martes, 20 de noviembre de 2007
lunes, 19 de noviembre de 2007
Vivir en la mentira
Alberto Barrera Tyszka
|
lunes, 12 de noviembre de 2007
El infierno somos nosotros

"Las sociedades no son colectivos. Las sociedades son personas en interacción.”
Arturo Peraza, S. J.
Las sociedades, como cualquier organismo vivo, suelen enfermar.
A veces su salud puede verse afectada por trastornos menores y pasajeros como un simple resfriado; o por los micro-organismos que atacan a los pies. Sin embargo, en ocasiones puede tratarse de enfermedades más complejas, duraderas y peligrosas.
De estás últimas nos habla José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera.
Saramago se vale de una poderosa metáfora para hacernos una puesta en escena de los más bajos instintos de los seres humanos. Súbitamente, y sin saber cómo ni por qué, la gente anónima de una anónima ciudad comienza a quedarse ciega. El trastorno se propaga como reguero de pólvora y pronto se convierte en epidemia. El gobierno nacional, en pocas horas, al darse cuenta de que el “mal blanco” —así bautizan a la ceguera, porque tiene la particularidad de no dejar a quien la padece en tinieblas sino sumergido en un vacío blanco— es sumamente contagioso, toma la decisión de aislar no sólo a los afectados sino a todo aquel que haya tenido algún contacto con ellos. El temor es casi siempre el detonante para las peores acciones o resoluciones del género. A partir de aquí comienza el descenso a los infiernos y vemos cómo personas, aparentemente comunes y corrientes, con principios y valores, se sumergen en la mierda y, encima, retozan en ella.
Los ciegos que nos interesan (o los que quiere el autor que nos interesen) no sólo son aislados y abandonados a su suerte en las instalaciones de un antiguo manicomio (una de las tantas y deliciosas ironías que Saramago construye a lo largo de su relato), sino que a su alrededor se levanta un cerco militar con la amenaza explícita de que si alguno de los internos pretendiera salir, no dudarían ni un segundo en acribillarlo. Y nada como un militar para cumplir este tipo de órdenes, ya sabemos, con suma y fría eficacia. Como era de preverse, por la magnitud contagiosa de la ceguera, en poco tiempo las instalaciones colapsan: las camas no son suficientes, no hay agua o la que sale de las tuberías no es apta para el consumo, las cañerías se tapan, los alimentos que prometieron traer no llegan a sus horas (o simplemente no llegan) y, para colmo, nunca alcanzan para todos... Tampoco, como era de esperarse, tardan en aparecer los actos de canibalismos entre los internos (los dientes afilados y relucientes de la miseria humana); primero los actos de supervivencia y luego los de la más profunda abyección: el decreto de la conocidísima ley del más fuerte —fuerza, a propósito, que casi siempre concede las armas de fuego.
Permítanme a esta altura hacerles y hacerme un par de preguntas: ¿no nos suena esta historia demasiado conocida, demasiado familiar? ¿Acaso no hemos escuchado o leído algo parecido en el pasado?
En lo que a mi respecta, creo que la ceguera utilizada por Saramago como detonante de su relato, el mal blanco, ya ha sido padecida por otras sociedades en el pasado, algunas lo padecen en el presente y no es muy difícil pronosticar que otras lo padecerán en el futuro, porque, sencillamente, esa es parte esencial de nuestra naturaleza. Para no retroceder demasiado y remitirme apenas a nuestra historia contemporánea, el mal blanco antes ha recibido nombres como nazismo, fascismo, stalinismo y apartheid; por citar sólo a cuatro de sus variantes. Las similitudes son evidentes: un grupo que teme u odia a otro; basta que uno de los dos tenga algo de poder para que inicie las arremetidas contra quienes considera sus enemigos; en nuestra Historia, tal vez el miedo ha sido nombrado de muchas maneras...
La prosa de Saramago es rica, deliciosa, llena de matices y cargada de ironía. Quizá, en algún momento de la lectura, hallemos que una o dos de las argumentaciones de las subtramas luzcan débiles, no verosímiles, no obstante, eso no le quita fuerza o poderío a la narración. Nos puede chocar por unos minutos pero pronto lo echamos al olvido.
Desde luego, no todos los personajes en Ensayo sobre la ceguera son ciegos, básicamente porque el autor —y sus lectores— necesita un par de ojos que al menos vea lo que sucede, aunque se trata de algo puramente técnico, literario, porque como lo dice el propio y único personaje vidente en varias oportunidades, es tan ciega como el resto del mundo.
