jueves, 18 de julio de 2019

Kronos Quartet en Madrid



De las diferentes manifestaciones artísticas existentes, quizá sea la música la que suele llegarnos y conmocionarnos con mayor facilidad. Es poco común, por no decir bastante raro, toparse con una persona a quien no le guste algún tipo de música. De una u otra forma, la música siempre nos dice algo, tal vez por esto no pocos la consideran el idioma universal. Al igual que pasa con los olores o los sabores, un simple acorde contiene en sus notas la capacidad de descolocarnos y trasladarnos a lugares o momentos remotos que ignorábamos que continuaran en nuestros recuerdos. Y aunque suene a despropósito, un fragmento de una pieza musical puede incluso llevarnos a lugares en los que no habíamos estado nunca.

Es parte de la magia que la música produce en nosotros.

La noche del pasado martes, Irma y yo asistimos al concierto que Kronos Quartet daba en Madrid dentro de las actividades programadas en la iniciativa “Veranos de la Villa” del Ayuntamiento. Pese al calor que hacía en la ciudad, disfruté de la velada de principio a fin. Y tengo la necesidad de confesar que durante el concierto se despertaron en mí un sinfín de sensaciones, mezcla de cosas que había sentido antes y otras que no. Reflexionando ahora sobre lo experimentado, creo que no me queda más que afirmar que soy un afortunado al poder hablar de esta manera tras salir de un concierto al día de hoy.

Al Kronos Quartet lo precede su fama. Con más de cuarenta años de trayectoria, más de sesenta discos editados y galardonado con infinidad de premios, este cuarteto de cuerdas con base en San Francisco, California, cuya alineación actual está conformada por David Harrington (violín), John Sherba (violín), Hank Dutt (viola) y Sunny Yang (cello) fue fundado en Seattle, Washington, en 1973, por David Harrington. Posteriormente, en 1978, se mudaría a la ciudad de San Francisco. Justo en esta localidad y en este año, Sherba y Dutt se unirían a Harrington; Yang lo haría mucho más tarde, en 2013. Especializado en la interpretación de música clásica contemporánea, Kronos Quartet tiene un repertorio muy ecléctico que incluye tanto música minimalista como jazz, rock, tango y desde luego composiciones experimentales. A lo largo de su carrera han trabajado con músicos de la talla de Tom Waits, Philip Glass, Roberto Carnevale, Steve Reich, Terry Riley y Café Tacuba.

Pero volvamos a la calurosa noche del martes.

El concierto comenzó puntual y el auditorio Pilar García Peña de Hortaleza, al aire libre, estaba al completo. Tras la entrada de los músicos y los aplausos de recibimiento del público, sin mediar ninguna clase de preámbulo, el cuarteto interpretó Zaghlala, del egipcio Islam Chipsy, una pieza tan atractiva como compleja, con indudables influencias de la música tradicional de Oriente Próximo. Al finalizar la pieza, David Harrington cogió el micrófono, saludó a los asistentes y habló un poco del tema que acabábamos de escuchar y realizó la respectiva introducción a la siguiente que tocarían, más familiar y conocido para el oído del grueso de los espectadores, dicho sea de paso: The House of the Rising Sun.

Más tarde, cuando llegó el turno de la hermosísima y profunda Flugufrelsarinn, cover de una canción de la banda islandesa Sigur Rós, ya yo estaba enteramente rendido a los pies de Kronos Quartet. A Flugufrelsarinn siguió un cover de Summertime, la versión popularizada por Janis Joplin a finales de los sesenta, una de mis canciones favoritas.

¿Podría acaso pedirse más?

Antes de ejecutar cada pieza, Harrington hacía una breve introducción en la que resaltaba el título de la canción y el nombre de su autor y de tanto en tanto dejaba colar algún comentario jocoso que le sacaba una carcajada a los espectadores.

Mientras avanzaba el programa de la noche, me sorprendió la capacidad de creación de atmósferas de las versiones que interpretaba el cuarteto, una de las habilidades que más admiro en los músicos.

Otras interpretaciones que me parecieron de lujo, si es que esto no sea otro despropósito, fueron Another Living Soul, de Nicole Lizée; Baba O’Riley, de Pete Townshend (primera guitarra de The Who); Death is the Road to Awe, de Clint Mansell; Satellites: III. Dimensions, de Garth Knox, y Alabama, de John Coltrane, músico por el que, por cierto, guardo especial devoción.

Al cierre del concierto el público ovacionó a los miembros del Kronos Quartet con tal entrega que se sintieron en la obligación de salir de nuevo al escenario y continuar tocando. Y este hecho no ocurrió una sino dos veces. Prometo que no había sido testigo de algo parecido. Fue así que un concierto cuya duración en principio había sido estimada para hora y media, acabó alargándose a dos.

Sin embargo, a excepción de un grupito de despistados que quizá no había disfrutado tanto como el resto del espectáculo sensorial que nos ofrecía el cuarteto estadounidense —ya se sabe, sobre gustos y colores no han escrito los autores—, nadie se movió de sus asientos y permanecimos ahí hasta que los propios músicos dijeron basta. No más.

miércoles, 19 de junio de 2019

Sprachspielkultur



Conocí a Annette Kuhn hace poco más de dos años. Nuestro primer contacto fue posible gracias a la hija menor de unos buenos amigos, los Rösli-Deffendini, a quienes Irma y yo consideramos parte de nuestra familia —para nosotros son esa clase de amigos a la que Isaac Chocrón llamaba la “familia elegida”, tanto o a veces incluso más importante que la familia de sangre—. De hecho, Adriana, la hija menor de los Rösli-Deffendini, nos trata a Irma y a mí como si fuéramos sus tíos desde antes que empezara siquiera a decir palabra.

Ahora Adriana tiene diez años.

Los Rösli-Deffendini viven en Winterthur, una ciudad y comuna suiza perteneciente al cantón de Zúrich. Allí se mudaron a finales de 2015.

Cierto día, a la escuela pública de esa localidad donde Adriana cursa la primaria, llegó una profesora suplente que, entre otras cosas, le habló a la clase sobre la indeleble magia del teatro. En la mínima ocasión que tuvo, la menor de los Rösli-Deffendini saltó y dijo que ella tenía un tío escritor que había publicado varios libros y que además hacía teatro. Aquella profesora suplente se interesó en lo que había dicho su alumna y al final de la clase la llamó aparte y estuvo conversando un rato con ella.

Aquella profesora suplente era Annette Kuhn.

Como muchos suizos, Annette domina varios idiomas (español, inglés, francés, italiano y, por supuesto, su idioma materno, alemán). Aparte de ser docente, es una veterana actriz con estudios en importantes escuelas de actuación de Suiza y Alemania y a lo largo de su trayectoria ha incursionado en otras áreas de las artes escénicas como la dramaturgia y la dirección y producción de espectáculos.

Años atrás fundó un par de compañías de teatro que todavía mantiene en activo al día de hoy. Con una de ellas ha producido y dirigido espectáculos conectados con la esencia de la cultura hispana. En 2015 estuvo de gira por Sudamérica con uno de estos espectáculos.

Semanas después de aquella conversación entre profesora y alumna, Annette me escribió un email y desde entonces hemos estado en contacto, bien sea por Whatsapps, Skype o correo electrónico. Y en todas estas comunicaciones que hemos sostenido, tras aquel primer email introductorio, ambos hemos mostrado nuestro interés y deseo de trabajar juntos. A finales de 2016 se presentó una oportunidad de hacerlo y ni corta ni perezosa Annette viajó hasta Madrid a comienzos de 2017, pero, por diversos motivos, aquel asunto no cuajó —a despecho nuestro, nos vimos en la obligación de abortar dicho proyecto— y nos dejó a ambos frustrados y con muy mal sabor de boca. Sin embargo, el contacto y el deseo de colaboración mutua continúan manteniéndose intactos.

En marzo de este año Annette inauguró un espacio en Feuerthalen —localidad vecina de Schaffhausen, ciudad y comuna donde reside Annette— a través del cual pretende canalizar parte de sus múltiples inquietudes creativas. Lo ha bautizado ÄNET AM RHY - Raum für Sprachspielkultur, algo así como “al otro lado del Rin, espacio para el juego de palabras”. El nombre es a su vez una especie de juego de palabra puesto que la sala y la casa de Annette están separadas por el río Rin aunque pertenecen a cantones diferentes. Como Annette es una enamorada de los idiomas y de otras culturas, no solo quiere que la sala acoja actividades exclusivamente en alemán, sino que allí también tengan lugar eventos en otros idiomas. Hasta el momento, entre otros, en ÄNET AM RHY se han presentado un par de músicos argentinos, un poeta estadounidense de origen cheyene y el próximo domingo 23 yo estaré hablando sobre mi obra en un encuentro que incluirá música y lecturas dramatizadas de fragmentos de mis libros publicados en España.

ÄNET AM RHY nace con un espíritu transversal, con la idea de acoger entre sus variadas actividades manifestaciones artísticas de otras culturas y en otros idiomas.

