martes, 17 de julio de 2018

En el país de Alicia (I)

Cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad, 
es hora de comenzar a decir la verdad.
Bertolt Brecht

Mientras recorríamos los pasillos del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, esos que llevan desde las puertas de desembarque al área de inmigración, hubo un momento en el que Irma y yo nos miramos instintivamente a la cara y, con este breve y sencillo gesto, quedó sobreentendido para ambos lo que pasaba por la cabeza del otro: nunca antes en nuestras muchas idas y vueltas, en nuestros muchos arribos a aquel aeropuerto, nos habíamos topado con tanta desolación. Aparte de los pasajeros del vuelo P5 7008 de Wingo, procedente de Bogotá —en el que viajábamos—, parecía que en ese instante no estuviera desembarcando ningún otro vuelo... Nuestra percepción quedó refrendada cuando en el área de inmigración apenas tuvimos que formarnos unos pocos minutos para cumplir con los procedimientos de entrada al país.

Eran las seis y cuarenta y cinco de la tarde de un día miércoles.

Tampoco había demasiada gente en la zona del aeropuerto reservada para la retirada del equipaje facturado. De hecho la mayoría de rostros que pude apreciar allí me lucieron familiares; supuse entonces que habrían venido con nosotros en el P5 7008. Aguardamos un buen rato antes de que la correa en la que se indicaba que saldrían nuestras maletas comenzara a funcionar, a moverse.

Fuera esperaba por nosotros Juan Carlos, un viejo y entrañable amigo de la infancia, con quien tuve la fortuna de cursar prácticamente toda la carrera universitaria en la UCLA de Barquisimeto. Días atrás él no solo se había ofrecido para irnos a recoger a Maiquetía, sino que incluso nos había puesto su casa a nuestra entera disposición con el fin de alojarnos durante nuestra estadía en Caracas. De modo que tras los abrazos y las primeras palabras que nos cruzamos, dirigimos con agilidad nuestros pasos hacia su camioneta.

En el parking, entretanto metíamos el equipaje en el maletero, se nos acercaron tres niños y un señor pidiendo que le diéramos alguna ayuda. La insistencia era el único rasgo distintivo que al parecer compartían el hombre y los niños. Juan Carlos les informó, en un tono nada amigable, de que no cargábamos efectivo encima, que el efectivo era un bien escaso por esos días, tan difícil de conseguir como la honestidad y volviéndose hacia nosotros nos pidió que subiéramos rápido a la camioneta. Eso hicimos enseguida Irma y yo. Dentro del vehículo, Juan Carlos murmuró entre dientes —como para sí mismo— que Venezuela se había convertido en una nación de pedigüeños, puso el motor en marcha y enfilamos con rumbo a su casa.

En el trayecto nos topamos con una autopista Caracas-La Guaira también desolada, casi vacía. Solo unos pocos coches subían y bajaban por los diferentes carriles. Como era día de semana, esa soledad no me pareció compatible con la de otras épocas y así se lo hice saber en un comentario a mi amigo.

—Mucha gente tiene los carros parados en sus casas por falta de repuestos. Si a esto le añades la cantidad de personas que está saliendo del país, entonces puedes hacerte una idea del por qué la autopista se encuentra tan sola. Además, a estas horas ya la gente está «guardada». A menos que sea indispensable salir a la calle, a estas horas todos prefieren mantenerse resguardados en sus casas.

A causa de los elevados índices de criminalidad, la inseguridad está entre las principales preocupaciones para los venezolanos.

Había anochecido y en ningún tramo de la autopista funcionaba el alumbrado público. O mejor dicho, solo en los boquerones —los dos túneles que atraviesan el sistema montañoso que separa a Caracas del litoral— pudimos notar algo de luz artificial, aparte, desde luego, de la de los faros de los poquísimos coches con los que nos habíamos topado bajando o subiendo de La Guaira.

Confieso que Irma y yo nos habíamos preparado mentalmente a lo largo de semanas con la finalidad de enfrentarnos a estas y otros tipos de situaciones que imaginábamos nos íbamos a encontrar durante nuestra visita. Para los venezolanos que vivimos en el exterior los problemas que afectan al país no nos son ajenos. La distancia no tiene por qué hacernos indiferentes. Pero una cosa es leerlo o verlo en los medios de comunicación o redes sociales, o incluso escucharlo de boca de nuestros propios familiares, amigos o conocidos, y otra muy distinta era constatarlo en directo, de primera mano. Nadie puede experimentar la sensación de estar frente al mar a través de las opiniones de otros; hay que estar frente al mar para saber de verdad qué es eso, para saber con exactitud qué se siente.

Como Santo Tomás ante la noticia de la resurrección de Jesús.

O quizás era más como observar las montañas que ahora se desplegaban frente a nosotros, salpicadas de miles de puntos luminosos, un espectáculo que recuerdo siempre asombraba y fascinaba a los extranjeros que por vez primera subían de noche a Caracas desde Maiquetía; los venezolanos, en cambio, sabíamos muy bien que detrás de aquel subyugante espectáculo se escondía una realidad diferente. Que la experiencia de contemplar aquellas montañas de noche no era ni remotamente parecida a la de hacerlo con la luz del día.

