martes, 3 de febrero de 2015

Unas pocas palabras para despedir a un amigo


Sé que habrá gente que comparta estás líneas y gente que no. Y está bien que así sea, puesto que vivimos en un mundo diverso y no todos tenemos que pensar lo mismo que otros piensan. Ni una misma persona tiene que significar para unos lo que significa para otros.

Conocí a Carlos Noguera en enero de 2004. Asistí a su taller de narrativa, organizado por Monte Ávila Editores, buscando relacionarme con gente con la que compartiera inquietudes similares. Confieso que ya estaba crecidito para andar en esas búsquedas. Sin embargo, entonces no se me ocurrió una idea mejor, diferente. Sólo sabía que la literatura era mi vocación y que me había mantenido demasiado tiempo alejado de ella. El año anterior había decidido abandonar mi carrera de informático y retornar a la literatura, abandonada a su vez, más de 10 años atrás, cuando me gradué de ingeniero en la universidad. Cambiar para volver a ser lo que éramos. Es así. ¿Qué puedo decir?  La ingenuidad acompaña siempre a los creadores. Sin ese toque de ingenuidad es imposible acometer los proyectos que nos planteamos. Por más pragmáticos que podamos considerarnos en ciertas ocasiones, sin ese toque de ingenuidad no habrá nada al momento de sentarnos a crear.

Decía que en enero de 2004 ingresé al taller de Carlos Noguera. Al principio me pareció un hombre taciturno y demasiado serio, lejano, pero con el paso de los días llegué a descubrir que gustaba de conversar y de hacer bromas. De hecho, a veces, era difícil discernir si hablaba en serio o estaba de puro cachondeo.

Hubo una química especial entre los integrantes de aquel taller de narrativa de Monte Ávila Editores de 2004. Tanto, que se extendió unos meses más del período regular. Nadie quería dejarlo. Y cuando fue inevitable y tuvimos que despedirnos, abandonar las aulas de la acogedora quinta de la Castellana porque debíamos dar paso a otros, seguimos reuniéndonos en bares o casas que algún miembro del grupo ponía a disposición del resto. Mi casa se hizo una de las habituales. Y Carlos asistía puntual a la cita.

En el país político que nos convertimos a partir de 1998, era difícil no saber de antemano la filiación política de alguien que apenas comenzábamos a tratar. De modo que conocía bien la posición política de Carlos y él conocía la mía. No está demás decir que eran irreconciliables. No obstante, en lugar de esquivar el trapo con el fin de mantener las formas, en varias ocasiones discutimos sobre el tema.  Y en más de una ocasión dicha discusión se volvió acalorada. Aunque, debo decirlo, siempre mantuvimos el respeto y el cariño que desde luego sentíamos uno por el otro.

Que Monte Ávila Editores publicara en 2006 Mensajes en la pared, mi primer y único libro de relatos publicado hasta ahora, se lo debo en gran medida a Carlos. Pese a que varios de los relatos reunidos ahí habían obtenido premios, tanto nacionales como internacionales, el libro había sido rechazado montones de veces por editoriales de mi país. No importaba tanto su calidad como que yo era un total desconocido y además demasiado viejo para publicar un primer libro. Por entonces tenía 39 años.

Hoy la noticia de su muerte me ha producido un shock inenarrable del que he tardado en recuperarme. He llorado por el maestro, por el amigo, por el colega con el que compartía la admiración por la obra de autores como Cortázar, Bolaño (Carlos fue miembro del jurado que le otorgó el Rómulo Gallegos en 1998), Pirandello o Gallegos.

Estaré siempre agradecido por su incondicional apoyo de aquellos días.

Sé muy bien que Carlos no creía en Dios y que los amigos no pueden obligarnos a nada, ni imponernos ideologías ni religiones, porque la amistad está por encima de eso. A pesar de todo, deseo finalizar estas líneas diciendo, como un cristiano cualquiera, “Dios lo tenga en su gloria”. Que él no hubiera estado de acuerdo, no me inhabilita a mí para desearlo.

Adiós, amigo.