lunes, 14 de julio de 2008

El valor de ser y creer en uno mismo


Hacía rato que una película no me ponía a reír hasta las lágrimas. Y para que la frase anterior no quede como una frase hueca, la contextualizo diciendo que el humor fácil, soso, vacío, no es precisamente el que suele hacerme reír. Todo lo contrario, este tipo de humor me desagrada en extremo. Es sin duda el humor mordaz, irónico, inteligente, el que se hila fino, que consigue pintarme una sonrisa o una carcajada en el rostro. Y de este último, la recién estrenada Kung Fu Panda, de los estudios DreamWorks, tiene secuencias a montón.

Desde mediados de los noventa, dos productoras cinematográficas vienen haciendo un trabajo extraordinario e innovador en el área de la animación y de películas para niños (aunque parezcan, no siempre son la misma cosa): Pixar Animation Studios y DreamWorks Animation. Desde entonces, ambas han logrado forjarse un nombre que ya es sinónimo de garantía para cinéfilos cuando de este tipo de películas se trata. Aunque a mi juicio, hasta el momento, Pixar ha demostrado ser mucho más certera que DreamWorks. Los lectores recordarán Toy Story (1 y 2), The bug’s life, Finding Nemo, The incredibles, en el caso de Pixar, y Shrek (y sus secuelas), Madagascar y ahora Kung Fu Panda en el caso de DreamWorks, para sólo nombrar las que yo he disfrutado y a las que considero indiscutibles joyas del cine. Casi siempre que me toca hablar de cómo debe contarse una historia es imposible no mencionar a una de ellas. Entonces mis interlocutores se me quedan mirando con cara de “¿qué le pasa a este sujeto? ¿Me está tomando el pelo?”. Y no, estoy hablando muy en serio, como lo hago ahora. Las películas que he enumerado son un alarde, una clase magistral de arquitectura dramatúrgica. En ellas los elementos del drama están estupendamente representados, con una claridad que, quienes nos dedicamos a este oficio, sólo nos queda aplaudir y tratar de imitar. Allí la presentación, detonante, conflicto, desarrollo y clímax están construidos y son mostrados con precisión de relojería suiza. Por supuesto, también los rasgos del personaje principal, protagonista, impacto, antagonistas y ayudantes quedan claramente definidos, con suficiente profundidad sicológica e historia; todo con innovación y originalidad pese a que la anécdota que se cuenta se haya contado con anterioridad, y pequeñas variaciones, miles de veces.

Por ejemplo, en esencia, Kung Fu Panda no es más que la conocidísima historia del patito feo, aunque, mientras las imágenes se mueven veloces frente a nuestros ojos, esa idea ni siquiera se asoma a nuestra cabeza. Po, el panda protagonista, sueña en convertirse en un gran maestro del kung fu, sin embargo, nadie apostaría un duro por él porque es gordo, torpe y carece de entrenamiento en artes marciales. Encima, atiende las mesas en un puesto de comida de fideos que su padre heredó de su padre y a su vez éste heredó de su padre y que el primero pretende heredar a su hijo. En fin, nadie respeta al pobre Po. Ni siquiera su padre. No obstante, llega el día en que el azar lo pone frente a un gigantesco reto (aunque según el maestro Oogway, “los accidente no existen”): es elegido como el Guerrero Dragón, llamado a ser el más grande guerrero, el que tendrá el honor de leer el rollo sagrado que contiene todos los secretos del kung fu. Pero también tiene la obligación de defender al pueblo contra cualquier amenaza, y hay una en especial que viene en camino: Tai Lung, un poderoso guerrero que antes fue discípulo del maestro Shifu, que al no ser declarado como el Guerrero Dragón, intentó acabar con su maestro y el pueblo entero, pero que fue neutralizado por Oogway y confinado a prisión durante veinte años. Ahora Tai Lung ha escapado y quiere venganza. Además, los Cinco Furiosos (Tigresa, Mantis, Mono, Grulla y Serpiente, guerreros entrenados por Shifu con la meta puesta en ser algún día elegidos como el Guerrero Dragón) ven a Po como un simple advenedizo, puesto que lo consideran sin habilidades para ser un guerrero del kung fu. Y para complicarle aún más las cosas a Po, el maestro que debe entrenarlo lo odia puesto que tampoco ve méritos en él y sólo quiere verlo renunciar. Después de lo anterior: ¿no está, acaso, magistralmente armada la historia de Kung Fu Panda?

Lo único que ayudará a Po a cumplir su sueño de convertirse en maestro del kung fu es aceptarse a sí mismo, tal cual es, y, desde luego, creer en sus capacidades para lograrlo. No hay más secretos que éste.

Uno de los tantos aciertos de la película es la recreación de la atmósfera de sabiduría milenaria que rodea a la cultura china; los paisajes y personajes como el maestro Oogway contribuyen enormemente a este fin. Cada vez que habla Oogway, uno queda literalmente boquiabierto: “El ayer es historia, el mañana es un misterio, pero el hoy es un regalo. Por eso se llama presente”, dice en una de sus intervenciones. O esta otra: “A menudo encontramos nuestro destino en el camino que hemos tomado para tratar de evitarlo”. Por cierto, una de las grandes metáforas que deja colar la película.

Para quienes todavía no estén convencidos de que tenemos que aprender de los hacedores de historias de Pixar y DreamWorks, por favor, bríndenme el beneficio de la duda y vayan a ver Kung Fu Panda. Estoy seguro de que a la salida de la sala coincidirán conmigo y me lo agradecerán.

2 comentarios:

Librería dijo...

Buena la reseña de la película Vic. Pues estoy en total acuerdo contigo. Me reí un mundo viéndola con el saco de cotufas pertinente, mi esposa y mi hijo. Estupenda. Estamos a la espera de Madagascar III, jajaja. Años que no sé qué es ver una película de adultos. Un abrazo.

Víctor Vegas dijo...

gracias, jason.
en cuanto a Madagascar, la que está próxima a estrenarse es la parte 2, no te adelantes, pana... las que sí se aproximan en su terceras entregas, en 2009, son la Era del Hielo y Toy Story...
yo estoy esperando, cual niño en víspera del 24 de diciembre, el estreno de WALL-E...
un abrazo