(Continuará)

viernes, 9 de marzo de 2018

Los orígenes de un libro (y II)


Igor y yo habíamos quedado en su casa. Ambos nos encontrábamos sentados en el salón en el que en otras ocasiones habíamos mantenido largas discusiones sobre libros y autores que nos gustaban y también sobre esos otros que nos gustaban menos. Mientras él leía el material que acababa de entregarle, yo no apartaba la vista de su rostro y estaba muy atento a los movimientos de sus manos. A ratos sonreía, a ratos arrugaba el ceño, a ratos meneaba la cabeza en señal de aprobación o rechazo; de vez en cuando soltaba una sonora carcajada o murmuraba “bien, bien”, “no, no” o “extraordinario”… Y nunca dejó de deslizar con vigor y velocidad, sobre cada una de las páginas, el bolígrafo con el que subrayaba, tachaba o encerraba en círculos una palabra, una línea o todo un párrafo.

Aquella tarde salí de la casa de Igor con la tarea de revisar las correcciones y sugerencias que él acababa de realizarle a mis textos y pasarlos de nuevo en limpio. En esa época yo solía escribir a mano; una vez revisadas y corregidas mis obras, era cuando las pasaba en limpio a máquina de escribir. No tenía ordenador. Tal vez ahora suene bastante extraño —¡y hasta absurdo!— que un estudiante de informática no cuente con ordenador en su casa, pero en esos años era de lo más común. Sobre todo lo era para aquellos que nos habíamos matriculado en la universidad pública.

Igor, además, me había dicho que tenía que ponerle título a aquel grupo de textos. No le di muchas vueltas y le puse el primero que se me vino a la cabeza: Infortunio de los objetos.

Una vez que mis textos estuvieron nuevamente pasados en limpio, una vez que Igor hizo la debida selección que incluiría la plaquetta (eligió cinco: “Seres en un texto”, “Nobleza de las aceras”, “Aburrimiento de una bisagra”, “Inconveniente de los espejos” y “Autorretrato”) lo acompañé a la imprenta donde ambas publicaciones serían procesadas.

Los Cuadernos Literarios Detrás de la Celosía se presentaron en el viejo edificio de la extensión de cultura de la UCLA a principio de 1991. Durante el evento me reencontré con varios de mis compañeros de taller y me enteré de que, por cuestiones burocráticas, Igor dejaría de ser el coordinador del taller. La noticia me cayó como un balde de agua fría y me entristeció. “Son cosas que pasan”, dijo Igor, “Estoy acostumbrado”.

Poco después también yo dejaría el taller. Aunque no dejé de escribir. De hecho en el período que va de enero de 1990 a enero de 1992 escribí un puñado de relatos con los que ingenuamente planeaba comenzar a armar mis dos primeros libros, para los cuales incluso tenía títulos: “Mensajes en la pared” y “Textos snob”. He dicho “ingenuamente” porque en mayo de 1992 la realidad se hizo presente y empecé a ejercer mi profesión de informático.

Ambos proyectos de libros quedaron en suspenso.

Retomando la historia de Infortunio de los objetos, no volví a saber de la plaquetta a lo largo de 1991, cuando se suponía que sería publicada y presentada. En cierta oportunidad le pregunté a Igor y, encogiéndose de hombros, me dijo que ya todo lo que él podía hacer lo había hecho, que el resto dependía de las autoridades de la extensión de cultura con las que ya no tenía contacto. Entendí y me resigné a que nunca vería aquellos textos publicados.

No obstante, durante el primer trimestre de 1992, una vecina me entregó una nota donde había apuntado un nombre y un teléfono —en aquel tiempo no teníamos teléfono en casa y yo daba el número de nuestra vecina cuando me pedían datos de contacto— y me decía que llamara en horas de oficina tan pronto como me fuera posible.

Al día siguiente marqué al número que me había dado mi vecina y de esa llamada salió una cita con Rosicler Aitken, la nueva coordinadora de la extensión de cultura de la UCLA.

Días más tarde, tras una breve espera, entraba en el despacho de la nueva coordinadora de la extensión de cultura de la UCLA. Rosicler Aitken, una mujer atractiva y elegante, me recibió con gran amabilidad y me felicitó por el trabajo realizado. Yo estaba desorientado y fue entonces que ella, percatándose de mi desconcierto, me extendió un ejemplar de Infortunio de los objetos, la plaquetta que creía que nunca vería publicada.

Allí supe que, junto con otras publicaciones, Infortunio de los objetos se presentaría dentro de un par de semanas. No podía creérmelo.

Años después, siendo ya amigos, Rosicler me confesó que apenas se instaló en su despacho de la extensión de cultura de la UCLA, había mandado a hacer una revisión profunda del material almacenado en los depósitos del viejo edificio y cuando se topó con Infortunio de los objetos quedó impresionada, según sus propias palabras, mis textos la sedujeron enseguida. De modo que ordenó incluyeran de inmediato la obra en la programación de presentaciones y que me buscaran a mí para darme ella misma la noticia.

Así fue cómo aquella plaquetta se convirtió en el embrión y el origen de “La naturaleza de las cosas” (titulado en un principio “Textos snob”), el libro que acaba de publicar Ediciones Carena y que el próximo martes 13 de marzo estaremos presentando en Madrid.

Ahora, casi treinta años más tarde, los dos libros que planifiqué escribir por aquella época y que con ingenuidad creía que se convertirían en mis dos primeros libros se encuentran uno al lado del otro sobre uno de los anaqueles de mi biblioteca.

Se ha cerrado el círculo.

PD: Este post es continuación de este otro: Los orígenes de un libro (I)

jueves, 22 de febrero de 2018

Los orígenes de un libro (I)


Entre finales de 1989 y mediados de 1990, asistí como alumno a mi primer taller de escritura creativa. Se trataba de un taller de narrativa convocado por la extensión de cultura de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA), en la que por entonces cursaba la carrera de Ingeniería en informática.