En estos días de profunda polarización que vivimos, valdría la pena cuestionarnos sobre si somos parte de una sociedad enferma, consumida por la ceguera, como la que nos muestra Saramago en Ensayo sobre la ceguera. ¿Estamos nosotros también ciegos o somos como una de las protagonistas: vemos pero en el fondo sólo deseamos estar tan ciegos como los demás?
Es apenas una de las muchas interrogantes que me ha obligado a hacerme Ensayo sobre la ceguera; una novela que da para pensar, reflexionar, cuestionarnos una y otra vez.
¿No les parece?
PS para cinéfilos: una versión cinematográfica de Ensayo sobre la ceguera, titulada Blindness, comenzó a filmarse en septiembre pasado bajo la dirección del brasileño Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel). El guión ha sido escrito por el canadiense Don McKellar bajo la supervisión directa del propio Saramago. Entre la ficha artística destacan nombres como el de Julianne Moore, Mark Ruffalo, Danny Glover, Gael García Bernal y Alice Braga.
Arturo Peraza, S. J.
Las sociedades, como cualquier organismo vivo, suelen enfermar.
A veces su salud puede verse afectada por trastornos menores y pasajeros como un simple resfriado; o por los micro-organismos que atacan a los pies. Sin embargo, en ocasiones puede tratarse de enfermedades más complejas, duraderas y peligrosas.
De estás últimas nos habla José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera.
Saramago se vale de una poderosa metáfora para hacernos una puesta en escena de los más bajos instintos de los seres humanos. Súbitamente, y sin saber cómo ni por qué, la gente anónima de una anónima ciudad comienza a quedarse ciega. El trastorno se propaga como reguero de pólvora y pronto se convierte en epidemia. El gobierno nacional, en pocas horas, al darse cuenta de que el “mal blanco” —así bautizan a la ceguera, porque tiene la particularidad de no dejar a quien la padece en tinieblas sino sumergido en un vacío blanco— es sumamente contagioso, toma la decisión de aislar no sólo a los afectados sino a todo aquel que haya tenido algún contacto con ellos. El temor es casi siempre el detonante para las peores acciones o resoluciones del género. A partir de aquí comienza el descenso a los infiernos y vemos cómo personas, aparentemente comunes y corrientes, con principios y valores, se sumergen en la mierda y, encima, retozan en ella.
Los ciegos que nos interesan (o los que quiere el autor que nos interesen) no sólo son aislados y abandonados a su suerte en las instalaciones de un antiguo manicomio (una de las tantas y deliciosas ironías que Saramago construye a lo largo de su relato), sino que a su alrededor se levanta un cerco militar con la amenaza explícita de que si alguno de los internos pretendiera salir, no dudarían ni un segundo en acribillarlo. Y nada como un militar para cumplir este tipo de órdenes, ya sabemos, con suma y fría eficacia. Como era de preverse, por la magnitud contagiosa de la ceguera, en poco tiempo las instalaciones colapsan: las camas no son suficientes, no hay agua o la que sale de las tuberías no es apta para el consumo, las cañerías se tapan, los alimentos que prometieron traer no llegan a sus horas (o simplemente no llegan) y, para colmo, nunca alcanzan para todos... Tampoco, como era de esperarse, tardan en aparecer los actos de canibalismos entre los internos (los dientes afilados y relucientes de la miseria humana); primero los actos de supervivencia y luego los de la más profunda abyección: el decreto de la conocidísima ley del más fuerte —fuerza, a propósito, que casi siempre concede las armas de fuego.
Permítanme a esta altura hacerles y hacerme un par de preguntas: ¿no nos suena esta historia demasiado conocida, demasiado familiar? ¿Acaso no hemos escuchado o leído algo parecido en el pasado?
En lo que a mi respecta, creo que la ceguera utilizada por Saramago como detonante de su relato, el mal blanco, ya ha sido padecida por otras sociedades en el pasado, algunas lo padecen en el presente y no es muy difícil pronosticar que otras lo padecerán en el futuro, porque, sencillamente, esa es parte esencial de nuestra naturaleza. Para no retroceder demasiado y remitirme apenas a nuestra historia contemporánea, el mal blanco antes ha recibido nombres como nazismo, fascismo, stalinismo y apartheid; por citar sólo a cuatro de sus variantes. Las similitudes son evidentes: un grupo que teme u odia a otro; basta que uno de los dos tenga algo de poder para que inicie las arremetidas contra quienes considera sus enemigos; en nuestra Historia, tal vez el miedo ha sido nombrado de muchas maneras...