Seguramente más adelante surgirán nuevas oportunidades que nos planteen nuevos retos y desde luego nuevas ocasiones de colaborar y trabajar juntos. Por lo pronto, no puedo más que desearle larga y prospera vida a ÄNET AM RHY - Raum für Sprachspielkultur.

martes, 2 de octubre de 2018

En el país de Alicia (y X)


Decía Viktor Frankl que las personas pueden conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en los momentos más terribles, de tensión psíquica y física. Y para explicarlo traía a cuento una anécdota de cuando fue prisionero de varios campos de concentración entre los años 1942 y 1945: «Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino».

Y aunque lejos de comparar la actual situación de Venezuela con la de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial —nada más apartado de mis intereses y naturaleza—, me gustaría traer a colación tres iniciativas de tres buenos amigos que en la Venezuela de hoy trabajan en función de que los efectos de la entropía no sean todo los devastadores que prometen ser en sus entornos personales ni por supuesto en los de otros.

Omar y yo nos conocemos desde que cursáramos juntos el cuarto y quinto año de bachillerato en el Liceo Mario Briceño Iragorry. En la actualidad es Técnico Superior Universitario Agrícola, Perito Agropecuario y Licenciado en Estudios Ambientales con postgrado, maestría y doctorado en esta área. También se ha desempeñado como docente, investigador, asesor profesional en temas ambientales y, desde hace algunos años, decidió emprender una iniciativa que tiene como punto de partida una planta frutal, no solo autóctona sino emblemática del Estado Lara: el semeruco (Malpighia emarginata). A Omar se le ocurrió producir licor a partir del fruto de este arbusto que años atrás solía crecer de forma silvestre. «La iniciativa comienza con un estudio sobre el retroceso que ha tenido el árbol del semeruco en nuestra región», dice, «El objetivo original de dicha investigación era conocer desde el punto de vista fisiológico y etológico el porqué de este retroceso, a qué se asociaba, y desde luego había además un interés docente de mi parte: deseaba darlo a conocer entre las nuevas generaciones porque en las primeras etapas de mi trabajo me di cuenta de que muchos de nuestros jóvenes y niños no conocían la planta y todavía menos el fruto del semeruco». En aquel entonces, hablamos del año 2010, Omar estaba a cargo de la Coordinación de Estudios Ambientales de la Universidad Yacambú. Fue desde esta institución que dirigió sus investigaciones. «Entre las propiedades más resaltantes del semeruco puedo citarte que contiene 40 veces más vitamina C que la naranja». A lo largo de la investigación mi amigo realizó varios viajes a México y República Dominicana donde también crecen otras variedades de la planta. Su intención era la de cruzar estas distintas variedades con la autóctona con el fin de mejorar la calidad y cantidad del fruto. Gracias a su trabajo ha conseguido que en lugar de dos cosechas al año la planta ofrezca a quienes la cultiven tres cosechas al año. En un principio la idea de Omar era cultivar la planta y producir zumo a partir de su fruto, pero pronto descartó esta idea puesto que se dio cuenta de que era una opción inviable debido a que se necesitarían cantidades ingentes del fruto. «Más tarde, hablando con un amigo que es maestro licorero, se nos ocurrió lo de hacer licor de semeruco». A mediados de 2015, ambos comienzan a realizar las primeras pruebas y a compartir los resultados entre familiares, amigos y conocidos. El éxito fue de tal magnitud que en mayo del año siguiente ya estaban conformados en empresa (El semeruco de Lara) y produciendo las primeras botellas de licor de semeruco. Ahora exportan el producto a siete países de América Latina y están elaborando otros géneros para la preparación de cocteles como coñac, mojito y licor de piña y se encuentran en las últimas fases de producción de un té a base de semeruco que se obtiene a partir del mosto de la pulpa. «Hemos tenido y seguimos teniendo un montón de dificultades e inconvenientes para sacar adelante nuestra empresa y nuestros productos; no es nada fácil emprender en Venezuela en los tiempos actuales, pero confiamos profundamente en este país y hemos decidido apostar por él». Y esto a su vez lo hace con un respeto y un compromiso por el medio ambiente encomiables. Omar es partidario —y un convencido a ultranza— de que tenemos la obligación de minimizar el impacto que causamos sobre el planeta a través de los desechos y residuos que generan las actividades humanas. «La conservación de la Tierra y de su vida silvestre tal y como la conocemos debería estar por encima de cualquier interés económico», concluye.

Trabajé durante años con Lyl. Juntos vivimos buenos y malos momentos en Seagram de Venezuela. Es una de las personas más responsables, colaboradoras y con mayor iniciativa con las que he tenido la fortuna de trabajar a lo largo de mi vida laboral. Y confieso que lo mejor de trabajar con ella ha sido que con los años hemos llegado a desarrollar una espléndida y sólida amistad. Un proyecto que pongas en sus manos debes tener la casi plena seguridad de que lo sacará adelante. Lyl es madre de un niño de diez años y, como buena madre, se preocupa de la educación de su hijo. Esto la ha empujado a formar parte de la asociación de padres y representantes del colegio donde está matriculado su pequeño. Ha sabido compaginar su rol de madre y profesional con un voluntariado que en un país como el nuestro exige más tiempo del que muchos estarían dispuestos a entregar. Entre otras cosas, allí se ha encargado de la tesorería de la asociación. Con la mente puesta en mantener a los docentes de la institución estimulados —que a causa de la precariedad de sus salarios no se sintieran tentados a desertar como lo han hecho muchos maestros y profesores de las instituciones públicas—, la asociación de padres y representantes del colegio donde estudia el hijo de Lyl se enfrentó al dilema de sacar de sus propios bolsillos cierta cantidad de dinero (en divisas, dólares para ser exactos) que sirviera de suerte de compensación para intentar que el nivel y la calidad de la enseñanza en el colegio no se vinieran abajo, no se vieran comprometidos ni desmejoraran. Realizaron un plan en el que comenzaron a solicitar a cada padre (tenían que hacerlo de motu proprio para no meter al colegio en dificultades con el gobierno, puesto que este tipo de complementos o compensaciones están prohibidos y más aún si se realizan en moneda extranjera), de forma regular, una cantidad en dólares que luego repartían entre los docentes en un acto que se llevaba a cabo fuera de las instalaciones del colegio, y de acuerdo a un criterio que tenía en cuenta el nivel o responsabilidad de cada docente. Además, la asociación de padres y representantes vela porque todo marche como debe marchar en el colegio; son o funcionan como una especie de pararrayos que evita que los alumnos reciban los impactos de la crisis de manera directa. En la medida de lo posible intentan mantener los marrones alejados de los niños, algo para nada sencillo en la situación actual del país.

Con Glennys cursé gran parte de mis estudios de pregrado en la Escuela de Ciencias de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA), o en lo que en los actuales tiempos se conoce como Decanato de Ciencias y Tecnología (DCyT). Desde hace años Glennys se desempeña como docente en este centro de estudios. Allí dicta clases tanto a alumnos que estudian Ingeniería en Informática como a aquellos otros que cursan Análisis de Sistemas. La primera carrera se imparte durante el día y la otra en la tarde-noche. Hacía tiempo que a oídos de Glennys había llegado el rumor que algunos alumnos se desmayaban en clase, pero no fue hasta que comenzó a ver jóvenes desvaneciéndose en sus clases que decidió tomar cartas en el asunto. Ahora Glennys coordina una iniciativa que le proporciona desayunos (y en ocasiones almuerzos) gratis a los alumnos de la facultad de Ciencias. «La idea surgió», dice Glennys, «en una reunión de la Pastoral Universitaria del DCyT de la UCLA al considerar que los estudiantes se desmayaban a causa de una mala alimentación, que hay una alta deserción debido a la compleja crisis que atraviesa el país donde el poder adquisitivo es cada vez menor y que los presupuestos de las universidades se tornan cada vez más privativos, hechos que han repercutido en un desmejorado servicio de comedor, limitado a solo un almuerzo de pocas cantidades, ni siquiera balanceado y para colmo a veces pueden transcurrir semanas sin que dicho servicio se preste». La Pastoral Universitaria del DCyT decidió tomar como ejemplo una iniciativa del Decanato de Ciencias Económicas y Empresariales (DCEE), antiguo Decanato de Administración y Contaduría, a través de la cual se ofrecían vasos de atol a los alumnos con el aporte de empresas atendidas contablemente por el profesor Javier Fernández, quien es contable, profesor y coordina la Pastoral Universitaria del DCEE. «Como la población de nuestro decanato es menor», dice Glennys, «nosotros pensamos que era factible replicar dicha iniciativa haciendo una pequeña aportación por parte de cada uno de los miembros del DCyT, pero la idea casi muere al nacer porque además de que todos estamos en pésimas condiciones económicas no era tan fácil conseguir los productos para la preparación del atol y en poco tiempo se volvería insostenible. De modo que tuvimos que posponer su aplicación». Sin embargo, Glennys no se dio por vencida y continuó buscando la manera de paliar la difícil situación que vivían a diario parte del alumnado de la facultad de Ciencias. «En el lapso académico 2017-2, uno de esos días que suspendieron el comedor, les pedí una pequeña colaboración a mis colegas del Departamento de Sistemas y se portaron tan generosos que pude invertir en fororo, azúcar, panela y varios litros de leche de larga duración, asimismo me donaron vasos plásticos, de los cuales usé parte y almacene el resto». La población de estudiantes más castigada del decanato, según Glennys, son los estudiantes de Análisis de Sistemas, quienes reciben clases en los horarios de 17.00 a 20.00 horas y no cuentan con comedor para cenar, ni transporte, ni becas con un monto acorde a sus necesidades. «Imparto clases a estudiantes del primer semestre a quienes se debe intentar motivar y encaminar en sus estudios, así como también orientar en las situaciones que se presentan en esa etapa de la vida, todavía de transición entre la adolescencia y la madurez. Es el nivel en el que se suele presentar el mayor número de deserciones». Tras el éxito de esta actividad puntual mi amiga continuó buscando ayuda y poco después se topó con la gente del Proyecto UNETE, una fundación sin ánimo de lucro que se encarga de tramitar donaciones para apoyar iniciativas solidarias. «Gracias a las gestiones de nuestra decana, la profesora Yenny Salazar, las ingenieros en informática Elizabeth Carolina Cortez Martínez y Enny Elizabeth Querales García, del Proyecto UNETE, y egresadas de nuestro decanato, se comunicaron conmigo. Fue así como conseguimos nuestra primera donación importante a través del Proyecto UNETE. A lo largo de estos meses en que venimos ofreciendo desayunos a nuestros estudiantes también hemos contado con el valioso apoyo de Gisela Vega, que nos atiende desde hace muchísimos años en su cafetín y que de manera amable y desinteresada aceptó que preparáramos dichos desayunos en su cocina, usando sus utensilios y hasta nos ofrece el vapor de la cafetera para esterilizar los frascos de mayonesa donde se sirven los atoles». Lo de reutilizar estos envases de vidrio lo copió Glennys de la celebración de unos 15 años a los que asistió, de esta forma se evitan emplear vasos de plástico. «Empecé pidiéndole los frascos a mis vecinos y luego secretarias, profesores y estudiantes fueron llevando otros». En el lapso académico 2018-1 se sirvieron a los estudiantes, diariamente, un promedio de 70 a 80 vasos de atol. «Sin contar los servidos para los estudiantes de Análisis de Sistemas que solo les atendía los lunes en mi horario de clases. Durante las mañanas contaba con la colaboración de algunos miembros del decanato que participan en las reuniones de la Pastoral Universitaria, algunos estudiantes que forman parte de grupos organizados como ECOTECNO, Tabebuia, Otanigan, entre otros y de algunos miembros de nuestra comunidad del DCyT, tanto estudiantes como personal docente, administrativo y obrero».