Recibíamos clases en un viejo edificio de la Avenida 20, entre las calles 9 y 10 de la ciudad de Barquisimeto; el mismo donde funcionaban las oficinas administrativas de la extensión de cultura de la UCLA. Me gastaba de diez a quince minutos ir o venir andando desde mi casa hasta aquel viejo edificio.

Igor Zamora, poeta y escritor de la región, estaba al frente de la coordinación del taller.

La cita con Igor y mis otros compañeros de curso era una vez por semana y yo esperaba su llegada con ansias, como si ese fuera el día más importante de la semana. En ocasiones salía del viejo edificio como si estuviera andando por las nubes y en otras casi arrastrándome; en ocasiones pensaba que mis textos tenían algún valor y en otras que eran una absoluta mierda, que no merecía la pena dedicarles tanto tiempo. Pero saliera como saliera, bien colgado de una nube o rodando como una piedra cuesta abajo en una ladera, volvía puntual a honrar mi siguiente cita con la literatura.

No falté a ninguna sesión del taller a lo largo de aquel período.

Recuerdo que hasta allí me había llevado la necesidad de compartir con gente de similares intereses a los míos, la necesidad de continuar creando rodeado de gente, puesto que el grupo de teatro en el que había venido trabajando en los últimos años, de pronto se desintegró, se volvió añicos y tuve que enfrentarme a una especie de síndrome de abstinencia. El taller literario de la UCLA fue mi tabla de salvación. Aunque por aquellos años sabía, como sigo sabiéndolo hoy, que el trabajo del escritor es una labor solitaria, aislada, individual —ya había escrito varias obras de teatro y algunos cuentos—, también era consciente de que atravesaba una etapa en la que tenía la urgencia de sentir que a mí alrededor había personas que compartían mi vocación.

Además de escribir y leer mis textos frente a otros —o que otros los leyeran—, de obtener su feedback, una de las principales y atractivas motivaciones del taller era que existía la posibilidad que algunos de los textos producidos durante el curso fueran incluidos en la revista literaria que publicaba la extensión de cultura de la UCLA, los Cuadernos Literarios Detrás de la Celosía. En dicha publicación, los textos seleccionados de los talleristas se codearían con los de autores de reconocida trayectoria tanto regional como nacional.

Sin duda un gran aliciente para alguien que deseaba ser escritor.

La depresión que sigue al final de un ciclo que ha sido enormemente placentero y enriquecedor —como cuando finaliza la temporada de un espectáculo en el cual llevabas meses o quizás años trabajando— quedó minimizada tras dos maravillosas noticias que Igor me dio el último día de clase: la primera, que uno de mis textos había sido elegido para ser publicado en los Cuadernos Literarios Detrás de la Celosía y, como si esto no hubiera sido suficiente, la segunda noticia era aún mejor que la anterior: Igor había conseguido que el próximo número de la serie literaria “Dr. Argimiro Bracamonte”, que de igual forma publicaba la extensión de cultura de la UCLA, estuviera dedicado a “mi obra”.

A continuación inserto una aclaración que a esta altura considero indispensable: en la serie literaria “Dr. Argimiro Bracamonte” solía recogerse una muestra de la obra de un autor novel que a la vez representaba una promesa para las letras de la región por la calidad de sus textos. Enterarme de esto por boca de Igor fue para mí una sorpresa y una gran satisfacción. Sabía que a él le gustaba lo que yo escribía, pero de allí a que trabajos míos fueran incluidos en un número de aquella publicación me pareció en principio excesivo.

“No tengo material para eso”, le respondí tan pronto el corazón volvió a bombear sangre por mis venas y recuperé por fin el aliento. “Pues entonces ponte a trabajar. Tienes al menos cuatro meses para entregarme el material porque el próximo número de la serie no se publicará hasta comienzos del año próximo”, dijo Igor.

Regresé a casa con un montón de emociones encontradas. Sentía euforia y angustia, sentía miedo y orgullo, sentía descaro y bochorno.

Sin embargo, sabía que nada de lo que había escrito hasta ese momento me serviría. No le había mentido a Igor al decirle que no contaba con material para publicar en el número que me había conseguido de la serie literaria “Dr. Argimiro Bracamonte”. De modo que me encerré en mi habitación y me puse a trabajar como él lo había recomendado, como un poseso. La primera certeza que se me vino a la cabeza al conocer el formato de la plaquetta —de cuatro caras y unos 35 cm. de alto por 15 cm. de ancho— que componía la colección fue que tenía que escribir textos cortos. Tras varias horas de trabajo y meditación, descarté la poesía en verso —sí, por aquel tiempo, como muchos otros autores noveles, enamorados de las palabras, escribía poesía— y opté por la prosa. Los siguientes días fueron un calvario puesto que nada de lo que producía acababa por satisfacerme. Hasta que de repente, una madrugada, tuve un chispazo y escribí un texto en el que daba vida a objetos y hablaba sobre sus desventuras o infortunios aunque todo en el fondo era una excusa para reflexionar sobre la condición humana. “Por aquí van los tiros”, susurré y, en medio de una suerte de epifanía, escribí una docena de textos en aquella línea durante los días que vinieron a continuación.

Este material sería el que semanas después le presentaría a Igor.

(Continuará)

lunes, 22 de enero de 2018

Cuando dejamos de jugar


Picasso solía decir que aprender a pintar como los pintores del renacimiento le había llevado cuatro años. Sin embargo, para pintar como los niños había necesitado toda una vida.

