jueves, 13 de julio de 2017

Un viejo como los de antes



Hay una anécdota del abuelo Juan —mi abuelo materno— que recuerdo de tanto en tanto y que creo habla mucho de él. Ocurrió el 31 de diciembre de 1984. A principios de este año (el 16 de febrero, para ser exactos) se había producido en casa una de esas situaciones que suelen reconfigurar la manera en que los miembros de una familia se relacionan: la abuela Eustaquia, esposa del abuelo Juan, moría en el Hospital Antonio María Pineda de Barquisimeto, a la edad de 64 años, tras sufrir un accidente cerebrovascular. Quedarse viudo volvió en cierto modo más reservado, arisco y huraño que de costumbre al abuelo Juan. Aquel fue un año duro para todos en casa, pero supongo que lo fue mucho más para él. Cuando cayó la noche del 31 de diciembre —día en que ocurrió la anécdota que pretendo contar—, el abuelo Juan cogió las llaves de su Chevrolet Apache del 58 y se marchó sin despedirse. Nadie dijo ni hizo nada. Sin embargo, todos sabíamos a dónde se dirigía. Yo había pasado la tarde bebiendo con unos amigos y a esas alturas el alcohol se me había subido a la cabeza. Así que al escuchar a mamá sollozar tras la puerta de su cuarto ni me lo pensé. Es sabido que el alcohol y las emociones no combinan bien y a veces esa mezcla suele empujarnos a cometer tonterías. Más en tiempos de adolescencia. Y eso fue lo que hice aquella noche. El abuelo Juan venía del campo y hablaba a menudo de él. En casa no fue sorpresa para nadie cuando un buen día nos diera la noticia que había comprado un terreno en El Roble, una localidad rural a unos diez o doce kilómetros de Nueva Segovia, el barrio donde vivíamos. Allí sembraba y pasaba varios días de la semana apartado de las prisas de la ciudad con la abuela Eustaquia. Todos sabíamos que hacia allí había puesto rumbo la noche del 31, que había decidido recibir el año nuevo solo en aquellas soledades. No sé cuánto tiempo me llevó hacer a pie aquel recorrido. Solo sé que al detenerme frente a la verja y llamarlo, el abuelo Juan salió con unos ojos desorbitados y una expresión confusa en el rostro. Le pedí la bendición y creo que ni me escuchó. “¿Qué hace usted aquí”, dijo. “Vine a buscarlo”, repuse yo. “¿Y cómo es que ha llegado hasta aquí a estas horas?”, dijo. “Caminando”, repuse yo. Echó a andar hacia mí, abrió la verja y con un gesto me invitó a pasar. Luego se metió al pequeño cuarto que él mismo había construido con la ayuda de un sobrino de papá, recogió sus cosas con parsimonia y por fin los dos subimos a la vieja Chevrolet Apache. No volvimos a cruzar palabra mientras retornábamos a casa.

Ayer el abuelo Juan murió. Lo ha hecho en la tranquilidad de su cama y rodeado de nietos, bisnietos y de su única hija. Tenía 101 años. Aprendí bastantes cosas de él y creo que en el fondo incluso me le parezco. Echando la vista atrás y haciendo balance entre subidas y bajadas, entre equívocos y aciertos, me atrevería a decir que vivió una vida plena, de esas que merecen la pena vivir. QDEP.

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