jueves, 7 de diciembre de 2017

La casa de al lado


Living is easy with eyes closed
J. Lennon

La casa en la que crecí fue construyéndose como la mayoría de casas de la calle del barrio: poco a poco y a medida que la familia iba haciéndose más grande.

A principio de los setenta, por ejemplo, mi hermana y yo compartíamos habitación. Por entonces nuestra casa apenas contaba con cinco estancias: dos dormitorios, una sala-recibidor minúscula, una cocina en la que había una mesa en la que nos sentábamos a comer y desde luego un baño que compartíamos los cuatro: mis padres, mi hermana y yo.

Recuerdo que la única ventana de nuestro cuarto daba al patio trasero de la casa vecina. Era un patio muy pequeño porque la casa de nuestros vecinos era aún más pequeña que la nuestra. Digo “la casa de nuestros vecinos” por llamarla de algún modo, puesto que no recuerdo que allí viviera nadie. Tampoco había allí nada especial, pero igual a mi hermana y a mí nos encantaba asomarnos por la ventana y, como era bastante angosta y no cabíamos los dos al mismo tiempo, solíamos acabar peleándonos por el privilegio de echarle un vistazo al patio vacío de la casa de al lado.

Ya saben cómo son los niños de entre cinco y seis años.

Sin embargo, un buen día de inicios de los setenta se mudó a la casa vecina un grupo de jóvenes. No se trababa de jóvenes cualesquiera. Eran de esos que los adultos llamaban hippies, con largas cabelleras, descuidadas barbas, llamativa vestimenta, de suaves y acompasados andares y una sonrisa perenne en los labios. A partir de entonces asomarnos por la ventana de nuestra habitación cobró nuevo atractivo para mi hermana y para mí.

Al parecer, por su comportamiento, nuestros vecinos se ganaban la vida fabricando y vendiendo artesanía de cuero: carteras, sandalias, billeteras, pulseras, collares y demás accesorios de vestir. Por lo general trabajaban al aire libre, a veces en aquel patio trasero, mientras escuchaban música en un diminuto tocadiscos y fumaban un cigarrillo tras otro.

Creo que fue gracias a ellos que escuché los primeros temas de rock en mi vida o así me gusta recordarlo: Crosby, Still & Nash, The Hollies, Janis Joplin, John Lennon, Led Zeppelin y desde luego The Beatles. Uno de aquellos jóvenes solía alternar un par de camisetas con caras de hombres muy distintos entre sí en su parte delantera: uno llevaba una boina con una estrella y el otro, más jovial, lucía unas pequeñas gafas redondas.

Con el paso de los días, la casa vecina no tardaría en convertirse en el principal foco de perturbación de nuestra calle, porque gente entraba y salía a cualquier hora del día y era difícil saber quiénes vivían allí de manera permanente o quiénes solo se hallaban de paso, de visita. Además, de tanto en tanto a los vecinos se les elevaban las revoluciones y se ponían como una moto: música a todo volumen, gritos, discusiones, peleas. Incluso mamá se quejaba “del olor a yerba que se cuela y esparce por toda la casa, y por más que sea uno tiene niños pequeños”. Pronto los mayores empezaron a plantearse entre sí que algo tendrían que hacer. La ley entró por casa y mamá nos prohibió a mi hermana y a mí asomarnos por la ventana. También vigilaba que durante el día permaneciéramos el menor tiempo posible en nuestra habitación. Pero al menos yo, cuando mamá no estaba cerca, me colaba furtivamente a nuestro cuarto y me asomaba por la ventana cada vez que se me presentaba la oportunidad.

Y es que me gustaba mirar a aquellos jóvenes trabajar y escuchar la música que escuchaban. Creo que ellos también disfrutaban de mi compañía viéndome observarlos desde el otro lado de la ventana. En cierta ocasión una chica se acercó hasta la ventana y sin decir palabra o tal vez las dijo y no lo recuerdo me obsequió una microscópica cartera de cuero en la que no obstante se cuidaba cada detalle de su elaboración.

Un buen día, así como habían llegado, se marcharon. No se despidieron de nadie y el patio de la casa vecina volvió a ser un lugar vacío y desolado. Inclusive mucho más que antes.

Cada año por estas fechas puntual como el estallido de los colores del otoño el recuerdo de aquellos jóvenes regresa a mi memoria. Es imposible separarlo de la voz, susurros, gritos, gemidos y ese aire de utopía e irreverencia con los que Lennon impregnó sus canciones. Después de casi medio siglo esas mismas canciones continúan emocionándome como lo hicieron en un principio, como cuando era niño y luego adolescente.

Hay cosas que no cambian pese a que todo haya cambiado a nuestro alrededor.

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