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (IX)

martes, 18 de septiembre de 2018

En el país de Alicia (IX)



Cuando por fin el piloto dio inicio a las maniobras de descenso y aterrizaje, me he inclinado todo lo que podía hacia la izquierda con el propósito de asomarme por la ventanilla —hace mucho que en nuestros viajes por avión o tren le cedo a Irma el asiento que va junto a la ventanilla—: un rato después distinguía con claridad las formas de cuatro concéntricas, algo lechosas y sutiles, del Centro Comercial Sambil (y acá me refiero a la figura del instrumento musical, muy popular en América Latina, y no a la del número natural). Entonces he recordado que en los últimos años que viví en Barquisimeto, cada vez que salía o regresaba de la ciudad por el Aeropuerto Internacional Jacinto Lara, ponía en práctica un candoroso juego que consistía en hallar, en el menor tiempo posible, la manzana y la calle donde se ubicaba mi casa. No era una tarea demasiado compleja de conseguir si volaba de día, si me tocaba el lado de la cabina y las filas de asientos adecuadas y si por supuesto sobre Barquisimeto no se tejía ese manto de nubes que en términos aeronáuticos se conoce como «techo bajo». Si todos estos factores se alineaban y confabulaban a mi favor era cuestión de minutos dar desde las alturas con la casa de mis padres. Bastaba con ubicar primero el río Turbio, enseguida la Rivereña y luego buscar el antiguo Hotel Hilton (ahora Jirahara); bajar con la mirada un par de cuadras por una de las calles aledañas y… ¡Ya estaba!

Al juego se le añadían ciertos grados de dificultad si en lugar de salir regresaba a la ciudad. Y es que ignoro por qué razón siempre se me hacía más fácil conseguir el objetivo de aquel juego a la salida que a mi regreso.

Y a pesar de que en esta oportunidad no he cronometrado el tiempo (¿para qué?), prefiero pensar que avisté la casa de mis padres dentro del promedio de mis anteriores registros como jugador.

Tenía más de cinco años sin visitar Barquisimeto, la ciudad en la que había nacido. Tras el emotivo, vehemente y prolongado abrazo con el que me ha recibido mi madre —en algún momento de aquel abrazo he comenzado a dirigirle tímidos gestos al resto de miembros de la familia con los que intentaba expresarles que estaba «atrapado», que no podía liberarme y había que esperar a que mi madre me «soltara»—, me he fundido en otros largos y efusivos abrazos con la gente que nos había ido a recibir. A mi madre la acompañaban mi padre, mi hermana menor y tres sobrinos de distintas edades; Kimberly, mi hermana mayor, esperaba por nosotros a las puertas del aeropuerto, al volante de su Ford Escape de 2005, con la intención de trasladarnos cuanto antes a casa. Mientras caminábamos hacia la salida hubo un instante en el que me han invadido las dudas y por unos minutos me he puesto a analizar cómo demonios íbamos a caber todos en el coche de mi hermana. Porque, además, Irma y yo traíamos con nosotros dos maletas y dos mochilas enormes... De improviso me he visto ofreciéndome de voluntario a aguardar en el aeropuerto por un segundo viaje que tendría que realizar Kimberly y a Irma diciendo que ella se quedaba a esperar conmigo. Fantasía completamente absurda puesto que mi familia no nos hubiera dejado hacer tal cosa a ninguno de los dos.

Al fin, todavía no sé cómo, logramos entrar todos (bastantes apretujados) en el Ford Escape de mi hermana y enfilamos con rumbo a casa de mis padres.

Tan pronto hemos alcanzado las calles de nuestro barrió me he sentido desubicado. En las parcelas en las que recordaba se hallaban las casas de antiguos vecinos, casas que solía visitar en mi infancia y en las que con otros niños solía jugar sin descanso en los límites de sus jardines y solares, se levantaban ahora edificios de varias plantas. En los días sucesivos mi extrañamiento iría en aumento al recorrer algunas de las calles en las que crecí, puesto que en la parte alta del barrio la metamorfosis había sido aún más drástica: hoteles, restaurantes, tiendas comerciales, posadas turísticas, clínicas, locales de venta de motos y coches usados, etcétera. El comercio había invadido lo que antes era un barrio residencial.

¿Cómo podía cambiar tanto la fisonomía de un barrio en apenas cinco años? Y sobre todo había otra pregunta que rebotaba de manera incesante en mi cabeza: ¿cómo había sido esto posible con la crisis del país?

Al atravesar la puerta principal de la casa de mis padres me ha reconfortado corroborar que dentro las cosas escasamente habían cambiado. Seguía siendo la casa que rememoraba, esa que había ido creciendo poco a poco y a medida que la familia había ido haciéndose más grande. En el salón, en el mismo lugar en el que lo había instalado años atrás al sacarlo de las cajas y fundas de protección, estaba el equipo de sonido que había comprado con mi primer sueldo como ingeniero informático. Recuerdo que la mañana de un sábado de junio de 1992, había quedado con mi amigo Juan Carlos que me acompañaría a elegirlo. Quería el mejor aparato, el más potente que pudiera pagar con mi nuevo salario y él siempre había sido un entendido en la materia. Era un Sony de 60W de salida, en color negro, con plato, reproductor de CD triple, doble casetera, radio y ecualizador. ¡Y sonaba como los dioses! Cuando he hecho el amago de acercarme a él, mamá ha dicho: «Ay, hijo. No funciona. Lleva roto mucho tiempo».

A diferencia de nuestra estadía en Caracas, en Barquisimeto no teníamos planeado hacer ningún recado en instituciones públicas o privadas. Nuestro único plan allí era pasar y compartir el mayor tiempo posible con familiares y amigos. Y fue a eso a lo que particularmente yo me dediqué, bien porque los amigos y familiares vinieron a casa de mis padres o bien porque yo conseguí quedar con ellos en algún lugar o les caí por sorpresa en sus casas. De este modo me encontré con gente que tenía más de cinco años sin ver. De este modo volví a entrar en casas que no visitaba incluso desde antes de mudarme a Caracas hacia finales de 1993. Volví a encontrarme con Carmen y Job; volví a encontrarme con Gerardo y Héctor; con Teresa; con hermanos, sobrinos y resto de familia por parte de mi padre; con amigos y ex compañeros de bachillerato; con la familia Cornieles (mi segunda casa en Barquisimeto), la familia Rodríguez-Álvarez y la familia Pastrán (ambos vecinos entrañables, de toda la vida) y con mucha otra gente a la que me dio gusto ver y saludar. Sin duda reunirme con todos ellos ha sido de las cosas más agradables que me ocurrieron durante nuestra visita.

Con mis hermanas y sobrinos salimos a cenar casi todas las noches durante nuestra estancia, sin alejarnos demasiado de casa ni del barrio. Todos nos subíamos y como mejor podíamos nos acomodábamos en el Ford Escape de Kimberly y dejábamos que ella nos llevara a dónde más idóneo le pareciera. «¿Qué les apetece?», nos preguntaba y nosotros empezábamos a soltar lo primero que se nos pasaba por la cabeza. Yo bromeaba nombrando platos raros y mis sobrinas se quejaban, hacían gestos de asco y me lo reprochaban entre risas. Dos o tres veces estuvimos en Los Cardones, un pequeño centro comercial ubicado en las cercanías del Parque Los Cardenalitos, en la entrada oriental de Barquisimeto. A primera vista, en cuanto accedías al estacionamiento, parecía que ahí la crisis no existía. El sitio era una de las tantas burbujas que había repartidas por gran parte del país. Nada más echar un ojo sobre los coches aparcados —a pesar de no ser coches nuevos, con matrículas del último año, puesto que el parque automotor en Venezuela tiene al menos entre ocho y diez años de antigüedad, eran coches de buenas marcas y en muy buen estado, bien cuidados— te dabas cuenta de que los que estábamos ahí éramos unos privilegiados. Tras la cena, Kimberly nos llevaba de paseo por algunas de las zonas exclusivas del este de Barquisimeto. El deficiente alumbrado público no nos facilitaba la tarea de apreciar en todo su majestuosidad las casas (mansiones en algunos casos) de esas zonas exclusivas, pero nos permitía que nos formáramos una idea. Lo sorprendente es que un número nada desdeñable de aquellas casas era de construcción reciente. Porque pese a la situación del país la construcción no se ha detenido del todo. Se continúa construyendo: casas y edificios de lujo, así como gigantescos centros comerciales y edificios de oficina. En Caracas también habíamos observado un montón de nuevas construcciones. Cuando pregunté cómo era esto factible me informaron de que muchas empresas multinacionales, que todavía siguen operando en Venezuela y que por restricciones del gobierno no podían repatriar las ganancias a sus respectivas casas matrices, estaban invirtiendo dichas ganancias en un mercado que les diera cierta seguridad como el inmobiliario; otros me insinuaron, sin aspavientos, que estos proyectos de nueva construcción estaban siendo financiados con dinero provenientes del blanqueo o lavado de capitales.

(Continuará)

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (VIII)

martes, 4 de septiembre de 2018

En el país de Alicia (VIII)



La buena marcha de un país, o de una sociedad, puede por lo general diagnosticarse a través del análisis del crecimiento y condiciones de vida de sus clases medias. En países cuyo porcentaje mayor de ciudadanos se aglutina en torno a este estrato social, si una buena parte de sus miembros se halla satisfecha con las condiciones de vida que lleva y, sobre todo, en su relación con el Estado —los ciudadanos confían en que les ayudará cuando lo necesiten—, podría entonces concluirse que las cosas en estos países marchan sobre ruedas. Es el caso de las sociedades nórdicas, donde las clases medias están sujetas a altas cargas tributarias que son a su vez el sustento de la calidad de los servicios sociales que sostienen el Estado de bienestar.

En Venezuela el mayor crecimiento y esplendor de la clase media se registró entre las décadas de los cincuenta y setenta del siglo pasado. En los ochenta este estrato social se estancaría y, posteriormente, a partir de los años noventa (con sus altos y bajos en períodos puntuales) empezaría a contraerse hasta llegar a los deprimidos valores que se perciben hoy. Para nadie es un secreto que el peso de la crisis —que dura ya más de tres décadas— ha recaído sobre los hombros y ha golpeado de especial manera a la clase media.

Según datos históricos del Banco Mundial, en los años sesenta el PIB de Venezuela era similar al de Noruega. En la actualidad el PIB per cápita de los escandinavos supera en más de seis veces el de los caribeños.

De mis amigos y excompañeros de Seagram presentes en aquella reunión de un sábado por la tarde en Caracas, el grueso procedía de la clase media. Sus padres, gracias al trabajo, habían conocido lo que era prosperar en un país lleno de oportunidades y en su momento le habían cedido el testigo a sus hijos. De igual forma que sus progenitores en el pasado, al final de la década de los noventa, mis amigos (como yo y tantos otros profesionales de mi generación) habían alcanzado unos ingresos que les permitía vivir con cierta comodidad. No miento al afirmar que incluso algunos habíamos llegado a vivir mejor, con más holgura que nuestros predecesores.

Pero no todo era color de rosa. También en aquella época se vivieron distorsiones que la clase dirigente de entonces no pudo, no supo o no quiso ver. Y lo que no se ve es imposible que pueda corregirse. Creo imprescindible mencionar que entre las décadas de los setenta y noventa, por diversas razones (sobre todo la excesiva dependencia y mal manejo de la renta petrolera), la brecha entre ricos y pobres se incrementó de forma desmesurada y preocupante. Bastaría con mencionar el Caracazo —la serie de protestas, disturbios y saqueos que conmocionó a nuestra sociedad en febrero de 1989— como síntoma incuestionable de dicha tendencia. Aquellos 27 y 28 de febrero de 1989, los días en que las protestas y saqueos fueron más multitudinarios y violentos, miles de jóvenes observábamos sorprendidos e incrédulos las imágenes que mostraban los canales de televisión: en muchos sentidos estábamos frente a un país que no reconocíamos. A estas alturas no creo que exista persona que se atreva a decir que la desigualdad no representa un factor de desestabilidad importante para cualquier sociedad o estado moderno.

Tras esta pequeña digresión, retornemos al asunto que nos ocupa: las nuevas generaciones de jóvenes que residen en Venezuela —hombres y mujeres que rondan la veintena y treintena— se enfrentan a condiciones muy diferentes a las que sus padres, tíos, abuelos o bisabuelos se enfrentaron; las adversidades se han multiplicado hoy y ya no basta con estudiar y procurarse un buen empleo, o emprender una iniciativa particular exitosa para alcanzar un relativo bienestar. Esto ha pasado a ser una quimera. De modo que son remotas las posibilidades de que un joven pueda repetir lo que sus antecesores consiguieron en otra época que se vislumbra ahora bastante lejana. Por tal motivo una nada despreciable cantidad de estos jóvenes está emigrando o planea hacerlo en el corto plazo.

El país actual no consigue enamorarlos ni ilusionarlos.

¿Qué futuro le espera a una nación en la que la mayoría de jóvenes no pueda desarrollarse ni en la que encuentra ilusión?

En las universidades se eliminan materias o cierran cursos enteros y se juntan secciones por la falta de alumnos; profesores retirados se han visto en la obligación de retornar a las aulas para volver a dictar clases a causa de la deserción de sus colegas; las asociaciones de padres y representantes de los colegios privados emprenden variadas y arriesgadas iniciativas con el propósito de mantener un nivel aceptable, idóneo, en la educación de sus hijos y algunas empresas comienzan a resentir, a tener graves problemas por la ausencia o abandono de personal cualificado. Me informaron de que empresas como El Metro de Caracas (una entidad que depende del Estado), por ejemplo, desde hace aproximadamente dos años tomó la decisión de suspender la tramitación de renuncias en su departamento de recursos humanos con el fin de frenar el éxodo masivo de sus trabajadores especializados y, todavía así, no ha logrado parar dicha sangría: ante la imposibilidad de renunciar muchos empleados acaban desertando, es decir, se van del país sin siquiera finiquitar sus contratos debido a que lo acumulado en prestaciones sociales no representa ya nada, ningún valor, esos ahorros se han diluido con la descomunal inflación que asfixia a la nación.

La escalada de precios que ha vivido en los últimos años Venezuela, como consecuencia de una serie de medidas económicas aplicadas por el gobierno, ha desembocado en una hiperinflación sin precedentes que prácticamente ha fulminado los ingresos y salarios de las personas. A mediados de la década de los noventa, un profesional de la informática (área en la que me desempeñé durante años) de nivel medio (hablo de un líder de proyecto), podía llegar a ganar, en una buena empresa y a la tasa de cambio de entonces, entre 1.500 y 2.500 dólares mensuales. Hoy esas cifras son inconcebibles de manejar para cualquier compañía, aun para las multinacionales que continúan operando en el país. Tengo amigos y ex compañeros de carrera empleados en el área que no llegan a cobrar ni siquiera 30 dólares mensuales. Y esto pese a ocupar puestos medios de supervisión en la pequeña y mediana empresa. Es evidente que con tales niveles de ingresos se les haga cuesta arriba cubrir las necesidades básicas y dependan de buscar y adquirir los artículos a precios regulados que fija el gobierno. Es otra de las profundas distorsiones que padecen los venezolanos: mientras los precios de casi todos los artículos que consumen se encuentran dolarizados, sus ingresos se han quedado anclados en el pasado. Lo que gana la gente y los precios de los productos que consume van a ritmos muy disparejos, descompensados.

Lo anterior me da paso para hablar de lo que representa en la Venezuela de hoy el tener o no acceso a divisas: marca la diferencia en la manera de cómo se enfrenta la crisis; incluso la manera de sobrevivir o no.

