martes, 4 de noviembre de 2014

14

¿Cómo pueden resumirse la barbarie, el caos, la crueldad y demás tropelías aportadas por la Gran Guerra a la historia universal de la infamia en una novela de apenas noventa y ocho páginas? ¿Y que a la vez esa novela sea una pequeña joya?

Las respuestas tendríamos que buscarlas en 14 de Jean Echenoz.

Del mismo modo que la Guerra del Golfo ha quedado registrada como la primera guerra televisada, muchos autores consideran a la Gran Guerra como la primera guerra tecnológica de nuestra historia. De allí que una contienda que la mayoría esperaba no se extendiera más allá de los quince días, acabara prolongándose por encima de los cuatro años y en la que perdieron la vida más de nueve millones de combatientes.

Cifras nada despreciables para el comienzo del siglo XX.

Los personajes de la breve novela de Echenoz, habitantes de un poblado del departamento francés de Vendée, la mañana de un día sábado del verano de 1914, de pronto se sorprenden con el repiquetear de campanas. Muchos lo esperaban, entre ellos Anthime, sin embargo no imaginaban que la movilización pudiera ser anunciada un día sábado.

A partir de este momento los sucesos se precipitan, aunque sólo podamos percibirlo en el fondo, puesto que el narrador omnisciente decide mantener un elegante, sosegado e inalterable tono a lo largo del relato, como si no quisiera perder la compostura en ningún instante, conservando la debida distancia emocional entre él y sus personajes —pero, también hay que decirlo, con un particular y morboso gusto por los detalles.

De este modo nos tropezamos con esta clase de descripciones en uno de los primeros combates en los que participa Anthime y sus amigos: “obedeciendo las órdenes que le vociferaron, las primeras líneas de infantería se vieron obligadas a abandonar la carretera para exponerse abiertamente en el campo de avena que la flanqueaba y, a partir de entonces, no sólo tuvieron que sufrir los disparos procedentes del enemigo, sino que comenzaron a llegarles también por la espalda balas imprudentemente disparadas por sus propias fuerzas, tras lo cual no tardó en reinar el desorden en sus filas”. O este fragmento de humor más cáustico: “huele a cerrado, el olor se extiende sobre las personas y en su interior, tras las alambradas de púas de las que cuelgan cadáveres putrefactos y desarticulados que a veces sirven a los zapadores para fijar los cables telefónicos, que no es empresa fácil, los zapadores sudan de cansancio y de miedo, se quitan el capote para trabajar con más comodidad y lo cuelgan de un brazo que, al salir del suelo, vuelto, les sirve de percha”. O este otro todavía más escabroso: “Apostado no lejos de allí, Anthime vislumbró durante un instante, desde la masa encefálica hasta la pelvis, todos los órganos del cazador ojeador abiertos en dos como en una plancha anatómica, antes de acuclillarse espontáneamente en falso equilibrio para intentar protegerse, ensordecido por el enorme estrépito, cegado por los torrentes de piedra y tierra, las nubes de polvo y de humo, mientras vomitaba de miedo y de repulsión sobre sus pantorrillas y en torno a ellas, con las botas hundidas en el lodo hasta los tobillos”.

Pero 14 no sólo refleja la miseria humana dentro de las trincheras y el campo de batalla. También lo hace tras las líneas de combate, en el mundo civil, a través de las fábricas que supuestamente trabajaban con el fin de ofrecer suministros de calidad a los hombres que arriesgan su vida en el frente, en nombre de la libertad y el libre albedrío. Pues a las manos de esos sacrificados hombres llegan, provenientes de aquellas mismas fábricas, botas, uniformes, cascos y demás utensilios que en lugar de hacerles la vida más fácil se la complican. Y todo con el fin de obtener mayores beneficios reduciendo los costes al mínimo. O los lugareños que ven en los soldados no sólo a héroes, sino a clientes potenciales a quienes vender sus pocas mercancías a precios estratosféricos.

La ambición desmedida y la corrupción siempre van de la mano para pasar por encima de cualquier principio o valor.

El tono flemático del narrador, del que ya había hablado, en ocasiones potencia la brutalidad y el horror de las escenas bélicas. Y creo no exagerar al afirmar que la elección de ese tono es uno de los mayores aciertos de la novela de Echenoz; esa decisión de relatar de la manera más descarnada la carnicería que significó para la gente de la época la Gran Guerra. No obstante, al finalizar ésta, nadie podía imaginarse que a la vuelta de unos años el mundo se vería de nuevo envuelto en la consternación de la guerra. Y mucho menos que esa otra guerra sería aún más cruenta, aún más sangrienta que su predecesora. Ya se sabe: naturaleza humana.

No hay comentarios.: