miércoles, 26 de julio de 2017

El milagro de Dunkerque


En circunstancias extremas, como lo es sin duda una guerra, los seres humanos solemos sacar a relucir tanto lo peor como lo mejor que hay en nosotros.

Poseemos la capacidad de crear complejos y eficientes sistemas de exterminio masivo tanto como la sensibilidad de conmovernos ante un cuadro de Chagall, Picasso o Degas.

Decía Viktor Frankl que las personas pueden conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en los momentos más terribles, de tensión psíquica y física. Y para explicarlo traía a cuento una anécdota de cuando fue prisionero de varios campos de concentración entre los años 1942 y 1945: “Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino”.

Creo que en esto último, en un espíritu singular de solidaridad, enfoca su lente Dunkerque, la más reciente película del cineasta británico Christopher Nolan.

A través de varias historias, tanto de soldados como de civiles, Nolan nos cuenta su versión particular del caos y la anarquía que vivieron miles de personas durante la llamada Operación Dinamo, la operación de evacuación de las tropas aliadas de territorio francés, donde habían sido arrinconadas por el avance del ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial en mayo de 1940. Contra todo pronóstico, dicha operación permitió rescatar a más de trecientos mil soldados entre británicos, franceses y belgas. La situación era tan crítica y compleja que, posteriormente, tras la exitosa evacuación, Churchill dijo que había sido un verdadero milagro, por tal motivo a la operación también se la conoce como “El milagro de Dunkerque".

Los relatos que acomete Nolan en su film son siempre historias de gente anónima, del montón, sin ningún don ni talento especial.

Están por ejemplo las historias de Tommy y Gibson (interpretados por los actores Fionn Whitehead y Aneurin Barnard, respectivamente), dos soldados rasos que intentan salir a como dé lugar de aquel infierno; o las del señor Downson (Mark Rylance) y Peter (Tom Glynn-Carney), un marinero civil y su hijo adolescentes que acuden al llamado de rescate que han hecho las autoridades británicas a propietarios de cualquier tipo de embarcación que pueda cruzar el Canal de la Mancha; o las de Farrier (Tom Hardy) y Collins (Jack Lowden), dos pilotos de la Real Fuerza Aérea Británica que intentan derribar el mayor número posible de cazas alemanes que sobrevuelan y atacan a cualquier cosa que se mueva en el mar o las playas de Dunkerque.

De principio a fin, la narración de estas historias posee un ritmo vertiginoso y frenético. Nolan no da respiro al espectador. Nos mantiene aferrados a nuestras butacas con una sensación de tensión y desasosiego únicas. Y para conseguirlo, ha dado preferencia a la imagen sobre la palabra, de tal modo que los diálogos son escasos, los justos requeridos. La música, compuesta por Hans Zimmer, es otro factor que contribuye en gran medida a reforzar ese ritmo implacable que hay en Dunkerque.

Una sorprendente película que se convertirá en referente del cine bélico.

Quizá no haga falta comentarlo —y lo más probable es que más de uno esté en desacuerdo con lo que diré a continuación, porque Nolan, a lo largo de su trayectoria cinematográfica, no ha dejado indiferente a nadie que haya entrado en contacto con su obra: hay quienes adoran sus películas y quienes las odian. Yo me cuento entre los primeros. Desde luego me gustan algunas más que otras. Memento, Batman Begins, The Prestige, El caballero oscuro, Origen, Interstellar y, por supuesto, Dunkerque, se cuentan entre mis favoritas—, porque la más reciente película de Nolan habla por sí misma: desde ya la considero el mejor trabajo que ha realizado hasta la fecha este magnífico e inteligente cineasta. Aunque tengo casi la completa seguridad de que, más adelante, cuando se hable de toda su carrera, no será la mejor puesto que como todo creador desea, su mejor trabajo es el que está por venir.