Una opinión que es a la vez una firme declaración de principios.

No es extraño que la obra de un gran número de creadores tenga una insalvable deuda con esta primera etapa en el desarrollo de los seres humanos, la infancia; porque en muchos sentidos, al fin y al cabo, el proceso creativo lo que busca es conectar, meternos de nuevo en la piel de aquel niño que fuimos. Cuando por casualidad, mientras observo a la gente, me topo con un niño que juega solo, viviendo con genuinidad el universo que ha creado, abstraído por completo de ese otro mundo que lo rodea, pienso inevitablemente en los creadores y desde luego en el proceso creativo.

De esta manera me atrevería a concluir que quizá los únicos que en nuestros tiempos conservan un auténtico sentido lúdico de la vida sean los niños y los creadores. El resto de mortales, con contadas excepciones, podría afirmarse que ha dejado de jugar.

Este tema tan atractivo, complejo y no exento de polémica lo aborda el escritor Edgar Borges en su nueva novela, “La niña del salto” (Ediciones Carena, 2018). Antonia, la protagonista de la historia que nos narra, es una mujer que ha renunciado a jugar, a entender la vida con ese sentido lúdico con el que la conciben niños y creadores. Ella misma ha decido levantar los gruesos muros dentro de los cuales habita junto a un hombre que la violenta y humilla. Aunque más allá de esos muros tampoco hay grandes esperanzas para Antonia: más allá solo existe un pueblo gris y aburrido conformado por gente gris y aburrida. La única ilusión que le permite respirar y seguir adelante a la protagonista es su pequeña hija, una niña que en lugar de andar salta, de allí el título de la obra. Pero un buen día llega al pueblo un grupo de extranjeros cuyo objetivo es organizar una serie de recitales de poesía y Antonia, de pronto, siente que vuelve a conectar con la niña que fue. No obstante, ha pasado tal vez demasiado tiempo expuesta a una realidad que la ha limitado y atrofiado espiritualmente que, en un principio, siente miedo y prefiere esquivar a esos extranjeros —que en ocasiones se hacen llamar a sí mismos simuladores— con el fin de continuar inmersa en la rutina. Antonia no será la única que se perciba amenazada por estos personajes y el pueblo vivirá una pequeña revolución.

Con “La niña del salto” Borges nos invita a sumergirnos de nuevo en su particular universo literario, con esas frases poderosas y llenas de ingenio que retumban en nuestra cabeza como si en su interior acabara de romperse un rack de billar: “Cuando él la atormentaba o la buscaba para penetrarla, ella le soltaba algún verso como si se tratara de un rezo que la fuera a liberar de un exorcismo. El hombre, formado contrario a las metáforas, se quedaba atónito, sin comprender la intención de semejante defensa”.

Y es que la poesía ocupa un sitial especial en esta novela: es una suerte de fluido atemporal que funciona como catarsis a lo largo de la narración.

Durante una entrevista que le concediera a Christian Zervos en 1935, Picasso hablaba de la falsedad en los cánones de belleza que había impuesto la academia y que de alguna manera el malagueño rompería para siempre con innumerables pinturas, entre ellas, Guernica o Les demoiselles d’Avignon. En este sentido me arriesgaría a decir que “La niña del salto” es una novela de una belleza inquietante y perturbadora, una belleza que duele, horroriza y conmociona al mismo tiempo, una belleza que seguramente descolocará a muchos de sus lectores.

Pero desde que en el siglo pasado Picasso cambiara la historia del arte, la belleza dejó de ser lo que era.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Coco


Con su última película, Coco, la gente de Pixar lo ha vuelto a hacer. Ingeniosa, mágica entretenida, hermosa. Aunque he de confesar que tras disfrutar de la extraordinaria Inside Out me acerqué a la sala de cine con ciertas reservas. Pensaba que luego de este largometraje pasaría muchísimo tiempo sin ver algo que al menos se le acercara, que se le equiparara, algo al menos similar cocinado en estos estudios cuyas producciones suelo seguir desde que en 1995 debutaron con Toy Story. Pero sucede que apenas dos años después de Inside Out vienen y estrenan Coco y yo he alucinado en colores.

De veras. Me han dejado sin aliento.

Antes de continuar debo hacer otra confesión: soy un gran admirador y enamorado de la cultura mexicana; crecí viendo las películas de la época de oro de su cine, en la que estrellas como Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix, Tin Tan y Cantinflas brillaban con una luz cegadora; las rancheras y el bolero mexicano forman parte de la banda sonora de mi vida y el gusto por cantantes como Pedro Infante y Javier Solís lo heredé de mis padres. En cuanto a mi amor por la literatura mexicana, ya he hablado de ello en otras ocasiones.

Incluso, para mí, lo más interesante en la carrera cinematográfica de Luis Buñuel lo encuentro justamente en su etapa mexicana.

Y no solo digo esto para que se entienda mi entusiasmo por Coco, sino para que también se entienda el riesgo que corrió Pixar desde el inicio al abordar el proyecto de esta película. Al tratarse de una historia profundamente mexicana, que bebe de su folklor y de sus tradiciones más arraigadas, parte del equipo que trabajó en Coco, según he leído, se gastó más de seis años investigando, indagando en las costumbres de este país con el fin de intentar ser lo más fiel posible al relato de Miguel Rivera y de su numerosa familia que abarca cinco generaciones.

