lunes, 7 de abril de 2008

La maldad como belleza


¿Puede acaso la maldad llegar a ser bella?

No ciertamente en la crudeza de nuestra cotidianidad, reflejada en las páginas de los diarios o en los departamentos de redacción de otros medios de comunicación, desde luego, pero sí en las manos de un creador, de un artista, que a través de su ingenio la moldea, le da forma y la convierte en objeto de arte, es decir, en belleza.

Ahora mismo me vienen a la mente tres ejemplos: The Silence of the lambs de Jonathan Demme, Bram Stoker’s Dracula de Francis Ford Coppola y Estrella distante de Roberto Bolaño, dos películas y una pequeña joya de la literatura donde la maldad se transfigura en belleza.

Sin embargo, no es de cine ni de literatura de lo que voy a hablar sino de la más reciente puesta en escena de la premiada obra Ochenta dientes, 4 metros y 200 kilos del reconocido dramaturgo venezolano Gustavo Ott, producida por el Teatro San Martín de Caracas y bajo la dirección de Luis Domingo González, cuyo estreno, en la sala principal del mismo teatro, fue el pasado viernes 4 de abril.

También Luis Domingo González con su puesta, de manera sobria y contundente a partir del texto de Ott, las limpias y excelentes actuaciones de Rubén León, David Villegas, José Gregorio Martínez, Carolina Torres y Leonardo Gibbs, y las acertadas participaciones técnica de Alfonso Ramírez en la  musicalización, Gerónimo Reyes en la iluminación y Enrique González V. en la escenografía y vestuario, logran convertir a la maldad en belleza.

La puesta de González, con indiscutible economía de recursos, hace más con menos y consigue construir la atmósfera adecuada para contar la historia de Ángel, Cacho y Cándido, tres amigos que en la adolescencia, a causa de una proverbial irresponsabilidad, cometen un crimen que los marca para toda la vida. A partir de allí sus destinos se escribirán con sangre, aunque ellos intenten borrar de sus memorias el obsceno suceso. Pero como en las tragedias griegas, por más que los tres quieran eludir su sino, éste los persigue convertido en gárgola, un monstruo de 80 dientes, 4 metros y 200 kilos que llevan sobre las espaldas.

A lo largo del montaje hay momentos de gran belleza poética: cuando un viejo recoge basura le cuenta una truculenta historia a los adolescentes Ángel, Cacho y Cándido, historia que coincide con la que ellos están viviendo; o cuando, atormentados por la culpa, los tres adolescentes, por separado, despiertan en medio de pesadillas; o cuando Cacho, próximo a enfrentarse a su irrevocable destino, ve claramente al monstruo que lo ha perseguido por años; o ese recurrente despertar y caer de nuevo en el sueño (¿o pesadilla?) de un Ángel ya adulto y fracasado; para por fin rematar en un final ¿macabra y obscenamente poético?

Como en la mayoría de piezas de Ott, 80 dientes... tiene una estructura compleja, sin que esto se convierta en obstáculo para el correcto fluir de la historia que se cuenta. La profundidad de su tema, lo irracional de algunas de sus situaciones y esos diálogos absurdamente líricos a los que nos tiene acostumbrado, contrastan para construir un curioso retrato de nuestra sociedad actual, de nosotros como país, ¿acaso no nos parecemos demasiado a esos tres alegres adolescentes que aman el béisbol y van por la vida sin querer responsabilizarse de sus acciones? No obstante, tarde o temprano, la vida pasa factura...

Pese a reconocer su incuestionable calidad como texto dramático, 80 dientes... no forma parte en mi lista personal de imprescindibles. Ella y yo no terminamos de hacer “clic”. Y esto no lo digo a manera confesional o por puro capricho, sino con la intención de reforzar el concepto totalizador y totalizante en el teatro moderno y su implacable fórmula: texto+director+actrices/actores+producción= teatro.

Que el espectáculo teatral depende irremediablemente de que cada uno de los elementos de esta fórmula funcione como engranaje de relojería suiza, es lo que nos ha demostrado, una vez más, la gente del Teatro San Martín de Caracas durante el estreno del pasado viernes de la premiada obra de Ott.

Inmejorable manera para celebrar 15 años de existencia.