Limitada su circulación en un principio por el gobierno (desde 2003 existe un rígido control cambiario), el dólar es la divisa que más se mueve y su influencia sobre la economía venezolana es enorme. Los precios de una gran gama de bienes y servicios que se comercializan están por lo general calculados en función de ella y la manera que tienen muchos de cuidar sus ahorros es adquiriendo y acumulando dólares. Tener o no acceso a ellos, como dije antes, puede marcar la diferencia en la manera de cómo se sobrelleva la crisis. Y no estoy hablando de ingentes sumas de dólares sino de pequeñas cantidades. Un hogar podrá capear mejor los efectos de la crisis si los familiares que tiene en el exterior le hacen llegar con cierta regularidad 50, 30, 20 o hasta 10 dólares: todo depende de la capacidad económica de quien envía, de ahí la importancia que para muchos (gobierno incluido) tienen las remesas que arriban desde más allá de las fronteras.

(Continuará)

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (VII)

martes, 28 de agosto de 2018

En el país de Alicia (VII)



Nueve píldoras de realidad venezolana.

En una abarrotada oficina de un banco, ubicada en la avenida principal de Santa Mónica, un hombre que ha salido apenas unos minutos atrás entra de nuevo y grita que le han robado el móvil. Es el segundo en menos de un mes —el robo de equipos móviles es una práctica común en Venezuela; por tal motivo es infrecuente ver a alguien usar su smart phone en la calle—, dice. Ahora no sabe cuánto tiempo estará sin móvil, dice. Ni siquiera está seguro de que pueda comprarse otro, dice. En cuanto ha descargado su ira, su frustración, da media vuelta y sale por la misma puerta por la que ha entrado. La gente en el interior de la oficina, que por unos instantes ha puesto toda su atención en el hombre y sus quejas, retorna a hacer lo que hacía: esperar.

Estábamos Irma y yo sentados en la Royal Santina, un café del Centro Ciudad Comercial Tamanaco (CCCT) —icono de Caracas desde mediados de la década del setenta del siglo pasado, el CCCT fue el centro comercial más grande y concurrido de Venezuela hasta la construcción del Sambil en 1998, hablando y tomándonos un café con una buena y queridísima amiga, cuando hubo un momento en el que hemos notado que algo ha cambiado de forma drástica en el ambiente. Irma y yo nos volvemos a mirar a nuestro alrededor y hemos visto con asombro que el resto de mesas del local estaban vacías, que las tiendas cercanas habían cerrado y que la planta, el centro comercial al completo parecía un pueblo fantasma. El reloj marcaba apenas las seis y treinta y cinco de la tarde. «¡Bienvenidos a la Caracas del Siglo XXI!», nos ha dicho nuestra amiga.

Al final de una mañana, Irma y yo aguardábamos en un punto acordado a que una de mis primas pasase a recogernos —al no contar con dinero en efectivo con que pagar un taxi o el transporte público, dependíamos de amigos y familiares que nos llevaran y trajeran de un sitio a otro— para llevarnos a su casa. Nos hacía ilusión reunirnos de nuevo con ella y su familia; se trata de ese tipo de afectos que son para toda la vida. Hay algo de movimiento en la calle. No demasiado. Cerca del lugar en el que aguardábamos hay una parada de transporte público. De repente observo que se detiene una camioneta. Bajan y suben pasajeros. Los últimos en intentar subir son dos hombres, uno de los cuales va en silla de ruedas. Entonces se ha iniciado una acalorada discusión entre los dos hombres y el chófer de la camioneta. Entiendo que este último no quiere dejarlos subir. Ellos insisten. Van hasta Chacaíto —y estábamos en Chuao, prácticamente al lado, solo que la enrevesada organización de las arterias viales de Caracas hacen del recorrido algo demasiado complejo y alejado para un hombre en silla de ruedas—, dicen. Tras minutos de discusión, por fin el chófer accede a dejar subir a los dos hombres, debido en gran medida a la presión que le ha hecho el resto de pasajeros. Me saco el sombrero de observador —y me pongo el de ciudadano— y con celeridad me acerco a echarle una mano al acompañante del hombre de la silla de ruedas para que ambos suban a la camioneta.

Mismo lugar. Un rato antes de que sucediera el incidente del hombre de la silla de ruedas, su acompañante y el conductor de la camioneta. Chuao no nos es ajeno. Es una zona familiar para nosotros —¿o lo era?—. Irma y yo solíamos recorrerlo a diario puesto que ambos trabajábamos por allí o en sus inmediaciones. Ella en la Pirámide Invertida del CCCT y yo muy cerca, en la calle Andrés Galarraga. En el Cubo Negro quedaba una oficina del Citibank en la que había abierto una cuenta en 1996 y casi enfrente se hallaba el edificio de IBM, uno de los principales proveedores de Seagram. Chuao, un sitio en el que nos sentíamos como en casa. Sin embargo, en aquella mañana en que aguardábamos a mi prima fue también el lugar en el que hemos pasado más tensión y miedo durante nuestra visita.

En casa de mi prima en El Paraíso, sector El Pinar. Minutos después. Luego de los abrazos y cruces de primeras impresiones con los integrantes de su familia, como en pasadas ocasiones que he visitado esa casa, voy a asomarme a la terraza —está en el ático o PH de un edificio de doce plantas—: delante, una montaña que recordaba verde, luce ahora un feo color marrón desforestado que deprime y ha empezado a llenarse de chabolas.

Otra mañana. En casa de mis padres. Irma se ha despertado con un ligero dolor de cabeza. Me ha pedido que busque en nuestro equipaje Ibuprofeno y se lo acerque con un poco de agua. Enseguida he hecho lo que me solicitaba pero no encuentro por ninguna parte las dichosas pastillas. «Ah… ¡Se las he dejado todas a Juan Carlos!», ha reparado Irma de pronto. Bajé a preguntarle a mamá si tenía algún analgésico que sirviera para el dolor de cabeza y me ha mandado a revisar en la caja donde guarda las medicinas. Busqué y busqué pero no he encontrado nada. Solo un montón de medicamentos caducado. Bastante enfadado, olvidándome por un momento de Irma y de su dolor de cabeza, fui a reclamarle a mamá por conservar todo aquel lote de medicinas vencidas. Le advertí del riesgo de consumir medicamentos caducados y además le he dado la chapa por dejarlos vencerse con la gran escasez de medicina que hay en el país. ¿Por qué no se los había dado antes a alguien que los necesitara? Ella no me ha respondido, solo me ha mirado con unos enormes ojos compasivos que en ese instante no he podido interpretar ni relacionar con nada debido a mi enfado. Más tarde, cuando se lo comenté a mi hermana (que es médico), he caído en la cuenta de la situación: a causa de la crisis, porque muchos son imposibles de encontrar, en Venezuela se están consumiendo medicamentos que llevan hasta doce meses (y a veces más) caducados.

Por solicitud de amigos y familiares, la mayor parte de los «presentes y suvenires» que hemos traído de regalo son medicinas.

Mi amiga Lyl, durante nuestro encuentro de ex Seagrams en Caracas, dejó colar una anécdota que a Irma y a mí nos ha puesto los pelos de punta: una mañana que había tenido que ir al CCCT, se percató de una extensa cola en las cercanías de uno de los distintos accesos que tienen los estacionamientos del centro comercial. Por curiosidad, le ha preguntado a un vigilante que andaba por allí que para qué era aquella cola. El vigilante le respondió que para hurgar en los contenedores de basura. «Hemos tenido que poner un poco de orden entre la gente que viene a revisarlos porque siempre se armaban muchos alborotos», añadió.

En un supermercado en el que hacíamos la compra, estando ya en la caja y pasando los productos por el escáner —las colas para pagar eran kilométricas—, una mujer voluminosa, de unos cincuenta y cinco años y notables problemas para andar, súbitamente grita: «¡¿Qué coño ha pasado con nosotros?! ¡¿A dónde carajo se ha ido nuestra amabilidad y solidaridad?! Llevo un rato pidiendo que por favor me permitan pasar para pagar solo esto», y muestra un par de artículos que llevaba en la mano, «y nadie me hace caso... ¡Nos merecemos todo lo que nos está pasando!». A su intervención siguen unos tensos segundos de absoluto silencio. Tras el silencio, una de las pocas cajeras que atendía en esa tarde llama a la señora que acaba de gritar y le hace señas para que se acerque.

(Continuará)

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (VI)

martes, 21 de agosto de 2018

En el país de Alicia (VI)



—¿Alguien puede explicarme por qué razón ahora se comercia con el efectivo?

La pregunta la he hecho a mitad de una reunión de antiguos compañeros de trabajo —del departamento de IT de la extinta C. A. Seagram de Venezuela— con quienes me reuní en Caracas un sábado a primera hora de la tarde.

Tal vez sea preciso aclarar que ciertos hábitos y convenciones sociales de los venezolanos se han visto afectados e incluso modificados debido a la crisis. Recuerdo que encuentros como este solíamos realizarlos por la noche y se extendían hasta altas horas de la madrugada; ahora con ellos se comienza a primeras horas de la tarde y acaban poco después de que el sol se haya ocultado.

Es la norma que ha impuesto el hampa desbordada.