A través de dos vertientes que en principio lucen contrapuestas —la familia y la fascinación de un niño por la música—, Lee Unkrich (director) y Adrián Molina (codirector y guionista) nos invitan a deslizarnos por un relato que exuda pasado, colorido, emoción y encanto. ¿Y qué otra ambientación habrían podido haber elegido Unkrich y Molina para relatar la historia de Miguel y de su familia sino la de las fiestas más populares y conocidas a escala mundial del país latinoamericano: el Día de los Muertos? Y es que para los mexicanos la muerte no suele tener el mismo significado que tiene para el resto de mortales del planeta. Cómo si no se explica que tengan una fiesta en la que a los muertos se les recuerda y honra de una manera alegre y llena de colorido y que encima se extienda a lo largo de tres días. Durante esta festividad la gente se lanza a las calles que se llenan de luces, música y algarabía, de preciosos altares adornados con flores especiales de Cempasúchil y es normal comer calaveras de dulce y el famoso “pan de muerto”, un delicioso pan elaborado con anís y naranja.

Gran parte de este espíritu alegre y festivo puede apreciarse en la película, pero el espectador también se topará con esa clase de momentos conmovedores a los que las producciones de Pixar nos tienen acostumbrados.

La música, los colores y las luces no siempre están reñidos con aquellos sentimientos más cercanos a la aflicción y la pesadumbre. La vida la componen tanto alegrías como tristezas. Y de ambas cosas saben mucho los mexicanos.

jueves, 7 de diciembre de 2017

La casa de al lado


Living is easy with eyes closed
J. Lennon

La casa en la que crecí fue construyéndose como la mayoría de casas de la calle del barrio: poco a poco y a medida que la familia iba haciéndose más grande.

A principio de los setenta, por ejemplo, mi hermana y yo compartíamos habitación. Por entonces nuestra casa apenas contaba con cinco estancias: dos dormitorios, una sala-recibidor minúscula, una cocina en la que había una mesa en la que nos sentábamos a comer y desde luego un baño que compartíamos los cuatro: mis padres, mi hermana y yo.

Recuerdo que la única ventana de nuestro cuarto daba al patio trasero de la casa vecina. Era un patio muy pequeño porque la casa de nuestros vecinos era aún más pequeña que la nuestra. Digo “la casa de nuestros vecinos” por llamarla de algún modo, puesto que no recuerdo que allí viviera nadie. Tampoco había allí nada especial, pero igual a mi hermana y a mí nos encantaba asomarnos por la ventana y, como era bastante angosta y no cabíamos los dos al mismo tiempo, solíamos acabar peleándonos por el privilegio de echarle un vistazo al patio vacío de la casa de al lado.

Ya saben cómo son los niños de entre cinco y seis años.

Sin embargo, un buen día de inicios de los setenta se mudó a la casa vecina un grupo de jóvenes. No se trababa de jóvenes cualesquiera. Eran de esos que los adultos llamaban hippies, con largas cabelleras, descuidadas barbas, llamativa vestimenta, de suaves y acompasados andares y una sonrisa perenne en los labios. A partir de entonces asomarnos por la ventana de nuestra habitación cobró nuevo atractivo para mi hermana y para mí.

Al parecer, por sus hábitos y comportamiento, nuestros vecinos se ganaban la vida fabricando y vendiendo artesanía de cuero: carteras, sandalias, billeteras, pulseras, collares y demás complementos de vestir. Por lo general trabajaban al aire libre, a veces en aquel patio trasero, mientras escuchaban música en un diminuto tocadiscos y fumaban un cigarrillo tras otro.

Creo que fue gracias a ellos que escuché los primeros temas de rock en mi vida o así me gusta recordarlo: Crosby, Still & Nash, The Hollies, Janis Joplin, John Lennon, Led Zeppelin y desde luego The Beatles. Uno de aquellos jóvenes solía alternar un par de camisetas con caras de hombres muy distintos entre sí en su parte delantera: uno llevaba una boina con una estrella y el otro, más jovial, lucía unas pequeñas gafas redondas.

Con el paso de los días, la casa vecina no tardaría en convertirse en el principal foco de perturbación de nuestra calle, porque gente entraba y salía a cualquier hora del día y era difícil saber quiénes vivían allí de manera permanente o quiénes solo se hallaban de paso, de visita. Además, de tanto en tanto a los vecinos se les elevaban las revoluciones y se ponían como una moto: música a todo volumen, gritos, discusiones, peleas. Incluso mamá se quejaba “del olor a yerba que se cuela y esparce por toda la casa, y por más que sea uno tiene niños pequeños”. Pronto los mayores empezaron a plantearse entre sí que algo tendrían que hacer. La ley entró por casa y mamá nos prohibió a mi hermana y a mí asomarnos por la ventana. También vigilaba que durante el día permaneciéramos el menor tiempo posible en nuestra habitación. Pero al menos yo, cuando mamá no estaba cerca, me colaba furtivamente a nuestro cuarto y me asomaba por la ventana cada vez que se me presentaba la oportunidad.

Y es que me gustaba mirar a aquellos jóvenes trabajar y escuchar la música que escuchaban. Creo que ellos también disfrutaban de mi compañía viéndome observarlos desde el otro lado de la ventana. En cierta ocasión una chica se acercó hasta la ventana y sin decir palabra o tal vez las dijo y no lo recuerdo me obsequió una microscópica cartera de cuero en la que no obstante se cuidaba cada detalle de su elaboración.

Un buen día, así como habían llegado, se marcharon. No se despidieron de nadie y el patio de la casa vecina volvió a ser un lugar vacío y desolado. Inclusive mucho más que antes.