jueves, 13 de julio de 2017

Un viejo como los de antes



Hay una anécdota del abuelo Juan —mi abuelo materno— que recuerdo de tanto en tanto y que creo habla mucho de él. Ocurrió el 31 de diciembre de 1984. A principios de este año (el 16 de febrero, para ser exactos) se había producido en casa una de esas situaciones que suelen reconfigurar la manera en que los miembros de una familia se relacionan: la abuela Eustaquia, esposa del abuelo Juan, moría en el Hospital Antonio María Pineda de Barquisimeto, a la edad de 64 años, tras sufrir un accidente cerebrovascular. Quedarse viudo volvió en cierto modo más reservado, arisco y huraño que de costumbre al abuelo Juan. Aquel fue un año duro para todos en casa, pero supongo que lo fue mucho más para él. Cuando cayó la noche del 31 de diciembre —día en que ocurrió la anécdota que pretendo contar—, el abuelo Juan cogió las llaves de su Chevrolet Apache del 58 y se marchó sin despedirse. Nadie dijo ni hizo nada. Sin embargo, todos sabíamos a dónde se dirigía. Yo había pasado la tarde bebiendo con unos amigos y a esas alturas el alcohol se me había subido a la cabeza. Así que al escuchar a mamá sollozar tras la puerta de su cuarto ni me lo pensé. Es sabido que el alcohol y las emociones no combinan bien y a veces esa mezcla suele empujarnos a cometer tonterías. Más en tiempos de adolescencia. Y eso fue lo que hice aquella noche. El abuelo Juan venía del campo y hablaba a menudo de él. En casa no fue sorpresa para nadie cuando un buen día nos diera la noticia que había comprado un terreno en El Roble, una localidad rural a unos diez o doce kilómetros de Nueva Segovia, el barrio donde vivíamos. Allí sembraba y pasaba varios días de la semana apartado de las prisas de la ciudad con la abuela Eustaquia. Todos sabíamos que hacia allí había puesto rumbo la noche del 31, que había decidido recibir el año nuevo solo en aquellas soledades. No sé cuánto tiempo me llevó hacer a pie aquel recorrido. Solo sé que al detenerme frente a la verja y llamarlo, el abuelo Juan salió con unos ojos desorbitados y una expresión confusa en el rostro. Le pedí la bendición y creo que ni me escuchó. “¿Qué hace usted aquí”, dijo. “Vine a buscarlo”, repuse yo. “¿Y cómo es que ha llegado hasta aquí a estas horas?”, dijo. “Caminando”, repuse yo. Echó a andar hacia mí, abrió la verja y con un gesto me invitó a pasar. Luego se metió al pequeño cuarto que él mismo había construido con la ayuda de un sobrino de papá, recogió sus cosas con parsimonia y por fin los dos subimos a la vieja Chevrolet Apache. No volvimos a cruzar palabra mientras retornábamos a casa.

Ayer el abuelo Juan murió. Lo ha hecho en la tranquilidad de su cama y rodeado de nietos, bisnietos y de su única hija. Tenía 101 años. Aprendí bastantes cosas de él y creo que en el fondo incluso me le parezco. Echando la vista atrás y haciendo balance entre subidas y bajadas, entre equívocos y aciertos, me atrevería a decir que vivió una vida plena, de esas que merecen la pena vivir. QDEP.

martes, 4 de julio de 2017

Un fluir narrativo*


Hace tiempo leí una definición que me gustó mucho sobre el oficio de escribir novelas. Lamentablemente, por mi mala memoria, no recuerdo el texto exacto ni tampoco el nombre del autor. Pero más o menos decía lo siguiente: escribir una novela consiste en crear un universo del cual el lector sienta nostalgia una vez llegado al punto y final.
                               
El recuerdo de esta definición me ha venido a la mente en cuanto he llegado al punto y final de “El río que me habita”, la original y maravillosa novela de Rodrigo Soto.

Como lector me interesan aquellos libros que me emocionen y hagan reflexionar; no suelo leer por entretenimiento. Quizá en un principio sí, cuando era apenas un niño, pero una vez que tuve la ocasión de contactar con la obra de grandes autores, y quedar prendado de ella, me ha sido imposible volver a leer por puro entretenimiento. Al hablar antes de emociones me refería al amplio espectro que las cobija: desde la risa, pasando por la ternura, el asombro o el horror, hasta llegar a la mismísima rabia, a la indignación que puede producir en nosotros una situación de injusticia. Todas estas emociones me las ha hecho vivir la lectura de “El río que me habita”.