La prosa de Saramago es rica, deliciosa, llena de matices y cargada de ironía. Quizá, en algún momento de la lectura, hallemos que una o dos de las argumentaciones de las subtramas luzcan débiles, no verosímiles, no obstante, eso no le quita fuerza o poderío a la narración. Nos puede chocar por unos minutos pero pronto lo echamos al olvido.
Desde luego, no todos los personajes en Ensayo sobre la ceguera son ciegos, básicamente porque el autor —y sus lectores— necesita un par de ojos que al menos vea lo que sucede, aunque se trata de algo puramente técnico, literario, porque como lo dice el propio y único personaje vidente en varias oportunidades, es tan ciega como el resto del mundo.
En estos días de profunda polarización que vivimos, valdría la pena cuestionarnos sobre si somos parte de una sociedad enferma, consumida por la ceguera, como la que nos muestra Saramago en Ensayo sobre la ceguera. ¿Estamos nosotros también ciegos o somos como una de las protagonistas: vemos pero en el fondo sólo deseamos estar tan ciegos como los demás?
Es apenas una de las muchas interrogantes que me ha obligado a hacerme Ensayo sobre la ceguera; una novela que da para pensar, reflexionar, cuestionarnos una y otra vez.
¿No les parece?
PS para cinéfilos: una versión cinematográfica de Ensayo sobre la ceguera, titulada Blindness, comenzó a filmarse en septiembre pasado bajo la dirección del brasileño Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel). El guión ha sido escrito por el canadiense Don McKellar bajo la supervisión directa del propio Saramago. Entre la ficha artística destacan nombres como el de Julianne Moore, Mark Ruffalo, Danny Glover, Gael García Bernal y Alice Braga.
sábado, 10 de noviembre de 2007
Libros e intolerancia
La defensa teológica de un libro considerado definitivo, irrebatible e indispensable, no ha tolerado discrepancias. En parte, porque la desviación o reflexión crítica se iguala a la rebelión; en parte, porque lo sagrado no admite conjeturas ni entrecomillados: supone un cielo para sus gendarmes y un infierno con tintes de pesadilla combustible para sus transgresores.
Fernando Báez
miércoles, 7 de noviembre de 2007
Premio Municipal de Literatura 2007

Premio Municipal de Cuento:Mensajes en la pared de Víctor Vegas
Menciones honoríficas:
1. ¿Quieres jugar a Memory? de Natalia Contramaestre
2. A Jesús Enrique Guédez, como un reconocimiento merecido a su trayectoria como narrador, poeta, docente, investigador y cineasta.
Jurado: Jesús Nieves Montero, Antonio Núñez Aldazoro y Esteban Emilio Mosonyi
Premio Municipal de Novela:La balada del bajista de Judit Gerendas
Jurado: Carlos Noguera, Eloi Yagüe Jarque y Carlos Sandoval
Premio Municipal de Poesía:
Ecólogo del Día Feriado de Juan Calzadilla
Menciones honoríficas:1. Lugares Olvidados de Beatriz Alicia García
2. Lenguajes del Sol de José Ángel Fernández
Jurado: Guillermo Luque, Modaira Rubio, Belkys Arredondo
Premio Municipal de Investigación Literaria:
La voz del resentimiento: lenguaje y violencia en Miguel de Unamunode Víctor Julio Carreño Rincón
Menciones honoríficas:
1. El travestismo teatral (Diccionario de una metamorfosis en el teatro venezolano) de Hernán Marcano
2. Las estrategias del sujeto de Álvaro Martín Navarro
Jurado: Maria del Pilar Puig, José Gregorio Bello Porras y Diego Sequera
Premio Municipal de Investigación Social:
El Código Chávez: Descifrando la Intervención de Estados Unidos en Venezuela, de Eva Golinger
Menciones honoríficas:1. Democracia y Discurso Político: Caldera, Pérez y Chávez de Ana Irene Méndez
2. La Arquitectura y el Urbanismo. Puntos de Confluencia (Compilación de varios autores) de Rosa María Chacón
Premio Municipal de Investigación Histórica:
Origen de Los Teques desde Guaicaipuro hasta nuestros días de Miguel Ángel Lucero Mejías
Mención honorífica:
Venezuela: Dos Proyectos Democráticos de Oscar Battaglini
Premio Municipal de Estudio e Investigación de las Comunidades Indígenas en Venezuela:
El Aporte del Indio Americano al Pensamiento Europeo de Humberto Gómez García
Jurado: Yris Aray, Antonio Rodríguez y Ronny Velásquez
La entrega de premios de Literatura en todas sus menciones, así como los de Cine (largometraje, cortometraje y difusión cinematográfica) se realizará la segunda quincena del mes de enero de 2008.