Cada año por estas fechas puntual como el estallido de los colores del otoño el recuerdo de aquellos jóvenes regresa a mi memoria. Es imposible separarlo de la voz, susurros, gritos, gemidos y ese aire de utopía e irreverencia con los que Lennon impregnó sus canciones. Después de casi medio siglo esas mismas canciones continúan emocionándome como lo hicieron en un principio, como cuando era niño y luego adolescente.

Hay cosas que no cambian pese a que todo haya cambiado a nuestro alrededor.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Uniformados


Comencé a ejercer mi profesión de ingeniero en informática en mayo de 1992, poco antes de que se celebrara el acto oficial de graduación de la institución en la que había cursado estudios, la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA) de Barquisimeto.

Sin embargo, debo aclarar que había transcurrido ya casi seis meses desde el fin del semestre y de la entrega de notas y certificaciones que nos acreditaban como flamantes ingenieros de la República de Venezuela. Con aquella documentación en mano, un nutrido grupo de graduandos de la XV promoción de Ingenieros en Informática de la UCLA enseguida empezamos a buscar trabajo. En un principio, entusiastas, ávidos y deseosos de ser fichados por una gran empresa, no pocos nos dejamos seducir por los cantos de sirena de ciertos headhunter.

¡Cuánta ingenuidad había detrás de aquellas posturas de seguridad y de orgullo mal medido que muchos transmitíamos por entonces!

Tras diversos intentos fallidos, incluido un viaje a Puerto Ordaz donde me entrevistaron en una de las empresas del aluminio, por cierto, de las más apetecidas por los recién egresados —me gustaría dejar dos cosas claras respecto a este viaje: que el headhunter cubrió todos los gastos de traslado y que era la primera vez que subía a un avión—, por fin recalé en una compañía de la región: un fabricante y distribuidor de bebidas alcohólicas. Allí, durante los siguientes diez años, haría carrera. Pero pudo no haber sido así.

Intentaré explicarlo a continuación de la mejor manera posible.

Un año después de mi ingreso, aproximadamente, al departamento de recursos humanos se le ocurrió uniformar a todos los empleados. Bueno, a los empleados “rasos”, quise decir, puesto que los niveles medios y altos (jefes de unidad, gerentes y directores) estaban exentos de cumplir con aquella nueva normativa. En cambio para el resto de los mortales era obligatorio llevar el uniforme. Por supuesto las reacciones no se hicieron esperar y fueron variadas y contradictorias. Desde los que estaban encantados con la iniciativa (la mayoría), los que les daba igual (un porcentaje nada despreciable) y los indignados (la minoría) entre los que naturalmente me encontraba yo. ¿Que a qué se debía mi indignación? Pues al sencillo hecho que nunca he sido partidario de abrazar símbolos gregarios: siempre que puedo evito vestirme con colores, banderas o estandartes que se asocien o identifiquen con determinado grupo humano. Sea cuál sea. Quizá la excepción la represente las camisetas alusivas a bandas de rock, y la verdad es que tampoco, ahora que lo pienso, es que las haya usado muy a menudo a lo largo de mi vida. Aunque me encantaba lo que estaba haciendo, el ambiente que se respiraba en la planta y sobre todo la relación de camaradería con mis compañeros de trabajo, era tanta mi indignación que decidí hablar con mi supervisor directo y presentarle mi dimisión. Ya lo sé. Visto así, a la distancia, pareciera una pataleta de niño malcriado. Supongo que de esta manera lo vieron en aquel entonces muchos de los involucrados. En mi descarga diré que en aquellos tiempos contaba con veinte y pocos años y solía tomarme ciertas cosas muy a pecho.

El asunto escaló niveles como la espuma y el mismo día en que hablé con mi superior inmediato, el gerente de sistemas me telefoneó desde Caracas —donde lo habían puesto al frente del proyecto de implementación del nuevo software de distribución y logística que daría soporte a todas las filiales de la compañía a escala nacional— y tuvimos una larguísima conversación. Al día siguiente fue el director general de la planta que me pidió que me acercara hasta su despacho. Todos me hablaron más o menos sobre lo mismo: de mi potencial, del futuro, de mi oportunidad de hacer carrera en la empresa... Sin quererlo, armé un lío que acabó desbordándome y ante el cual al final tuve que doblar las rodillas y transigir. Con el paso de los días Recursos Humanos pareció también ceder un poco en su férrea postura —quien no llevara uniforme no se le permitía el acceso a la planta y desde luego se le descontaba el día de paga— y permitió que al menos los viernes los empleados fueran vestidos como quisieran.

Los viernes. Los sagrados viernes.

Con el paso del tiempo me fui a Caracas a trabajar bajo las órdenes de nuestro gerente de sistema en la implementación del nuevo software de distribución y logística y ya no volví a la planta más que de visita o a realizar algún que otro trabajo puntual.

En fin, que luego de aquel jaleo acabé usando el uniforme solo unos meses y en cambio hice carrera en la empresa durante más de diez años.

No obstante, nada de esto ha menguado mi reticencia a llevar uniforme. Cualquier uniforme. Al día de hoy lo pienso y todavía me sigue produciendo la misma indignación.

jueves, 12 de octubre de 2017

Esto va sobre víctimas y victimarios


A lo largo de la historia, cuando las víctimas alcanzan por fin el poder, en no pocas ocasiones —y en un lapso por lo general bastante corto—, han acabado convirtiéndose en victimarios y cometiendo a menudo atrocidades incluso peores a las que vivieron confundiendo de este modo justicia con venganza. Pareciera que, además de cegarlas, el resentimiento las moviliza, las guía y justifica y entonces ya nada puede detenerlas y mucho menos satisfacerlas en la búsqueda de la tan anhelada compensación, en la búsqueda de esa indemnización de la dignidad herida que creen merecerse. A veces nada complace más a los seres humanos que ver de rodillas a aquellos que les han infligido alguna afrenta. ¿Y quién se detiene a pensar que se comporta como un villano cuando en realidad lo que se busca es justicia?