En esta oportunidad somos menos de los que acostumbrábamos ser. Lyl, Alicia, Luis, Carlos, yo y las respectivas parejas de algunos de los presentes. Poco a poco, como a cuenta gotas, el grupo había ido menguando; el resto de integrantes (los ausentes) había elegido buscar otro sitio en el mundo en el cual encajar. Es un fenómeno que empezó con el despertar del milenio y que de un tiempo a esta parte ha venido acelerándose en el país, ganando fuerza a pasos agigantados. En lo que va de siglo, Venezuela ha pasado de ser una nación receptora de inmigrantes —y con muy poca tradición de que sus habitantes optaran por radicarse en otras latitudes— a ocupar los primeros puestos de los países de la región que más emigrantes están produciendo hoy en día. La llegada masiva de inmigrantes venezolanos a varios países de Sudamérica está ocasionando serios y complejos trastornos en la cotidianidad de sus habitantes. En algunos pasos fronterizos se ha declarado la emergencia migratoria por la enorme e imparable afluencia de coterráneos y las mafias que crecen al calor de estas movilizaciones están haciendo su agosto. Jóvenes y no tan jóvenes, con profesión o sin ella, familias enteras, gente hasta sin pasaporte están abandonando el país por mar, aire o tierra. Sobre todo por esta última vía. Al escribir estas líneas el dilema de emigrar o quedarse pasa por la cabeza de un sinnúmero de venezolanos.

Álvaro y Jorge, dos de nuestros excompañeros ausentes, viven en la actualidad en México; Eduardo y Orlando en EE UU; Vicente en Portugal; Elsi en Canadá, Raymoond en Chile... José y Jesús, pese a continuar viviendo en Venezuela, no habían podido asistir a la reunión: uno por problemas de salud y el otro porque se había mudado de Caracas y en estos momentos reside en el interior. Habíamos sido un grupo muy unido en la oficina y tras dejarla habíamos hecho todo lo posible por mantener el contacto. Al menos una vez al año, desde que la compañía echó el cierre en 2002, nos habíamos estado reuniendo en casa de alguno de los miembros del grupo, sobre todo en nuestro apartamento de El Rosal.

Hasta que Irma y yo tomamos la decisión de marcharnos del país.

A partir de entonces hemos quedado cada vez que veníamos de visita.

He creído oportuno hacer aquella pregunta (¿por qué se está comerciando con el efectivo?) porque de entre las muchas distorsiones que había podido apreciar durante nuestros primeros días en Venezuela, la compra-venta del efectivo circulante fue una de las que más me había desconcertado e inquietado. Además fue la práctica cuyas motivaciones o trasfondo más me costó entender. Había escuchado que se llegaba a pagar hasta el 300% del valor nominal del dinero en efectivo, esto es, por cada billete de cinco mil bolívares podía llegar a pagarse, a través de transferencia bancaria o punto de venta (datófonos), tres veces más, y que algunos vendedores ilegales de productos regulados (o no regulados de primera necesidad que escaseaban), conocidos en el argot popular bajo el apelativo de «bachaqueros», comerciaban sus artículos hasta un 50% menos del precio que marcaban en los establecimientos formales, siempre y cuando, por supuesto, estos fueran adquiridos pagando con efectivo. En este último caso el verdadero negocio no era vender la mercancía sino obtener los billetes que después ofrecerían al mejor postor por 100%, 200% y hasta 300% por encima de su valor nominal.

En un par de anteriores ocasiones había hecho la misma pregunta a diferentes personas, pero sus respuestas no me resultaron del todo lógicas ni convincentes, de modo que mi curiosidad no se había visto aún satisfecha. Pensé que con mis amigos encontraría las respuestas que buscaba y así fue.

—La escasez de billetes —dijo Luis— ha convertido al efectivo en un bien como cualquier otro. Y es sabido que todo bien escaso genera un mercado negro o paralelo. Lo hemos sufrido ya con productos como la harina de maíz, el café, la leche en polvo, el azúcar, el aceite... Etcétera. Ha llegado el turno de los billetes. Una parte significativa de nuestra economía depende del dinero en efectivo. Para nadie es un secreto que en este país hay muchísima gente fuera del sistema bancario y esto complica todavía más la situación —Luis hace una breve pausa, bebe un sorbo de su vaso y continúa—: En la falta de efectivo intervienen varios factores, entre ellos, el cono monetario y la hiperinflación. Ahora mismo el Banco Central de Venezuela trabaja a media máquina en la producción de dinero por las limitaciones que tiene para importar los insumos con los que se hacen los billetes. Es decir, que la producción de papel moneda no va al ritmo que exige una economía altamente inflacionaria como la nuestra. Debido a la escasez de billetes, y como son indispensables para ciertas transacciones que realizamos a diario, cada vez es más frecuente que se pague por ellos un porcentaje considerable por encima de su valor.

Pagar el transporte público, el estacionamiento o la gasolina son algunos ejemplos de transacciones que en Venezuela requieren llevar efectivo encima.

También, como explicaba más arriba, si el interesado desea favorecerse de descuentos especiales por la compra de ciertos artículos de la canasta básica al pagar en efectivo a los «bachaqueros».

En el pasado mes de marzo, el gobierno nacional había anunciado con bombos y platillos que a partir del 4 de junio —después cambiaría dicha fecha— entraría en vigencia un nuevo cono monetario en el que se le eliminaría tres ceros a la moneda —al momento de escribir esto, el gobierno ha anunciado que el número de ceros a eliminar pasa de tres a cinco—. El «Bolívar Soberano», denominación que las autoridades han elegido para designar el nuevo cono monetario, sustituirá al «Bolívar Fuerte» que, a su vez, hace diez años, sustituyó al bolívar y cuya implementación sirvió para eliminarle tres ceros a la moneda.

Es decir, en poco más de diez años, al bolívar se le han eliminado nada más y nada menos que ocho ceros.

—Otro factor que incide en la compra-venta de efectivo —dijo Lyl— es el contrabando en la frontera. Los billetes se los llevan para allá porque allá los pagan mejor. Al tratarse de actividades ilícitas, que funcionan al margen del sistema financiero, requieren de gigantescas cantidades de dinero en efectivo.

Más tarde leí en la prensa que en países con alta inflación la compra-venta de efectivo era una práctica frecuente, habitual.

(Continuará)

PD: Este post es la continuación de este otro: En el país de Alicia (V)

martes, 14 de agosto de 2018

En el país de Alicia (V)


El sábado 28 de abril Carmen Elena ha pasado a recogernos por el hotel sobre las nueve y cuarto de la mañana. Nos ha dicho que había hecho reserva para llevarnos a desayunar al Restaurante Monteluna en Usaquén.

Carmen Elena y yo nos conocimos hacia finales de los años noventa del siglo pasado, cuando trabajábamos en Seagram, una de las mayores trasnacionales productoras y comercializadoras de bebidas espirituosas del mundo. A la compañía, ya desaparecida, la sobreviven hoy un edificio (en el número 375 de Park Avenue, antigua Cuarta Avenida de Nueva York), una ginebra («clásica y seca de carácter americano») y por supuesto la entrada de la Wikipedia en la que se habla a los internautas sobre sus pretéritas grandezas. Carmen Elena había fichado por la filial colombiana y yo por la venezolana. Ella ocupaba el cargo de gerente de recursos humanos y yo el de gerente de IT con responsabilidades en varios países de América Latina. Motivado a esta última coyuntura coincidimos. De aquella época recuerdo las interesantísimas y prolongadas conversaciones que ella y yo sosteníamos cada vez que lográbamos comer o cenar juntos en alguna de mis visitas a Bogotá. Nos llevábamos bien, aunque nos perdimos la pista durante una larga temporada. Gracias a la tecnología, y a la intermediación de una buena amiga en común, desde hace poco habíamos vuelto a ponernos en contacto.

El restaurante Monteluna está incrustado en lo alto de una montaña de los Cerros Orientales desde la que pueden apreciarse unas magníficas vistas de Bogotá. El lugar es bucólico, con una terraza de césped muy cuidado y mesas dispuestas con criterio para que los comensales no se estorben unos a otros.

Completada la sesión de fotos, Carmen Elena nos ha hablado sobre los orígenes del restaurante y de lo bien que se come allí, de que en la localidad también se celebran eventos y reuniones y que cuenta con habitaciones para alojar a los clientes que deseen pasar uno o más días en contacto perenne con la naturaleza. De pronto, Irma ha dejado colar como al vuelo un comentario: el sitio le recuerda una posada de Mérida, en los Andes venezolanos, en la que dieciséis o diecisiete años atrás habíamos pasado unas gratas e inolvidables vacaciones. Tras repasar con la vista casa, terraza y proximidades coincido con ella y sugiero que elijamos una mesa y nos sentemos para ordenar porque me estaba muriendo de hambre.

Un camarero nos ha traído la carta y la revisamos con detenimiento. Nada más leer las descripciones de los platos que se proponen en la carta la boca se me ha hecho agua y he comenzado a salivar. Poco después Irma y yo le hacemos un par de consultas a Carmen Elena, referente a algunos platos, y por fin ordenamos. Trio de queso y maíces («dos arepas de choclo con queso doble crema, dos arepas blancas con quesillo y dos arepas de semillas con queso paipa, acompañado de suero y picadillo de tomates»); Calentao («frijol rojo, maíz, pollo deshebrado, madurito, hogao y huevo frito»); y Empanadas de la casa («amasijo de trigo relleno de pollo con una mezcla de vegetales finamente picados o de papa sabanera con morrillo picado en guiso curry»). Además, acompañamos nuestro pedido con tres tazas grandes de chocolates calientes porque hacía fresquito.