“¿Y cómo puede ser esto posible?”, se preguntarán algunos, pues porque sin duda estamos ante la presencia de un gran autor, que es lo mismo que decir ante la presencia de un particular buceador de la naturaleza humana. A veces creo que escribir se trata fundamentalmente de esto, profundizar en la exploración de la condición humana; desde luego la técnica forma parte valiosa e importante del oficio, pero sin bucear en las profundidades de lo humano solo pueden producirse cascarones vacíos. No sé. Es una opinión personal. Por supuesto, también he podido sentir todo esto que he dicho, al leer “El río que me habita”, gracias a que Soto ha logrado reunir en esta novela una serie de pequeñas historias, a lo largo de un lapso considerable, con el fin de construir ese sobrecogedor universo que vive y palpita en Ciudad Real.

No he podido tampoco dejar de rememorar viejas y queridas lecturas leyendo la novela de Soto. A mi memoria han venido los recuerdos de obras de autores como García Márquez, Gallegos, Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Miguel Ángel Asturias y Onetti. Me atrevería a decir que “El río que me habita” está emparentada en gran medida con la tradición de la mejor novela latinoamericana. De esas que se construyen desde una localidad propia para volverse luego universales. Ignoro las influencias directas que ha tenido Rodrigo Soto a lo largo de su carrera, pero apostaría a que ha leído a estos autores o al menos a autores que hayan sido leídos por estos autores. Porque así trabaja la literatura. Debería añadir además que en la novela he notado la presencia del ubicuo Faulkner.

“El río que me habita” está compuesta por cinco partes en las que el autor, haciendo gala de su oficio, consigue, a través de individualidades, ir creando poco a poco ese universo del que hablé al principio y del cual seguramente —al menos así lo he sentido yo— el lector sentirá añoranza una vez culminada la lectura.

En las primeras dos partes, Soto se sirve del intercalado o alternancia de los relatos en fragmentos que le imprimen un ágil ritmo a la narración. Como el inagotable fluir de un río. La primera parte consta de cuatro relatos y la segunda de dos; todos independientes, ajenos y anónimos, que se desarrollan en distintas épocas de Ciudad Real. En la tercera parte el autor opta por contar historias de un solo tirón, una detrás de la otra, sin aparente conexión más que la de tratarse de semblanzas radiofónicas de personajes emblemáticos de la localidad (de nuevo cuatro historias), para luego retornar, en la cuarta, con una estructura un poco más compleja, en la que se alternan también dos relatos (como en la segunda parte) pero que esta vez se entremezclarán con historias anteriores que en un principio nos pudieron parecer autónomas y que exigirán una mayor atención del lector. Rodrigo Soto, seguro de que el lector domina ya los entresijos del universo de la novela, comienza a hacerle guiños y a profundizar en el juego literario... Hasta que sobreviene la quinta parte, la última, la de cierre, en la que el autor nos muestra la explosiva inventiva, el vuelo alto de su imaginación —lo mejor para el final, claro— y nos cuenta, de una magnifica y bella manera, la prehistoria de Ciudad Real; es un hermoso relato que combina dolor, ambición, fragilidad, conquista, manipulación e injusticia, pero también fantasía, ternura y belleza.

Creo que nos hallamos ante la presencia de una obra monumental, contundente, que no dudo recalará en el gusto de lectores inquietos y exigentes.

*Texto leído durante la presentación de la novela "El río que me habita", de Rodrigo Soto, en la librería Juan Rulfo de Madrid. Martes 27 de junio de 2017.

martes, 13 de junio de 2017

La incertidumbre del dramaturgo ante el estreno


En ocasiones, durante un estreno, las preguntas que se hacen los actores antes de salir a escena son las mismas preguntas que retumban sin cesar en el interior de la cabeza del autor del texto —que aguarda en silencio en la oscuridad del patio de butacas— en el que se ha basado el espectáculo que está a punto de comenzar: ¿Le (me) gustará lo que hemos (han) hecho con su (mi) obra? ¿Estaremos (estarán) a la altura de los personajes que ha (he) creado? ¿Le (me) gustará en realidad este montaje? ¿Será estéticamente atractivo para él (mí)? ¿Habremos (habrán) respetado la esencia de la pieza?

