sábado, 2 de abril de 2011

Arte y prostitución


Desde hace años, el mundo de la prostitución ha estado de alguna u otra forma ligado a la vida y obra de muchos artistas. Ellos, a contracorriente de lo políticamente correcto, bien sea echando mano de la pintura, la literatura, la música, el teatro o el cine, han abordado el tema desde diversos y originales puntos de vista.

Toulouse-Lautrec, por ejemplo, se convirtió en cronista de lujo de los prostíbulos del París de finales del siglo XIX. Su afición por estos lugares le permitió dejar un testimonio pictórico cargado de sensibilidad y belleza en el que las trabajadoras del sexo, sus clientes y otros asiduos, fueron inmortalizados con gran detalle y libres de prejuicios. Van Gogh y Gauguin, entre otros tantos pintores, también se sintieron atraídos por el mundo de las meretrices y dejaron constancia de ello en sus respectivas obras.

En literatura me viene a la mente nombres como los de Henry Miller (tan asiduo a los burdeles como el propio Toulouse-Lautrec), Gabriel García Márquez, el último premio Nobel, Mario Vargas Llosa y Roberto Bolaño, por citar apenas a unos cuantos escritores de mi gusto, tan influyentes como imprescindibles.

En música recuerdo cuatro estupendas canciones que hacen referencia al tema. La primera, la pegadiza y dramática Roxanne, del grupo The Police, tal vez la más conocida de las cuatro para los lectores, convertida a estas alturas en un verdadero clásico del pop (a propósito , en 1999 George Michael grabó una versión muy personal de Roxanne que no tiene desperdicios); la tropical, triste e igualmente hermosa Perla negra, del venezolano Yordano Di Marzo; la dura (en más de un sentido) Dirty women, de Black Sabbath y, una de data más o menos reciente, la festiva Me llaman calle de Manu Chao, que formó parte de la banda sonora de la película Princesas (2005), del realizador español Fernando León de Aranoa.

Pero quizá sea precisamente en el cine donde los artistas han dejado una huella más latente, palpable y significativa de lo que vengo diciendo. Maestros como Luis Buñuel (Belle de jour, 1967); Federico Fellini (Las noches de Cabiria, 1957); Pier Paolo Pasolini (Accatone, 1961; Mamma Roma, 1962); Claude Chabrol (Violette Nozière, 1978) y Billy Wilder (Irma la Douce, 1963) han dirigido, con menor o mayor acierto, cintas que se adentran en las vicisitudes de prostitutas y sus chulos. Desde comedias ligeras y románticas como Pretty Woman (1990), de Garry Marshall —un fenómeno del cine comercial de nuestro tiempo—, pasando por comedias más sustanciales como Mighty Aphrodite (1995), de Woody Allen, experimentos sensoriales y extraordinarios como Leaving Las Vegas (1995), de Mike Figgis y Moulin Rouge (2001), de Baz Luzhrmann, hasta duros dramas con ribetes de tragedia como la ya antes mencionada Princesas o el muy original drama de Irina Palm (2007), de Sam Garbarski; en todas ellas, el factor común es que se nos cuenta la historia de mujeres que ofrecen su cuerpo por dinero y, durante el trayecto, esas historias acaban conmoviéndonos o trastocando nuestro sistema de valores. Sin olvidar, claro, cuatro títulos de cuatro creadores que están entre mis directores favoritos: George Cukor (La dama de las camelias, 1936); Jean-Luc Godard (Vivir su vida, 1962); Wong Kar-Wai (Days of Being Wild, 1990) y Steven Soderbergh (The Girlfriend Experience, 2009). Como ven, una larga lista de películas.

A estas alturas más de uno puede estarse preguntando qué ha llevado a estos realizadores a dejarse seducir por los signos y compases de este ambiente. Desde luego habrá montones de respuestas, sin embargo, yo me atrevo a esgrimir la siguiente: pocos temas como el de la prostitución consiguen dividir las opiniones del público y sacar a la luz las peores conductas de las sociedades. Como muestra un botón. Recientemente un programa televisivo español realizó un experimento: contrató a modelos profesionales para que se hicieran pasar por putas y se desplazó con ellas, y un equipo de reporteros, por diversos barrios de Madrid. Mientras las falsas meretrices se ubicaban en un sitio estratégico del barrio de turno, el grupo de reporteros se apostó en una esquina cercana y comenzó a aplicar una sencilla encuesta a las personas que pasaban por allí. La finalidad de las preguntas era medir el grado de tolerancia de los madrileños hacia la prostitución. Los encuestados tenían que dar sus respuestas frente a un micrófono y una cámara de televisión. Desde luego, la mayoría se mostro tolerante ante el micrófono y la cámara, pero al doblar la esquina y toparse de pronto con las falsas meretrices, las mismas personas que se habían mostrado tolerantes con la prostitución minutos atrás, no sabiéndose observadas, les cambiaba la expresión e incluso algunas se acercaban a las modelos que hacían de putas, las increpaban y desaprobaban su comportamiento. Por supuesto, esta segunda etapa del experimento se planificó para que fuera captada por una cámara escondida. De modo que el experimento del canal televisivo demostraba claramente el doble discurso y la hipocresía que tienen muchos con la prostitución. Quizá también sea justo decir que hubo personas coherentes en su criterio (bien porque la toleraban o no), que mantuvieron la misma postura frente y detrás de las cámaras.

La semana pasada, también en España, el debate relacionado con la prostitución volvió a ser tema de actualidad debido a la prohibición de anuncios sexuales en los periódicos.

Creo que, igual que han hecho con otros asuntos a lo largo de la historia, los artistas, al abordar recurrentemente el tema, aspiran que las sociedades comiencen por fin a enfrentarlo (que no a resolverlo, tampoco son tan ingenuos) apartando de dicha discusión los dobles discursos. Porque se trata de un problema demasiado complejo, en el que se cometen un sinnúmero de injusticias, se violan derechos humanos básicos y alrededor del cual se aglutinan tantos intereses que, para tan sólo encaminar el diálogo hacia una posible solución, exigiría de las partes involucradas, años de negociación, voluntad de compromiso y, sobre todo, voluntad para ceder ante posiciones antagónicas.

¿Podrán ponerse de acuerdo algún día?

Eso nadie lo sabe. De modo que, siendo optimista, resta un larguísimo trecho por delante y seguramente los artistas, durante ese trayecto, continuarán deleitándonos con sus trabajos y puntos de vistas sobre las putas y el mundo que gira a su alrededor.

1 comentario:

anamilton dijo...

Que buena entrada!
Te recomiendo el documental sobre Griseldis del Real y Love&Pop de Hideki Anno, aproximaciones curiosas y con poca moralina sobre tan controvertido tema, busca aquí!
http://miltonisland.wordpress.com