Por desgracia, al rato de habernos sentado a una de las mesas de la terraza, el cielo ha cumplido con sus amenazas y ha empezado a lloviznar. Llueve mucho en Bogotá. Era otra de las cosas que había olvidado. Al comienzo los tres aguantamos con estoicismo debajo de la sombrilla que cubría la mesa pero, en cuanto ha arreciado, decidimos ponernos a resguardo.

Tal como nos lo había prometido Carmen Elena, todo está delicioso.

Entretanto desayunamos, le pido a mi amiga que nos hable de la actual situación de Colombia, cómo vislumbra ella el futuro inmediato del país tras los acuerdos de paz y qué opina sobre las elecciones presidenciales que, al igual que en Venezuela, se llevarán a cabo en los próximos días. Le brillan los ojos y enseguida se arranca a conversar. Lo primero que ha dicho es que observa con optimismo el presente y futuro del país. Piensa que Colombia atraviesa un buen momento y que falta todavía por venir tiempos mejores. Nos dice que pese a la polarización que se ha suscitado en torno a las figuras de Iván Duque y Gustavo Petro —hay otros tres candidatos con posibilidades pero son Duque y Petro los que acaparan la atención de la gente de pasar a la segunda vuelta; en las horas que llevamos en Colombia hemos percibido quizá demasiado recelo de uno y otro lado con respecto al bando contrario—, cree que por vez primera en muchos años los aspirantes a ocupar la Casa de Nariño que dominan la campaña electoral por intención de voto son personas preparadas y de reconocida trayectoria en la política y la sociedad colombiana. Alcides Duarte, otro amigo colombiano con quien me reuniría días más tarde, no se ha mostrado tan optimista como Carmen Elena. En su opinión el triunfo de Iván Duque representaría un claro peligro para el futuro del país. Según sus propias palabras, significaría un grave retroceso y el posible retorno de la guerra. Creo que fue a Tomás Eloy Martínez que le leí en una oportunidad que un país son en realidad varios países, pero sobre todo dos países.

Después de desayunar, Carmen Elena nos ha llevado en su coche a dar un largo paseo por Bogotá. Se nota a leguas que ama esta ciudad y que no la cambiaría por ninguna otra. Que es aquí donde quiere residir y envejecer. O al menos es eso lo que a mí me ha parecido desde que la conozco.

A propósito, me he enterado en este viaje que ella había vivido parte de la infancia y de la adolescencia en Medellín, otra ciudad colombiana que me gusta mucho y a la que me unen una serie de afectos.

Carmen Elena serpentea con su coche por las angostas calles del casco histórico de Usaquén. Lo hace despacio para que de este modo podamos disfrutar de la bella arquitectura de los edificios, plazas, casas y monumentos. A veces se detiene del todo y nos cuenta alguna anécdota o nos habla de determinado edificio o monumento. Es una anfitriona exquisita. De Usaquén ponemos rumbo hacia el centro por la séptima y, a la altura de la 92, hemos cogido por la Avenida Circunvalación. A cierta distancia de nuestro recorrido por la Circunvalar o avenida de los Cerros, como también se la conoce, tan pronto he conseguido salir de mi asombro, me vuelvo emocionado hacia Irma (yo voy en el asiento del copiloto y ella en los traseros) y, apenas observo la expresión de su rostro, entiendo que en ese instante a ambos nos embarga la misma certidumbre: el gran parecido de esta arteria vial con la Cota Mil o Avenida Boyacá de Caracas. ¿Cómo es que antes no he caído en la cuenta de dicha similitud? ¿O es que nunca antes había pasado por esta avenida? ¿Cómo podía ser esto posible? Y concluyo que un asunto es visitar una ciudad de vacaciones y otra muy distinta es hacerlo en plan de trabajo. Volviendo a la Circunvalación: resulta ser una suerte de fiel retrato de la Cota Mil, como si se tratara de uno de los doppelgänger de Borges que hubiera cobrado vida, que se hubiera materializado ante nuestras propias narices: la montaña a la izquierda y la ciudad a la derecha; el intenso verde y los cubos de cristal y hormigón separados por un cauce de entre 20 y 25 metros de asfalto que nos lleva zigzagueante de un extremo a otro de la urbe; nos movilizamos sin interrupciones, como si nos desplazáramos subidos sobre dos veloces esquís… A los pies de la montaña y sobre los hombros de Bogotá que se nos muestra a la distancia sosegada, gigante e inabarcable, inalterable, o así creo percibirla desde el interior del coche.

Pero llegando a Monserrate damos de bruces con un atasco.

(Continuará)

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (IV)

martes, 7 de agosto de 2018

En el país de Alicia (IV)



Cuando a finales del año pasado Irma me dijo que no podíamos seguir postergando nuestra visita a Venezuela, supe que a lo largo de 2018 regresaríamos al país.

Por una u otra razón llevábamos al menos dos años aplazando el viaje. En un principio se debió a problemas de salud de ella —había caído enferma a causa de una neumonía que derivó en pleuritis y estuvo veinte días hospitalizada; en aquella oportunidad habíamos comprado inclusive los billetes de avión— y luego por cualquier otro motivo en el que yo creía encontrar alguna justificación.

Reconozco que era yo quien en el fondo se negaba a hacer el viaje.

Sin embargo, la resolución y convencimiento de Irma a finales de 2017 me sacaron de mi estado de negación y empezamos a preparar la visita.

Con el primer obstáculo que tropezamos fue con la poca oferta que desde Madrid había para volar a Caracas; el segundo obstáculo estaba muy ligado al primero: los altos precios de los billetes de avión. Pasamos varios días analizando alternativas tanto de vuelos directos como con escalas. No hubo éxito. Hasta que por esas fechas llegó al buzón del correo electrónico de Irma una atractiva oferta de AirEuropa que no podíamos dejar pasar. Al fin y al cabo, cuando el destino te requiere en algún lugar, en ocasiones también te muestra el camino que debes seguir para llegar hasta ahí. Se trataba de una promoción por el día del padre; enseguida sacamos cuentas y nos percatamos de que podíamos beneficiarnos de la compra de billetes antes de que el período de disfrute de la promoción caducara. La fecha que previamente habíamos elegido para nuestro viaje a Venezuela coincidía con los inicios del mes de mayo de 2018. Entonces tuvimos que adelantar el viaje unos pocos días con la finalidad de aprovechar la promoción de la aerolínea.

Otro asunto que contribuyó a definir el itinerario de nuestro viaje fue el hecho que meses atrás una sobrina de Irma se había marchado a vivir a Bogotá. En aquellos días en los que analizábamos alternativas para comprar los billetes de avión, noté que mi mujer experimentaba cierta melancolía, cierta saudade que me llevó a preguntarle qué le pasaba. Resulta que solo imaginar que no vería a esta sobrina durante nuestra inminente visita al país la entristecía. Así que le propuse que evaluáramos la posibilidad de tomar un vuelo a Bogotá —Irma no conocía la ciudad y a mí me apetecía volver y reencontrarme con viejos afectos— y desde allí viajar más tarde a Caracas. La idea le gustó y ambos nos enfocamos en ello, nos pusimos manos a la obra. De este modo descubrimos con asombro que volar directo a Bogotá, y de allí coger después un vuelo de low cost a Caracas, salía casi al mismo precio que hacerlo desde Madrid directamente a la capital venezolana. Había que coger la ocasión por los pelos y fue lo que hicimos. No lo consideramos más y por fin compramos los billetes bajo esta modalidad.

Arribamos a Bogotá en el atardecer de un día jueves de finales de abril. No visitaba la ciudad desde 2002. Mientras trabajaba en Seagram hubo períodos en los que solía viajar a la capital colombiana dos o tres veces al mes. La primera vez que había puesto un pie allí fue en 1995. Desde entonces a esta parte la ciudad ha cambiado mucho, para mejor, según mi criterio y punto de vista.

De aquella primera vez en Bogotá recuerdo que me gustaron su clima, la arquitectura, el verde que podía encontrarse levantando apenas la mirada y desde luego su gente.

Volver es siempre grato.

A las puertas del hotel estaba Gabriela, la sobrina de Irma. La acompañaba su marido Leo. Llevaban más de una hora aguardando por nosotros. El coche que habían enviado del hotel para recogernos estuvo puntual en el Aeropuerto Internacional El Dorado, pero yo había olvidado lo complejo y pesado que puede hacerse el tráfico de la ciudad a hora punta. Gabriela recibió a Irma con un ramillete de flores. Las dos mujeres se abrazaron, se besaron y lloraron. A un lado, Leo y yo nos estrechamos de manera cordial las manos y cruzamos algunas palabras intrascendentes. Ambos entendíamos que lo importante de aquel encuentro eran tía y sobrina, nosotros dos no pintábamos nada en esa escena.

