrían que discurrir varios meses para que Apollinaire la digiriera y escribiera lo siguiente sobre las dos clases de artista que él consideraba que existían: “aquellos que siguen sus impulsos y no se esfuerzan, que son como una prolongación de la naturaleza y cuyas obras ni rozan la inteligencia; y aquellos otros que, en solitario, tienen que dibujarlo todo para sí mismos. Picasso fue un artista clásico. Nunca ha habido un espectáculo tan fantástico como la metamorfosis por la que tuvo que pasar para ser un artista de la segunda clase”. Con el paso del tiempo Les demoiselles d’Avignon terminaría influenciando el trabajo de sus amigos —incluso el del propio Apollinaire— y de varias generaciones de artistas. Con su obra Picasso había partido la historia del arte en dos. A él se debe el entendimiento del arte como un medio emocional en lugar de una búsqueda de la perfección de las formas ideales de la belleza.

En 2007 se cumple el primer siglo, los primeros cien años de esta fantástica metamorfosis del arte gracias a la genialidad del autor de Les demoiselles d’Avignon.

El artículo prometido



El oficio de Roxanne
Por Victoria Rhode

En la primera mitad de la década de los ochenta, The Police se convertiría en una de las bandas musicales de mayor influencia para las generaciones de jóvenes y adolescentes de la época. De hecho, su disco Synchronicity, marcó el comienzo de una adicción que todavía hoy brilla con entusiasmo en los ojos de algunos melómanos: el gusto por los nuevos sonidos, los insoslayablemente experimentales.
Lanzado al mercado mundial en 1983, ese mismo año conquistó la categoría Best Rock Performance by a Duo or Group with Vocal de los premios Grammy. En noviembre de 1989, en una encuesta realizada por la revista especializada Rolling Stone, ocupó la casilla número diecisiete entre los cien mejores álbumes de los ochenta. Temas como “Synchronicity II”, “Every Breath You Take”, “King Of Pain”, “Wrapped Around Your Finger” o “Tea In The Sahara” sonaron con insistencia en miles de emisoras de radio alrededor del planeta y, por supuesto, se convirtieron en clásicos instantáneos de la movida pop.
Sin embargo, no pertenece a Synchronicity uno de los temas mejor logrado —quizás sólo superado por “Every Breath You Take”— de este grupo británico integrado por Sting, Andy Summers y Stewart Copeland, sino que viene incluido en su primer trabajo: Outlandos D´amour; canción con la cual obtuvieron su primer éxito que a la vez resultó ser su primer gran sencillo; donde sin lugar a dudas mostraban lo que serían capaces de entregar a sus fans en los años venideros. Desde luego que me estoy refiriendo a “Roxanne”.
La redondez de este tema no sólo está en la cadencia pegajosa de su música, o en la interpretación intensa y única de Sting, o en ese hipo estridente y estupendo de la guitarra de Summers, característica de la mezcla de ritmos (jazz y reggae, primordialmente) que la banda había trabajado durante dos largos años previos a la grabación del disco. También la sencillez y contundencia de su letra contribuyen a dar curvatura exacta a la línea que hace de este single un círculo perfecto. Roxanne, you don't have to put on the red light/ Those days are over/ You don't have to sell your body to the night.
Es sumamente difícil, por decir lo menos, escuchar las súplicas del amante desesperado en la voz de Sting sin que en nuestra mente no cobre forma la figura espigada de una mujer que, con ropas menudas, recorre las calles con escasa iluminación de una ciudad cualquiera en una noche sin luna. Una mujer que habrá hecho del placer una manera de vida, o mejor, de supervivencia. Pero por lo general es un placer que disfrutarán otros, mientras que ella, aún entre las sábanas revueltas y húmedas de un mórbido hotel, intentará ordenar, mentalmente, y sin pronunciar palabra, las sumas y restas necesarias para saber cuándo acabará la pesadilla, cuánto más le hace falta para que la tiranía de las agujas del reloj deje de sustraerle horas a su futuro. Cuánto más para cambiar de mundo. You don't care if it's wrong or if it's right.
Las chicas que se dedican al oficio de Roxanne saben de sobra —y a veces con la mayor crudeza— que la vida no suele ser lo que anhelamos sino lo que conseguimos obtener. No importa si detrás del rouge que pinta la sonrisa de sus labios se esconda una historia triste o simplemente un “dejarse llevar”. La rutina siempre será la misma: compartir cama y sudor con desconocidos a cambio de unas pocas monedas.
Para quienes conocemos sólo una parte de sus historias —la que está más a la vista, por supuesto— y aún así nos aventuramos a hacernos alguna idea sobre cómo serán sus vidas, se nos hace cuesta arriba comprenderlas. No desde la oscura y fría cárcel de nuestros prejuicios más arraigados, sino desde el lado de la sensibilidad que genera el contacto con el otro. Dejando el dinero a un lado, ¿cómo soportar el encuentro íntimo, una y otra vez, con cuerpos ajenos, no deseados?
Acaso sea un poco como el amante de Roxanne que, aún estando tan próximo, todavía se encuentra demasiado lejos para entender por qué, a pesar de sus súplicas, ella continúa usando el vestido ajustado y saliendo cada noche a ofrecer su cuerpo a otros hombres. Habría que estar en el pellejo de Roxanne para saberlo. Tal vez.


Publicado en el diario El Nacional el sábado 16 de noviembre de 2002

miércoles, 10 de enero de 2007

The Police: ¿retorna a los escenarios?




Recientemente he leído en internet y en la prensa escrita varios rumores sobre el inminente retorno de The Police a los escenarios. Dicen que la agrupación estaría preparando una gira por varias ciudades de Estados Unidos y Gran Bretaña para conmemorar los treinta años del lanzamiento de su primer gran sencillo: Roxanne.

Para muchos de los que estrenamos nuestra adolescencia en la década de los ochenta, la banda británica liderada por Sting tuvo una relevancia especial. No viví el revuelo que causó su primer trabajo, Outlandos D´amour, a finales de los años setenta, donde aparecía incluida Roxanne, pero sí el trastorno que provocó Synchronicity a principio de los ochenta: la mayoría de sus canciones fueron radiadas a un tiempo en diversos y distantes lugares del planeta y se convirtieron en “clásicos instantáneos de la movida pop”.

Sin embargo, el propósito de este post no es otro que compartir la simple curiosidad que ha generado en mi ánimo estos rumores. Para hablar un poco de The Police, y en especial de Roxanne, prefiero echar mano a un artículo que publicó hace algún tiempo una buena amiga en las páginas de opinión del diario El Nacional. A propósito, ella también debe estar entusiasmada con estos rumores del regreso de la banda británica. Prometo incluir el artículo de mi amiga en el próximo post.