martes, 24 de julio de 2018

En el país de Alicia (II)


Caracas es una ciudad de contrastes.

De profundos contrastes.

En un radio de pocos metros, por ejemplo, pueden hallarse los rascacielos más altos, modernos y emblemáticos del país y, a escasa distancia, cientos de chabolas que ascienden por un terreno escarpado, unas sobre otras, para constituir y dar forma a uno de los muchos sectores populosos y deprimidos que se distribuyen a lo largo y ancho de la urbe. Otro ejemplo pudiera ser el Ávila, que se erige como un majestuoso gigante verde sobre el valle en el que se asienta Caracas, una montaña de densa vegetación tropical a la que el caraqueño común venera y a la que innumerables creadores —pintores, poetas, músicos— han dedicado parte de su obra y que contrasta con el Guaire, un río de aguas turbias y malolientes que atraviesa de oeste a este la ciudad. Otro ejemplo que se me ha venido a la mente en mi afán por ilustrar los contrastes de Caracas es el que representan dos especies de aves muy familiarizadas con la geografía caraqueña: las que cada mañana y cada tarde atraviesan con gran alboroto los cielos de la ciudad y las que en silencio revolotean los alrededores del Guaire; mientras el plumaje de las guacamayas o papagayos (las «gritonas» o aves que surcan los cielos caraqueños) está lleno de brillo y color, el de los zamuros o zopilotes (las aves que en silencio revolotean sobre el Guaire) es oscuro e irisado como la noche. Mientras para algunas personas las guacamayas simbolizan la belleza, los zamuros en cambio encarnan su reverso.

Pese a sus evidentes contrastes por mucho tiempo Caracas llegó a tener la reputación de ser una de las capitales más atractivas y modernas de América Latina.

Distinción que ostentó al menos hasta fines del siglo pasado.

Viví a lo largo de quince años en Caracas y sus contrastes siempre me chocaron y maravillaron a partes iguales.

Durante este lapso la ciudad y yo mantuvimos una compleja relación, una especie de vínculo de amor-odio, de repulsión-idilio que me es difícil de explicar y que tal vez solo puedan entender algunos caraqueños que mantienen un sentimiento similar con ese trozo de tierra que los ha visto nacer y crecer. Raras veces se desprecia con tanta intensidad lo que también se ama con arrebato.

Quizá debido a este dual y extraño sentimiento me ha sabido mal, me ha dolido en lo profundo ver a Caracas en las condiciones en que la he visto. Constatar de primera mano el franco deterioro en el que se halla inmersa. El asfalto de sus calles y avenidas fracturado y lleno de agujeros; las fachadas de los edificios descoloridas, sin el ángel que lucieron en otras épocas; basura y malos olores en cada rincón; las áreas verdes de algunas zonas del este se encuentran en tal descuido que un marrón pálido, reseco, se ha instalado en lo que antes era yerba y césped cuidados; centros comerciales como el de los Chaguaramos son ahora monumentos al abandono y la desidia —Irma y yo entramos por pura casualidad y salimos casi enseguida horrorizados, con una opresión en el pecho, porque de recién casados solíamos ir mucho a este centro comercial y allí pasamos muy gratos momentos acompañados de buenos amigos o solos ella y yo— como lo son, de idéntica manera, otros sitios simbólicos tales como el Jardín Botánico —no hace falta aventurarse en sus entrañas, desde fuera pueden apreciarse los estropicios—; puentes de guerra sobre el Guaire, que si bien han aliviado el infernal tráfico de Las Mercedes, contribuyen a darle a la ciudad un aire de fealdad y permanente conflicto.

Me atrevería a afirmar que hasta la luz natural que la alumbra ha perdido algo de su característico fulgor.

Considero pertinente aclarar que en ningún momento de nuestra estadía (o previo a ella) tuve la tentación, la curiosidad o el interés de salir a recorrer las calles de Caracas con propósitos antropológicos, como unos días antes me confesara que había hecho en su última visita a la capital venezolana mi amigo Frank. El propósito de nuestra visita era simple: reencontrarnos con familiares, amigos y conocidos y aprovechar de solventar unos asuntos personales con bancos y otras instituciones. Por tanto lo que describo en estas notas es lo que vimos Irma y yo entretanto hacíamos todos nuestros recados. Con él, con mi amigo Frank, habíamos sostenido un breve pero provechoso encuentro en Bogotá, ciudad en la que ahora reside. El encuentro se produjo un par de días previos a nuestro viaje a Venezuela. Habíamos quedado en el Parque de la 93 y el plan era sentarnos a conversar tranquilamente en cualquiera de los locales que se hallan alrededor, de modo que acabamos en un Juan Valdez. Frank y yo llevábamos años sin vernos. Gracias a internet y a las redes sociales nos habíamos mantenido en contacto y al tanto de las trayectorias vitales de cada cual. «Claro. Veámonos», dijo, tan pronto me puse en contacto con él a nuestra llegada a Bogotá. «Creo que es importarte que les cuente un poco de cómo andan las cosas por allá. Para que vayan preparados…». Él había estado meses atrás en Caracas y había tenido tiempo de patearla. Visitó varios de sus sectores, incluido el centro, y nos habló con lujo de detalles de lo que se había encontrado. Yo, a cierta altura de su exposición, lo interrumpí para comentarle que si acaso había querido despedirse de su ciudad porque no había tenido la oportunidad de hacerlo al mudarse a Bogotá y me dijo, con cierta expresión sombría en el rostro, que ya no consideraba a esa su ciudad, que le había costado reconocerla de lo cambiada que estaba y continuó dibujándonos un panorama apocalíptico.

Frank llevaba viviendo en Bogotá poco más de un año.

Entretanto lo escuchaba, pensaba con ingenuidad que tal vez exageraba. En su relato creía haber percibido una mezcla de indignación, frustración y tristeza. Ya se sabe: las emociones que en ocasiones nos juegan malas pasadas y nos alejan del tan anhelado y necesario equilibrio cuando opinamos sobre algo que nos afecta. Sin embargo, a Irma y a mí apenas nos bastó con un par de días de nuestra estancia para corroborar la versión que de la actual Caracas nos había hecho Frank y, el resto del tiempo que pasamos allí, nos sirvió para constatar con estupor y desaliento que más bien mi amigo se había quedado corto en sus descripciones y anécdotas sobre la ciudad y su gente.

(Continuará)

PD: Este post es continuación de este otro: En el país de Alicia (I)

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