Después de registrarnos y dejar el equipaje en la habitación, los cuatro salimos a cenar y, más tarde, tras un corto paseo por los alrededores, retornamos al hotel y nos quedamos conversando hasta bien entrada la madrugada.

Hablamos de todo un poco.

Gabriela y Leo rondan los veintitrés años de edad. Ambos son técnicos superiores universitarios pero ninguno ejerce en la actualidad sus respectivas profesiones. Ambos están subempleados en Colombia. Ambos son dependientes en locales de venta de ropa y calzado en el sur de Bogotá, en un centro comercial del barrio Venecia. Trabajan doce horas al día y libran apenas un día cada quince… Evidentemente los están explotando. Se lo dijimos. Ellos lo saben. Sin embargo, aparte de esta «nimiedad», están contentos y agradecidos con el país que los ha acogido porque acá el salario que ganan les permite pagar un piso, hacer la compra, adquirir artículos para ellos y para la casa y de vez en cuando disfrutar de algunas de las distracciones que nos hacen más llevadera la vida. Además, de tanto en tanto envían algo de dinero a sus familiares que siguen en Venezuela. Allá en cambio, en Venezuela, nos dijeron que todo se les hacía cuesta arriba. A pesar de no tener que pagar alquiler por la vivienda, puesto que siempre vivieron con algún familiar, el salario no les alcanzaba para nada y llegaron a pasar muchísima «roncha» —como de forma coloquial el caraqueño llama al hecho de subsistir en la precariedad—; se habían visto en la necesidad de endeudarse a niveles desproporcionados —todavía continúan abonando parte de esas deudas— para poder sobrevivir y, aunque prácticamente todo lo que ingresaban se lo gastaban en comprar comida, aun así, llegaron a un punto en el que comenzaron a pasar hambre... Fue esto último lo que los hizo reaccionar y los empujó a salir del país.

De todo esto nos enteramos a las pocas horas de arribar a Bogotá.

(Continuará)

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (III)

martes, 31 de julio de 2018

En el país de Alicia (III)



Efectuar cualquier tarea en la Venezuela de hoy, por más anodina y rutinaria que parezca, puede en ocasiones resultar un despropósito. Y para muestra un botón: a causa de los racionamientos de agua a los que vive sometida la población desde hace varios años, un acto tan sencillo como tomar una ducha se reviste de un sentimiento de angustia, de desasosiego, y obliga a la gente a acatar y cumplir a rajatabla con horarios rígidos y carentes de practicidad.

Durante nuestra estadía en Caracas, Irma y yo teníamos que levantarnos a las 5.30 de la madrugada para ducharnos. Y encima estábamos forzados a hacerlo a la velocidad del rayo puesto que solo contábamos con una hora —el intervalo en el que el agua corriente estaba disponible en el edificio— y porque éramos cuatro las personas que ocupábamos y compartíamos aquel apartamento y que desde luego necesitábamos darnos una ducha antes de salir a la calle.

Tiempo atrás, con olfato previsor, al igual que han hecho miles de familias venezolanas, Juan Carlos había instalado en su casa un tanque de agua con capacidad para 560 litros; esto nos permitía llevar a lo largo del día una vida más o menos normal, hasta que volviéramos a disponer de agua corriente al final de la tarde —cosa que sucedía entre las 19.00 y 20.00 horas—. Pero por supuesto teníamos que administrar el contenido de este tanque con mucho criterio y hasta con algo de racanería puesto que no debíamos descartar la posibilidad de que al día siguiente no entrara agua en el edificio. Algunos días antes, mientras conversaba por teléfono con mis padres —que viven en la provincia y no cuentan con ciertos «privilegios» con los que pueden contar quienes residen en la capital—, me comentaban que llevaban una semana sin agua. Los invadía la zozobra porque los tanques —en casa de mis padres hay tres, con una capacidad total de cinco mil quinientos litros aproximadamente— se hallaban ya en niveles muy bajos y preocupantes. ¿Qué iban a hacer cuando se vaciaran del todo? La situación era tan crítica que hasta algunos vecinos se les habían acercado con baldes y envases para solicitarles que les regalaran un poco de agua. Las autoridades competentes, como única explicación, habían informado a la población de que debido a la carencia de uno de los productos o insumos con los que hacían potable el agua —no quedaba claro el porqué de dicha carencia—, se habían visto en la obligación de mantener suspendido el servicio por todo aquel tiempo.

Sin embargo, nada decían de cuándo sería restablecido.

Otra de las muchas contrariedades con las que tienen que enfrentarse y lidiar los venezolanos de manera cotidiana la representan los cortes de electricidad. A veces el servicio funciona de modo intermitente y en otras oportunidades se interrumpe por horas e incluso días en ciertas regiones del país. En Caracas suelen presentarse estas fallas de tanto en tanto, pero quienes las padecen con mayor frecuencia e intensidad son los habitantes del interior del país.

Como mis padres y sus vecinos.

Algo que vi como novedad y que no había notado en mis anteriores visitas fue el gran menoscabo que ha sufrido el transporte público. No es que en el pasado el servicio de transporte público de nuestras ciudades haya sido una maravilla, pero mal que bien funcionaba, y a sabiendas de sus deficiencias uno podía contar con él. Yo, por ejemplo, durante mi época de estudiante, me movía de forma exclusiva en transporte público y, después de graduarme, viviendo todavía en Barquisimeto, cuando me tocaba trabajar por temporadas en Caracas. Hoy en día el servicio ha desmejorado muchísimo, a tal punto que en ciertas ciudades es casi inexistente. Los usuarios pueden pasar horas esperando para trasladarse de un lugar a otro, sobre todo de sus hogares al trabajo y viceversa. Algunos de mis amigos de Barquisimeto me comentaron que preferían ir o venir andando del trabajo aun cuando el trayecto fuera largo y les llevara horas completarlo. Preferían enfrentarse con este percance en lugar de contar con el transporte público. Y a causa de sus bajos salarios no podían permitirse el lujo de pagar un taxi. Al Metro de Caracas, otrora emblema de los avances, civismo y modernidad del país me advirtieron de que ni se me ocurriera siquiera bajar, que estaba colapsado, al igual que el Metro Bus, del que quedaban ya pocas unidades en servicio. Me dijeron que las averías en el Metro son frecuentes y obligan a los pasajeros a desalojar los trenes en medio de las vías y túneles sin el apoyo del personal de seguridad. Además, observé con estupor —tanto en Caracas como en Barquisimeto— cómo las personas se subían a camiones de carga de particulares en los que iban hacinadas y desprotegidas, como si de ganado se tratase —en Barquisimeto, a propósito, le llaman a estos camiones los «ruta-chivos» en alusión al macho de la cabra—, porque son los únicos vehículos que cubren ciertas rutas de las zonas urbanas. Determinadas circunstancias, una vez más, nos hacen ciegos y sordos frente a los riegos y los peligros de vivir. De hecho me contaron que con estos camiones se habían producido un número impreciso de accidentes en los que el saldo resultante había sido personas heridas de gravedad e incluso fallecidas.

En algunas zonas de Caracas me percaté de que la gente hacía autostop, o pedían cola, como solemos decir en Venezuela. Pero, ¿cómo es que en un país con índices de criminalidad tan elevados siga existiendo personas que se atrevan a practicar esta actividad?, le pregunté en una oportunidad a Juan Carlos. Su respuesta me perturbó tanto como observar aquellas escenas de gente pidiendo cola: «Porque a las personas no les queda otra alternativa. Es arriesgarte o ir andando a todas partes, en cuyo caso igualmente te expones a ser víctima de los malandros. Lo increíble es que todavía haya choferes que se atrevan a montar extraños en sus carros, pero por increíble que parezca, todavía los hay».

Otro de los signos distintivos de la actual Venezuela son las colas. En el país se hacen colas por casi cualquier cosa. Colas en las que pueden desperdiciarse, mandar por el caño del desagüe prolongados tramos de tu vida. Colas para comprar alimentos o productos de primera necesidad, regulados o no (cuatro horas y media diarias invierte en promedio un venezolano para comprar algunos de los productos regulados por el gobierno); colas para subir a alguna unidad de transporte público —las pocas que quedan—; colas para sacar por vez primera documentos oficiales o bien para renovarlos; colas para retirar dinero del banco o cualquier otro recado que tengas que hacer en estas instituciones; colas para comprar la batería del coche; colas para cobrar la pensión; colas para pagar los servicios de luz, agua, gas o teléfono; colas para ser atendidos en los centros de salud tanto públicos como privados; colas para poner gasolina; colas para comprar una bombona de butano… Y aunque para muchos pueda que luzca como una exageración de mi parte, ¡la gente hace colas hasta para hurgar en los contenedores de basura!

Más adelante contaré una anécdota al respecto.

En uno de esos días entretanto aguardábamos turno para ser atendidos por el empleado de una oficina de un banco privado —nos urgía reactivar una vieja cuenta que teníamos en esta institución—, nos enteramos de que ahora, para abrir una cuenta en cualquier banco, debes concertar con anticipación una cita a través de internet. A menudo los plazos de espera de dicha cita van del mes a los tres meses hasta que al fin atiendan tu solicitud.

(Continuará)

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (II)