 “Oleanna”, de David Mamet, nos habla de este asunto tan antiguo como complejo. También aborda la problemática de quienes ambicionan, desean y luchan por el ascenso social en una sociedad que se los niega. Y para tratar estos asuntos tan intrincados, tan enmarañados, se vale de una sencilla premisa: una estudiante universitaria que va al despacho de su profesor para reclamar la nota de un trabajo académico. A partir de esta simple anécdota, Mamet construye una metáfora en la que cabe una buena parte de la historia de la humanidad.

Quienes seguimos a Mamet sabemos que en sus piezas no suele plasmar un mundo en blanco y negro, sino que en ellas el autor intenta representar, en la medida de lo posible, el gran espectro de matices, de grises, que pueden llevar de un color al otro. Quizá por este motivo, con frecuencia muchos espectadores se sienten incómodos viendo uno de los montajes de sus obras porque de pronto se descubren desubicados al tratar de elegir (o eligiendo) un bando. “Oleanna provoca desasosiego e incertidumbre en este mundo donde necesitamos identificar claramente quién es el malo y quién es el bueno y si no llegamos a descubrirlo realmente es porque todos somos esa estudiante y todos somos ese profesor. Todos hemos luchado alguna vez para que nuestra razón impere sobre la razón del otro, ya que no queremos asumir que lo que no se entiende nos asusta”, ha dicho Luis Luque, director del montaje.

Para el espectáculo, Luque ha optado por un escenario limpio, de elementos limitados, apenas un par de sillas y un escritorio, pero montados sobre un artilugio que, a medida que avanza la trama, permite al público constatar el cambio de roles que se produce en la pieza.

Las interpretaciones de Fernando Guillén Cuervo y Natalia Sánchez son sencillamente magistrales, marcando con precisión el ritmo de la trama, yendo de la contención a lo explosivo en determinados momentos, respetando así el delicado mecanismo de relojería que Mamet ha imbricado en su obra.

Tras la función de “Oleanna” me he puesto a reflexionar sobre el victimismo, que es como una especie de monstruo de mil cabezas, por lo general insaciable, que apenas encuentra un resquicio adopta la actitud de creerse con derecho a todo.

miércoles, 30 de agosto de 2017

El genio y su locura


Dicen que la locura y la genialidad están emparentadas. Que es difícil imaginarse una sin la otra. O más bien que la genialidad, en la mayoría de sus manifestaciones, se halla revestida de cierto toque de locura.

Después de leer “Trastorno”, de Thomas Bernhard, se me ocurre que puede que esta popular sentencia del imaginario colectivo cobre más fuerza que nunca en la mente de los lectores que se acerquen a la novela del austriaco.

Y es que “Trastorno” pareciera haber sido escrita como si se tratara de un compendio cuyo propósito principal era mostrarnos el camino más corto entre locura y genialidad.

Bernhard estructura su novela en dos partes. En la primera, un narrador del que sabemos apenas lo necesario, nos relata el viaje que en compañía de su padre —un médico rural— hace a lo largo y ancho de una comarca con el fin de visitar a los pacientes de este último. A medida que avanzamos en dicho viaje, y conocemos más sobre la región y sus habitantes, poco a poco nos percatamos de que no se trata tan solo de un viaje físico, sino que viajamos en realidad hacia el centro de la enfermedad que es seña de identidad de esta comarca: el trastorno. Cada parada del médico y su hijo para atender a uno de sus pacientes implica también descender (¿o subir?) un peldaño más hacia la locura… En este tramo de la historia, el autor describe secuencias profundamente inquietantes y sobrecogedoras, como la de los tres chicos que descabezan aves que van atrapando de una gigantesca jaula en la que a su vez aguardan otros “pájaros exóticos hermosísimos”.

Pero es en la segunda parte de “Trastorno” cuando la novela de Bernhard consigue alcanzar sus cotas más elevadas. La entrada en escena del Príncipe Saurau, epítome del tema que aborda la obra, no dejará a nadie indiferente. Esta segunda parte es una especie de monólogo inabarcable en el que el Príncipe Saurau no deja de disparar sentencia tras sentencia a sus dos visitantes; en ocasiones son observaciones o anécdotas incoherentes, en otras, lúcidas reflexiones sobre la vida y la condición humana que hacen de la novela una máquina de imprimir citas literarias: “La pobreza es lo que iguala a los hombres; todo, hasta la riqueza más grande, es en los hombres pobre. La pobreza es siempre, en el cuerpo y en la mente de los hombres, una pobreza corporal y una pobreza mental a la vez, lo que tiene que volverlos enfermos y locos”. O la siguiente: “Cada hombre que veo y cada hombre del que oigo algo, lo que sea, me prueban la absoluta inconsciencia de toda la especie, y que esa especie y la Naturaleza entera son un engaño”.

Y hay más:

“El modernismo que no se ve me reconforta, el invisible que hace que todo progrese; no el visible, que no hace progresar nada”.