Menciones honoríficas:
1. ¿Quieres jugar a Memory? de Natalia Contramaestre
2. A Jesús Enrique Guédez, como un reconocimiento merecido a su trayectoria como narrador, poeta, docente, investigador y cineasta.
Jurado: Jesús Nieves Montero, Antonio Núñez Aldazoro y Esteban Emilio Mosonyi
Premio Municipal de Novela:La balada del bajista de Judit Gerendas
Jurado: Carlos Noguera, Eloi Yagüe Jarque y Carlos Sandoval
Premio Municipal de Poesía:
Ecólogo del Día Feriado de Juan Calzadilla
Menciones honoríficas:1. Lugares Olvidados de Beatriz Alicia García
2. Lenguajes del Sol de José Ángel Fernández
Jurado: Guillermo Luque, Modaira Rubio, Belkys Arredondo
Premio Municipal de Investigación Literaria:
La voz del resentimiento: lenguaje y violencia en Miguel de Unamunode Víctor Julio Carreño Rincón
Menciones honoríficas:
1. El travestismo teatral (Diccionario de una metamorfosis en el teatro venezolano) de Hernán Marcano
2. Las estrategias del sujeto de Álvaro Martín Navarro
Jurado: Maria del Pilar Puig, José Gregorio Bello Porras y Diego Sequera
Premio Municipal de Investigación Social:
El Código Chávez: Descifrando la Intervención de Estados Unidos en Venezuela, de Eva Golinger
Menciones honoríficas:1. Democracia y Discurso Político: Caldera, Pérez y Chávez de Ana Irene Méndez
2. La Arquitectura y el Urbanismo. Puntos de Confluencia (Compilación de varios autores) de Rosa María Chacón
Premio Municipal de Investigación Histórica:
Origen de Los Teques desde Guaicaipuro hasta nuestros días de Miguel Ángel Lucero Mejías
Mención honorífica:
Venezuela: Dos Proyectos Democráticos de Oscar Battaglini
Premio Municipal de Estudio e Investigación de las Comunidades Indígenas en Venezuela:
El Aporte del Indio Americano al Pensamiento Europeo de Humberto Gómez García
Jurado: Yris Aray, Antonio Rodríguez y Ronny Velásquez
La entrega de premios de Literatura en todas sus menciones, así como los de Cine (largometraje, cortometraje y difusión cinematográfica) se realizará la segunda quincena del mes de enero de 2008.
sábado, 3 de noviembre de 2007
Envejecer es sólo cuestión de tiempo

El tiempo lo trastoca todo, lo transforma todo; todo lo erosiona. Es así de simple e implacable. Nada queda indiferente ante su paso.
Hay cosas que a vuelo de pájaro parecieran decirnos lo contrario. Como las pirámides de Egipto o aquellas otras levantadas por las culturas precolombinas. Pero no es que estas cosas hayan conseguido sustraerse a la implacable ley del tiempo, es sólo que su ritmo de envejecimiento es mucho más lento, más pausado.
Y si el tiempo tiene la propiedad de erosionar hasta las piedras, ¿qué podríamos esperar para nuestra piel? Esa piel que va cayendo a medida que van discurriendo los años, que va haciéndose más delgada, perdiendo flexibilidad, brillo y entonces comienza a deslucir hasta que llega el momento en que quedamos atrapados, sepultados bajo una manta de arrugas.
Dramático, ¿no es cierto?
Pues de esto y de mucho más nos habla La piel de Elisa, de la galardonada dramaturga canadiense Carole Fréchette, estrenada el pasado viernes en la sala Espacio Plural del complejo Trasnocho Cultural, con las actuaciones de Diana Volpe y William Escalante.
Una mujer nos cuenta historias de amor como si fueran suyas. Las desmenuza con delicadeza deteniéndose en cada imagen, en cada sensación, como si las viviera de nuevo. Va saltando de historia en historia mientras interactúa con el público y nos pide que miremos la piel de sus manos, de sus mejillas, de su cuello, de sus codos. ¿Qué vemos? De pronto vuelve a retomar el hilo de la historia de turno, de manera minuciosa, cuidando cada detalle, porque “los detalles son importantes”, nos dice.
