
La fantasía era aquel lugar que solíamos visitar una y otra vez durante nuestra infancia para sustraernos de los peligros del mundo real. ¿Cuánta veces muchos de nosotros no inventamos un mundo paralelo, particular, para refugiarnos a jugar o a fantasear? Cuando las cosas no marchaban bien, o no resultaban lo que nosotros esperábamos, entonces corríamos hacia ese otro espacio cargados de anhelos y desesperación. Y allí sí que conseguíamos ser todo cuanto no podíamos ser en la realidad. Éramos valientes, nos enfrentábamos a los más grandes peligros sin vacilar y, lo mejor de todo, era que siempre salíamos victoriosos de aquellas aventuras. Allí no existía nada que pudiera resistirse a lo que nuestra imaginación exigiera. Éramos héroes cabalgando sobre un corcel blanco, atravesando interminables llanuras, para salvar o rescatar a alguien.
A ese maravilloso mundo Guillermo del Toro nos hace retornar en El laberinto del Fauno. Durante 112 minutos, Del Toro apuesta por revivir ese niño que todavía, muy de vez en vez, consigue revolverse en nuestro interior. Y lo consigue con una maestría que congela el aliento. No por casualidad una de las promociones de la película se refiere a ella como “un cuento de hadas para adultos”. Y no es para menos, porque a lo largo de la película se suceden escenas de violencia y crudeza logradas con tal nivel de claridad y calidad que nada tienen que envidiar a las grandes producciones del cine norteamericano.
El argumento es el siguiente: una niña de 13 años, llamada Ofelia (Ivana Baquero), viaja con su madre embarazada (Ariadna Gil) para encontrarse con lo que será, a partir de entonces, su hogar, un pueblo ubicado a la mitad de un bosque rodeado de montañas. Es el año 1944, a pesar de que la guerra civil española ha finalizado, todavía en las montañas se mantienen alzados algunos vestigios de la resistencia republicana. El capitán Vidal (Sergi López), nuevo esposo de la madre de Ofelia, ha sido destacado allí con un grupo de hombres para acabar con la resistencia. Cierta noche Ofelia encuentra las ruinas de un laberinto donde habita un fauno que le hace esta revelación: ella es en realidad una princesa, la última de su estirpe, a quien los suyos llevan mucho tiempo esperando. Para poder regresar a su mágico reino, Ofelia deberá enfrentarse a tres pruebas antes de la luna llena.
Dos historias que se alternan y entrelazan de manera extraordinaria para relatarnos las aventuras de Ofelia en sus dos mundos, el real y el que ha creado su rica imaginación estimulado por sus lecturas de cuentos de hadas. El laberinto del Fauno sorprende por su belleza, por el cuidado puesto en los detalles. Hay un equilibrio vital entre ambas historias y entre la sucesión de escenas cargadas de la violencia del mundo real y las inquietantes escenas de ese otro mundo creado por la imaginación de Ofelia, que a momentos pareciera tan real como el otro mundo, el verdadero, el que la niña se niega a aceptar por completo. Así como a través de las acciones de la pequeña Ofelia podemos apreciar la profunda riqueza, ingenuidad y ternura del mundo infantil, el capitán Vidal nos muestra la cara deforme de la maldad absoluta. Ambas actuaciones carecen de desperdicio, son de una solidez efectiva, monumental. Otros aspectos que valen ser resaltados son el maquillaje y los efectos especiales que le aportan a la película enorme verosimilitud. Ni hablar del trabajo de Del Toro como guionista y director.
El laberinto del Fauno hará que el espectador cabalgue de nuevo sobre sus viejas emociones, las que lo inundaban mientras recreaba su propio y particular mundo de ilusiones, por allá en los lejanos días de su infancia.
A ese maravilloso mundo Guillermo del Toro nos hace retornar en El laberinto del Fauno. Durante 112 minutos, Del Toro apuesta por revivir ese niño que todavía, muy de vez en vez, consigue revolverse en nuestro interior. Y lo consigue con una maestría que congela el aliento. No por casualidad una de las promociones de la película se refiere a ella como “un cuento de hadas para adultos”. Y no es para menos, porque a lo largo de la película se suceden escenas de violencia y crudeza logradas con tal nivel de claridad y calidad que nada tienen que envidiar a las grandes producciones del cine norteamericano.
El argumento es el siguiente: una niña de 13 años, llamada Ofelia (Ivana Baquero), viaja con su madre embarazada (Ariadna Gil) para encontrarse con lo que será, a partir de entonces, su hogar, un pueblo ubicado a la mitad de un bosque rodeado de montañas. Es el año 1944, a pesar de que la guerra civil española ha finalizado, todavía en las montañas se mantienen alzados algunos vestigios de la resistencia republicana. El capitán Vidal (Sergi López), nuevo esposo de la madre de Ofelia, ha sido destacado allí con un grupo de hombres para acabar con la resistencia. Cierta noche Ofelia encuentra las ruinas de un laberinto donde habita un fauno que le hace esta revelación: ella es en realidad una princesa, la última de su estirpe, a quien los suyos llevan mucho tiempo esperando. Para poder regresar a su mágico reino, Ofelia deberá enfrentarse a tres pruebas antes de la luna llena.
Dos historias que se alternan y entrelazan de manera extraordinaria para relatarnos las aventuras de Ofelia en sus dos mundos, el real y el que ha creado su rica imaginación estimulado por sus lecturas de cuentos de hadas. El laberinto del Fauno sorprende por su belleza, por el cuidado puesto en los detalles. Hay un equilibrio vital entre ambas historias y entre la sucesión de escenas cargadas de la violencia del mundo real y las inquietantes escenas de ese otro mundo creado por la imaginación de Ofelia, que a momentos pareciera tan real como el otro mundo, el verdadero, el que la niña se niega a aceptar por completo. Así como a través de las acciones de la pequeña Ofelia podemos apreciar la profunda riqueza, ingenuidad y ternura del mundo infantil, el capitán Vidal nos muestra la cara deforme de la maldad absoluta. Ambas actuaciones carecen de desperdicio, son de una solidez efectiva, monumental. Otros aspectos que valen ser resaltados son el maquillaje y los efectos especiales que le aportan a la película enorme verosimilitud. Ni hablar del trabajo de Del Toro como guionista y director.
El laberinto del Fauno hará que el espectador cabalgue de nuevo sobre sus viejas emociones, las que lo inundaban mientras recreaba su propio y particular mundo de ilusiones, por allá en los lejanos días de su infancia.