“Las gentes del campo que degeneran en la brutalidad y luego en una indefensión total ante su propia brutalidad, que degeneran en todo, que tienen que degenerar en todo, esas gentes, son hoy mayoría, lo que resulta aterrador”.

“El dejarse ofuscar por los sentimientos, el no hacer nada contra el oscurecimiento del espíritu lleva a los hombres a la desesperación”.

“Donde la razón manda la desesperación es imposible”.

“La soledad es el camino de los hombres hacia la repugnancia”.

“Nunca he tenido mejor interlocutor que yo mismo”.

“La única fuerza que existe es la de la imaginación”.

“La verdad es la tradición y no la verdad”.

“Nos divirtamos con lo que nos divirtamos, lo único que nos ocupa siempre es la muerte”.

“El tiempo que vivimos no basta, evidentemente, para hacerse comprender. Al principio a mi madre le parecí un crimen contra ella, luego un crimen que ella había cometido, luego le resulté molesto, luego empezó a despreciarme, luego a quererme, a odiarme, porque siempre tenía que identificarse conmigo. Los padres consideran a sus hijos siempre como una llaga incurable que los afea para toda la vida”.

“Cuanto mayor es la capacidad de juzgar tanto mayor es la desconfianza”.

“A la vida le huele cada vez peor el aliento”.

Y cualquiera podría sacar de “Trastorno” su propio lote de citas —distintas a estas, desde luego—, pues es sabido que cada libro le habla a su lector de una forma particular.

A estas alturas debo confesar, no sin que cierto rubor me coloree las mejillas, que no había leído antes a este extraordinario escritor. Aunque estoy planteándome corregir mi hándicap sumergiéndome de lleno a partir de ahora en el resto de la obra de ficción de Bernhard, tanto narrativa como teatro.

Próxima lectura: “El malogrado”.

miércoles, 26 de julio de 2017

El milagro de Dunkerque


En circunstancias extremas, como lo es sin duda una guerra, los seres humanos solemos sacar a relucir tanto lo peor como lo mejor que hay en nosotros.

Poseemos la capacidad de crear complejos y eficientes sistemas de exterminio masivo tanto como la sensibilidad de conmovernos ante un cuadro de Chagall, Picasso o Degas.

Decía Viktor Frankl que las personas pueden conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en los momentos más terribles, de tensión psíquica y física. Y para explicarlo traía a cuento una anécdota de cuando fue prisionero de varios campos de concentración entre los años 1942 y 1945: “Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino”.

Creo que en esto último, en un espíritu singular de solidaridad, enfoca su lente Dunkerque, la más reciente película del cineasta británico Christopher Nolan.

A través de varias historias, tanto de soldados como de civiles, Nolan nos cuenta su versión particular del caos y la anarquía que vivieron miles de personas durante la llamada Operación Dinamo, la operación de evacuación de las tropas aliadas de territorio francés, donde habían sido arrinconadas por el avance del ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial en mayo de 1940. Contra todo pronóstico, dicha operación permitió rescatar a más de trecientos mil soldados entre británicos, franceses y belgas. La situación era tan crítica y compleja que, posteriormente, tras la exitosa evacuación, Churchill dijo que había sido un verdadero milagro, por tal motivo a la operación también se la conoce como “El milagro de Dunkerque".

Los relatos que acomete Nolan en su film son siempre historias de gente anónima, del montón, sin ningún don ni talento especial.

Están por ejemplo las historias de Tommy y Gibson (interpretados por los actores Fionn Whitehead y Aneurin Barnard, respectivamente), dos soldados rasos que intentan salir a como dé lugar de aquel infierno; o las del señor Downson (Mark Rylance) y Peter (Tom Glynn-Carney), un marinero civil y su hijo adolescentes que acuden al llamado de rescate que han hecho las autoridades británicas a propietarios de cualquier tipo de embarcación que pueda cruzar el Canal de la Mancha; o las de Farrier (Tom Hardy) y Collins (Jack Lowden), dos pilotos de la Real Fuerza Aérea Británica que intentan derribar el mayor número posible de cazas alemanes que sobrevuelan y atacan a cualquier cosa que se mueva en el mar o las playas de Dunkerque.

De principio a fin, la narración de estas historias posee un ritmo vertiginoso y frenético. Nolan no da respiro al espectador. Nos mantiene aferrados a nuestras butacas con una sensación de tensión y desasosiego únicas. Y para conseguirlo, ha dado preferencia a la imagen sobre la palabra, de tal modo que los diálogos son escasos, los justos requeridos. La música, compuesta por Hans Zimmer, es otro factor que contribuye en gran medida a reforzar ese ritmo implacable que hay en Dunkerque.

Una sorprendente película que se convertirá en referente del cine bélico.

Quizá no haga falta comentarlo —y lo más probable es que más de uno esté en desacuerdo con lo que diré a continuación, porque Nolan, a lo largo de su trayectoria cinematográfica, no ha dejado indiferente a nadie que haya entrado en contacto con su obra: hay quienes adoran sus películas y quienes las odian. Yo me cuento entre los primeros. Desde luego me gustan algunas más que otras. Memento, Batman Begins, The Prestige, El caballero oscuro, Origen, Interstellar y, por supuesto, Dunkerque, se cuentan entre mis favoritas—, porque la más reciente película de Nolan habla por sí misma: desde ya la considero el mejor trabajo que ha realizado hasta la fecha este magnífico e inteligente cineasta. Aunque tengo casi la completa seguridad de que, más adelante, cuando se hable de toda su carrera, no será la mejor puesto que como todo creador desea, su mejor trabajo es el que está por venir.