A medida que va y viene de las otras historias, aparentemente inconexas —¿a dónde nos quiere llevar esta mujer?—, nos deja colar retazos de lo que pareciera ser su propia historia. Nos habla de un muchacho que le habla mientras ella llora en la mesa de un bar. ¿Hay algún secreto en todo esto? ¿Dónde está el misterio? Y otra vez pide que miremos la piel de sus manos, de sus mejillas, de su cuello, de sus codos... Algo nos queda claro: a esta mujer le preocupa enormemente su piel...
Diana Volpe nos deleita con su magistral interpretación de la angustiada Elisa; sabe crear el suspenso que exige el texto para llevarnos poco a poco, in crescendo, hacia su explosivo y revelador final. El texto de Fréchette es a la vez exultante y conmovedor, con una estructura muy atractiva, nada convencional y sí en extremo inteligente. Escalante está allí sólo para reforzar la historia de Elisa y hace justo lo que tiene que hacer. Que analizándolo bien, no es poca cosa después de todo.
La piel de Elisa es dirigida por el reconocido director canadiense Robert Tsonos, y producida por Juan Carlos Azuaje de Teatrela, con el auspicio del Instituto de las Artes Escénicas y Musicales, IAEM, y la Embajada de Canadá. Estará en cartelera hasta el 25 de noviembre en el Espacio Plural del Trasnocho Cultural, viernes y sábados, a las 9 PM, y los domingos a las 7 PM.
Si usted es de aquellos que le temen a envejecer, entonces no deje de verla.
Hay cosas que a vuelo de pájaro parecieran decirnos lo contrario. Como las pirámides de Egipto o aquellas otras levantadas por las culturas precolombinas. Pero no es que estas cosas hayan conseguido sustraerse a la implacable ley del tiempo, es sólo que su ritmo de envejecimiento es mucho más lento, más pausado.
Y si el tiempo tiene la propiedad de erosionar hasta las piedras, ¿qué podríamos esperar para nuestra piel? Esa piel que va cayendo a medida que van discurriendo los años, que va haciéndose más delgada, perdiendo flexibilidad, brillo y entonces comienza a deslucir hasta que llega el momento en que quedamos atrapados, sepultados bajo una manta de arrugas.
Dramático, ¿no es cierto?
Pues de esto y de mucho más nos habla La piel de Elisa, de la galardonada dramaturga canadiense Carole Fréchette, estrenada el pasado viernes en la sala Espacio Plural del complejo Trasnocho Cultural, con las actuaciones de Diana Volpe y William Escalante.
Una mujer nos cuenta historias de amor como si fueran suyas. Las desmenuza con delicadeza deteniéndose en cada imagen, en cada sensación, como si las viviera de nuevo. Va saltando de historia en historia mientras interactúa con el público y nos pide que miremos la piel de sus manos, de sus mejillas, de su cuello, de sus codos. ¿Qué vemos? De pronto vuelve a retomar el hilo de la historia de turno, de manera minuciosa, cuidando cada detalle, porque “los detalles son importantes”, nos dice.
A medida que va y viene de las otras historias, aparentemente inconexas —¿a dónde nos quiere llevar esta mujer?—, nos deja colar retazos de lo que pareciera ser su propia historia. Nos habla de un muchacho que le habla mientras ella llora en la mesa de un bar. ¿Hay algún secreto en todo esto? ¿Dónde está el misterio? Y otra vez pide que miremos la piel de sus manos, de sus mejillas, de su cuello, de sus codos... Algo nos queda claro: a esta mujer le preocupa enormemente su piel...
Diana Volpe nos deleita con su magistral interpretación de la angustiada Elisa; sabe crear el suspenso que exige el texto para llevarnos poco a poco, in crescendo, hacia su explosivo y revelador final. El texto de Fréchette es a la vez exultante y conmovedor, con una estructura muy atractiva, nada convencional y sí en extremo inteligente. Escalante está allí sólo para reforzar la historia de Elisa y hace justo lo que tiene que hacer. Que analizándolo bien, no es poca cosa después de todo.
La piel de Elisa es dirigida por el reconocido director canadiense Robert Tsonos, y producida por Juan Carlos Azuaje de Teatrela, con el auspicio del Instituto de las Artes Escénicas y Musicales, IAEM, y la Embajada de Canadá. Estará en cartelera hasta el 25 de noviembre en el Espacio Plural del Trasnocho Cultural, viernes y sábados, a las 9 PM, y los domingos a las 7 PM.
Si usted es de aquellos que le temen a envejecer, entonces no deje de verla.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)