Los nervios que atacan a ambos creadores en esos instantes, pese a ser muy distintos, quizás compartan una intensidad similar. Una vez un amigo actor me dijo que el día que dejara de sentir mariposas en el estómago antes de salir a escena, ése mismo día se plantearía dejar de actuar. Y parafraseando lo que dijo este querido amigo, también yo dejaré de asistir a los estrenos de los espectáculos basados en mis textos cuando dejen de producirme las expectativas que suelen producirme.

Entre las muchas bondades y misterios que conserva el teatro como disciplina de creación colectiva está el hecho que un mismo texto puede generar múltiples interpretaciones y por tanto una variedad casi infinita de puestas en escena. De manera tal que una misma pieza puede ser degustada en preparaciones y presentaciones diversas a lo largo de los años. Es lo que ocurre con algunas piezas emblemáticas o “clásicos” que están constantemente subiendo a escena. A la hora de dar forma a un espectáculo cuyo origen proviene de un texto, los grupos o compañías de teatro cuentan casi con la misma libertad creativa con la que un lector recrea en su imaginación el universo que habita en una novela.

Ya sé. Lo admito. Tal vez se me ha ido la pinza y he exagerado un poco con esta última afirmación, pero es para que el lector menos habituado en los misterios del teatro comprenda lo que intento decir.

Por ejemplo, Pieza para dos actores es una de mis obras de teatro más representadas. He tenido la fortuna de asistir o ver varios de sus montajes en distintas ciudades. Recuerdo con especial cariño y emoción tres de ellos: el de Montevideo (el primero, estrenado en abril de 2009; se mantuvo durante tres meses en cartelera y recibió muy buenos comentarios de público y la crítica especializada), que produjo la gente de Ilusionarios Teatro; el de NNC, estrenado en 2010, el texto fue traducido al gallego y llevado a escena en este mismo idioma en Santiago de Compostela y, finalmente, el que estuvo a cargo de la Corporación TECOC de Bello (Medellín) y que, desde su estreno en 2014, la agrupación repone en su sala cada cierto tiempo.

La pretensión de todo dramaturgo es escribir historias que acaben sobre los escenarios. Asistir al estreno de un espectáculo basado en uno de tus textos en el que solo participas como autor, que nada tienes que ver con la producción más allá de haber contribuido con el texto, es de las cosas más maravillosas que pueden ocurrirle a un autor teatral. Por eso, cada vez que en cualquier lugar del mundo sube a escena una de mis obras, alzo la copa y digo ¡a su salud!

Por estas fechas un nuevo montaje de Pieza para dos actores hace temporada en Madrid (para los interesados: se titula El cuarto y estará todos los domingos de junio en la Sala NAO 8, calle Nao, 8, a las 20.30 horas). Esta vez los papeles de los personajes (Lucía y Antonio) recaen sobre las excelentes interpretaciones de Silvia Campos y Antonio Escamez, bajo una más que interesante —e inquietante— puesta en escena de Omar Morán. He de aclarar que Silvia se había enfundado ya en la piel de Lucía en una producción anterior que se estrenó en la Sala Vargas Calvo del Teatro Nacional de San José de Costa Rica en 2011. Lamentablemente no pude asistir a la temporada de este montaje pero sé de buena fuente que se mantuvo dos meses en cartelera y que también recibió muy buenos comentarios de público y crítica.

Aparte de las estupendas actuaciones y de la inquietante y sórdida atmósfera que ha conseguido crear el equipo artístico, lo que más me ha sorprendido de este último montaje de mi obra es que ha despertado en mí la sensación de reencontrarme con el texto que pergeñé hace casi treinta años. Quizá sea justo esto lo que me ha impulsado hoy a escribir y compartir esta nota en mi blog. Me explico. Hasta la fecha los montajes de Pieza para dos actores de los que he tenido noticia se han llevado a escena siempre en el formato de comedia. Como ya he argumentado antes, al principio de esta nota, algo por demás válido, lícito. Totalmente plausible. Sin embargo, El cuarto se aleja de estos registros y ha apostado por una puesta en escena más inquietante y sórdida que, he de ser honesto y confesarlo, se acerca más a la lectura de aquel texto de 1989.

Una vez más la magia y los misterios del teatro han vuelto a materializarse sobre un escenario. Una vez más me dejan sorprendido. Aunque, desde luego, todo lo anterior no pasa de ser la mera impresión, apreciación u opinión personal del autor del texto. Que quede claro.